Cultura ambulante

El arte de lo inútil, por Richard Artschwager

Una retrospectiva en el Guggenheim de Bilbao sobre la obra del autor norteamericano, concebida por el recientemente fallecido Germano Celant, nos hace preguntarnos para qué sirven las cosas que no sirven para nada
Richard Artschwager retratado ante su obra «Door }», 1983–84

Un incendio convirtió en artista a Richard Artschwager. A finales de los 50, su exitoso taller de carpintería salió ardiendo y volvió la mirada hacia las artes, que había empezado a estudiar con el cubista-purista Amédée Ozenfant una década antes, en París. Una formación que obtuvo gracias a un programa de ayudas para exveteranos de la II Guerra Mundial, en la que había participado en 1944, interrumpiendo sus estudios de ciencia. También el fuego –enemigo– había reorientado su carrera entonces. Pero fue aquella tardía revelación, tras perder por completo su colección de muebles sencillos y modernos, la que lo llevó a fabricar esculturas con materiales de desecho y, eventualmente, a su primera exposición (eso sí, con 42 años ya cumplidos).

Una muestra en el Museo Guggenheim Bilbao, ideada por el padre del arte povera Germano Celant antes de que el condenado virus se lo llevara por delante el pasado mes de abril, recupera ahora una selección de 70 obras suyas. “Una retrospectiva ultraconcentrada”, como la define el curador del centro cultural vasco, Manuel Cirauqui, compuesta por pintura, escultura, objetos y muebles que abarcan hasta la pasada década y arrancan a principios de los 60. Eran los años del pop y el minimalismo, de la televisión y la publicidad, que Artschwager integró y eludió de algún modo en su obra, siendo considerada su figura en la escena del arte como la de una suerte de francotirador independiente e insurrecto, pero sin necesidad de hacerlo constar en acta.

«Piano Grande» (2012), de Richard Artschwager

La clave de esta cuidada exposición está en cómo se ha resaltado su innovador (y extraño) uso de los nuevos materiales de uso doméstico en aquella época, como la formica, el celotex o el nailon. En las piezas de Artschwager, todo es la mar de corriente y, al mismo tiempo, proclive al ilusionismo: cajas –para trasladar obras artísticas– que parecen obras en sí mismas, esculturas con su natural relieve y a la vez vistas como en un plano 2-D, pinturas de aire decorativo que se dirían táctiles. A este respecto, la hipótesis de ese referente de la investigación y la crítica que fue Celant suena bien: “En cierto modo, quería superar todas las posibles limitaciones del arte”. Era la forma en que Artschwager quiso hacernos ver que lo cotidiano y lo arty están mucho más conectados de lo que tendemos a pensar.

En la obra de Artschwager, todo es corriente y a la vez dado al ilusionismo: cajas que parecen obras, esculturas de aspecto 2-D, pinturas casi táctiles

La escenografía diseñada en el Guggenheim de Bilbao resulta fascinante por cómo explora el espacio, abierto y anguloso, a través de la obra del artista nacido en Washington, que como señala Celant “no va en una única dirección, es un trabajo en 360 grados”. El mejor tributo a su lenguaje peculiar y versátil que siempre tuvo un pie en el diseño y lo industrial, es decir, la apariencia y lo funcional, con la sola intención de ponerlos a dialogar con nuestras emociones y percepciones esenciales: eso que él llamaba la poética de lo inútil. Observando sus piezas, da la impresión de que los formatos son intercambiables, porque casi todo lo es. Después de todo, lo más importante no es aquello para lo que estén concebidas las cosas, sino lo que provoquen en nosotros.

 


Richard Artschwager
Comisariada por Germano Celant
Museo Guggenheim Bilbao
Hasta el 23 de agosto de 2020 (fecha pendiente de revisión)

VISITA APTA PARA: Quienes se esfuerzan por hallar sentido (al menos estético) en lo ordinario.
VISITA NO APTA PARA: Los que piensan que una mesa es una mesa, se mire por donde se mire.

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