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Todos somos Jack Torrance

Este mes se cumplen 40 años del estreno de El Resplandor. Stephen King, autor de la novela, dice que se siente como su protagonista en el Hotel Overlook. ¿De verdad alguien cree que estamos preparados mentalmente para salir de este encierro?

Ya lo advirtieron cuando se empezaba a desenjaular a los niños, día 43 del confinamiento: no a todos va a apetecerles salir. No hay nada de malo en ello, decían. Ahora, en plena fase 0 de la desescalada, cuando por fin los adultos podemos pasear, dar carreritas o exhibir nuestros andares tontos, nos encontramos con lo que la psicología llama síndrome de la cabaña: el miedo a abandonar el hogar después de un intenso periodo de aislamiento. En este caso se supone que se le teme al riesgo de contagio, pero añádase aquí cualquier otra fobia en el contexto de la socialización. ¿Y si no tengo ganas de lanzarme a las calles? Ahora va a salir un guardia, piensa más de uno, que es el nuevo “se está mejor en casa que en ningún sitio”.

Da igual de qué tamaño sea tu cabaña, tres meses aislado pueden dejarte muy frito (imagen: «El Resplandor», 1980).

Siguiendo con los referentes cinematográficos, raro es quien no se ha acordado estos días de El Resplandor, de Stanley Kubrick, estrenada el 23 de mayo de 1980. No se olvida desde luego el autor de la novela, Stephen King, quien preguntado por la situación actual, ha declarado: “Me siento como Jack Torrance, ¡por el amor de Dios!”. Un personaje (Jack, no Stephen) con cuya enajenación mental se identificaría cualquiera estos días; un síndrome de la cabaña de libro, literalmente. Bueno, aderezado con alcoholismo y esquizofrenia, pero ¿quién sabe a qué llegaremos si nos quitan la condicional y tenemos que volver a enclaustarnos?

Preguntado por la situación actual, Stephen King ha declarado: “Me siento como Jack Torrance, ¡por el amor de Dios!”

Ha habido otros escritores (nos referimos aquí a los reales) que, llegado un punto, tampoco han querido saber nada de la vida descapotada. Alessandro Manzoni transitó por este mundo envuelto en ataques de pánico, depresión y agorafobia, esta última desde la noche en que se vio en medio de una Plaza de la Concordia abarrotada y caótica, que festejaba las nupcias de Napoleón y María Luisa. La peor resaca posible de una boda. Tenía 25 años y ese miedo a los espacios abiertos, junto con la muerte de su madre y otras muchas perturbaciones, le impedirían escribir nada de mérito literario más allá de su eterna Los novios.

«Todo el trabajo y nada de juego convierten a Jack en un chico aburrido» (imagen: «El Resplandor», 1980).

Sea del tamaño que sea nuestra cabaña, todos nos sentimos hoy un poco más agorafóbicos y temerosos de las multitudes. Incluso en el mundo virtual, donde igual dan hasta más mal rollo. Imposible no inquietarse ante las turbas de Twitter. Y eso que nos llegan noticias de que una artista neozelandesa con ese tipo de trastorno –el mismo de Manzoni– lo combate escudriñando Google Street View y haciendo de ello su particular obra creativa. Hay gente y apps para todo, para qué salir entonces. En última instancia es solo cuestión de acostumbrarse a estas cuatro paredes y sacarles el máximo provecho. ¿Pedimos una pizza?

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