Entrevistas

Domingo Alberto Martínez: «Si el relato es un asalto de boxeo, el microrrelato es un gancho en las costillas»

Domingo Alberto Martínez, autor de «Esto no es una novela». / Reportaje fotográfico: Blanca Aldanondo

Domingo Alberto Martínez (Zaragoza, 1977) es filólogo de formación y un apasionado de la palabra escrita. Dirigió una librería hasta 2012, año en el que se trasladó con su familia a Tudela, capital de la Ribera Navarra. Su primera novela, Las ruinas blancas, fue premiada en el XVI certamen «Santa Isabel de Aragón, reina de Portugal», convocado por la Diputación de Zaragoza en 2001. Su siguiente novela, Hojas de hierro, recibió el premio «Alfonso Sancho Sáez» del Ayuntamiento de Jaén.

Alberto colabora en diversas revistas digitales y administra el blog La hoguera de los libros, donde comparte su obra en marcha. Sus relatos han sido reconocidos en todo el ámbito del castellano. «Su escritura tiene pasión. Incomoda, sorprende, golpea y, a la vez, resulta placentera». Son palabras de Claudia Lipovetsky, lectora en francés, traductora y autora de informes de lectura para la prestigiosa editorial argentina El Ateneo. Tras reunir su obra más breve en varias antologías (la última, Un ciervo en la carretera, finalista del premio Setenil 2020 a mejor libro de relatos publicado en España), ahora publica Esto no es una novela con la editorial West Indies Publishing Company, y aprovechamos la ocasión para conversar con él sobre su último trabajo, el mundo de los relatos y el sector editorial.

¿Qué es Esto no es una novela?

Formalmente, un libro de cuentos breves y microrrelatos. Y si dejamos las formalidades en el perchero, un camino de baldosas amarillas por el que pasear sin prisa, como el que se interna por los senderos de un parque, mientras vas en el tren o en el autobús o tomas un café en la terraza de una plaza. En este libro hay que dejar fuera el estrés, que no pase de las solapas; y si es posible, ni siquiera de la faja. Son ciento una historias por las que avanzar y perderse, volver sobre tus pasos, conocer personajes en los recodos del camino con quienes compartir un trecho y charlar, reír, vivir aventuras hasta el final. Porque siempre hay un final, claro. Aunque sea apagar la luz de la mesilla.

¿Por qué ese título?

Para evitar equívocos, lo mismo que con las «Instrucciones antes de leer» del principio. Cuando presenté en Zaragoza mi obra anterior, Un ciervo en la carretera, me acompañaba José Luis Corral, catedrático de historia y conocido novelista. Pues bien, él reconoció que, al terminar la veintena de relatos que componen el libro, se dio cuenta de que los había leído mal, demasiado rápido y sin pensar, y tuvo que volver al principio. Lo que le ocurrió a José Luis nos suele ocurrir al resto de los lectores con bastante frecuencia. Estamos acostumbrados al formato de la novela. Es lo que más se escribe, lo que más se publica y lo que más se vende. Esto en sí mismo no es malo ni bueno, es simplemente un hecho, pero un hecho que influye en cómo afrontamos la lectura. Leemos sin disfrutar, sin sacarle el jugo al texto, con prisa por llegar al final y descubrir el desenlace. En este mundo global y acelerado nuestro, nos hemos habituado a los maratones frente a la pantalla, a engullir capítulo tras capítulo de la última serie de moda antes de que alguien nos haga un spoiler. Y la literatura breve, la poesía o los microrrelatos, no se entienden así ni creo que se puedan disfrutar realmente.

Instrucciones antes de leer

Este libro no es una novela. Trátalo, lector, como un artefacto. Lo componen distintas piezas, muchas de ellas breves; unas están ambientadas en el pasado, otras en el presente o en un mundo imaginario. Léelas en el orden que prefieras, pero recuerda que, por mucho que corras, Aquiles no atrapará a la tortuga. Ten siempre a Ítaca en el pensamiento, dice el poeta. Llegar es tu destino, mas no apresures el viaje.

«Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino»
(Konstantinos Kavafis).

¿En qué se diferencia este libro de relatos de tus trabajos anteriores? ¿Hay una evolución temática, de género o estilística que quisieras destacar?

Siempre hay una evolución. Ningún autor (nadie, en general) es igual a sí mismo con el paso del tiempo. En mi caso, hay una inmersión en el mundo del microrrelato. Yo me reconozco novelista. Mis primeras obras, mis primeros premios literarios y las lecturas que marcaron mi juventud tienen que ver con la novela: Crimen y castigo, Nana, Tiempo de silencio, El pabellón de oro… Sin embargo, siempre he disfrutado leyendo y escribiendo relatos; aunque, eso sí, relatos más largos. Los microrrelatos son otro cantar. Fue a raíz de trasladarme a Tudela con mi pareja y quedarme al cuidado de mis hijos pequeños cuando empecé a reducir mis textos. A la fuerza ahorcan. Para escribir una novela necesito concentración y tiempo. Con dos niños en casa, uno de unos meses y otro de dos años, el tiempo y la tranquilidad son como una gacela coja en medio de la sabana. Incluso los relatos más largos me costaba sacarlos adelante, y recuerdo levantarme muy temprano y aprovechar la tranquilidad de esas horas en la cocina para avanzar con los primeros relatos de Un ciervo en la carretera. También fue entonces cuando pasé de escribir a mano y llenar estantes enteros de borradores a la aséptica comodidad del ordenador. Mis primeros microrrelatos son de esos años. Hacia 2017 o 2018 vi que tenía material suficiente para armar una buena obra, pero seguía sin saber qué hacer con aquel puñado de microrrelatos. Al final decidí intercalarlos con el resto de los cuentos, como descanso para el lector y contraste con los más largos, y también por la buena acogida de los primeros lectores, amigos y seguidores de mi blog. Es seguramente por ese respaldo de los lectores por lo que he seguido con los microrrelatos.

Antes de ser escritor fuiste librero, ¿cómo ha influido ese trabajo en tu escritura?

Y antes de librero, recepcionista de noche en un hostal zaragozano, un empleo lleno de anécdotas. En realidad, no era tanto una librería como una papelería con libros: revistas, periódicos, juguetes, chuches, fotocopias, cuadernos de grapa o espiral, bolis borrables, recargas de móvil y bonobús. La letra impresa que más se vendía era el Heraldo de Aragón y la Pronto. Yo las lecturas las traía hechas de filología, y porque siempre he sido un lector apasionado, un auténtico devorador de libros; como lector la papelería no me aportó gran cosa. Me sirvió, eso sí, como me pasó en el hostal, para conocer y tratar a muchas personas, gente muy distinta, lo que luego es un compendio mental de tipos y caracteres realmente útil. Y para otra cosa importante: aprendí a aprovechar el tiempo. Conozco a un autor que, para ponerse a escribir, necesita un estado de ánimo idóneo: tiene que estar solo en casa, se prepara un té, pone música relajante y solo entonces se enfrenta con el folio en blanco. Si yo tuviera que esperar a que se alineasen los astros de esa manera, no iba a escribir ni una coma. En la papelería aprendí a trabajar, independientemente de las circunstancias; lo que luego, con dos hijos pequeños, me ha venido muy bien. Por las mañanas era imposible: un cliente, otro, un repartidor, la devolución, otro cliente, el pedido de papelería, otro cliente que compra el periódico y se queda media hora contándote batallitas, un encargo de tropecientas fotocopias para encuadernar, poner las revistas del día, quitar las antiguas, otro cliente, limpiar…; las dos: a comer. Por las tardes, en cambio, la cosa era más tranquila. Eso no quita para que, cuando tenía a la musa dictándome al oído, entrase alguien (clin-clon, el carillón de la puerta) y me sacase de la historia de las orejas. Aprovechar el tiempo es imprescindible para trabajar; y para mejorar en esto, como en todo, hay que trabajar mucho y bien. Ahora soy capaz de escribir cinco, diez minutos, una hora, dos. Me interrumpen, voy a hacer un recado. Llevo a los peques al atletismo o al inglés. Vuelvo y me pongo en el mismo punto donde lo he dejado, como si no me hubiera levantado de la silla. Escribo como una hormiga, trabajo y trabajo, y así es como me cunde el tiempo.

¿Siempre quisiste ser escritor? ¿Puedes vivir solo de la escritura?

En realidad de pequeño, de muy pequeñito, quería pintar; otro trabajo muy bien remunerado, como ves. Pero nadie me enseñó más de lo que sabía y en aquella época que a mis hijos les parece prehistórica no había tutoriales de YouTube, así que me pasé a la escritura, que era algo que podía aprender yo solo sobre la marcha. En cuanto a lo de vivir de la escritura, ahora mismo no me da ni para el café. Como he dicho en algún otro sitio, yo soy padre a tiempo completo y escritor eventual. Quedaría muy bien decir que soy bloguero freelance o influencer literario. Pero, como en el Lazarillo o el Quijote, la realidad es tozuda y acaba por asomar la patita. Yo me dedico a lo que se dedicaban hace años la mayoría de las mujeres de este país, y que se conocía con aquel eufemismo que tan poco les gustaba a nuestras madres: sus labores. Por suerte los tiempos van cambiando, aunque sea lentamente y no sin que alguien rebuzne. En casa la conciliación nos la repartimos equitativamente. Mi pareja es enfermera, una profesional como la copa de un pino, bregada en oposiciones y veterana de primera línea del coronavirus. Ella es quien llena los platos y la que paga las facturas, y la que nunca, por modestia, me deja dedicarle los libros, aunque sabe (o espero que sepa) que con tinta invisible se los voy dedicando todos.

¿Cómo ha sido tu relación con West Indies Publishing Company y por qué elegiste publicar con esta editorial? ¿Participaste en el diseño de la cubierta?

Pues hablando de grandes mujeres, tengo que reconocer que mi relación con la editorial ha sido buena desde el principio, muy fluida y productiva. Y lo ha sido, pienso yo, gracias a Teresa Galarza, una persona con la que es fácil entenderse y avanzar. Cuando todavía estaba trabajando en Pink Cadillac Man, mi última novela (mis hijos han ido creciendo y he vuelto al viejo y conocido territorio de la novela, porque como todo el mundo sabe la cabra tira al monte), empecé a intercambiar correos con ella, hablando sobre la posibilidad de colaborar. Desde la publicación de Un ciervo en la carretera había seguido escribiendo microrrelatos; unos por gusto, porque me sentía cada vez más cómodo en el género, otros por colaboraciones en revistas o para participar en algún certamen, como «Criaturas», con el que gané el I Concurso de Microrrelatos de la Fundación Caja Rural Burgos. El caso es que, entre lo escrito y las ideas que había dejado apuntadas, había material suficiente para una obra. En el verano de 2022 dejé la novela acabada, a falta, claro, de la penúltima corrección, y me centré en los microrrelatos. Terminé Esto no es una novela hacia finales de noviembre. Luego, ya con Teresa, hemos ido perfilando la edición.

He de reconocer que ha sido muy cómodo trabajar con West Indies; o debería decir: está siendo. El mundillo editorial se ha convertido en una charca infestada de pirañas. Encontrar una editorial con la que trabajar a gusto, sin ambages ni letra pequeña, es casi como encontrar la lámpara de Aladino o que el Zaragoza vuelva a Primera: una posibilidad remota. Por eso tantos escritores, y algunos buenos de verdad, acaban frustrados y optan por publicar con Amazon. Vamos, que del mal, el medio. En West Indies no he tenido nunca la sensación de que me ocultasen nada. Todo ha sido muy claro desde el principio, sin sobreentendidos ni zonas oscuras, y yo me he sentido valorado y respaldado en todo momento.

La portada es obra de Teresa, yo me limité a dar el visto bueno. Me gustó en cuanto me la envió. Por el colorido y la figura solitaria del centro, que tiene ese lirismo ambiguo, a medio camino entre Edward Hopper y el surrealismo de Dorothea Tanning.

Criaturas

Pasábamos mucha, muchísima hambre. No quedaba pan ni forraje, y los lagartos desaparecieron con las primeras nieves. En el viejo molino vivía una viuda. Tropezó al bajar al arroyo y se partió la nuca. Era todo pellejo, cartílago y hueso, pero peor es no comer nada. Cortamos lo que sobró en trozos pequeños para traerlos a casa.

Lo de la bruja y la casa de chocolate se le ocurrió a Grétel.

¿Qué consideras que distingue un buen microrrelato de uno que no lo es? ¿Qué es lo que te atrae del formato y por qué decidiste centrarte en el género?

No me gusta decir que algo es malo de buenas a primeras, a no ser que sea un texto perpetrado con premeditación y alevosía por Ken Follet. De un relato mal resuelto diremos aquello que me ponían a mí en las notas: necesita mejorar. Lo que distingue un buen microrrelato es que da más por menos. Esto, que parece el eslogan de la semana fantástica del Auchan, para mí es la regla de oro del género. Incluso más que el giro final, del que a veces nos mostramos demasiado dependientes. Decir lo máximo con el menor número de palabras. Y más que decir, sugerir. Esbozar lo justo sin abrumar al lector. Dejar que sea él la clave interpretativa, que llene las lagunas con su propia imaginación y, si es posible, hasta hacerle partícipe de la creación, darle el poder de reelaborar la historia a partir de unas directrices determinadas. Esto es lo que más me atrae del género, su ambivalencia, la naturaleza polisémica y abierta del mensaje, ese diálogo que se establece entre el plano de la escritura y el de la lectura. En la novela, más que un diálogo, lo que hay es un monólogo del narrador en el que el lector queda al margen. Conseguir darle voz, convertir al lector en un personaje más, y eso hacerlo con un mínimo de palabras, ahí está el reto.

¿Cuál es tu proceso para condensar una historia completa en tan pocas palabras sin perder su esencia? ¿Qué desafíos hay asociados con la escritura de microrrelatos y cómo los superas?

No todas las historias son iguales. Las hay que, en cuanto te vienen a la cabeza, sabes que dan para una novela o, al menos, para un relato largo, y otras que son perfectas para un texto más breve. En cualquier caso, nunca empiezo a escribir si no sé hacia dónde y por dónde quiero ir. Lo primero que hago es preparar un resumen, un boceto del texto, añadiendo los detalles que no quiero olvidar, ya sea un giro, una expresión determinada o el final. Suelo tener muy claro el desenlace, aunque en ocasiones la propia escritura me lleve por otros derroteros. Eso es lo bonito y enriquecedor, lo impredecible que tiene el acto de escribir. Hay microrrelatos que salen del tirón. No por eso son mejores. Otras veces no terminan de cuajar, no encaja el resultado con lo que había imaginado, y empiezo a jugar con la voz, cambio la forma o la estructura. Yo soy muy de escribir y reescribir lo mismo una y otra vez, probando variantes, como el alfarero que moldea vuelta a vuelta una vasija. La escritura no es algo mecánico, es un acto creativo, y a veces cambiar una sola palabra puede cambiar todo el resto. Terminado, guardo el relato durante algún tiempo y solo al cabo lo releo. Es el momento de podar el bonsái; una vez que te has alejado tienes cierta perspectiva y es más fácil ver lo que sobra.

¿Qué papel juega la sorpresa o el giro inesperado en tus microrrelatos? ¿Consideras que es un elemento imprescindible del género?

Y no únicamente en los microrrelatos. El giro final es un recurso literario más, y como tal lo he usado para cerrar relatos largos e incluso alguna novela corta. Esa manera de abocar el texto hacia el desenlace, sembrando pistas por el camino, pero guardándote el golpe de efecto para la última línea; lo que los anglosajones llaman trick story, historias cortas en las que O’Henry era un maestro consumado. Aunque no fue el único, claro. A bote pronto, se me ocurren Quiroga, Saki, Maupassant, el gringo viejo Ambrose Bierce, también Borges, Cortázar…, y me dejo unos cuantos en el tintero. Un cierre puede ser sorprendente, pero nunca ajeno a la historia. Sacarse un as de la manga de pronto, algo que no tenga nada que ver con lo que se ha venido contando, podrá desconcertar al lector de buenas a primeras, pero enseguida se dará cuenta de la impostura y se sentirá defraudado. El final puede ser inesperado o no, abierto o cerrado, pero debe encajar como un corcho en una botella.

Hay quien piensa que todos los cuentos, y más aún los microrrelatos, deben tener un cierre inesperado, pero no creo que sea así. De hecho, hay microrrelatos geniales que apuestan por otro tipo de desenlace. Recuerdo, por ejemplo, uno de Leopoldo María Panero, «Blancanieves se despide de los siete enanitos», que tiene tanto de narrativo como de poético, y que es una auténtica delicia de la primera a la última palabra.

¿Dónde acaba el microrrelato y empieza el relato?

¿Y el cuento largo y la novela corta? ¿Y la novela corta y una de extensión normal? Y por cierto, ¿cuál es la extensión canónica de la novela? Nos encanta etiquetar las cosas, nos apasiona. Esta obra es una novela negra, adjudicado. Esta otra, una novela histórica. O rizando ya el rizo, una novela confesional de autoficción realista en la que el autor cuenta en tiempo real las pelusas que exhuma de su ombligo y los traumas familiares que cada una le trae a la memoria. Pues nada, a disfrutar. Cuando el autor mezcla los géneros o la obra no encaja en ningún compartimento, decimos que es experimental o literaria y arreando. ¿Es el Quijote simplemente una novela de caballerías? ¿Podemos decir que La regenta es una novela de adulterio como El primo Basilio o Madame Bovary, otra que tal baila? Para etiquetas y definiciones, doctores tiene la Iglesia. Para mí el microrrelato tiene que ver más con las sensaciones, no tanto con la narración; aunque, claro, también hay excelentes microrrelatos narrativos. No es necesario referir un hecho de manera ordenada, en eso comparte propiedades con la poesía. Es un fogonazo, el estribillo que vas canturreando sin darte cuenta. Todo parece mezclado, pero no es confuso. Nada de primero, segundo y postre; es un plato combinado. Como en las tiras cómicas del periódico, no hay espacio para contar. Solo los hechos en crudo, la autopsia del relato. Si el relato es un asalto de boxeo, el microcuento es un gancho en las costillas.

A la hora de escribir, ¿tienes alguna rutina o hábito que sigas de manera general?

Ni general ni particular. La verdad es que no soy supersticioso ni fetichista, no trato de entrar al despacho con el pie derecho ni llevo los mismos calzoncillos con patitos cuando escribo. Rato que tengo, ya lo he dicho, rato que me pongo al tema, sobre todo por las mañanas. Prefiero hacerlo solo, sin nadie rondando cerca, y en silencio, pero, con el portátil bajo el brazo y unos cascos, puedo acoplarme casi a cualquier parte: cafeterías, trenes regionales, salas de espera, parques de bolas. Soy uno de esos escritores de vida vulgar y ordenada, perfectamente aburrida, un poco al estilo de Josep Pla, por poner un ejemplo. Mis años de gaupasa quedan allá por el principio de los dos miles, antes de tener hijos, y aunque dicen que los cuarenta son los nuevos treinta, camino ya de los cuarenta y tantos y con un par de preadolescentes en casa, se me hace cuesta arriba la famosa terna: sexo, drogas y rock and roll. En fin, que no todos vamos a ser Burroughs o Rimbaud. Mis escapadas, como las de Pessoa, son para echar el café y, a lo sumo, unas risas con los amigos, y el fin de semana y los puentes de guardar, al pueblo de mi suegro, tirando para Teruel a la derecha. He sustituido el trasnochar por el sofá y la batamanta, que luego el despertador es inmisericorde a las 7 de la mañana, sobre todo en invierno.

¿Hay elementos autobiográficos en tu libro? ¿En qué medida se reflejan tus experiencias personales en Esto no es una novela?

Por supuesto que hay elementos autobiográficos. Los escritores, como los pintores, aprendemos copiando. Primero de otros autores, a los que imitamos. Es como cuando los niños empiezan a andar de la mano de sus abuelos. Luego, poco a poco, vamos dando nuestros primeros pasos. Hasta que echamos a correr. Los textos son como el monstruo de Frankenstein. Tienen partes de Lorca y de Mishima, de Kafka, Platónov o Larra, pero al final es cada uno el que tiene que hurgar en sus tripas, rebuscar en sus recuerdos y sus experiencias para insuflar vida en lo que escribe; y esto independientemente de lo que trate y cómo lo trate, ya sea una novela de mil páginas o un microrrelato, una obra ambientada en el Marte del siglo XXXI o en la tienda de bicicletas del otro lado de la calle.

Dicho esto, tengo que reconocer que soy un autor bastante tímido. No me gusta mostrarme ni alardear, soy feliz pasando desapercibido. Sería incapaz, ya que hablaba de Pla, de escribir un diario íntimo, un dietario, y si lo hiciera tendría que ser con un personaje interpuesto que me librase del peso del yo. Aun así, mis experiencias están ahí, mi forma de pensar, mi ideología se refleja claramente, creo yo, en los temas que trato y la manera como los trato; la gente que me encuentro en el súper o en el parque infantil, las anécdotas que me cuentan, convenientemente reelaboradas, acaban en mis escritos. En el caso concreto de Esto no es una novela, hay cuentos como «La metamorfosis», «Las fieras» o «Historias para no dormir» directamente sacados de mi realidad cotidiana. En el resto está la descripción de un camarero con el que trato habitualmente, lo que me contó otro padre que le pasó a un amigo, mis esperanzas y paseos (recado arriba, recado abajo), las noticias del periódico…, incluso alguna pesadilla protagonizada por mi suegro.

Hablando de elementos autobiográficos, ¿tú con quién compartirías pisito?

Con Rafael Azcona, sin duda. Con Forges e Ibáñez, y también con Buñuel en México. Desde luego con Escobar, padre de Carpanta y Zipi y Zape, ¡ay, ese don Pantuflo Zapatilla! Y con José Luis López Vázquez, por aquello de que como admirador, amigo, esclavo y siervo, nos iba a dejar el pisito como los chorros del oro. Aunque lo mismo acabábamos todos en el 13 de la Rue del Percebe.

«El pisito» es uno de esos cuentos felices que se te ocurren de repente, cuando en tu cabeza chocan dos ideas que a saber de dónde vienen y salta la chispa, lo escribes del tirón y te deja un buen sabor de boca. También es uno de los que más gusta a los lectores. Digo que Esto no es una novela es un homenaje a los grandes narradores del pasado, desde Esopo hasta los hermanos Grimm, pasando por la princesa Sherezade o el barón de Münchhausen, porque hay varios microrrelatos que juegan a darle una vuelta a los cuentos populares, trayendo a la actualidad al zorro y la corneja, Blancanieves y los siete enanitos, Caperucita o la princesa del guisante. Pero como este cuento no se puede explicar sin destriparlo, lo mejor es leerlo:

El pisito

Washington vivía en un ático por encima de sus posibilidades. El banco lo desahució y se marchó con Darwin, su hermano. Pero los recibos seguían llegando, la luz se había puesto por las nubes y no les quedó otro remedio que vender el adosado por debajo de su precio de mercado y mudarse al extrarradio, entre campos de coles, donde Walter José, el más pequeño de los tres, tenía un piso de protección oficial. Cuando el lobo se presentó, le propusieron compartir el alquiler.

¿Cómo eliges los nombres de tus personajes y qué importancia tienen en la historia?

Se puede caracterizar a un personaje de muchas maneras, no solo por su físico o cómo viste, sino por otras pistas que el autor va sembrando a lo largo del texto: lo que el personaje lee, por ejemplo, o cómo habla, cómo responde a los estímulos de la historia. Una de esas maneras es el nombre, que puede llevar aparejado alguna connotación descriptiva e incluso irónica. Al viejo marido burlado de «Por una cabeza» su nombre, don Cornelio Manso del Sotillo, le sienta como un guante (o como un gorro, mejor dicho; y si me apuras, un tricornio). Los romanos creían que el nombre era un presagio de la futura personalidad, el nomen omen. No es necesario llegar a tales extremos, ni tampoco buscarle un nombre original, definitorio, a cada personaje, sobre todo cuando no es protagonista. Yo tengo en casa un diccionario de nombres, que compró mi pareja cuando estaba embarazada, y hay páginas en internet con miles de variantes. Me gusta usar el nombre propio como algo distintivo, pero no de una manera indiscriminada; sencillamente, es otro recurso. Ponerle un hipocorístico apropiado o un apodo por el que todos le conozcan es como vestir al personaje de una determinada manera, darle unos rasgos particulares. No siempre vas a decir que tiene acento extremeño, pero ahí está la posibilidad.

¿Qué escritores de microrrelatos conoces que hayan sido muy leídos y que te hayan influido? ¿Hay algo de las Historias de Cronopios y Famas de Julio Cortázar que podamos relacionar con tu libro?

Es curioso porque yo no llego al microrrelato a través de los cultivadores modernos del género, sean famosos o no. Por supuesto que he leído a Monterroso y a Borges, ¿qué lector joven no ha pasado por la fiebre de Borges? Pero mi camino discurre a través de los epigramas de Marcial y las historias del Romancero, las fábulas de Esopo y los cuentos breves de Luciano, los aforismos de Epicteto y Marco Aurelio y Los caracteres de Teofrasto. También por los sonetos del Siglo de Oro: Quevedo, Lope, Garcilaso, el conde de Villamediana. Recuerdo uno en especial, el que le dedicó Cervantes al túmulo de Felipe II en Sevilla, que por su cierre magistral debería figurar en toda antología del género breve que se precie. Mi camino hacia el microrrelato está empedrado con las greguerías de Gómez de la Serna o los fabliaux del marqués de Sade. Y los haikus de Matsuo Basho, un maravilloso compendio de emociones con un mínimo de palabras.

Pero me preguntabas por Cortázar, un autor al que empecé a leer en filología y que ya no he dejado. Me encanta el Cortázar cuentista por su capacidad para convertir con apenas un giro, una frase, el texto más anodino, la narración más insulsa y cotidiana, en algo completamente diferente. Los Cronopios los he leído este verano, unos meses después de terminar Esto no es una novela. Enseguida, sin embargo, me di cuenta de que el autor belga-argentino usaba herramientas que, salvando las distancias, también a mí me gusta emplear, sobre todo en los microrrelatos: la búsqueda de la originalidad mezclando los géneros, el uso irónico de las convenciones, lo cotidiano visto con la lupa del sarcasmo, la reflexión a través de la travesura y la travesura a través de la fragmentación, la parodia en sucesivas viñetas. Julio Cortázar es un autor enorme, no solo por el uno noventa y tantos que medía. Para mí, uno de los imprescindibles del siglo XX.

¿Crees que hay interés por parte del público en general por este tipo de textos?

Hoy en día vivimos como un gato en la lavadora. El capitalismo nos bombardea con incentivos para gastar lo que tanto nos cuesta ganar y 24 horas no son suficientes: el trabajo, la compra de la semana, las extraescolares de los peques, el curso online de WordPress, la clase de spinning acuático o rumba fit, el amigo que nos recomienda esa serie de la BBC que no podemos dejar de ver, hacer las comidas y las cenas para varios días y distribuirlas en tápers, el taller de cocina fusión tailandesa, limpiar las ventanas (si nos quedan ganas…, total, va a llover cualquier día), el partidillo de fútbol 7 con el grupo de padres y hay que llevar al mayor al dentista, el tapeo del fin de semana y el cuadro, cariño, acuérdate que hay que colgar la foto de la boda de mis padres. No nos queda tiempo para sentarnos tranquilamente a leer Guerra y paz o Los miserables con la continuidad que estas obras merecen. Pero lo que sí podemos hacer, entre ver un reel de Instagram o un clip de Twitch y reenviar un meme del grupo de Maristas en WhatsApp (¿a ver cuánta gente ha visto mi estado?), es leer un microrrelato en el móvil, mientras estamos en la cola del McAuto o en la sala de espera de la depilación láser. Y es que los escritores aún vamos a tener que dar gracias por los embotellamientos de la M-30.

¿Caben muchas cosas en un pequeño mensaje introducido en una botella lanzada al mar?

Caben, caben. Hoy por desgracia lo que más abunda en los océanos son las botellas de detergente y las latas de Coca-Cola, pero todavía queda por ahí alguna botella con mensaje, como dicen que queda algún leopardo de las nieves. Haberlas, haylas, otra cosa es encontrarlas. En todo caso, ¿qué si no mensajes introducidos en una botella son las entradas de los blogs y de Facebook, los tuits y mensajes de WhatsApp? No digo que todo sea literatura, como todas las frases pintadas con espray en las paredes no son poesía. El instinto de comunicarse es connatural al hombre, lo que cambia es el formato, y lo que al principio fueron bisontes en los muros de una cueva y luego tablillas de barro, hoy son grafitis en las persianas de los garajes y tabletas electrónicas. Escribí un relato precisamente sobre el tema, titulado «Veleros de papel». En otro relato, Franz Kafka se quejaba del ruido que había en su casa, de las voces y los portazos que le rodeaban, le hostigaban, más bien, y que, supongo, no recuerdo si llegaba a decirlo, le impedían concentrarse en su labor. Leí aquel relato cuando vivía con mis padres, pero cuando de verdad lo entendí fue viviendo con mis hijos. «Veleros de papel» es mi respuesta a ese ruido que irrumpe en el peor momento. Su protagonista es un náufrago que no quiere volver a la civilización, como supongo que Kafka en algún momento hubiera querido ser. A mí, desde luego, mientras lo escribía, me hubiera gustado ser aquel náufrago olvidado por todos, tranquilo y en paz en su isla desierta, que tiene agua dulce y futa para comer, y un clima que le permite andar medio desnudo. Lo único que pide a los ocasionales barcos que fondean en la bahía son las botellas vacías y los papeles que ya no usen. ¿Y para qué los querrá? Pues precisamente para eso de lo que hablábamos antes: escribir y compartir sus pensamientos al azar de las olas. Porque todos somos un poco náufragos en este mundo y necesitamos sentir que, de alguna manera, formamos parte de algo que está más allá de nosotros.

¿Cuál es tu relato favorito y por qué?

Lo del relato favorito es como elegir a tu hijo más guapo o al que más quieres. En este caso, además, no son los Zipi y Zape que tengo yo en casa, sino que hay 101 churumbeles repartidos entre textos breves y microrrelatos. Casi ná, que diría aquel. Por suerte o por desgracia me gustan casi todos, por no decir todos, o no los habría incluido; así que escoger uno solo me resulta especialmente complicado. Voy a responder «Postdata». Quizá, si me hubieras preguntado ayer o si lo haces mañana, diría «Arianna» o «La carta», por ejemplo, entre los cortos, o «El peligro kosovar» o «Filet mignon» entre los demás. Quién sabe. La literatura conlleva una carga importante de subjetividad, no digamos ya cuando se trata de la obra de uno mismo. ¿Por qué entonces «Postdata»? Puede que por ser un relato navideño, ahora que ya nos hemos llenado la boca con los primeros polvorones, por la nostalgia y la tristeza que nos trae el recuerdo de nuestros familiares perdidos o por la figura de Etelvina, la protagonista.

Postdata

A mi padre, que murió en la guerra, y a mi madre, que no le sobrevivió ni un par de años, tosiendo y tosiendo, fregando escaleras. A mi hermano Evaristo, cabo de la Benemérita, que un día agarró la tercerola, tiró para el monte y adiós, muy buenas, y al Desi, el practicante. El Pasmao, que le decían los del bar de la plaza, ¡y tanto! Diez meses me tuvo paseo arriba, paseo abajo, hasta que le dio por hincar la rodilla, ¡qué hombre! Al Tío Fideo, el pastelero, y a su mujer, la Terele, que se echaron al café insecticida creyéndolo azúcar, ¡menudos dos cafres! El Marquitos, mi nieto, andará con el camión por Holanda, igual que su hermana, la Paula, de enfermera en Italia. Y la Vicentica, don Dimas y el Horten, a todos los otros, que ahora me olvido. Dichosa cabeza.

Queridos Reyes Magos:

Me llamo Etelvina y tengo 94 años. Estas son las primeras fiestas que voy a estar sola. Por eso, y como he sido tan buena, quisiera que me trajeseis la última Nochebuena que pasé con toda mi familia junta.

Hablabas antes del premio de la Fundación Caja Rural de Burgos por tu microrrelato «Criaturas». ¿Ganar premios ayuda en la carrera de un escritor?

Primero habría que decir qué premios, porque unos abren las puertas de la FNAC y otros la del trastero. Los premios suelen tener mala fama, muchas veces justificada, pero yo no puedo más que estar agradecido al puñado de jurados que han escogido alguno de mis trabajos. Me hizo mucha ilusión el primero que gané, como no podía ser de otra manera. Estaba en la universidad y fue un espaldarazo, me animó a seguir adelante. Más que el cheque, lo importante fue el empujón emocional. Ese ánimo, chaval, sigue así. Pero también el cheque, claro. En todo caso, el que se dedique a esto por dinero o se ha equivocado de profesión o que busque un padrino y se presente al Planeta. Ganar premios está bien, pero no debe ser la finalidad de un escritor; o al menos, no la finalidad única y exclusiva, y nunca la del escritor que quiera mejorar y elaborar buen material. Para mí no es un objetivo prioritario, desde luego. Lo cual no quiere decir que no vaya a presentarme a más concursos, porque, ¿a quién le amarga un dulce?

¿Qué tipo de lector crees que se sentirá más atraído por tu libro y por qué? ¿Qué esperas que se lleven al terminar de leerlo?

Pues en realidad a mí me gustaría llegar a todos los lectores. No escribo para una élite cultivada, como hacía Góngora (y que conste que me encanta el cordobés), ni para esa «inmensa minoría» a la que se dirigía Juan Ramón. Pero sé que alcanzar a todos los públicos es complicado y, como en el caso de los premios, tampoco es mi objetivo primordial. Yo escribo porque me gusta escribir, me apasiona, de hecho; expresarme de alguna manera, en este caso a través de la literatura, es casi una pulsión fisiológica. Mi primer lector soy yo mismo. Eso sí, una vez publicado, quisiera llegar a todo el mundo, da lo mismo si es el vecino del quinto o una maestra jubilada de Guatemala. Aprendo mucho charlando con los lectores, me ayuda a conocer mejor y valorar mi trabajo. ¿Que qué espero que se lleven al terminar? Pues con una sonrisa me daría por satisfecho, con una carcajada o un suspiro, dependiendo del texto; que el lector se baje un instante del tiovivo de su ajetreada vida y piense en la historia que se cierra con el punto final, como cuando una caja de música termina y seguimos oyendo la melodía en la cabeza; que les quede un poso, aunque sea durante unos minutos, la satisfacción del tiempo bien empleado. Ese deslumbramiento, como cuando descubres un cuadro que te deja boquiabierto o subes a lo alto de una torre y contemplas la panorámica de tejados y azoteas.

En un mundo cada vez más digitalizado, ¿cómo ves el futuro de la lectura y la escritura en plataformas digitales en comparación con el formato del libro tradicional?

El formato en realidad es lo que menos me preocupa. La humanidad lleva miles de años grabando símbolos en caparazones de tortuga o tablillas de arcilla; así es como nos llegó el Poema de Gilgamesh, por ejemplo, y sobre papiro la Historia de Sinuhé. Se ha escrito y leído en muchos formatos, en madera y roca, en huesos, tablillas de cera o corteza de árbol, en pergamino y papel de arroz o celulosa, que todos creíamos que iba a ser el formato de referencia in sæcula sæculorum, sobre todo a raíz de la revolución que supuso la difusión en Europa de la imprenta de tipos móviles; pero en el siglo XX, con las pantallas, la escritura y la lectura digitales empiezan a ganar terreno a la escritura y la lectura físicas. Lo importante, a mi juicio, es seguir creando nuevas obras, sean ciclos novelescos o microteatro, y que el público disfrute con ellas. No es desde luego el formato lo que me preocupa, hay otras cosas que me escaman algo más. Por ejemplo, que con el desarrollo de la inteligencia artificial (que yo pienso que ya es y va a convertirse todavía más en una herramienta muy importante, imprescindible para el hombre), la creación artística caiga en la atonía, el marasmo, los creadores nos acomodemos por la facilidad que supone encargar al dispositivo de turno una descripción, una escena, en lugar de concebirla y trabajarla nosotros mismos, nos adocenemos y dejemos de usar nuestra creatividad, nuestra propia inteligencia.

A mí no me van las predicciones, ni siquiera las del tiempo. A diferencia de Rappel, soy un pésimo futurólogo. Últimamente, sin embargo, y sobre todo a raíz de la pandemia (de la que todos íbamos a salir mejores personas, decíamos), me está dando en la nariz que no vamos a dejar a las próximas generaciones el mejor de los mundos posibles. Me da miedo que mis hijos acaben encerrados en una de esas pesadillas futuristas que tan bien reflejan series como Black Mirror, una especie de Matrix hiperconectado e hipercontrolado, dirigido con mano de hierro por multinacionales del entretenimiento sin otro interés que el económico. En el teatrillo de títeres de cachiporra en el que está degenerando la vida política, los populismos navegan con patente de corso y al común de los mortales le interesa más la última operación estética de Leticia Sabater que el cambio climático o el desbaratamiento del estado del bienestar que con tanta sangre, sudor y barricadas conquistaron nuestros abuelos. Lo decía Javier Marías en una entrevista: en los últimos años parece haberse puesto de moda la exaltación de la estupidez, el orgullo de ser ignorante. Hacemos alarde de incultura. El mundo al revés. Mientras el Titanic no se hunda, que siga tocando la orquesta; y el último que apague la luz…, o que se lo mande a Alexa. Lo mismo que ocurre en Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury en la que los libros arden en piras, está empezando a pasar en nuestra era digital. Todo se prohíbe, la historia nos indigna, se reinterpreta, los libros se reescriben para no molestar a ningún colectivo. Pensar, abrir un libro de papel y leer mientras todo a nuestro alrededor se desmorona, se ha convertido en un acto revolucionario. Hoy, ver a alguien leyendo en la calle es un grafiti de Banksy.

Fin de la historia

Cuando Blancanieves se despertó de la siesta, el bosque donde los enanitos tenían su cabaña era un gimnasio, un McDonald’s™, una montaña rusa gigante, tres mil plazas de aparcamiento para coches, motos, bicicletas, minusválidos, y siete plantas de centro comercial.

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