Entrevistas

Alba Carballal: «Las amigas son un catalizador de todo lo bueno que tenemos dentro»

La escritora Alba Carballal. / Foto: Alberto Almayer — Seix Barral

Cuando en Galicia tuvo lugar ese ya lejano y de oídas desastre del Prestige, Alba Carballal (Lugo, 1992) —escritora, columnista, arquitecta, guionista, joven creadora, ecologista, amiga de sus amigas, narradora contemporánea, feminista— apenas tenía 10 años, y fue la primera vez que observó de cerca el horror.

Para ella, a quien ya vimos debutar en 2019 con Tres maneras de inducir un coma, fruto de su paso por la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores de Córdoba —y menudo paso—, ese acontecimiento no resultó ser ni tan lejano ni tan de oídas, pues desde entonces algo en su cabeza comenzó a germinar en forma de novela: Bailaréis sobre mi tumba (Seix Barral, 2023). Un retrato de lo que se cocía en los márgenes de nuestro país no hace demasiado, que hoy leemos y disfrutamos y con el que, sobre todo, viajamos a una época de contracultura y excesos donde el chapapote llegó a cubrirlo todo, y a todos.

Comienzo por el inicio. ¿Por qué una canción de Siniestro Total ha acabado dando nombre a tu segunda novela?

Siempre encuentro los títulos rebuscando en canciones. En referencias culturales en general, pero sobre todo en la música, porque creo que es el sitio en el que es más probable que encuentre algo potable. En este caso era muy obvio que quería que el título de la novela saliese de un grupo de la movida viguesa porque es una de las patas fundamentales de la novela, y en ese sentido empecé a bucear un poco en algunas canciones de Siniestro Total, de Golpes Bajos, de Os Resentidos. En un momento dado mis recuerdos se cruzaron con un libro que tiene algo que ver con este, que se llama Escupiré sobre vuestra tumba, de Boris Vian. Entonces me acordé de la canción de Siniestro y crucé las dos cosas, y ya se quedó este Bailaréis sobre mi tumba.

A lo largo de toda la novela parece que vemos esa intertextualidad, sobre todo a través de la música.

Sí. No sé si es una virtud o un mal vicio, pero me ocurre siempre. El tema de la intertextualidad, no solo con la música sino con otros textos de otros autores, con películas. Me pasaba ya en mi primera novela con un montón de textos de todo tipo, no solo novelas o poemas. Y al final quiero pensar que enriquece el texto, pero bueno, alguno me dirá que soy una pedante [ríe].

En cada capítulo se hace referencia al título de una canción del momento. ¿Por qué esas y no otras?

Si el lector busca el año de la canción se encuentra ubicado en el tiempo. Me he tomado la molestia de que cada canción guarde una relación temática con el capítulo, porque obviamente sin eso no tendría sentido, pero también una relación temporal; que de alguna manera la banda sonora de la novela pueda ir ubicando al lector en el tiempo. Por otro lado, a la hora de escoger una canción u otra me baso, sobre todo, en que guarde relación con el tema del capítulo que quiero tratar. Muchas son muy obvias, otras tienen que ver conmigo, con mis gustos musicales, etcétera, pero otras veces realmente hay un trabajo de investigación petardo ahí, de meterme de pronto en una lista de éxitos de 2002 y ver qué hay ahí, bucear entre temazos. Creo que es un juego divertido con el lector.

¿Podrías describirme esa movida viguesa, y en qué difiere de otras que hubo?

Yo creo que hay dos grandes bloques. Está La Movida más centralista que hubo en Madrid, popularmente conocida como La Movida madrileña. Me refiero a la más institucional, porque luego La Movida madrileña también tuvo otros tentáculos alternativos, pero, en definitiva, lo que todos entendíamos como Movida madrileña, que es mucho más de clase media, de gente acomodada. Y luego se dieron otras movidas, entre ellas la viguesa, que fueron más periféricas y tienen un origen mucho más obrero y, por tanto, en sus letras creo que solía haber un contenido político mayor, donde la ironía no nace de la despreocupación sino de todo lo contrario, de una situación económica precaria. En ese sentido, creo que las movidas periféricas suelen ser más obreras y más sinvergüenzas, con una ironía más fina.

«El punk ha pasado a la historia con una legitimidad que se le niega a la ruta», leemos en tu libro. ¿Crees que, con series como La Ruta o Paraíso, o películas como Quan no acaba la nit, se le está tratando de dar una legitimidad tardía a La Destroy?

Me gustaría pensar que sí. Con eso la primera sorprendida soy yo, porque llevo con esta novela muchos años y cuando salió la serie La Ruta, por ejemplo, que está bastante bien, me sorprendió mucho porque era algo a lo que no se le había prestado ninguna atención. Y que de repente existan ficciones desde diferentes puntos de vista, porque esa serie y mi novela tratan sobre el mismo hecho pero son muy distintas, está bien porque la verdad es poliédrica y siempre tiene que haber perspectivas diversas sobre las cosas. Me alegro de que se estén empezando a representar movimientos contraculturales que fueron muy provocadores en nuestro país, no desde el odio o desde los prejuicios que tuvieron los medios de comunicación con ellos, sino desde un acercamiento más respetuoso.

En el libro hablas sobre el nacimiento del movimiento ecologista y sobre esa Galicia rural, profunda, de los 80 y 90. ¿Cómo surge la idea?

El movimiento ecologista en España es policéntrico, surge en un montón de sitios a la vez, no solo en Galicia, y ya en los años 70, anteriores a que arranque la novela, hay muchos grupos ecologistas organizados por todo el país, pero es verdad que en Galicia tienen una presencia mayor, quizá por la relación tan especial de la tierra con el mar y con la costa. Además, la de Galicia es una relación con el mar muy obrera, no tan turística quizá como en otros sitios, porque tiene mucho que ver con la pesca, con el transporte de mercancías, etc. Es una relación con el mar muy ligada a la producción y a que los que estén allí vivan de eso, una relación muy directa. En este sentido, para mí la idea surge más de una vivencia personal muy importante que me marcó en su día, que fue el hundimiento del Prestige. Yo entonces era muy pequeña, pero es probablemente el primer recuerdo político que conservo, y creo que eso se quedó dando vueltas en mi cabeza. Cuando me propuse contar la Galicia que yo viví y que pertenece a mi infancia, el cuerpo y la cabeza me pidieron remontarme más atrás para explicar esa Galicia a través de los otros barcos que se habían hundido, que es una historia que parece cíclica y condenada a repetirse.

¿De qué manera crees que te pudo afectar como niña esa experiencia?

Creo que para todos los que vimos el chapapote, no solo para los niños, es algo difícil de olvidar, porque en realidad es una sensación muy fuerte ver un mar completamente negro, percibir el olor acre del petróleo; y, en el caso de los niños, sentir el miedo en los adultos, en todos los adultos que conoces. De repente todo el mundo está de acuerdo en que eso es una barbaridad y en tener miedo de que eso no remonte y el mar se quede hecho un desastre. Para mí es el primer recuerdo de algo común, colectivo, que supere la unidad familiar o de la escuela, y es importante por eso.

¿Dónde encontramos a día de hoy esa conciencia ecologista tan presente y tan combativa en aquellos años?

A día de hoy, por suerte, veo que está más extendida y creo que hay cierta conciencia común de que hay determinadas cosas que no se pueden consentir. De todas formas, si hablamos de movimientos más concretos, a mí me interesa mucho el movimiento del decrecimiento, en el que destacan varios autores como Serge Latouche o Carlos Taibo a los que merece la pena escuchar porque realmente proponen cosas que tienen mucho sentido.

¿Se puede entender la vida al margen de lo político?

No. Bueno, supongo que se podrá. He contestado muy directa y yo no soy nadie para decirle a los demás cómo tienen que entender su vida, pero yo, desde luego, no puedo.

Recientemente hemos podido ver que lo rural, y en concreto la Galicia rural, se ha convertido en uno de los principales focos de interés en el ámbito cultural, sobre todo en el cine.

Es muy curioso, porque siempre ha sido una tierra relegada a ficciones minoritarias. Hasta ahora, en general siempre ha estado poco representada en las ficciones nacionales, y sin embargo estos últimos años, entre As Bestas, Matria, Sica, etc., ha pegado un subidón. Me alegro mucho, porque creo que son muy buenas películas y además todas ellas tocan el tema, tanto de una manera como de otra, de la relación con la tierra y el mar. Es importante que se tengan referentes de ese tipo de escenas rurales.

¿A qué crees que se debe?

No lo sé muy bien, la verdad. Lo que sí creo es que cada vez hay más creadores de orígenes y de otros tipos de formación diversos, y tienen acceso a la hora de crear ficciones, sean de la clase que sean, porque se ha abierto un poco el foco de interés. Las narraciones que antes eran periféricas ahora tienen mayor cabida, porque se buscan relatos un poco distintos. Y supongo que, dentro de esto tan amplio, una de las cosas que se están empezando a contar más tienen que ver con lo rural, pero también con otras cosas, disidencias de otro tipo: de clase, de género, de migraciones, de familias diversas, etc. Creo que ese tipo de relato, que antes era muy difícil de encontrar porque no había medios para producir esas historias, ahora se están posicionando en otro lugar. Y creo que es una buena noticia.

Totalmente. Y en relación a este tema me llama especialmente la atención la manera en la que convergen en los diálogos el gallego y el castellano. Inevitablemente me hace pensar en Panza de burro.

Desde luego es un piropazo. A mí el libro de Andrea Abreu me encanta. Es cierto que es un poco distinto, porque en el fondo ella lo que propone es una visita, digamos, a una variante del español, la variante de esa región de Canarias de donde es ella, y en mi novela hay más bien una especia de mezcla idiomática de dos lenguas. Casi todo está en castellano, también hay partes de un castellano muy galleguizado, y luego hay partes directamente en gallego. Yo creo que también es parte de lo que hablábamos antes, que estas realidades, que existían pero no se representaban en la ficción, han dejado de estar única y exclusivamente relegadas a los márgenes y ya empiezan a representarse y este castellano absolutamente normativo y monolítico está empezando a romperse. En todas las películas que hemos mencionado también pasa un poco esto. En As Bestas de repente hay castellano, pero también castellano galleguizado, hay gallego, francés; en Sica hay catalán, castellano y gallego, Matria está rodada fundamentalmente en gallego. Igual que te contesté a la otra pregunta, creo que esto es una buena noticia, que haya realidades lingüísticas distintas y que se expandan, que de repente exploten y se muestren.

La maternidad y la figura de la madre parecen tener bastante peso en la novela.

A mí realmente el tema de la maternidad es un tema que me interesa de refilón, porque creo que tengo bastante claro que no quiero ser madre. Pero es verdad que la relación entre madre e hijos o padres e hijos es una de las categorías de relación más intensas que hay, en el seno de las cuales se puede dar lo mejor y lo peor del ser humano, y en ese sentido es un tema recurrente en mi narrativa. Creo que es uno de los grandes temas de la humanidad.

Especialmente ahora, es un tema que se está aprendiendo a desrromantizar mostrando las diferentes relaciones que pueden darse entre padres e hijos, que es algo también vemos en Bailaréis a través de los personajes.

Creo que esto es algo que tiene que ver con el hecho de que se estén mostrando en la ficción historias de maternidades distintas; que, de hecho, el tema de la maternidad esté empezando a mostrarse de manera menos romantizada en ficciones, películas, novelas, etc. Tiene que ver también con que las mujeres creadoras comencemos a tener voz, porque hace no tanto era difícil encontrarla porque éramos creadoras de nicho o simplemente había muchas más obras publicadas por hombres que por mujeres. Ahora las tornas están cambiando y se están empezando a igualar las cosas, y claro, hay temas históricamente más ligados a lo femenino que se empiezan a universalizar, como tendría que haber sido siempre.

Se ha dicho que en este nuevo libro eres exigente con el lector. ¿Crees que de no haberlo sido se te habría valorado igual?

Bueno, yo no creo que sea tan exigente [ríe], pero sí que es verdad que escribiendo tengo tendencia al barroquismo, soy enrevesada y utilizo un léxico y una sintaxis un poquito elevada, si quieres, pero eso es una cuestión de estilo. Al final hay otras escritoras y escritores que hacen una literatura completamente distinta a la mía y son fantásticos, y a quienes también se ha valorado; quiero pensar que hay cabida para todo tipo de voces. Es verdad que me hace mucha gracia una frase que le escuché una vez a Marta Sanz, que dice que las escritoras de clase obrera tenemos que escribir muy enrevesado porque tenemos que demostrar todo el rato que sabemos escribir, que la austeridad lingüística solo está al alcance de quien se lo puede permitir. Y no sé si es verdad o no, pero me siento identificada con eso [ríe].

En Tres maneras de inducir un coma, la novela con la que debutaste, los personajes reflejaban una soledad arrolladora. En esta ocasión el patrón parece repetirse.

Pues puede ser que algo de eso haya. Es triste pensarlo, ¿no? Es verdad que este es un libro de personajes que no sé si se hunden en su propia soledad, pero desde luego reman contra ella, y si consiguen combatirla tiene que ver con las relaciones de afecto casi primigenias. Y creo que en un mundo en el que casi nos olvidamos de ellas, está bien recordar lo que es importante y volver a colocarlo en su sitio.

Las vidas de todos los personajes parecen estar entrelazadas entre sí, y da la sensación de que tarde o temprano se van a reunir de algún modo, pero finalmente vemos que acaban solos. ¿Cómo de importante es saber estar con uno mismo?

Es muy importante, pero también te digo una cosa, creo que vivimos en una época de hiperindividualismo en la que nos dicen constantemente que tenemos que aprender a estar solos, a estar con uno mismo, a luchar contra todo solos y a poder con todo solos. Pero yo creo que también es muy importante saber estar con los demás y aprender a estar con otros, y darnos cuenta de que las cosas importantes de la vida casi nunca se hacen en solitario, o eso es lo que yo pienso al menos. Si he hecho un canto a la soledad, pido perdón [ríe].

Centrándonos ahora en el personaje de Lolo Celanova, ¿te nutriste de alguna experiencia real conocida en La Ruta a la hora de construir su arco narrativo?

La verdad es que no [ríe]. Fue todo a través de muchas horas de documentación e investigación, de leer mucho, ver un montón de documentales e informativos de la época. Todo lo que está ahí es a base de documentación pura, no he tenido otras fuentes.

Habrán sido muchas horas, sí. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que se germinó la idea de este libro hasta que finalmente se ha publicado?

Hasta que se ha publicado unos seis años. La escritura fueron casi cinco desde que empecé hasta que se puso el punto final en septiembre del año pasado. Han sido cinco años muy intensos evidentemente, no pudiendo dedicarme completamente a la literatura.

¿Cuál te ha resultado más complicado a la hora de escribir: el primero, que fue fruto de tu año en la Fundación Antonio Gala, o este último libro?

Este, sin duda. Con el primero tuve esa beca en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, que me permitió tener el tiempo y el espacio necesarios para escribir la novela sin ninguna preocupación más allá de escribir, y con este no ha sido así, porque evidentemente fuera hace mucho frío [ríe] y he tenido que compaginarlo con un montón de trabajos y obligaciones, y con la promo de la primera novela. La primera obviamente pude escribirla con unas condiciones materiales inmejorables.

Lamentablemente no hace mucho que falleció Antonio Gala, ¿cuál crees que habría sido su opinión acerca de esta segunda novela?

¡Vaya pregunta! [ríe] Pues no lo sé, pero él era muy generoso con todos nosotros y sospecho que, aunque hubiese hecho cualquier tipo de broma o de sarcasmo al respecto, seguramente la hubiera leído con cariño y habría intentado encontrar en ella todo lo que de buena pueda tener. Porque era su naturaleza, siempre fue muy generoso con los creadores a los que acogía en su fundación.

En algún momento del libro leemos lo importante que resultan ser las amigas para la narradora de la historia. ¿Y para ti, qué lugar ocupan?

Hablaba antes de la importancia de encontrarse con los demás, y de aprender a ser y a estar con los demás y a pensarse en colectivo, y yo creo que en ese sentido los amigos, las amigas, son un catalizador de todo lo bueno que tenemos dentro y un recordatorio constante de que si importas no es por nada que hayas hecho, sino por cómo te comportas con los demás y por el bien que puedes hacerles a las personas que quieres. Para mí mis amigas son siempre lo máximo [ríe].

¿Cuánto hay de Alba Carballal en esa narradora contemporánea que nos lleva de la mano?

Hay mucho de mí, pero también hay mucho de mí muy introvertido y muy transformado. Al final es una parodia de mí misma. Muchas veces las cosas que dice esa narradora las pienso, pero muchas otras están completamente deformadas y exageradas. Y al final es eso, una parodia en la que me río de mí misma y de todo lo que pienso, de todo lo que siento y de las cosas que me pasan.

Y, por último, ¿cuál es el mayor placer que encuentras a la hora de escribir este tipo de historias tan crudas?

El placer en escribir lo suelo encontrar en sentir que soy capaz de entroncarme en una tradición y a la vez salirme de ella. Que soy capaz de dialogar con otros creadores y otros escritores que escribieron antes que yo e hicieron cosas fantásticas, y recoger lo que yo considero que es mejor de todo lo que han hecho, beber de esas tradiciones. Y a la vez, pensar que con todo ese mejunje soy capaz de aportar mi granito de arena y hacer algo distinto. Eso creo que es muy bonito.

Un poco de escritura reciclada.

Sí [ríe], en eso también soy yo muy ecológica.

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