Ficción

La sangre de las piedras

Foto: James St. John (CC BY 2.0).

La cara ya no puede más y comienza a sangrar. El hombre ha estado pellizcando su barbilla sin descanso. Toma entre sus uñas pedacitos de piel y los aprieta como si intentara decapitar una hormiga. Las cejas comienzan a verse despobladas, se las arranca durante la noche, el momento de mayor tensión. Ya no existe simetría alguna entre una mitad de su rostro y la otra. Pero su aspecto lo tiene sin cuidado; total, ya no queda nadie que pueda notarlo. Todos han muerto o se han ido del pueblo; hoy, esos son los únicos caminos. Nunca optó por irse porque su madre nunca se decidió a morir. «¿Esto es el destino? ¿Esto hubiera querido papá?».

Así suena la tierra cuando este pueblo finalmente hace silencio. La exhalación infinita del río terminó por apagarse en sus oídos. Y lo poco que aún queda vibrando —el viento, los pájaros y algún que otro perro hambriento— no conjura su soledad, solo se apea en su vientre, el más grande remanso de angustias. Hace diez años, a esta hora de la mañana, ni la casa ni la familia daban tregua: la bulla se elevaba desde la mesa repleta de pan de arroz y, mezclada con los vapores dulces del café, viajaba hasta la plaza del pueblo, clavándose en los aguijones gordos de un toborochi.

¿Cuánto tiempo hará que la madre no sale de ese cuarto? Armando le tiene la misma consideración que le tiene a las plantas: cuando se acuerda, le lleva algo de agua y comida. La mujer, tan flaca y débil como un tallo, tiene la boca permanentemente abierta, parece un pozo seco, apenas aprieta los labios para aspirar sus últimos cigarrillos. Se pasa las horas acostada, escuchando la estática de la radio que ahuyenta los recuerdos que sobrevuelan su cuerpo haciendo círculos, buscando refugio en su garganta árida.

El hombre, tan hinchado y pesado como un tronco, apenas se mueve por el patio y la cocina. Pero donde mata las horas es en su balcón destechado, donde instaló un asiento de mimbre desde el que puede observar la selva a un lado y la plaza en ruinas al otro. Mastica chicle, como si masticara el tiempo, lo estira con los dedos y lo succiona en un suspiro. Ansioso, hurga su rostro y lo despedaza hasta que el crepúsculo ocre revienta en sus ojos y cae la noche. Es cuando el silencio le resulta más insoportable. Mira el fondo de su alma, escondida durante tanto tiempo entre apariencias, entre la rabia y el arrepentimiento. Todo rebota como un eco en su cerebro adormecido. El aire es febril por las noches, y tan denso que puede saborearlo.

Los animales salvajes que otrora cazaba el niño Armando, a escopetazo limpio, ahora vuelven altaneros a pasearse por la plaza y los alrededores, los vivos y también los que sí alcanzó a matar. No sabe a cuáles teme más. Los ve pasar desde el balcón mientras seca el sudor de su cuello con una toallita percudida que esparce más de lo que absorbe. «Que agradezcan que no tengo balas, carajo, que si no…»; pero lo cierto es que ya ni siquiera recuerda cómo sostener un arma. Lo único que recuerda es la adrenalina del disparo, el golpe seco en el hombro y el olor a pólvora, incienso amargo que coronaba la muerte del animal. Caminaban solos él, todo un hombre de doce años, y Julián, uno de once, decidiendo al dedo cuál vivía y cuál no. «A esa déjela ir nomás». Ambos disfrutaban los paseos, se acompañaban haciendo pausas para bañarse desnudos en el río, secar sus cuerpos nuevos al sol y contarse historias hasta que el sudor volvía a aparecer. «¡Mire! Esa sí es una bestia de mi calibre, mire cómo se hace, Julián, mire y aprenda». Apuntaba con un ojo abierto y disparaba sin pestañear. Luego de la explosión, chillaba el animal, se tambaleaba y caía como un pedazo de plomo al suelo. Entre los dos, despellejaban el cadáver y lo arrastraban por el monte. Llegaban a casa del padre de Armando y este desbordaba orgullo en voz alta: «¡Carajo, bueno el bicho, ese es mi hijo, bien, los machos cazamos machos!».

¿Cuántos días pasaron? «Solo Dios sabe», se consuela Armando y se persigna. Su piel ya es una con la silla de mimbre; sus pies, uno con el suelo; su voluntad, una con el viento. No se mueve a pesar del intenso olor a muerto que empieza a salir del cuarto de su madre. La muerte golpea su nariz y esconde la propia fetidez de su cuerpo.

Mira hacia abajo desde el balcón. Los animales podridos lo buscan con los ojos huecos, levantan sus narices al cielo, huelen como si supieran que está ahí. Rodean la casa, golpean y empujan las puertas. Con la misma actitud solían llegar sus hermanas desde que se les murió el padre: golpeando puertas, lanzando piedras y amenazas, exigiendo lo que también era suyo, insistiendo día tras día, mes tras mes, año tras año. Hasta que finalmente se resignaron: murió papá, pero quedó Armando en su lugar, y no solo como heredero absoluto, sino como una reencarnación del viejo verde, literalmente en su lugar. Por eso se quedó con la casa, la plata, el ganado y hasta la mujer. Solo entonces, Armando las invitó a pasar, como visitas. Pero con los animales es diferente, sabe que buscan otra cosa, cree que lo buscan a él, porque esas bestias no hablan, pero sí recuerdan, como los árboles, las piedras del río, o como el propio Julián, que se llevó a la tumba su más íntimo secreto.

¿Cuántos días faltan? «Solo Dios sabe, solo él». Armando apenas respira, sus pulmones están podridos, su hígado, su estómago, todo desecho, «¡por qué sigo vivo, carajo!». Ya ni la lluvia lo ahuyenta, solo cierra los ojos y baja la cabeza como un caballo atado a una estaca. El aguacero revienta en su cuerpo en mitad de la noche, el olor a muerto desaparece momentáneamente. El río, a dos kilómetros de distancia, enfurece como un gigante. También Armando enfurece, no entiende por qué sigue aferrado a la vida. Es el último sobreviviente del pueblo y no puede hacer nada al respecto. Solo esperar y esperar. «Quizás caiga la luna, me aplaste como a un insecto y explote la Tierra como una guirnalda». Piensa en Julián, su compañero de infancia, asustadizo como él solo. Las noches de tormenta lo espantaban tanto que terminaban ambos acurrucados en una cama, toda la noche con los ojos abiertos, los cuerpos muy juntos, inquietos, las pieles erizadas, cuestionando el pudor, despertando. Por la mañana, el sol secaba todo rastro y, sin más, Julián se iba corriendo.

El olor es insoportable. «Los hombres nos hacemos cargo de nuestro destino», le decía su padre. Armando no entendía, pero guardaba silencio para no parecer tonto. Ahora, también en silencio, saca fuerzas de donde puede y se levanta para envolver en mantas el cuerpo rancio de su madre.

Levanta el bulto y comienza a caminar. No piensa en los animales que husmean alrededor de la casa hasta que abre la puerta y los ve en la entrada. Queda tieso, pálido, con el cuerpo de su madre en brazos, frágil como un santo de yeso. Las bestias entran alborotadas a la casa y no es hasta que ve a la última que Armando recupera el aliento. Mientras se aleja en dirección al río, de espaldas a la plaza, puede escuchar cómo las bestias toman la casa rompiendo maderas y cristales.

Después de una hora, Armando encuentra de nuevo el sonido del río. Lo escucha rugir e imagina que así suena el universo. Se siente tan pequeño como una hormiga en la enorme playa rocosa. Las piedras parecen meteoritos clavados en la arena.

Tropezará varias veces con ellos. Tras cada caída, acomodará las mantas que, con el impulso, dejarán expuestos un pie, una mano o un poco del cabello cano y reseco del cadáver de su madre. Alzará el cuerpo con la misma paciencia y cuidado con que se mueven las copas de los árboles a lo lejos.

De niño, surcaba ese mismo terreno como si nada, dando saltos y vueltas, escopeta al hombro, seguro de sí mismo, intentando impresionar a Julián que siempre avanzaba lento y cauteloso. Cuánto sufrió aquella tarde que volvían río arriba hacia su casa, los dos serios, como nunca, Julián muy por delante, firme, sin responder los ruegos de Armando, «no se lo digas a nadie, por favor, por favor, mi padre me mata, pensé que también querías». Julián no volteaba, avanzaba entre sofocado y avergonzado, «por favor». No dudó Armando en apuntar y disparar por la espalda, sin avisar.

Cuánto sufrió sintiendo el golpe seco en el hombro y el olor a pólvora, viendo a Julián tambalearse unos segundos antes de caer como plomo entre las piedras. Cuánto lloró arrojando el cuerpo tibio a la corriente fría del río. Y cuánto sufrió restregando la sangre de las piedras, murmurando la tonada favorita de su excompañero: «Desgraciado, llevas desgracia izando tus crines». A lo lejos, los pájaros empezaban a gritar lo que habían visto.

Cojeando y tropezando, camina hacia los árboles; total, la casa ya está tomada y extraña los días felices en la selva. Ve el cuerpo de su madre en la corriente violenta hasta que se hunde unos metros más adelante, «así lo hubiera querido papá». La despide con tres avemarías, un padrenuestro y ni una sola lágrima.

 


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, quince años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Bernardo Paz (1990) nació en Bolivia, estudió música y letras. Publicó el poemario Clara (2018) y varios cuentos suyos aparecen en antologías. Dirige la editorial independiente Parc. Fue parte del Máster en Creación Literaria BSM-UPF en el curso 2021/2022. Actualmente, trabaja en su primera novela.

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