Horas críticas

Libros de la semana #73

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

La gentrificación es inevitable y otras mentiras, de Leslie Kern (Bellaterra)

Nadie escapa ya a la gentrificación, ese anglicismo que hasta hace no tanto teníamos que escribir en cursiva y con cierta carga culpable, y que hoy resulta imprescindible en el vocabulario de cualquier ciudadano crítico; ayer mismo hablábamos de cómo este proceso amenaza la existencia de una librería que es todo un símbolo cultural. Desde que la socióloga Ruth Glass lo definiera a mitad del siglo XX a partir de lo observado en el barrio londinense de Islington, este violento desplazamiento de población ha podido ir refinando sus modos o vistiéndose mejor, pero ya no engaña el hecho de que los negocios renovados que expulsan a anteriores vecinos sean cada vez más guays (por no decir hípster, que también se admite ya en español) o pretendidamente sostenibles. No obstante y según la autora de este ensayo, la gentrificación no es tan moderna como parece, ni tampoco una consecuencia más que debemos asumir del modelo económico capitalista; de hecho, argumenta, se pueden rastrear sus raíces ideológicas en la colonización y expulsión de sus tierras de las poblaciones nativas, que al fin y al cabo eran sistemáticamente desahuciadas, alejadas de sus orígenes y del que había sido su hogar. Lo que sí ha cambiado con el tiempo son procesos de presión, monstruosos en la actualidad: «La gentrificación se ve facilitada por fuerzas mucho más poderosas que la del propietario promedio de clase media: están los gobiernos de las ciudades, los desarrolladores, los inversores, los especuladores y las plataformas digitales que desde lejos crean nuevas maneras de lucrarse con el espacio urbano». Pero igual que la narrativa en la que se inscribe la Historia ha sido decisiva en su transmisión, la narrativa que se ha hecho de la gentrificación está llena de falacias, y por eso estas páginas se proponen desmontarla en cada uno de sus presupuestos. La filósofa y experta en género, geografía urbana y medioambiente Leslie Kern, de la que Bellaterra Edicions ya había publicado Ciudad feminista: La lucha por el espacio en un mundo diseñado por hombres, ha recibido el National Housing Studies Achievement Award por sus investigaciones sobre vivienda y aquí expone algunas de sus conclusiones, examinando esta problemática global desde una perspectiva interseccional con factores de raza, género y clase. El periodista Ta-Nehisi Coates define la gentrificación, sencillamente, como «robo» de los recursos de la población negra; la geógrafa urbana Winifred Curran ve una clara relación de esta práctica acosadora y abusiva con las desigualdades de género; el activista por la resistencia indígena Nick Estes tiene claro que es un proceso «antiindios» en muchos casos, que les niega el derecho a vivir no solo en sus reservas sino también fuera de ellas, en las grandes urbes. Pero este oportuno e importante libro, que ha contado con el apoyo de la Cátedra de Vivienda y Derecho a la Ciudad de la Universitat de València, propone además alternativas para no caer en esa inevitabilidad que denuncia su título, inspirándose en la abolicionista Mariame Kaba cuando dice que «la esperanza es una disciplina» y sentando las bases teóricas para una política de vivienda feminista y queer, antirracista y descolonial, para cambiar de una vez por todas el relato. Aquel que, como dice Rebecca Solnit, citada aquí también, está «devorando el corazón de la ciudad desde adentro: […] la vida dentro de sí va menguando, desviándose de la diversidad, la vida cultural, la memoria, la complejidad».


Pulpa, de Flor Canosa (Horror Vacui)

La Venus desventrada, uno de los muchos —cerca de dos mil, según se cuenta— modelos anatómicos realizados por Clemente Susini (1754-1814) y que tanto sirvieron a la ciencia y al arte, nos recibe en la cubierta, anticipando el tono de esta novela: los especímenes del escultor florentino provocan en la mirada un efecto inquietante y fascinante a la vez, pues incluso abiertos en canal no pueden dejar de apreciarse sus labios incendiados o sus llamativos pezones. El libro que tenemos entre las manos se sitúa en un mundo distópico a la manera clásica, pero combinado con dilemas contemporáneos en torno al poder sobre lo biológico, lo genético y lo digital, donde hoy se cifra todo. Hay en esta sombría sociedad un orden y un pensamiento único, y todo lo anterior —que somos nosotros, hoy— pertenece al terreno de la leyenda; incluso la existencia de un autor como Borges, al que se menciona, podría ser ficción. «El único instinto que nos queda es el sexual y justamente por eso está regulado», explica la joven Irma, la primera de las narradoras. Ella nos cuenta, desde su ignorancia de ese pasado secreto, que internet se puso fuera del alcance de la gente, se afantasmó a base de filtrarlo y depurarlo de ese «contenido redundante y monstruoso» que crecía sin control. Su madre le habla de la estafa a la que se ha reducido el futuro: «Estamos igual que en 1990, aunque más solos, más tristes y con música asonante». Las diferencias de clase son abismales, y solo los pudientes saborean lo que se llevan a la boca. Pero lo que define realmente este tiempo sin conciencia de él es la prohibición (que, se nos revela con acidez, antes fue privatización) del dolor: «Los avances en materia de biología llegaron a establecer la idea de que el cuerpo es un templo y, como tal, no puede ni debe ser profanado». En tal escenario, los cuerpos pertenecen al Estado, y hay drogas y opiáceos para paliarlo todo. Este es el universo que ha parido la escritora y guionista argentina Flor Canosa, cuyo estilo emerge distintivo a la hora de evocar, con formas gráficas pero también poéticas y eróticas, el descubrimiento del sufrimiento físico por parte de su protagonista, verdadero detonante de la narración: «Miré mis manos y los puntos que mostraron su verdadera dimensión vertical cuando crispé las palmas y los hilos rojos deslizándose hacia las muñecas y la carne jugosa, la pulpa interna de mi persona apareciendo apetitosa». Lo carnal, a fin de cuentas; como cuando Irma se bebe su menstruación, en un acto casi de autovampirismo con el que alcanza su primer orgasmo. Con Pulpa estamos, por tanto, ante una obra fascinantemente morbosa, malsana y enfermiza en la mejor tradición, la de autores como J.G. Ballard. En ese punto del relato comienza el fetiche del dolor (recordemos: lo prohibido), el sadismo y el masoquismo, que a diferencia de lo que teoriza Erich Fromm, pueden convivir con el amor, se dice Irma. O, como expresa Michel Foucault, acuñador del término biopolítica, en la cita que abre el libro: «en el amor, el cuerpo está aquí», así que existe fuera de toda utopía cuando se funde con otro. Eso le ocurre al de ella cuando se encuentra con otro cuerpo enfermo, «el epítome del deseo», y juntos se entregan a la violencia sexual más desmedida, la humillación, el excitante maltrato. Quieren desatarse y rebelarse, porque, ya lo decía Oscar Wilde, «los genios pueden dominar el caos, solo los tontos necesitan el orden».


Nudos de vida, de Julien Gracq (Ediciones del Subsuelo)

«Podemos muy bien considerar este mundo una maravilla insustituible para el hombre, y estar tranquilamente desprovistos de esperanza», le decía Julien Gracq (1910-2007) en una entrevista de 1986 al crítico Jean Carrière. Una idea que bien podría resumir este libro, un verdadero tesoro hallado en la Biblioteca Nacional de Francia por la investigadora y experta en la obra del francés Bernhild Boie, que en su día fue propuesta por él mismo a la editorial Gallimard para que se encargara de la publicación de sus obras en la colección La Pléiade. Se han reunido aquí una serie de textos fragmentarios, entre lo lírico y lo agudo, plenos todos de brillantez, que nacen del caminar discreto pero tenaz, la observación consciente y la imaginación sabia, y se traducen en «una prosa sensual en la que los objetos se animan y donde lo vivo se une a lo inerte», como la define Boie en su prólogo. Este breve y valioso volumen, cuyos capítulos se anuncian con fotos extraídas de los archivos fotográficos del escritor, se abre con una cita de Oscar Wilde («El auténtico misterio del mundo es lo visible, no lo invisible») que también hace de adecuado preludio a su primer bloque, titulado Caminos y calles. Gracq evoca la niebla, el verano, la noche, elementos atmosféricos que dan cuerpo a la experiencia; sensaciones de infancia, poemas de Rimbaud o Poe y melodías de Schubert, ya sea en el entorno del valle del Loira, en las orillas del Lago de Ginebra o en verdaderos limbos, «zonas fronterizas en las que la vida se marchita, no se pone en movimiento ninguna atracción, estancia a un tiempo de almas sin destino ni pendiente». En Instantes capta las pequeñas dichas marginales y los grandes naufragios colectivos en la Historia, en los relatos de Stevenson, en la soledad y desnudez previstas por Kafka en una sociedad deshumanizada, en la pintura pre-surrealista de Magritte; todo ello puede llegar a formar los nudos de vida que refiere el título, «una especie de enlazamiento íntimo y aislado, alrededor del cual flota la sensación de plenitud del ser-juntos». Se propone el autor Leer en momentos de vagabundeo ausente por las inagotables estanterías de las bibliotecas, curiosear «picando como hace el español a la hora del aperitivo entre las tapas», mientras siente añoranza del lector que se dejaba atrapar en la telaraña literaria; como él mismo cuando compara a D.H. Lawrence con un Nietzsche novelista, o cuando destaca la obra de Colette, Cocteau, Éluard, Stendhal… Impulsos, también, para Escribir e inspiración para cifrar el axioma al que debe atenerse todo aquel que se diga escritor: «Lo que jamás se ha dicho así, jamás se ha dicho»; siguiendo esa proposición, para él «un éxito de forma es también de alguna manera la captación de una verdad», es decir, lo más importante —en la vida— es el cómo. Por eso se permite también en estas notas, a veces casi a modo de diario, deslizar su propia actitud, sus opiniones (tan rigurosas como ácidas) sobre cómo encarar, o no, la volatilidad de la vida moderna y la artificialidad de la escena literaria, una postura hasta cierto punto radical pero plenamente coherente que le haría rechazar el Goncourt: «En la actualidad es una suerte para un escritor no haber estado de moda jamás». Nudos de vida, pues, es una excelente muestra más de la lucidez de Gracq para hacer crónica no solo de su tiempo, sino de los que estaban por venir y que ya auguraba sombríos: «Se acerca el momento en que el hombre no tendrá ante sí nada más que él mismo, y solo un mundo enteramente rehecho con sus manos, según su idea».


Baños Pleamar, de Isaac Sánchez (Dolmen)

«Esta historia no está basada en hechos reales. Todo lo contrario, son recuerdos». Con esta declaración de intenciones comienza un cómic que da sentido al género autobiográfico, álbum de fotos familiares en sentido literal, pues su autor comparte una notable representación de ellas, donde figuran los verdaderos protagonistas del relato. Ambientado en la Badalona de los años 90, cuyas playas estaban yermas por la alta contaminación, los índices de criminalidad y la falta de un turismo consolidado, retrata el florecimiento de unos enormes baños comunitarios que marcarían tendencia, regentados por la familia del propio Isaac Sánchez, quien con tales mimbres firma una crónica personal, histórica y sociológica de esa realidad apenas conocida. Lo hace del único modo posible, dada su implicación: con cercanía y verdad, en un tono nada autocomplaciente pero que no rehúye el componente poético de lo narrado, como cuando en las primeras páginas se dibuja de niño conversando con el propio edificio, el espacio que conforman los Baños Pleamar: «¿Escuchas el rumor del mar retumbar dichoso cuando nadie le molesta? / Sí, lo escucho. / ¿Y percibes el siseo de la brisa marina improvisando con las gaviotas? / Ajá. / Entonces, si bien no tengo ventanas… tampoco tengo muros». Hay en este retrato un tono costumbrista que, por lo excéntrico y a la vez familiar de las interacciones entre sus personajes, a veces parece sacado de un manga japonés, incluida su galería de arquetipos playeros: el chulo-piscinas, el avezado-pesado pescador de roca, los viejos jugadores de dominó, los maleantes y quinquis… Con ecos de las novelas gráficas recientes de Ana Penyas o Paco Roca, es sobre todo un libro en torno al legado y la memoria, la imaginación y la mitificación, los sueños y las pesadillas. Y es que, aunque hay mucho humor en estas páginas, tampoco se eluden los miedos de la infancia, escenas que devienen grotescas o surrealistas en la mente del autor y en sus viñetas o dibujos a toda página, donde brillan la explosión de color y expresividad en el trazo. Sánchez, que se hizo famoso como youtuber pionero pero que incluso antes de eso ya había publicado sus dos primeras historietas, revela de algún modo aquí el nacimiento de una vocación que en Baños Pleamar lleva hasta sus últimas consecuencias: después de encadenar superventas en los últimos años, ha decidido aquí jugarse todo a una carta, este cómic en el que se vacía y que es un tour de force estilístico, por cuanto va cambiando de registro en función de cómo evoluciona la narración o lo que en ella se dice, en un sorprendente juego metalingüístico que oscila entre escenas reales y ficticias. Esto culmina en un tramo final tipo fotonovela gráfica en el que, con su propio rostro real impreso en las páginas, hace una confesión: «Tú eres la única historia que quiero contar». Y se ha atrevido a contarla en esta obra ambiciosa y desacomplejada, donde la nostalgia va derivando hacia una reflexión sobre la pérdida, el duelo: «Si al final se lo lleva todo el mar», escribe. En el epílogo, un regalo para el lector, cuenta que culminar la creación de este cómic ha sido catártico y un auténtico proceso de búsqueda de su propia identidad, lo que no es de extrañar viendo el resultado, tan sincero y emotivo, también tan crudo por momentos. Cuenta también que, mientras estaba terminando el cómic, visitó los Baños Pleamar: sí, allí siguen, y aunque reconvertidos en el restaurante L’Estupendu, en cierto modo se conservan intactos e indiferentes al paso de los años. Aunque seguramente, si le preguntásemos a sus muros, nos contarían otra cosa. Una historia tan real como la que nos ha contado desde las entrañas Isaac Sánchez.

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