Horas críticas

Libros de la semana #68

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

De paseo por los limbos, de Anna Adell (WunderKammer)

Entre otras muchas lecturas —figuradas y literales— que puede estimular este libro, no es banal en estos tiempos la de ver las fronteras como una zona no tan temible como fascinante, terreno del vértigo pero también del atrevimiento y la transformación, puesto que aquí se defiende una cierta «atracción por los márgenes» que ha resultado esencial para el arte más visionario. Lo que en estas páginas hallamos es, en la descripción previa que hace la propia autora, «un recorrido por algunos topoi o lugares simbólicos que en narraciones de todo género y en cualquier época han funcionado como arquetipos de reinos intermedios o han acogido experiencias fronterizas: jardines cercados, limbos o bardos, puentes peligrosos, puertas estrechas, encrucijadas, guardianes de umbral, axis mundi, bocas del averno…». Es decir, un catálogo de regiones liminares que sirven de portal a lo ignoto, a ciertos abismos, y que son difíciles de captar en la sociedad actual de las prisas y los deadlines, donde las transiciones se provocan y se asimilan a marchas forzadas. Desde la mirada del arte literario, cinematográfico y plástico, la filosofía y la antropología, este ensayo propone el ejercicio de detenernos a explorar esos lugares de paso, trazando un mapa de experiencias entre mundos diversos que tienen que ver con lo imaginario y los imaginarios de la creación, para lo cual conjura a una amplia nómina de autores: Wim Wenders en El cielo sobre Berlín, acompañado por Peter Handke y Homero, pero también Frank Lloyd Wright y John Cage, como punto de partida para analizar la influencia del pensamiento oriental en «el embrujo de los umbrales, la experiencia de los estados intermedios, la comprensión del vacío como engendrador de mundos, la concepción no binaria de la realidad»; Nabokov y Benjamin y Bachelard en sus recuerdos de infancia; Kafka y Freud, pero también Gregor Schneider y Eugenio Trías, sobre los umbrales de lo siniestro; Clarice Lispector y Jacques Derrida sobre la idea de una fuga mundi; Mircea Eliade y Cortázar, pero también Sigalit Landau, sobre la no-continuidad del espacio, entre muchos otros nombres y temas. Así hasta llegar al último pasaje para todos, ese «tránsito hacia el no-ser» que «ha inflamado la imaginación mítica y literaria de todos los pueblos» y todos los creadores, desde Hesíodo a Bolaño, de Jung a Burroughs o al George Saunders de Lincoln en el bardo y el Jim Jarmusch de Dead Man, dos obras maravillosas sobre el fundido a negro de nuestras vidas. En su prólogo, la filóloga Victoria Cirlot compara la lectura de este libro con la sensación de «adentrarse en un bosque en el que se siguen intrincados senderos y diversas espesuras, para llegar súbitamente a un claro». La historiadora del arte y ensayista Anna Adell, comprometida divulgadora del arte disruptivo en proyectos como Le Bastart, ejerce de cicerone y de mediadora en este paseo, porque de eso se trata: de mediar entre lo físico, lo material, y lo mental, lo anímico, sacando a la luz las interpretaciones de esas zonas ambivalentes, interdisciplinares y transversales no solo a lo espacial sino también a lo temporal, y sacando de paso a la luz a esas «criaturas liminoides que, en el terreno de la expresión artística, se caracterizan por su naturaleza esquiva e inclasificable». Raras avis que avistaremos desde la posición privilegiada que nos da esta lectura.


La propiedad del paraíso, de Felipe Benítez Reyes (El Paseo)

He aquí el magnífico debut de un autor con un universo tan personal, tan poco dado a dejarse arrastrar por las tendencias del momento, que merece la pena rastrear en sus orígenes como modo de constatar su evolución hasta convertirse en el soberbio escritor en que se ha convertido con los años, y con todos los honores: Premio de la Crítica, Premio Nacional de Literatura y Premio Nadal, nada menos, pero sobre todo una capacidad poco común de conectar con sus lectores, cuando leemos a Felipe Benítez Reyes sentimos eso tan manido, pero cierto, de aquello que se ha escrito a la medida de uno. Publicada originalmente en 1995, La propiedad del paraíso nos llega ahora en nueva edición que publica El Paseo en el marco de su interesante serie Ópera prima, colección que rescata debuts de difícil acceso y que constituyen auténticas joyas, no solo como promesas de lo por venir sino como realidades literarias de altura. No en vano, Pere Gimferrer no dudó en calificarla de «obra maestra» en su día. Con citas a Borges y Rubén Darío comienza esta bildungsroman nostálgica y vitalista que es, en realidad y como explica el autor en su epílogo (añadido a la edición original), «un catálogo de las sensaciones de una infancia recuperada bajo la mirada intrusa de un adulto que aparece por allí como un fantasma», así como de los elementos que la han vestido en su memoria: las muchachas, los héroes, las músicas, los trayectos y las noches que la poblaron. Sea o no biográfica, como dice en su prólogo José Manuel Caballero Bonald, «el niño que anda por el libro incluso se asemeja bastante al adulto que lo escribió». Habla Bonald de un nuevo realismo sentimental compuesto, por un lado, de su enorme imaginación poética, una faceta suya que hace emerger el recuerdo de obras suyas que nos han marcado tanto como Sombras particulares, El equipaje abierto o Los vanos mundos, y que aquí se evidencia con un valioso apéndice de poemas, otra de las novedades de esta edición, junto con unos collages. Por otro lado, la vividez de las imágenes en esta obra solo es comparable a la distancia irónica con que todo se observa, un estilo en la tradición de Ramón Gómez de la Serna que haría suyo y se convertiría en una de sus señas de identidad. Con esos mimbres elabora el autor gaditano un álbum de fotos que tienen el tono y el contraste óptimos para que no nos cansemos de mirarlas, ni de conmovernos con ciertas estampas: «El mundo era entonces una gran habitación cerrada. Un cuarto prohibido en el que rugían las fieras, luchaban los persas y los romanos, se desbocaban los caballos pintos de los apaches [..]». Y poco después: «El mundo sucedía en otra parte, y por eso aquellas melancolías. Como quien ve una lejana función de fuegos de artificio y apenas oye su estrépito de pólvora, y apenas ve su confeti de humo de colores, y se figura la alegría y confusión de esa verbena desde su cuarto a oscuras […]». Esa dualidad parece haber sido la formación sentimental de Benítez Reyes, quien no obstante da la razón a Cesare Pavese cuando advierte que considerar poética la infancia no deja de ser una fantasía adulta, pues «cualquier infancia es una mezcla de magia desordenada y de pesadilla metódica».


Trajiste contigo el viento, de Natalia García Freire (La Navaja Suiza)

Decía hace poco Samanta Schweblin en una entrevista para Cuadernos Hispanoamericanos que no creía que la mejor literatura de su generación la estén escribiendo las mujeres, sino que «llega en este momento con toda la frescura […] y la fuerza con la que llega al mercado cualquier literatura que hasta ahora haya sido minoritaria». En ese grupo podría incluirse la literatura latinoamericana, que parece recibir por fin la atención que merece en el sector editorial español gracias, por otro lado, a la coincidencia de una serie de obras tan rupturistas como divergentes en su estrategia estilística. El caso de las autoras ecuatorianas es particularmente notable, pues en los últimos tiempos nos han llegado las contundentes voces de Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero o Solange Rodríguez Pappe, todas las cuales comparten la cadencia poética, un talento brutal para las imágenes y cierta oscuridad que linda con lo fantástico o la duermevela. A ellas se suma Natalia García Freire quien, no por casualidad, incluye en su inicio una cita de Twin Peaks, de David Lynch, para establecer la atmósfera de este libro: «A veces la naturaleza nos juega una mala pasada y nos imaginamos que somos algo diferente de lo que realmente somos. ¿Es esta una clave para la vida en general?», se preguntaba en la genial serie el personaje al que conocemos como Log Lady. Esa dicotomía entre lo vivido y lo soñado se halla en el fondo de esta narración sobre un pueblo imaginario, Cocuán, que se va extinguiendo entre las pesadillas de sus pobladores, un lugar donde «el sol es como un padre, te parte la cabeza o te deja apolillarte, lejos, muy lejos de las entrañas abrigadas de la tierra». Con nueve capítulos que corresponden a otros tantos personajes, Trajiste contigo el viento puede leerse como un conjunto de relatos o como una novela coral cuyas distintas voces confluyen cantando un universo húmedo, oloroso, animista, supersticioso y lleno de misterio: «La gente de Cocuán salía y se ocultaba con el sol. Eran como estorninos que por las noches volvían del campo a sus dormideras, escondían las cabezas bajo sus alas y dormían un solo sueño». Estamos ante un relato hechizante y turbador sobre el arraigo a la tierra, a lo mitológico y al pasado, que son siempre sinónimos de quienes ya no están, los difuntos o los desaparecidos, pero que se manifiestan en las existencias afantasmadas, malditas, de los quedaron aquí, aullando y vagando en noche cerrada: «Aquellos que viven en temor se volverán salvajes, dijeron todas las voces al tiempo». Tras la sorpresa a nivel internacional que supuso su debut Nuestra piel muerta, García Freire vuelve a las tragedias del paisaje andino y ancestral con una historia que subyuga y sacude los sentidos, jugando a menudo con la sinestesia: «Hubo un tiempo en que me propuse ser un niño estupendo. Miraba el mundo con las palmas de las manos, entendía el lenguaje de los relieves, la vibración de los colores, la gravedad de las formas; así descubrí un mundo bello y simple, como las colinas labradas que serpentean y de lejos parecen pinturas». Un escenario irreal como la vida misma, donde se juntan la «sangre espesa» y la «carne podrida» con la «tierra roja» y el «polvo cósmico», nuestro paso efímero por el mundo y la conciencia del abismo al que somos arrojados.


Un pez en la higuera, de David Bellos (Ariel)

Ahora que los traductores online se afanan en mejorar sus prestaciones para, como en otras áreas del trabajo intelectual, ahorrar algunos sueldos, y que obras como La impostora, de Nuria Barrios, despiertan el debate sobre la precariedad del oficio de la traducción (en el ya de por sí precario mundo editorial), no está de más reivindicar esta labor invisible para algunos pero que a todos, de uno u otro modo, nos permite ver y entender el día a día, tan confuso a veces. Lo primero que hace este libro es, en efecto, reconocer que «la traducción está por todas partes» y que supone una actividad esencial para la economía moderna y para dar forma al mundo que vivimos, «desde los mensajes bilingües en las pantallas de los cajeros automáticos a las conversaciones confidenciales entre jefes de Estado, desde el justificante de la garantía en un reloj nuevo que acabamos de comprarnos a los clásicos de la literatura mundial». Se advierte, ya desde la contracubierta, de que no estamos ante un manual de traducción sino más bien «una amena guía cultural» que se propone descubrirnos o hacernos conscientes de las maravillas del mundo a cuyo conocimiento hemos accedido gracias al arte de la traducción, presente en las más diversas facetas del saber. Con desenfado y conocimiento de causa, el profesor, escritor y galardonado traductor inglés David Bellos teje un entramado de historias que se leen como una declaración de amor a la literatura, a su poder para dar significado a nuestras vidas a través del que otorgamos a las palabras, ese milagro de entendernos pese a todas nuestras diferencias y los matices culturales que lo dificultan. De hecho, explica el autor que lo que le motivó a escribir este ensayo fue el hecho de que, siendo su idioma el predominante, «a los anglófonos que no se dedican a la traducción les cuesta mayor esfuerzo que a la mayoría de los demás comprender qué es esta». Desde la propia definición de traducción a las competencias nativas, la fe en los diccionarios, el mito de las traducciones literales o las innumerables palabras para nombrar lo mismo; hasta hecho sociales como los «flujos globales», la paridad lingüística, la legislación, los medios de comunicación o el humor traducido, Bellos investiga «lo que ha hecho la traducción en el pasado y lo que hace en la actualidad, […] lo que se ha dicho sobre ella y por qué». Para ello, acude a clásicos y a cómics contemporáneos, a la lingüística o la antropología y también a la informática, a ejemplos en países de lo más remotos, introduciendo además algunos dilemas esenciales del pensamiento en relación a la trascendencia de la comunicación, el vínculo entre el registro popular y el culto, el (neo)lenguaje de la política, etcétera. En traducción de Vicente Campos se reedita un libro que se publicó por vez primera hace diez años en España y que desde entonces y pese a todos los esfuerzos tecnológicos no ha hecho sino ganar vigencia, pues como concluye Bellos, «la traducción es un primer paso hacia la civilización». Por eso, dice poco después en su epílogo, «no es la poesía, sino la comunidad, lo que se pierde en la traducción». Y es que, superando incluso al habla, la traducción ofrece «una prueba incontrovertible de la capacidad humana para pensar y para comunicar el pensamiento». Lo que, de momento, ninguna app está en disposición de darnos.

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