Ficción

Camera obscura

«El astrónomo» (1668), de Johannes Vermeer. Museo del Louvre.

Es casi una ironía del destino que el hombre yazca en esta habitación que tantas veces representó. El cadáver, que ha adquirido con el paso de las horas un aspecto cetrino, respira tanta calma como los cuadros que le hicieron grande. Tan grande su arte como sus deudas. ¿Se puede ser neerlandés y tener tan mal ojo para los negocios?

La joven Cornelia ver Meer reparte entre los asistentes al velatorio una bandeja con unas galletitas caseras. Huelen a canela, tan de moda en estos últimos tiempos. Van Buyten, el panadero, husmea una como si fuera un cerdo de tamaño medio y la vuelve a depositar en la bandeja. Demasiada especia para hombre tan tradicional.

La viuda llora quedamente junto a su madre, esa vieja arpía que parece que nos va a enterrar a todos. No es difícil adivinar cómo intentan sobrevivir a las deudas; la habitación casi vacía de muebles y adornos responde en parte a esa cuestión.

Paseo la mirada por el suelo de baldosas negras y blancas, tantas veces representadas por el artista. Ver Meer era algo obsesivo con sus temáticas. Creo que solo una vez representó un paisaje. Para él, el interior de su vivienda era un universo más complejo que la obra del Creador. Si hubiera sabido lo que he descubierto recientemente con la ayuda de mis lentes en una simple gota de agua, quizá hubiera pensado de otra forma.

—Maese Leeuwenhoeck.

La voz del muchachito me saca de mis cavilaciones. La cara marcada de viruela es inconfundible.

—¿Sí, Dirk?
—Mi padre quiere hablar con vos.

Veo que van Buyten ha salido y se apoya en la pared del pasillo. Me acerco a él con cierta prevención.

—Qué tristeza, ¿cierto?, un hombre aún en la plenitud de la vida.

Parece realmente compungido, aunque en Delft sus desavenencias con ver Meer son casi legendarias. Johannes nunca consiguió que le pagara a tiempo ninguno de sus encargos. Incluso hay quien dice que aún le debe el pago del último.

—Sé que os encargáis de administrar las deudas de la familia.
—Así es.
—Quisiera contribuir.

Y sin mediar más palabras se dirige hacia la salida.

El negocio de van Buyten es bastante más pulcro que su dueño. El olor a levadura impregna mi olfato hasta hacerme salivar. Eso me hace anotar mentalmente que algún día debo observar mi saliva y la de algunos animales bajo el poder de mis lentes.

Van Buyten me acompaña hasta su vivienda, a la que se accede por una estrecha escalera. La vivienda es muy sobria, con una pequeña anunciación y un par de oscuros retratos como todo ornamento, algo poco común en las gentes de la ciudad. Van Buyten, ya lo he comentado, es más dado a acumular dinero que a gastarlo. Él y su santa esposa, que es una católica de extraña mentalidad calvinista.

Me lleva hasta la habitación conyugal. Antes de que pueda protestar por inducirme a profanar su intimidad, lo veo. Allí, junto a la ventana, el peor lugar para ser expuesto. Pero sigue siendo, a pesar de ello, otra pequeña maravilla.

—Sois vos, ¿cierto?

¿El joven que observa detenidamente el globo celeste soy yo? No me reconozco. Habrán pasado quizá diez años. Estaba notoriamente más delgado y los rasgos del rostro no parecen los míos: no estoy acostumbrado a verme de perfil. Quizá la sabia mano del artista retocó la imagen del modelo para su alegoría sobre la filosofía natural.

—Es una hermosa obra —el panadero parece conmovido.

Lo es. La minuciosidad del detalle, el uso del color, la luz, ¡esa luz! que baña la escena desde la sempiterna ventana… Me retrató dos veces, casi seguidas. No se puede decir que fuéramos amigos pero nos impulsaba el mismo afán perfeccionista, él por su arte, yo por mis lentes de aumento y mis cálculos en mi recién estrenado empleo como agrimensor. Acabé harto de posar, pero al ver el resultado, la maravilla desplazó al hastío y las horas que hubiera dedicado a quehaceres que se me antojaban más nobles parecían no importar.

—Lo compré para regalarlo a un cliente importante. Pero el hombre falleció hace poco y me lo legó en su testamento.
—Tenía una pareja. Un retrato parecido con el mismo modelo.
—Sí, el maestro no quería vender el uno sin el otro. Le compré los dos a cambio de un descuento en el precio, pero el otro lo tiene ahora mi yerno.
—¿Qué queréis hacer con él?
—Había pensado cedéroslo para que con su venta ayude a pagar las deudas de la familia. De todos modos, mi esposa ya está un poco harta de él. Dice que en las paredes de esta habitación, si tiene que haber algún óleo, debe ser sobre la vida del Señor, a ser posible una crucifixión.

Su cara muestra una cierta tristeza. Bajo su apariencia algo brutal, se esconde una sensibilidad no muy común en los de su gremio.

—Es una lástima. Pobre gente, ¿cierto? Y esa mujer, teniendo que alimentar a tantos hijos.

Unos tantos y otros tan poco. A ver Meer le sobreviven once hijos y sus incontables deudas. A mí, solo una hija y, gracias a Dios, no voy falto de dinero.

—Tengo una idea. ¿Creéis que podremos recuperar el otro óleo de vuestro yerno?
—No lo cederá fácilmente. Es muy avaricioso.

He tratado muchas veces con ese tipo de personajes. Seguro que lo venderá casi sin darse cuenta por un precio razonable.

Cuando llego a mi querida Cabeza Dorada, me recibe mi dulce Maria; de la cofia algo torcida se le escapan unos rizos pelirrojos. La beso en la frente y se la enderezo.

—¿Qué traéis, padre?

Observa con curiosidad el paquete que envuelve los dos cuadros. Desato el cordel y desenvuelvo con cuidado cada obra por separado. Maria abre los ojos como platos:

—¡Qué hermosos! ¿Quién los pintó?

Tampoco me reconoce, aunque en la segunda pintura la cara del modelo es más diáfana. Observa las dos pequeñas obras con atención. Primero la del hombre junto al globo celestial; luego la otra, la de su gemelo que mide algo en un plano con su herramienta de agrimensor.

«El geógrafo» (1669), de Johannes Vermeer. Städel Museum.

—¡Qué bonitos son, qué detalles! ¿Os habéis fijado en los pliegues de la ropa?

Observo con ella, deleitándome de nuevo en el retrato del joven funcionario municipal, transmutado en astrónomo y geógrafo, respectivamente. Le cuento cómo ver Meer me convenció para ayudarle en su representación de la ciencia.

—No parecéis vos. Vos sois más…
—¿Más qué?
—… corpulento —dice con timidez.

Tengo una idea. Voy a mi estudio, donde me esperan mis queridas muestras y mis lentes de aumento. En un rincón, bajo los estantes repletos de libros, incluida mi preciada Micrographia de Hooke, está la caja. La llevo hasta donde aguarda Maria.

—¿La ves?

Ella mira fijamente el segundo cuadro, el del geógrafo.

—¿Es la misma caja?
—Es la misma caja.
—¿Qué es?
—Una camera obscura.

Le muestro cómo funciona: la ingeniosa combinación de una lente y un espejo para proyectar objetos desde las tres dimensiones reales a las dos del cartón semitransparente. ¡Qué gran ayuda para un artista! El maestro tomaba rápidos apuntes en los que ajustaba la perspectiva y, luego, en un alarde de técnica y memoria, trasladaba esas mismas notas al lienzo.

Maria, fascinada, reclama que desplacemos el instrumento por la casa, observando con asombro las imágenes proyectadas. Pero tras un rato de estos juegos, se interrumpe de pronto.

—No está bien.
—¿Qué no está bien?
—Usar este artilugio para el arte. No es natural.
—El arte en sí mismo tampoco es natural, querida.
—Pero un artista debería usar solo sus manos y su inspiración.

Me había resistido hasta entonces pero decido que es un buen momento, ya es suficientemente mayor. La hago acompañarme hasta el estudio. Le entrego el frasquito con la muestra de agua estancada que he mantenido un par de días bajo la luz del sol y a buen recaudo del frío externo. Le doy uno de mis pequeños microscopios de mano y la hago observar. Durante un buen rato no dice nada, solo respira levemente. Imagino lo que está viendo por primera vez y las sensaciones que siente. Las mismas que sentí yo cuando hice lo mismo hace más de un año.

—¿Qué es esta brujería, padre?
—No es brujería, Maria; lo que ves es simple agua del lago Berkelse, aunque con la imagen aumentada por la lente montada en el aparato que sostienes.
—¿Qué son esas… esas cositas? —su voz suena nerviosa, como si estuviera cometiendo algún pecado que no concibe.
—No estoy seguro. Yo los llamo animálculos porque son como pequeños animales que hacen su vida en una gota de agua. Tan pequeños que son invisibles a simple vista, pero hechos visibles con el poder de las lentes.
—¿Alguien más sabe que existen?
—Muchos hombres sabios. El año pasado comuniqué mis descubrimientos a la Sociedad Real de Londres. Según tengo entendido, causaron una gran sensación.
—¿Por qué me habéis mostrado esto ahora?

Mira a la puerta algo aprensiva, como si esperara la anacrónica entrada de un inquisidor del Santo Oficio.

—Para que vieras con tus propios ojos que usar aparatos ópticos nos hace visible lo invisible y que eso sirve tanto al filósofo como al artista.
—Vos no sois lo uno ni lo otro.

Su mirada roza la insolencia, pero la perdono. Quizá ha sido un error. Es aún demasiado inocente para entender un mundo que va más allá de su percepción habitual. Un defecto corriente en muchos de mis conciudadanos, imaginativos para hacer dinero en sus negocios pero no tan atentos a los mundos insospechados que les rodean; algo que solo superan las mentes más preclaras de esta época, como Huygens o Spinoza, o los espíritus más elevados como Rembrandt, Hals y, cómo no, mi paisano ver Meer.

Volvemos al salón, donde mis dos yoes, concentrados en sus propias preocupaciones, son totalmente ajenos a las mías. Reconozco que mi primera intención había sido venderlos y socorrer con ello a la familia del finado. Pero tengo otra idea.

Es casi de noche cuando vuelvo al velatorio. El rostro del bueno de ver Meer ha adquirido un tono ocre a la luz de las velas. Me acerco a la viuda y a la suegra. Allí mismo les extiendo un pagaré por un valor de ciento veinte florines por la venta de las dos obras, una cifra más que generosa. Menciono de paso a van Buyten, sin especificar su papel en el asunto. La viuda me besa la mano, agradecida; la suegra me mira con expresión suspicaz. Me despido con una leve inclinación y saludo al muerto, que no podrá corresponder a mi generosidad excepto con su espléndida obra.

En casa tomo una cena rápida con las habladurías de mi esposa insertadas en los densos silencios de Maria. Cuando ya se han acostado, vuelvo al estudio donde me esperan astrónomo y geógrafo, a los que he encontrado acomodo momentáneo sobre la amplia mesa de trabajo. Bajo la inspiración de esos dos jóvenes estudiosos retratados por un genio, me dispongo a transitar nuevos mundos con mis lentes.

Creo que empezaré esta misma noche. ¿Por dónde? Ya lo sé. Saco una de las agujas que guardo en un cajón y aplico la punta afilada a un dedo. Allí, repleta de expectativas por cumplir, surge una gotita de sangre.

 


Este texto ha sido finalista del concurso Ciencia Jot Down en la modalidad de narrativa de ficción científica.

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