Tempus fugit

Ilustres envenenados (o no)

Tempus fugit: XXIV septimana

13 de junio de 323 a.C. — Alejandro Magno

Alejandro Magno en el mosaico de la batalla de Issos (325 a.C.). Museo Arqueológico de Nápoles.

Alejandro Magno murió en la ciudad de Babilonia (actual Irak) el día 10 o el 13 de junio de 323 a.C., no queda claro para los historiadores que deben moverse entre el mito y una realidad parca en cuestiones veraces, como corresponde a tamaña figura histórica.

Había nacido en Pella (reino de Macedonia) y era hijo de Filipo II y de la princesa Olimpia de Épiro, una de las esposas del rey que unificó a los griegos bajo un solo mando. La muerte se había cebado con los varones legítimos e ilegítimos que Filipo fue procreando, pero Alejandro III (que cambiaría de nombre) fue un chico sano y fuerte en el que se depositaron las esperanzas sucesorias de sus padres.

Para su educación se eligió a Aristóteles, lo más de la época, quien se trasladó con su familia a Mieza, donde se encontraba el Ninfeo o santuario de las ninfas, un bucólico internado para pocos alumnos en el que pudo establecer un plan pedagógico para Alejandro y tres chavales escogidos, que recibieron la misma instrucción que el heredero y que serían sus amigos para siempre. El programa de estudios incluía adiestramiento físico y militar a cargo de Clito, que les obligaba a hacer ejercicio, montar a caballo y luchar entre ellos desde el amanecer hasta el mediodía, cuando Aristóteles tomaba las riendas de la formación intelectual.

A los 20 años se convirtió en el rey de Macedonia e inició las conquistas por las que tiene un lugar tan destacado en el palmarés de los grandes personajes: la Hélade, Asia Menor y el Imperio Persa fueron sucesivamente sometidos bajo el yugo de sus armas; entró triunfal en Babilonia, Persépolis y Susa y se casó con la hija de Darío III (el derrotado), la princesa Barsine-Estatira. Continuó su campaña de conquistas hacia el este hasta llegar a Bactria, donde se casó con Roxana, hija de un noble local, y cuando quiso seguir, sus tropas se le plantaron al llegar al río Indo, obligándole a parar. Su imperio era ya inmenso.

En el camino de regreso a Babilonia murió Hefestión, el amigo del alma que le acompañaba desde los tiempos de Mieza, y el golpe fue tan grande para Alejandro que enfermó atacado por fiebres muy altas mientras se le paralizaba el cuerpo desde los pies, falleciendo al poco tiempo en el palacio de Nabucodonosor II, tal día como hoy.

Las hipótesis sobre las causas de su muerte se han ido ampliando conforme avanzan los estudios de medicina, y van desde el envenenamiento hasta la malaria, pasando por una tristeza profunda que le llevaría a dejarse morir. Las últimas teorías, elaboradas por una doctora neozelandesa, apuntan a una enfermedad neurológica conocida como el Síndrome de Guillain-Barré, causada por una infección bacteriana que le produciría una reacción autoinmune; los que lo padecen se van paralizando, pero no pierden la conciencia hasta que la infección llega al cerebro. Aun así, cabe la posibilidad de que el enfermo quede en coma un tiempo hasta el deceso total, lo que explicaría que, según relatan algunos textos, a Alejandro le dieran por muerto, aunque extrañamente su cadáver no iniciara el natural proceso de putrefacción hasta pasados unos seis días, porque seguía vivo. No se conocía entonces eso de tomar el pulso y puede que el estado comatoso profundo en el que había caído no diera ningún signo vital, como ocurría también a los que sufrían de catatonia con las consecuencias horrorosamente imaginables a las que ello daba lugar.

Tenía 33 años, había conquistado medio mundo, pero el imperio que pretendió formar no le sobrevivió; tampoco su familia, que fue aniquilada sin piedad. Lo que quedó de él, a la postre, fue un joven cadáver que ha generado un bellísimo mito.

18 de junio de 1815 — Derrota de Napoleón en Waterloo

«Retrato de Napoleón en su gabinete de trabajo» (1812), de Jacques-Louis David.

Napoleón fue un militar de raza, como sabemos, un hijo de la Revolución Francesa que acabó coronándose emperador y dominando gran parte de Europa; llegó a gobernar unos 70 millones de personas en torno al año 1811, en el apogeo de su imperio. Sabemos también de la potencia de sus enemigos y de las alianzas que formaron para derrotarle y regresar al orden monárquico que, como dios manda, había regido el viejo continente desde tiempos inmemoriales.

Igual que Alejandro Magno, Napoleón se ha convertido con los años en un superpersonaje histórico que ha generado, como el macedonio, mucha literatura. Hay grandes diferencias entre ambos, por supuesto: la distancia temporal y lo que eso conlleva en cuanto al conocimiento de su vida y milagros, los documentos, los testimonios y un largo etcétera de información que manejamos, pero la personalidad del corso y su ambición, así como la capacidad de imaginar en grande, no debía diferenciarse mucho de la de Alejandro.

Sus enemigos consiguieron derrotarle y desterrarlo a la isla de Elba, en el mar de Liguria, que quedaba muy cerca de Francia, tan cerca como para que le fuera relativamente fácil rearmarse y volver a las andadas, tomar de nuevo el poder durante cien días y provocar la séptima reunión de aliados en su contra que, esta vez sí, iba a poner punto y final a su sueño de emular el antiguo Imperio Romano con él mismo en la cúspide.

La Gran Alianza le plantó cara cuando Napoleón decidió invadir los Países Bajos y anduvieron guerreando desde el día 15 en Quatre Bras y Ligny. El día 18 de junio de 1815 tuvo lugar la batalla definitiva en las proximidades de Waterloo, al sur de Bruselas, la capital de Bélgica. Se enfrentaban, de un lado, las tropas francesas fieles a Napoleón y, de otro, un conglomerado de aliados que reunía soldados británicos al mando de Wellington (gran conocido en el sur de España) y prusianos, neerlandeses y alemanes a las órdenes del mariscal Blücher. La victoria fue para los aliados, que decidieron desterrar a Napoleón esta vez lo más lejos posible y lo enviaron a la isla de Santa Elena, en el Atlántico sur, a 1.900 kilómetros de la tierra más cercana, donde fallecería el 5 de mayo de 1821.

¿Fue envenenado? Desde que llegó a la isla padeció de dolores abdominales, náuseas, sudores nocturnos y fiebre, episodios de estreñimiento y diarrea, dolores de cabeza, habla confusa, encías, labios y uñas incoloros y un empeoramiento continuado de su salud que le condujo a la muerte con el cuerpo muy deteriorado.

También, como en el caso de Alejandro, hay muchas hipótesis porque, si bien se ha considerado que fue el cáncer de estómago lo que le llevó a la tumba, los análisis del cabello que se han hecho cuando ya había medios técnicos, muestran un exceso extraordinario de arsénico lo que, por otro lado, no era raro en los habitantes del continente debido en parte a la ingesta de este elemento químico que se utilizaba en la «solución de Fowler», un medicamento que se prescribía con gran alegría ya fuera para una sífilis como para un dolor de cabeza o un lumbago.

No sabemos si la exposición de Napoleón a tóxicos fue intencionada o no y si pudieron determinar su final; estamos oyendo estos días, a propósito del fallecimiento de una anciana a la que se le han hallado altísimos niveles de cadmio y manganeso, que la propia descomposición del cadáver puede elevar los niveles de químicos e inducir a error.

Imposible prever por dónde nos pueden venir dadas.

19 de junio de 1964 — Boris Johnson

Boris Johnson en una fotografía tomada en octubre de 2020 (CC 4.0).

Los famosos que se ven envueltos en tramas oscuras o sucesos bochornosos y cuyas miserias son aireadas sin control por los medios de comunicación, suelen repetir la frase «pena de telediario» como si de un mantra se tratase. Es una forma castiza y guay de exigir la presunción de inocencia que impone el artículo 24.2 de la Constitución Española, que recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que establecen todas las legislaciones de los países en régimen de democracia ante lo implacable de la publicidad a la que se ven sometidos.

La pena de telediario es una forma moderna de envenenar y, por lo tanto, sacar del circuito público a cualquier personaje una vez que ha caído en desgracia. Antiguamente se recurría al asesinato, bien fuera mediante la administración de veneno —como fue el caso del emperador Claudio, que murió tras la ingesta de una pócima ofrecida por su esposa Agripina en el año 54, o de Felipe el Hermoso, que cayó redondo horas después de beberse un inocente vaso de agua fresquita tras un partido de tranco en 1506— o directamente por el uso del cuchillo.

El envenenamiento de la opinión pública es mucho más efectivo cuando proviene de los amigos, de los aliados; que se lo digan si no a Boris Johnson, el primer ministro británico que está peleando contra los de su propio partido para defenderse del gran pecado de tomarse unos gintonics cuando estaban prohibidas las reuniones. Ya dijo Voltaire aquello de «Dios mío, líbrame de mis amigos, que de los enemigos ya me encargo yo». Claro que Johnson está tomando de su propia medicina, porque ha trabajado como periodista antes de dedicarse a la política y algo sabrá de difamaciones.

Nacido en Nueva York el día 19 de junio de 1964, de padres británicos, gozó de doble nacionalidad, aunque renunció a la estadounidense en 2015. Estudió Filología Clásica en Oxford y su primer trabajo lo obtuvo en el diario The Times, del que sería expulsado por haberse inventado una entrevista que nunca realizó. Parece que le viene de lejos lo de mentir.

Se adscribió al partido Tory (conservador), fue alcalde de Londres durante ocho años desde 2008 y fue el segundo de Theresa May hasta que esta dimitió, ahogada por las convulsiones del suave brebaje ofrecido por los que también eran sus amigos. Johnson se convirtió en Prime Minister el 24 de julio de 2019, levantando la bandera del Brexit y peleando erráticamente contra el COVID del que, por castigo, acabó siendo víctima él mismo.

Es un personaje singular, tanto en su físico (dicen que comparte peluquero con Donald Trump) como en su capacidad para sacar adelante sus excusas y sobrevivir a las acusaciones que se le hacen. Conoce el terreno, sabe que hay venenos rápidos y lentos y que le está siendo administrado el implacable bebedizo de lo políticamente correcto, que se ha mezclado con unas tazas de ambiciones personales y se ha emulsionado con mucha traición. Habrá que estar a la expectativa: quizá conozca el antídoto.

Un comentario

  1. Pingback: Ararat, la casilla de salida - Jot Down Cultural Magazine

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*