Analógica

Tu lenguaje es tu identidad generacional

Ilustración: Sofía Fernández Carrera

Hay que alejarse un poquito y observar con atención. Desde ahí vemos que el lenguaje, igual que nosotros, va cambiando de aspecto. Evoluciona, se transforma a la vez que las personas.

El vocabulario de una época se nutre de las palabras que oye en las canciones y las canciones cantan las palabras que escuchan en la calle. Las nuevas ropas originan nuevos términos y los nuevos términos dan una apariencia nueva al lenguaje. Los dispositivos tecnológicos que van apareciendo necesitan un nombre y esos nombres llenan el habla de neologismos.

La tecnología, la cultura, los acontecimientos históricos y las palabras propias de la generación joven son elementos que definen la identidad de cada época. En ese vocabulario juvenil están sus jergas, las voces que inventan, las que toman del pasado, las que pillan de otros idiomas, las que salen de sus chistes y sus memes. Y ese vocabulario generacional es el selfi de cada época.

Observando la línea del tiempo que se ve de lejos, muy lejos, asoman los baby boomers: los abuelos de hoy que, en su juventud, en los años sesenta y setenta, trajeron el bikini y el teleclub. Aparecen después los X jugando al comecocos y estrenando el ciberespacio en los años ochenta y noventa. Están después los millennials, poniendo juventud a los primeros años del siglo XXI y dejando una huella generacional en la que se leerán cientos de palabras relacionadas con el comienzo de la era digital.

El lenguaje de los millennials es el primero que redondea las frases con dibujos digitales. Los gestos y las expresiones de los emojis matizan las palabras, las enfatizan, les cambian el sentido. Es un hito: se trata de la primera vez en la historia que un lenguaje dibujado acompaña las conversaciones coloquiales de todo el planeta. Es grandioso que un idioma universal acorte la distancia entre el ruso, el chino, el hebreo, el español y cualquier otro idioma que le echen.

Los emojis llegaron con los móviles y se hicieron imprescindibles en tres minutos. Es la prueba de que el lenguaje avanza de la mano de la tecnología. Los dispositivos que utilizamos influyen en lo que decimos. No escribimos igual en Twitter que en Instagram; no redactamos un e-mail del mismo modo que un whatsapp.

La evolución del lenguaje escrito también se ve en esa línea del tiempo mirada desde lo lejos. Lo que refleja es que la brevedad se ha colado en la redacción: frases cortas, ideas condensadas, palabras reducidas. Influyó la llegada de la radio, en los años treinta, y de la televisión, en los sesenta.

La convulsión más reciente la han producido las pantallas de los móviles, las tabletas y los ordenadores: son el soporte principal de la escritura millennial (los treintañeros de hoy) y, por supuesto, de la Generación Z (los adolescentes y los jóvenes más jóvenes). Los primeros textos en ordenador, allá por los ochenta, dejaron ver un cambio de tono y una reducción de los formalismos. Pero fue en los noventa cuando los primeros teléfonos móviles obligaron a hacer un ejercicio lingüístico radical. Aparecieron los SMS, unas cápsulas de texto que permitían enviar un mensaje de 160 caracteres. Escribir una sola letra más hacía que el operador cobrara un nuevo mensaje y, así, el bolsillo agudizó la lengua.

Los jóvenes recurrieron a un lenguaje milenario: el de las abreviaturas. El para se convirtió en xa, el más en +, el que en q, y el te quiero en tq. Llegó por un motivo económico pero se impuso por su rapidez y por lo práctico que resulta. Para muchos, incluso, por el juego visual que supone. Es lo que ocurre, por ejemplo, con Gr8! (Great!).

La escritura se ha ido ajustando a las dimensiones de las pantallas pequeñas y a la rapidez de un lector a veces disperso y a menudo con prisas. Hoy es habitual una comunicación casi en titulares, telegráfica y urgente. No estamos para parrafadas y menos para esos audios eternos, insufribles, de WhatsApp.

En estas prisas suelen caer por el camino los signos de puntuación. No queremos invertir un segundo más en escribir un punto si no es imprescindible para entendernos. A veces es el propio móvil el que lo pone difícil: hay quien tiene que hacer hasta dos clics para llegar al signo de apertura de la interrogación. ¡Media vida en una conversación de chat! Entonces vemos que la evolución del lenguaje también está en manos de la empresa que diseña los dispositivos en los que escribimos.

También las palabras parecen tener prisa. Nos desespera pronunciar fin de semana cuando podemos decir finde o Insta en vez de Instagram.

El progreso tecnológico ha moldeado el vocabulario de los millennials. En su huella lingüística está reflejado el nacimiento de las redes sociales y de plataformas digitales como YouTube. Muchas de sus palabras tienen que ver con la cultura de internet: el troleo, el nextazo, guglear, shippear. Son la generación del like y del selfi. Pero la velocidad del mundo acelera cada día y estas voces que apenas llevan unos años con nosotros ya nos parecen de toda la vida.

Ahora el disparadero de palabras nuevas está en boca de la Generación Z. El reflejo del mundo digital es aún más evidente que en los millennials, y sus canales naturales de conversación son Twitch, Discord y TikTok. Hablan con naturalidad de atachar mientras los adultos dicen adjuntar. Llaman mutear a lo que otras generaciones denominan silenciar. Pronuncian lodear cuando otros dicen descargar un programa. Y manejan con soltura los ya clásicos espamear (enviar correo basura), estalkear (acechar, acosar) o trackear (rastrear).

En su vocabulario están esa multitud de verbos híbridos entre inglés y español que aprenden en los videojuegos: dropear (dejar caer), lootear (coger el botín de un enemigo cuando lo eliminan de la partida), grindear (matar enemigos a destajo para conseguir una recompensa) o farmear (hacer algo para conseguir puntos, objetos o ventajas).

Su muletilla estrella es en plan. Es como el rayo que no cesa, como un martillo dale que dale. Es el o sea de la Generación X. ¡Hasta en la sopa! Y también se apoyan mucho en una nueva palabra enfática: puto. «Tu casa está puto lejos». Y tanto se usa que hasta #RAEconsultas ha dicho en Twitter cómo es la forma adecuada de escribirlo: junto a la palabra cuando hace de prefijo («Me putoencanta») y separado cuando funciona como un adverbio («Esto es puto caro»).

El lenguaje gráfico campa por sus conversaciones mucho más que en los últimos cientos de años. ¡Emojis!, ¡emotes!, ¡cheermotes!, ¡stickers!, ¡GIF! Sus chats rebosan de imágenes y tienen un sticker para ahuyentar a los brasas: «Mucho texto». Ese meme y sticker de WhatsApp es un fanart titulado «Hip hop Yoda» que mandan cuando alguien les envía un mensaje largo y despoblado de iconos; un mensaje que no respeta sus códigos de comunicación visual, telegráfica y veloz.

Muchos jóvenes y adolescentes de la Generación Z han subvertido el poder de las palabrotas. En la infancia de los baby boomers (sus abuelos) eran un tabú nivel Dios. Eran palabras malsonantes, impronunciables, proscritas. Hoy, en cambio, son una forma de relación. A sus ídolos les falta boca para decirlas sin pudores ni pamplinas. Los streamers, los casters, los youtubers las dicen a propulsión. Y algunos, como Ibai Llanos, las dicen con esta gracia: «Chavales, hoy no hay directo que me apetece tocarme fuertemente los cojones».

Los Z hablan en una jerga áspera que recuerda al vocabulario que expandió la jerga juvenil de los años setenta: el cheli. El escritor Francisco Umbral llamó a ese argot «rebelión léxica». Mucha de esa jerga salió del lenguaje carcelario y la rumba, igual que mucha de la jerga de hoy salió del mundo gangsta, el rap y el trap.

Los adolescentes toman palabras de cualquier lugar. De los youtubers mexicanos aprendieron el güey. De los argentinos les llegó el loco y acabó en «to loco». De un meme chileno les llegó el pana (amigo). Del mundo anglosajón les vino el challenge (reto), el nice (molón), el cringe (el ascazo o yuyu de la Generación X)… Pero no hay conciencia de países, ni naciones, ni fronteras. Es el lenguaje de la Red: el lenguaje universal.

Y algunos están dinamitando las normas gramaticales del mundo binario. El de las mujeres que son amigas, terminadas en a, y los hombres que son amigos, terminados en o. Aunque los primeros pampaneos vienen de los millennials y los X, los Z asumen con más naturalidad las palabras que reflejan un mundo no binario, que además de lo femenino y lo másculino, incluye el género fluido y el género neutro. Incluye al amigue, terminado en «e», de quien no se define ni hombre ni mujer.

El lenguaje de los Z es el más fácil de observar de toda la historia de la humanidad, porque está grabado en el mundo digital: en millones y millones de textos, audios y vídeos de miles de plataformas online. Todos estos documentos son el espejo del lenguaje de hoy y un archivo extraordinario de un lenguaje que pronto, ¡ay, sí, mi madre!, quedará desactualizado.

Un comentario

  1. Pana es un venezolanismo. No un chilenismo.

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