Culture Club

Antiperformers, telehumanidades y pelis como churros

«Natura Morta», 1941. / © Giorgio Morandi, VEGAP, Madrid, 2021

El arte de no salir a la calle. Ya en vida, Giorgio Morandi (Bolonia, 1890-1964) era consciente de vivir en su propia línea temporal, la que marcaban sus pinturas que parecían casi suspendidas en una eternidad donde las variaciones sobre los elementos eran mínimas, pero perceptibles a su ojo. Traen su figura a la actualidad dos eventos. De un lado, la exposición retrospectiva que le dedica Fundación Mapfre de Madrid, bajo el título Resonancia infinita, en la que se recoge su singular e inclasificable poética a través de objetos cotidianos, flores, paisajes. De otro, la publicación por parte de Elba Editorial de Mi Morandi, libro escrito por su amigo Luigi Magnani en el que observa al creador en su taller para entender su particular aproximación al lienzo y, por extensión, al mundo. Más aún con una existencia tan de clausura como la de Morandi, quien se olvidó de las modas imperantes, de las ideologías, de los muchos ismos de su época y del temor de sus colegas a resultar demasiado nacionales o imperiales. «Mi intimidad era, pues, mi protección y, a ojos de los Grandes Inquisidores del arte italiano, seguía siendo un profesor provincial de grabado en la Academia de Bellas Artes de Bolonia», diría. En su casa-taller de la Via Fondazza en Bolonia, donde permaneció recluido y fuera de los focos casi toda su vida, dio forma a su extraordinaria colección de naturalezas muertas sobre las que, sin ninguna prisa, iba aplicando leves modificaciones. Esta idea de que no hay nada nuevo bajo el sol, sino que es la luz del sol la que cambia, contrasta con esa «Nueva vida para la performance» que declara estos días El Cultural: formato de la acción instantánea y volátil, en apariencia viva, un ostensible gesto político lejos, según sus defensores, de la «convencionalidad de la conservación, estudio y exhibición de objetos». No obstante y puestos a elegir, nos quedamos con el estatismo de la antiperformance (se diría) de Morandi, quien preguntado sobre la posible reiteración de sus obras, lo tenía claro: «Verá, ni en dos vidas podría agotar este tema». Tan influido por Cézanne, Chardin, Corot o Massacio como por el filósofo Blaise Pascal, quien sostenía aquello de que todas las desgracias vienen de no haber sabido quedarnos en nuestra habitación —impagable consejo que daríamos a más de uno—, Morandi sabía que su arte nunca sería popular. Da igual; lo importante es que permanece, y eso, en la sociedad de hoy, es un logro descomunal.

«Cero en historia», programa televisivo de Movistar Plus

Televisión educativa: el oxímoron. Con el subtítulo Lecciones disparatadas de la humanidad, nos trae Lunwerg el libro «oficial» (no se dejen engañar por las imitaciones) del programa televisivo Cero en Historia, que emite Movistar Plus a través de su canal #0 desde hace nada menos que ocho temporadas. Un «panel cómico» encabezado por Joaquín Reyes y otros humoristas entre los que han figurado Silvia Abril, Raúl Cimas, Dani Rovira, Ana Morgade, Ernesto Sevilla o Susi Caramelo, junto a personajes como Javier Cansado, Elvira Lindo, Leticia Dolera o Javier Botet, entre otros, protagonizan lo que desde esta cadena definen como «una apuesta por la democratización del saber» o un intento por «demostrar que la Historia es apasionante, sorprendente y muy divertida». El loable propósito del programa y de su traslación al papel —donde se seleccionan algunos de los eventos históricos más inverosímiles, pero ciertos— no impide que percibamos cierta paradoja en su éxito al considerar el desterramiento paulatino al que se ven sometidas las humanidades en nuestro país, ahora con la Ley Celaá (sí, otra ley educativa): retiran las clases de Filosofía de la ESO, y se reduce al mínimo la presencia de asignaturas como Latín, Griego y Cultura Clásica en los planes de estudios. Cualquiera diría que pronto la única forma de aprender algo de Historia, aunque sea de rebote o a través de un chistaco, va a ser viendo la televisión (risas). Bueno, eso si no consideramos que este medio de difusión también podría estar, a su vez, contando sus días ante la omnipresencia de internet y las plataformas de contenidos bajo demanda. Y seguro habrá quienes lloren por las pantallas muertas. Aunque siempre nos quedará ver, online y en bucle, los episodios de La hora chanante y partirnos el ojete, qué demonios.

Un momento del rodaje de «Ainur», de Gonzalo García-Pelayo

Vivir rodando (como locos). El gran Gonzalo-García Pelayo, cineasta del bando de los «invencibles» (como lo calificara nuestro amigo David Obarrio por estos mismos pagos), se ha propuesto este año superar todo lo imaginable en cuanto a producción cinematográfica en tiempos de crisis y pandemias —tanto monta—, prometiendo la realización de siete películas, siete, entre el pasado abril de este 2021 y el mismo mes de 2022. Un auténtico tour de force que ha anunciado con el estreno en el reciente Festival de Sevilla de los dos primeros títulos de esta serie: Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo (título-grafiti muy en línea con el espíritu libérrimo del creador y emprendedor madrileño) y Ainur, una historia de «amor, arquitectura moderna, ecos y bicicletas», según leemos, que se ha rodado en Kazajistán (sic). Ambientación a la que luego seguirán otras como Argentina o la India, en un proyecto que le servirá como pretexto para «viajar por el mundo rodando películas que tienen como eje la alegría de vivir». Precisamente de este último país es originario Andoor Bashi, considerado el director más prolífico de la historia del cine con más de quinientas películas y, pese a todo, un gran desconocido. Más reciente y célebre (al menos entre los amantes del terror ultraviolento) es el caso del japonés Takashi Miike, que rueda a razón de seis películas por año aunque huelga decir que no todas igual de interesantes. Claro que en el listado de los directores más activos también figura Alan Smithee, seudónimo que emplean los autores cuando se les arrebata el montaje final de la película. Otra cosa no, pero a García-Pelayo será difícil que nadie le quite el control sobre su obra: podrá decirse que ni siquiera él lo tiene, se le escapa de las manos mientras recorre el planeta en doce meses. La antítesis de un año sabático, habrá quien piense; unas merecidas vacaciones después de tanto confinamiento, dirán los más optimistas e inquietos.

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