Horas críticas Analógica

Desgarrados y frágiles

 Esta reseña ha sido publicada en papel en el número 216, «Transiciones», de la Revista Mercurio.

En su famosa conferencia La idea de Europa, el filósofo George Steiner afirmó que debemos buena parte de la cultura europea de las últimas décadas a los cafés, esos locales que abarrotaron las ciudades del continente y que se prestan a la conversación, el descanso, la discusión, la ebriedad o la conspiración. Si desde el siglo XIX hubiera sido posible iluminar las ideas originales e insólitas, disparatadas o acertadas —creativas, en suma— y el entusiasmo de sus autores, estas ideas y sus vociferantes defensores —casi siempre hombres— aparecerían como puntos de luz agrupados en deslumbrantes focos, que se corresponderían con cafés y tabernas, quizá con aulas y talleres. Sin embargo, esta imposible cartografía luminosa de las ideas mostraría hoy un aspecto muy distinto: muchos pequeños destellos, cada vez más débiles, también concentrados en las ciudades, pero separados entre sí. Veríamos a cada creador y a cada creadora —al fin, mayor presencia femenina— aislado en su «cuarto propio conectado», percibiríamos el brillo silencioso de las pantallas.

Remedios Zafra, porque son como ella, lleva años escribiendo sobre todas esas bombillas solitarias que están a punto de fundirse. Porque compartimos los mismos sentimientos y los mismos espacios virtuales, nos examina y alienta, y nos descubre exhaustos, decepcionados, hartos y «con el trabajo cosido a la vida». Ahora, con Frágiles, responde —se trata de un ensayo epistolar— a los reproches (más bien pequeñas objeciones o llamadas de auxilio de lectores que se reconocieron y le transmitieron sus desvelos) recibidos tras la publicación, en 2017, de El entusiasmo, libro en el que ofreció un diagnóstico desesperanzado y crítico —«triste», le dirían— de la situación (laboral, económica, afectiva: estructural) de los trabajadores del campo cultural y académico, es decir, de los dedicados a las «prácticas que merodean los saberes creativos».

En El Entusiasmo, Zafra recurrió a Sibila, una encarnación de todas las trabajadoras precarias víctimas de un tipo de explotación muy específico: ese que a ráfagas se confunde con la autoexigencia o la vocación y que crece —entretanto la ilusión se disipa, la energía se agota, el futuro se aplaza una y otra vez— a costa de lo que fue una «punzante pulsión creadora». El Entusiasmo recorría cada aspecto de la vida de Sibila, de su intimidad —a cada momento más endeble o expandida, como la de todos los sujetos contemporáneos— y de sus sensaciones (de la rabia al cansancio), y planteaba unos conflictos que —nunca fue tan oportuno el nombre de una protagonista— la pandemia no ha hecho más que amplificar. Frágiles retoma el análisis de las dificultades que amenazan y deterioran las vidas de todas las Sibilas, pero además ofrece alternativas y mapas (necesariamente colectivos, imaginativos y solidarios) para construir vidas menos dañadas, menos inertes; en definitiva, más plenas.

Al fondo de los dos ensayos late la vieja pregunta de Adorno, «¿se puede vivir correctamente la vida equivocada?», que se le presenta a cualquiera que persiga una vida buena para sí mismo en un mundo desestructurado, atravesado por la injusticia y la exclusión. Zafra recupera, ante esta cuestión, algunos planteamientos de Judith Butler que, en su reciente Cuerpos aliados y lucha política, afirma que esto, en apariencia un problema moral individual, está inextricablemente ligado al momento histórico en el que se expresa y, por tanto, a la teoría social y al biopoder. Así, podríamos leer El entusiasmo, de carácter más expositivo, como un recorrido por la biopolítica de nuestro tiempo y sus consecuencias —casi un inventario de malestares—, y Frágiles, más confesional y cálido, como el vano donde se ensayan alternativas.

Como algunos habían previsto —Baudrillard, Haraway— nuestro tiempo está dominado por paradojas y fenómenos siniestros: la obesidad causa más inconvenientes que el hambre y esta dinámica se extiende al conocimiento, paralizado por la burocracia; cuanto más se insiste en los datos —casi un material sagrado—, más discursos irracionales encuentran arraigo; la riqueza —ya nadie se engaña— reniega de la gravedad y fluye desde abajo hacia arriba, donde se acumula. Existen riesgos acuciantes (el cambio climático, la pandemia), los desacuerdos son cada vez más profundos y la miseria alcanza a quienes se sintieron clase media. Sobre esto sí que existe consenso: las democracias liberales y los modos de producción capitalista atraviesan una grave crisis (o varias, simultáneas).

«Este ensayo epistolar, que descubre a los trabajadores del campo cultural y académico exhaustos y “con el trabajo cosido a la vida”, ofrece mapas para reconquistar los cuerpos y construir existencias menos dañadas»

No es la primera época convulsa. Aunque los conflictos que se alargan en el tiempo son difíciles de percibir, las fricciones entre modos de vida (unos se extinguen, otros emergen) generan franjas intermedias, fronteras donde se conservan algunas prácticas mientras otras se sustituyen, y las orillas —transiciones entre una sustancia y otra— siempre han estado expuestas al temporal.

Las grandes metrópolis de mediados del siglo XIX fueron también lugares de grandes transformaciones. Se afianzaba un sistema capitalista que, con muchos matices, ha seguido funcionando hasta nuestros días, la industria demandó enormes cantidades de obreros que se concentraron —aparecieron las multitudes— y organizaron —la revolución era un horizonte posible que incluso se materializó brevemente— y la burguesía sustituyó definitivamente a la aristocracia y al clero como clase dominante, imponiendo su moral y sus gustos.

Con Literatura y dinero, Émile Zola analiza la posible nueva posición social del escritor a consecuencia de estos cambios y celebra —es un texto de 1880— la independencia ganada por sus contemporáneos, unos creadores que ya solo dependen de sus lectores para cubrir sus necesidades, libres al fin de las servidumbres del Antiguo Régimen (los artistas como comparsa de mecenas y gobernantes). Para Zola, que pasa por alto alguna de sus singularidades —vende un texto acabado y no su fuerza de trabajo—, el escritor habría pasado a ser «un obrero como cualquier otro». Resulta fácil reconocer en este optimismo a quienes fían el futuro de la literatura a las nuevas condiciones tecnológicas e ignoran lo que Zafra desmenuza: las formas de subordinación que acompañan a cada nuevo dispositivo.

Puesto que, desgraciadamente, el ideal anunciado por Zola nunca terminó de realizarse, el profesional de la cultura actual se acerca más a los desarraigados y heterodoxos que merodearon por los cafés de las capitales europeas también durante aquellas fechas. Escribió Benjamin a propósito de Baudelaire que, durante el Segundo Imperio Francés (1852-1870), «la asimilación del literato a la sociedad se realizó en el bulevar (…) allí se mantenía a disposición del próximo incidente, del chiste o del rumor y desplegaba el abanico de sus relaciones con los colegas o los vividores. Allí pasa sus horas ociosas, que presenta ante todos como parte de su horario laboral, en un dilatado no hacer nada a ojos del público».

Está claro que hoy las redes sociales cumplen la función —escaparate y tertulia— que correspondió a bulevares y tabernas, y que pueden facilitar las cosas y reducir la intemperie (para colocar un texto ya no es necesario recorrer las redacciones con un pliego de papel bajo la gabardina empapada, como el protagonista de Hambre, de Knut Hamsun, o Paco Umbral en los inviernos franquistas), pero conviene señalar una diferencia fundamental: el «dilatado no hacer nada» (tan bien descrito por Bove en Mis amigos) se ha convertido en un hacer continuo y ansioso en busca de visibilidad.

Aquellos bohemios (rebeldes más sentimentales que prácticos) y malditos (que solían ser conscientes de su condición y representarla) convirtieron el fracaso en un mito, una tentación y hasta una insignia («yo considero el fracaso como la más resplandeciente de las victorias», exclamaba Leopoldo María Panero) mientras que, en la actualidad, el éxito —su apariencia— se ha convertido en un requisito indispensable para alcanzar el éxito —su cifra: seguidores, ventas y remuneración—. Son dos posturas enfrentadas pero simétricas: perezosos y egoístas, tanto los escapistas y alucinados como los apóstoles del triunfo abordan sus dilemas morales sin pensar en lo común.

Remedios Zafra sí que lo hace, y se enfrenta en sus ensayos a un mundo en el que se ha quebrado el pacto entre generaciones (aquella posibilidad, con esfuerzo y algo de suerte, de ascenso social) y tan desgarrado por la novedad como el de los inicios del capitalismo —ahora asistimos a su final o a su metamorfosis más profunda—. Ante un presente angustioso y lleno de automatismos perversos, Zafra evita caer en la desesperación o el cinismo y propone dar un paso atrás, aprender a decir «no», relajar los ritmos y reconquistar —quizá con un caracol en la cabeza— los cuerpos. Somos frágiles, pero estamos de acuerdo: «¿No cree que es una obligación ética y colectiva favorecer el acceso a trabajos justos sobre los que como sociedad sí podemos actuar, más si cabe siendo una condición que facilitaría a las personas enfrentar esas otras limitaciones vitales sobre las que no pueden intervenir?».

 


Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura
Remedios Zafra
ANAGRAMA
(Barcelona, 2021)
288 páginas
18,90 €

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