Horas críticas

Libros de la semana #15

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Aún no se lo he dicho a mi jardín, de Pia Pera (Errata Naturae)

Este libro difícilmente tiene un final feliz, pero no estamos destripando nada. El próximo mes de julio se cumplirá un lustro desde que su autora, la escritora y traductora italiana Pia Pera (Lucca, 1956-2016), muriese a los 60 años a causa de una esclerosis lateral amiotrófica. Este es, por tanto, su testamento literario y literal, por cuanto comprende sus últimos días en su Toscana natal. Pera, quien por cierto ahora es coprotagonista del último libro de Emanuele Trevi, Due vite —finalista al Premio Strega—, se interesó en ese tramo final de su existencia por el mundo natural y los paisajes, escribiendo antes de este otros valiosos ensayos en torno al verde que ya empezaba a inundarle los ojos. A partir de la lectura de uno de los Poemas religiosos de Emily Dickinson, que da título a esta obra, la autora tuvo lo que califica de revelación: «Me pareció que ofrecía una actitud revolucionaria ante la muerte». Lo que siguió a aquella impresión y lo que desarrolló en este libro es la crónica de la transformación de una finca despoblada en un jardín al que le llegará el día en que no tenga jardinera que la cuide. «Inmersa en el momento presente», escribe, «como nunca me había ocurrido, por fin formo parte del jardín, de ese mundo fluctuante de transformaciones continuas». El jardín es aquí espacio de resistencia, una idea apropiada para estos tiempos de encerramientos y desprecios ecológicos de dimensiones glocales. Pero también es este un libro sobre otro tema crucial de nuestros días, la enfermedad; el deterioro y los chispazos de brillantez de una vida herida que no se rinde y que se niega a dejar de celebrar lo que de bello hay en la existencia, a pesar de todo el ruido: la amistad, la gastronomía, la meditación, la literatura y, desde luego, la naturaleza que es también la suya propia. Con esos mimbres cuenta Pera su experiencia en torno a aquel vergel oculto que contiene toda una colección de maravillas botánicas hermosas y asalvajadas, hasta que le llega su hora: «Quizá, cuando se trata de morir, el jardinero deja de ser jardinero. El escritor deja de ser escritor. Quizá, cuando se trata de morir, tomamos conciencia de que somos indefinidos […] Indefinido, inmerso en el infinito, parte del infinito».

 

Bajo la superficie, de Daisy Johnson (Periférica)

Con esta novela con la que debutó en el año 2018, su autora se convirtió en la finalista más joven del Premio Booker. Su publicación ahora en español, gracias a Periférica, nos permite detectar los mecanismos de seducción de este potentísimo arranque de su trayectoria. Daisy Johnson (Paignton, 1990) narra aquí el reencuentro entre una hija en la treintena y su madre, que la abandonó cuando aquella era adolescente y que ahora está aquejada de alzhéimer. Gretel, la hija, piensa esto acerca de Sarah, la madre, en el presente: «Si fueras la mujer de hace dieciséis años, creo que sería capaz de sacarte la verdad a guantazo limpio. Ahora ya no es posible. Eres demasiado vieja para sacarte nada a guantazos. Los recuerdos destellan como copas de vino rotas en la oscuridad y luego desaparecen». Etimóloga que se gana la vida escribiendo entradas de diccionarios, aquí se ve ante la necesidad de actualizar el significado emocional de la palabra madre y de todos aquellos sentimientos que ha guardado bajo llave a lo largo de su juventud. Lo curioso es que ambas compartían un vocabulario propio durante su vida anterior en Oxford, apartadas del mundo pero nombrando sus miedos como una criatura mítica inventada, el Bonak, que vive al fondo del río y que, mientras Gretel trata de construir memoria, encarnará también todo aquello que sí es verdad respecto de aquel lejano pasado. Es esa última temporada juntas la que ocupa buena parte de este relato, sobre todo el momento en que entra en escena la figura de Marcus, quien antes de escapar de sus padres adoptivos fue Margot, y al que Sarah acoge. Esta especie de fábula fascinante con personaje transgénero, sobre la que planea la suerte edípica, atrapa gracias a la sorprendente madurez de estilo que demuestra Johnson, con una escritura tensa e impetuosa que atrapa tanto como turba. Su original aproximación al folklore desde una mirada muy contemporánea, extrañamente tenebrosa, desemboca en una reflexión de aliento trágico sobre las agitadas aguas de la identidad. Un libro capaz de poner el corazón en un puño cuando plasma esa relación maternofilial de la que no se puede escapar, a la que no se puede abandonar nunca: «En la cara interna de mi piel, no llevo grabados ni canales, ni vías de tren ni barcos, solo te llevo grabada a ti», dirá Gretel, mientras aprende también el significado de la palabra hija.

 

La época de los mamuts lanudos, de Serge Bouchard (Pepitas)

Es el primer libro que se publica en nuestro país de este antropólogo, periodista y escritor canadiense, muy reconocido en el ámbito francófono, que comienza dirigiéndose a sus nietos y explicando el título: «Soy un abuelo de la época de los mamuts lanudos, pertenezco a una raza pesada y lenta, extinguida hace mucho […] Y pensábamos entonces que nuestras manos servían para agarrar, que nuestras piernas servían para correr, que nuestras bocas servían para hablar. No sospechábamos que estábamos desencaminados y que el porvenir todo lo enderezaría». Serge Bouchard (Montreal, 1947) lleva más de 30 años dando testimonio del pensamiento indígena en el norte de Canadá, y de su valor en el insensible y acelerado mundo de hoy. En los 25 ensayos que componen esta colección, publicados en origen en la revista L’Inconvénient entre 2004 y 2011, a su personal modo y con un estilo entre impresionista y minimalista, pero siempre ágil y en las antípodas del ensayo plúmbeo, Bouchard echa un vistazo sensible y nostálgico al camino recorrido: su infancia, sus historias insólitas sobre la Nueva Francia, la indagación en la inmensidad del paisaje quebequés y el descubrimiento de una nueva forma de entender la vida —y la muerte— en aquellos pueblos tan alejados de la sociedad tecnologizada que conocemos. Como señala Ricardo Tejada en su prólogo, no es este un libro de viajes al uso, sino más bien un viaje en sí mismo en el que su autor, «inspirándose en las culturas amerindias, propone escuchar atentamente sus cuentos, sus leyendas, sus mitos, pues de ellos se deriva una filosofía implícita de la verdad y de la mentira que no se corresponde exactamente con lo que Occidente concibe y distingue con tan descarnada clara vanidad». Nomadista convencido, Bouchard transmite, en forma casi de confidencias antropológicas para ser paladeadas a pequeños sorbos, su idea de libertad a contracorriente, como un sucesor de los Thoreau y Emerson en su exploración de los vínculos sagrados entre hombre y naturaleza: «El bosque es […] la primera de nuestras gramáticas, el pie arbolado de las más bellas construcciones de nuestra mente. Somos criaturas naturales y pertenecemos al mundo que nos rodea».

 

Norma y vida. Reflexiones de una fiscal en activo, de Yolanda Ortiz Mallol (Athenaica)

«Juzgar, todos juzgamos», nos recuerda en sus primeras páginas este breviario editado por Athenaica con el que, ante la magnitud de la palabra Justicia —tan manoseada pero a la vez tan poco entendida—, se propone su autora «bajar de plano y examinar el concepto con los recursos del día a día». Fiscal en activo desde hace veinte años con un rico bagaje en la rama penal del Derecho, que ha combinado con la escritura y las colaboraciones en publicaciones culturales, Yolanda Ortiz Mallol desentraña aquí la esencia de esa práctica cotidiana con las dosis justas de conocimiento y de interés narrativo para el lector no iniciado, que somos muchos. Sostiene que la Ley ha de ser fría («Una norma puede ser extrema, pero no debe ser airada») salvo en su aplicación, pero no es este un libro frío, sino emocionante, apasionado y que hace pensar; acaso lo mejor que se puede hacer con la justicia, porque se diría que, al conocer a las partes de un litigio, casi todos acabamos inevitablemente tomando partido, cual si se tratara de una competición deportiva cualquiera y aunque el resultado nos dé igual. Lo construye Ortiz Mallol a partir de una serie de deliciosos microrrelatos experienciales (más que anécdotas), tan reveladores de su oficio como de la condición humana. Como ese individuo que fue denunciado por otro y que, llegado el juicio, adució que estaba enamorado de la mujer de aquel desde joven y que le dolía que él le pusiera los cuernos: «La ley, pues, se aplicaría con más o menos desgana en el pensamiento de que tanto amor derrochado arrastraba ya consigo suficiente condena, pero hacerla desaparecer habría supuesto ejercer de dios, no de profeta». Son la mayoría casos menores, tal vez los más comunes, pero desde luego no menos elocuentes que los grandes dramas judiciales que estamos habituados a ver en la televisión o el cine. Hablando de ficciones, la autora granadina trae a colación loables ejemplos como el del film clásico M, el vampiro de Düsseldorf, que en apenas seis minutos muestra muchas de las verdades relativas a los procesos judiciales de un sistema asumido, incluida «la manifiesta conclusión de que la justicia no pueden ejercerla las víctimas so pena de fusionar en una misma suerte sentencia y condena». No es la única cita que contiene este ensayo, la mayoría de papel literario y filosófico, de Cicerón a Stendhal pasando por Luis Rosales, Emilia Pardo Bazán o Roberto Calasso, pues Ortiz Mallol es consciente de que la sabiduría, como la verdad, se extrae de múltiples testimonios. Con ese humanismo como filtro, interpreta la realidad de la justicia, los jueces y los procesos judiciales, dando en la llaga y desmontando mitos: por ejemplo, que la historia se repite en los juzgados pero no hay nada más peligroso que los pre-juicios; que cuando se demanda justicia, casi siempre es para agravar la condena; que nadie sale de prisión antes de tiempo y que los procesos son complejos y, por tanto, no llevan los ritmos de la política ni de la prensa. Al final, nos dice la fiscal, se trata más que nada de no ser dogmáticos, «estar siempre dispuesto al desconcierto, admitir la posibilidad de la sorpresa». Como la de este librito.

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