Analógica

Nosotros, los caminantes

A lo largo de la Historia se han rebelado contra el sedentarismo una serie de filósofos, poetas, naturalistas, «flâneurs», peregrinos… que han otorgado al paseo diversos sentidos, y lo han contado en apasionantes páginas.

Cuando trato de visualizarme a mí misma en una situación placentera, me veo con una mochila a la espalda, caminando en solitario. Frente a mí se despliega la visión de un camino serpenteante en el horizonte, esa especie de cinta que incita a viajar y aparece como una cicatriz en el paisaje. En ese momento embarga al caminante una sensación indefinida, cargada de promesas, que le impulsa a subir la próxima colina o llegar hasta la siguiente curva del camino para ver qué le aguarda más allá. En alemán existe una palabra muy evocadora, Sehnsucht, amada por los románticos, que podría traducirse de forma imprecisa como anhelo o añoranza de algo intangible e inexpresable. Quizás sea esa la razón que nos impulsa a algunos a lanzarnos a los caminos o quizás sea el deseo de experimentar, una vez más, esos momentos de felicidad que sobrevienen durante la marcha prolongada, cuando respiración, músculos y mente se acompasan y funcionan al unísono. El caminante avanza alerta y tranquilo, sus sentidos se agudizan y el silencio se percibe como un elemento más del paisaje, apenas roto por el ruido de los pasos y el suave golpeteo de los bastones. Es en esos momentos cuando se siente realmente vivo, en armonía con el mundo que le rodea.

Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

Adoro viajar a pie. Prefiero recorrer andando algunos kilómetros de un país que verlo entero desde un automóvil u otro medio de transporte, para poder conectar así con el mundo sin las ataduras de la civilización. En la Antigüedad los viajeros caminaban. La gente estaba habituada a medir los lugares y escalas espaciales con respecto a sus cuerpos y capacidades. De ahí la milla, una medida romana de mil pasos. Caminando experimentamos el mundo en nuestros cuerpos, con todos los sentidos. Al andar aprehendemos el paisaje y permitimos que este se apodere de nosotros. Nuestros antepasados eran nómadas, se desplazaban a pie por el territorio. El escritor Bruce Chatwin, formidable caminante y obsesionado por la forma de vida nómada, estaba convencido de que el cuerpo humano está diseñado para recorrer a pie cierta distancia cada día y de que todos los males de nuestra civilización provienen de habernos hecho sedentarios.

Ponerse una mochila a la espalda y calzarse unas botas para lanzarse al camino supone también un humilde acto de subversión, una manera de dar la espalda a una cultura que prima en exceso el beneficio inmediato, la eficiencia y la rapidez y rehúye las supuestas incomodidades de la vida al aire libre. Explorar a pie los viejos caminos es abrir la puerta a lo imprevisto, al descubrimiento, a los encuentros inesperados con personas, animales, árboles, ríos, montañas, aves y nubes. Nos permite dotar al mundo de sentido porque, como escribió Virginia Woolf en Moments of Being: «Cuando estoy en mi habitación, el mundo me resulta incomprensible, pero cuando camino, veo que consiste en tres o cuatro colinas y una nube».

Además de esos caminantes solitarios, entre los que me cuento, existen otros grupos que a lo largo de la historia humana han dotado al acto universal de caminar de diferentes significados. Se trata de los filósofos, poetas, naturalistas, exploradores, flâneurs, deportistas, rebeldes, peregrinos, emigrantes, nómadas, desplazados… Todos ellos, la gran familia de caminantes de todos los tiempos, han dado lugar a una vasta biblioteca de historias y poemas, iluminaciones, expediciones a lugares remotos o sencillas deambulaciones por las ciudades mundo. Porque cuando uno se lanza a los caminos, le salen al paso los fantasmas y las voces del pasado; voces que te cuentan historias y relatos que allí sucedieron y han quedado suspendidos en el aire y a los que el nuevo viajero, sin siquiera proponérselo, añade con sus pasos otras líneas argumentales, pasando, él también, a formar parte de su historia.

«El escritor Bruce Chatwin estaba convencido de que todos los males de nuestra civilización provienen de habernos hecho sedentarios»

De la antigua Grecia y según la tradición aristotélica, nos ha llegado la imagen de los filósofos peripatéticos (caminantes o paseantes), hombres serios y togados que mantenían graves conversaciones o enseñaban a sus discípulos mientras deambulaban por un seco paisaje mediterráneo salpicado de columnas de mármol. La tradición del filosofar caminando fue recogida con entusiasmo en el siglo XVIII por Jean Jacques Rousseau, que escribió en Confesiones: «Solo puedo meditar cuando camino. Si me detengo, dejo de pensar; mi mente solo funciona al ritmo de mis piernas». Y en Las ensoñaciones de un paseante solitario dejó escrito: «Nunca he pensado tanto, me he sentido más vivo y nunca he sido más yo mismo que durante los viajes que he realizado solo y a pie […] Todo lo que experimento así contribuye a liberar mi espíritu y a hacerlo más audaz, libre de miedos o restricciones».

Søren Kierkegaard fue otro filósofo que escribió largamente sobre la relación entre caminar y pensar. En su Carta a Jette (1847) se expresa así: «Sobre todo no pierdas tu deseo de caminar: yo mismo camino diariamente hasta alcanzar un estado de bienestar y al hacerlo me alejo de toda enfermedad. Caminando he tomado contacto con mis mejores ideas, y no conozco ningún pensamiento cuya naturaleza sea tan abrumadora como para que uno no pueda distanciarse de él andando…».

Estos paseos filosóficos elegidos libremente por personas en buen estado de salud y en circunstancias seguras y agradables poco o nada tienen que ver con, pongamos por caso, las caminatas extenuantes de quienes huyen de alguna situación extrema, causada por un desastre natural o por una causa política, ni con las marchas reivindicativas emprendidas por millares de personas para protestar contra alguna injusticia. Tampoco guardan relación alguna con los peregrinos, esas personas que salvan enormes distancias a pie movidas por una meta espiritual, para expiar supuestos pecados o para acercarse a la divinidad, como quienes peregrinan al monte Kailash en el Tíbet, considerada la montaña más sagrada de Asia y que según la tradición hindú es el pilar y centro del mandala del mundo.

«Cuando uno se lanza a los caminos, le salen al paso los fantasmas y las voces del pasado, que te cuentan historias y relatos que allí sucedieron y han quedado suspendidos en el aire»

Tampoco hay que olvidar a los caminantes extremos, seres que llevan sus organismos al límite y realizan proezas físicas difíciles de comprender para las personas normales. Conozco a varios de ellos, pero no me resisto a citar a mi favorita, la suiza Sarah Marquis, que prácticamente se ha recorrido el mundo a pie, ella sola. Uno de sus viajes que más me impresionaron fue el que comenzó en Mongolia y, tras recorrer China, Siberia, Laos y Tailandia, embarcó en un carguero hasta Australia, donde terminó su periplo tras atravesar el desierto de ese continente. Cuenta sus aventuras de tres años en su libro Sauvage par nature (Salvaje por naturaleza), que en ocasiones te deja sin respiración.

También los poetas han mantenido una estrecha relación con el caminar. Entre ellos destaca William Wordsworth (1770-1850), de quien el escritor Thomas de Quincey afirmó que a lo largo de su vida llegó a recorrer a pie unos doscientos noventa mil kilómetros. Y aunque fueron muchos los poetas que emprendieron viajes a pie, Wordsworth hizo del caminar el pilar central de su vida y de su arte, de un modo casi sin parangón en la historia. Durante su larga vida apenas hubo un día que no saliera a caminar, porque para Wordsworth, lanzarse al camino no era una forma de viajar, sino de ser, y así lo plasmó en su poesía, especialmente en El preludio. Por ello, si tuviera que elegir al santo patrón de los caminantes, mi elegido sería sin duda William Wordsworth.

 


María Belmonte Barrenetxea es traductora y autora de Peregrinos de la belleza, Los senderos del mar, un viaje a pie En tierra de Dioniso, todos publicados por Acantilado.

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