Horas críticas

El humor que nos merecemos

Todas las ilustraciones que acompañan este artículo son de Riki Blanco y aparecen en el libro de humor La poesía que nos merecemos (Reservoir Books, 2021)

«Un fondo azul celeste, doble página, y en el lado izquierdo una mano que sostiene un bumerán con forma de sonrisa, con sus labios y sus dientecitos. Y a la derecha un texto que dice lo siguiente: “Las sonrisas son boomerangs: casi siempre vienen de vuelta. Salvo cuando tiras a dar, claro”». Del karma positivo al mal rollo o el repelús hay apenas una letra pequeña que «nos dice que esa sonrisa puede ser la de una hiena, que se puede matar a alguien con la culata de una pistola de agua, que era broma lo de que era broma». Más que reproducir la ilustración en cuestión, he preferido comenzar este artículo transcribiendo las palabras con que el autor del libro La poesía que nos merecemos, Riki Blanco, describe las dos primeras páginas de su obra en el podcast que produce y conduce él mismo.

A la poesía, así en general, siempre le ha faltado humor y le ha sobrado solemnidad, pose y pamplina. O tal vez estemos hablando de Los Poetas, quienes dentro de la estirpe de Los Literatos suelen representar el más intensito de sus subgrupos, el más afectado, el que más pereza nos da a la mayoría cuerda. Como el bardo Asurancetúrix, que se considera un iluminado mientras que el resto de la aldea lo ve como un auténtico peñazo. Por supuesto, quienes hayan conocido a alguien que se dedique al noble arte de la lírica sabrán que todo lo expresado en este párrafo es puro estereotipo, y aunque puede haber los que aún se ajusten a esa imagen deformada, hay poesía y poetas para todos los gustos. Desde luego hay, también, buen humor en según qué obras y autores.

Pero más que un acercamiento a lo cómico desde la poesía, lo que se propone Riki Blanco es el recorrido inverso: un viaje a lo poético desde el humor (gráfico). O tal vez sea un cruce de caminos en el que ambos vehículos colisionan. Y ese accidente es gracioso y triste, al mismo tiempo, aunque todo sea metafórico, claro. No hay muertos en sus dibujos, pero sin duda hay heridos y daños colaterales. Aquí lo personal es político y lo político es muy personal, como muestra una de sus escenas. «Hemos maltratado tanto el acto poético que la poesía se venga de nosotros con este libro», explicaba en una entrevista reciente, y uno no puede evitar pensar en lo engolado —piensen en un Carlos del Amor— de quienes se empeñan en dotar de cualidades supuestamente poéticas a lo cotidiano. Lo de Blanco es otra cosa, gracias a dios.

Hay en su obra una poética del extrañamiento que fija su atención en realidades vulgares y prosaicas, lugares comunes del día a día, para desviar su interpretación, esquinar la mirada y dejar que salgan a flote otras lecturas, no necesariamente positivas ni útiles, del ser humano. De nuestras taras e infinita capacidad de ridículo, y del absurdo de todo. Extrae de ello una condición de autor que, como señala Xavi Puig en el prólogo, va más allá de la ocurrencia; aunque en el fondo (que no es fondo sino superficie), también lo es. Una tontería. En ese sentido, me recuerda a otros autores que se mueven en ese sutil equilibrio entre la memez y lo sublime, artistas que se expresan en más de un formato, como si su particular modo de entender el mundo y abstraer sus componentes se desbordara por cauces creativos distintos.

Alberto González Vázquez, al que la mayoría conocimos por sus vídeos para El Intermedio, también ha hecho cómics, películas, relatos visuales breves y hasta un videodiario del confinamiento. Miguel Noguera se convirtió en figura de culto con su Ultrashow, a medio camino entre la performance y el monólogo cómico menos ortodoxo, para más tarde comenzar a publicar sus locas ideas ilustradas en forma de libros. Juan Cavestany empezó escribiendo obras de teatro para Animalario, y en la última década ha dado lugar a algunos de los títulos más excéntricos del cine español, como Gente en sitios o Esa sensación. Todos, a su manera, son poetas y humoristas de aquello que surge cuando algo se aísla de su contexto, todos agreden el plano de la normalidad, el sentido común, la convención, las preguntas esenciales o existenciales, acercándose mucho a las cosas hasta que dejan de tener sentido o nos dan otros nuevos sobre algo tan trillado. Más Valle-Inclán que Benavente, para entendernos.

En el caso de Riki Blanco, además de ilustrador de prestigio, también se dedica a la música, la videocreación, los espectáculos en vivo y su citado podcast, titulado La contención, muy esclarecedor de su estilo y en concreto del libro La poesía que nos merecemos, al que ha dedicado su último episodio: «De alguna manera lo siento como un boca a boca a mi relación con el mundo que debo hacer periódicamente. Un boca a boca con lengua», dice sobre él. Sus ideas nacen de la paradoja, el juego de espejos y la yuxtaposición de realidades ajenas entre sí que al juntarse chocan y, a la vez, se tornan iluminadoras del patetismo humano. Lo suyo es ilustración conceptual que no rehúye lo irracional, y en ese loco universo muchas páginas tienen que ver con las expresiones, gestos o hábitos que no por implantados logran enmascarar nuestro pacto (de no agresión) con la realidad. «Si está usted volviendo, recuerde que las cosas pueden haber cambiado», propone el autor como mensaje de bienvenida a quienes regresan a la ciudad tras las vacaciones.

Decía Jean Cocteau, otro polímata, que la poesía es imprescindible, pero que no sabía para qué. Entre sus múltiples utilidades, se me ocurre que puede servir para reírnos de quienes se creen autores por encima de todo, de los que hacen de cada estúpida vivencia algo reseñablemente lírico y no saben lidiar con la mediocridad que, en gran parte, presentan las cosas. Reírnos de nosotros, desde luego, de quienes despreciamos —aunque sea en privado— cualquier manifestación creativa que provenga de un Autor con pretensiones. Reírnos de quienes hacen broma de todo, por mucho que lo suyo no sean chistes sino otro manual más de instrucciones de uso para la vida. La poesía puede servir para dar a cada uno de nosotros el humor que nos merecemos. Porque al fin y al cabo, todos nos hemos sentido poetas, por mucho asco que nos dé. «El poeta es un mentiroso que siempre dice la verdad», decía también Cocteau, o eso dicen.

«Y todo eso que se le iba ocurriendo lo apuntaba en su cuaderno de poeta mientras se lamentaba de no ver el mundo tal y como era», escribe Blanco (en una página en Negro, que no lleva ilustración ninguna), al que ya visualizo convertido en ESCRITOR con letras mayúsculas, autor de obras de esas que ahora uno podría llamar game changer y quedarse tan pancho. O quizás no, vaya a ser que el bueno de Riki se nos ponga demasiado trascendental y con el rictus grave, declamando y dando charlas TED sobre tomarse en serio la poesía cómica o la comedia poética como si le fuera la existencia en ello. Que no, que la vida es más incómoda y aún más rara que eso. ¿Sabes a qué me refiero, Riki Blanco? ¿Eh, poetastro visual? Menuda idea la del bumerán. Que, por cierto, ¿se escribe así españolizado, como lo pronuncias en tu pódcast, o «boomerang» como lo pones en el libro? Porque en inglés no existen las palabras agudas. ¿O me vas a decir que es una licencia poética?

Un comentario

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