Horas críticas

Libros de la semana #7

Tienes que mirar, de Anna Starobinets (Impedimenta)

«A mi hijo sin nombre, que estuvo conmigo tan poco tiempo», es una de las muchas dedicatorias —casi todas a su familia, latiente o no, pero también al equipo médico del hospital Charité de Berlín— que incluye Anna Starobinets al inicio de este libro. Es en ese bebé nonato, cuyo desarrollo se ve forzada a interrumpir por una malformación poliquística del feto, donde reside el centro de esta tragedia de no ficción donde la autora alude a personas e instituciones tan reales como su dolor. Tan ciertas como que su médico, tras confirmar el fatal diagnóstico, empezó a nombrar su embarazo como «algo». Su relato de la traumática travesía que a partir de ahí emprende, pasando por todas las posibles debacles psicológicas hasta llegar a la más absoluta conmoción, tiene por objeto no recrearse en ellas, sino evidenciar la inhumanidad del sistema ante una mujer en tales circunstancias. No sorprende, después de leído, el revuelo que causó en su país la escritora rusa al abordar de modo tan descarnado, acaso el único posible, un asunto tan silenciado a diario. Esta es una novela que bien podría enmarcarse en el género del horror («Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta es convertirse en la protagonista de un cuento de terror», escribe en el prefacio), pero en tal caso también sería un «survival» que finalmente hace del sufrimiento una de las raíces del amor y la autoaceptación. Es, en cualquier caso, un grito desesperado y bellísimo, un descenso a los infiernos y una crónica impecable sobre las heridas infectadas. Considerada como una de las mejores autoras distópicas actuales, aquí Starobinets se ciñe a la realidad, pero con esa mirada entre el extrañamiento y la compasión que la hace inimitable. Dice de su novela que cuenta algo tan personal que «no es literatura». Pero es más bien lo contrario: pura literatura universal, una obra que ha nacido de quien no llegó a hacerlo; el sin nombre.

 

España, de Santiago Alba Rico (Lengua de Trapo)

Una de las tesis más claramente probadas por este ensayo se basa en la idea de España como un país digno de estudio. Una nación llena de contradicciones y discursos enfrentados en torno a su identidad, su cultura, su historia y su propio espíritu: ¿Somos mediterráneos o europeos? ¿Multiculturales o castizos? ¿Demócratas o meros charlatanes? Todas estas preguntas y otras muchas se ha planteado Santiago Alba Rico, quien a su vez desnuda en este lúcido y hasta cierto punto informal ensayo sus propias contradicciones, al menos en apariencia: las que lo llevaron de alumbrar los mensajes más ingeniosos y anticapitalistas de La Bruja Avería en La bola de cristal a implicarse en las elecciones de 2015. El filósofo nacido en Madrid y residente en Túnez se considera parte de una generación «ambigua», politizada pero poco militante, amantes de la literatura pero con un poso antiespañol, «decimonónico», que los alejó de apreciar —no digamos ya amar— los paisajes propios de nuestra tierra. Cita a Sergio del Molino cuando escribió que «desde 1975 los españoles se han desentendido de España». Aunque claro, ¿qué es España? Para Alba Rico lo que no existe en absoluto en un sentimiento de pertenencia. «Si no cambian los tópicos nada ha cambiado», sentencia en uno de los capítulos, atribuyendo buena parte de esa culpa a la exigencia de una supuesta coherencia en la condición de españoles, pero ¿quién es capaz de definir cómo somos hoy en día? Sin duda, lejos quedamos de aquellos castellanos viriles e invencibles, y sin embargo parece casi imposible escapar a ciertas visiones autoimpuestas. Desde una mirada personal y poco complaciente, esta obra aborda la idea de españolidad saltando del pasado al presente, estableciendo conexiones entre la historia o el relato compartido y sus propias vivencias en torno a la religión, la política y el derecho al olvido, que es en realidad derecho a la memoria, sostiene el autor. Al fin y al cabo, «que no haya España, que no llegue a haber España, quiere decir que nunca podremos librarnos de ella».

 

Invierno. Cuarteto estacional II, de Ali Smith (Nórdica)

Que su autora sea natural de la antigua ciudad de Inverness, capital de las Highland escocesas, no tiene nada que ver con el título de su última novela, en español Invierno; de hecho, aquel nombre procede del gaélico «Inbhir Nis», que significaría algo así como «boca del río Ness». Pero no deja de tener gracia ese juego de familiaridad entre palabras en torno a una obra que está repleta de diversiones y desafíos léxicos, y que trata sobre los vínculos de sangre. En el momento que retrata Ali Smith, muchas cosas habían muerto, pero el odio no parecía contarse entre ellas. Una introducción que sirve para medir la temperatura del agua en este relato que comienza con el diálogo algo estrafalario y surrealista de una mujer que le habla a una cabeza desentendida del cuerpo. Lo trascendente es que la acción se sitúa en vísperas de Navidad, ese periodo de tiempo en el que las relaciones familiares pueden exaltarse hasta el infinito o bien, como en el caso que nos ocupa, quedar expuestas en su extrema endeblez. A partir de ahí la autora compone una fotografía —movida— de la vida contemporánea y de las ligaduras culturales y de clase que nos atan, y que se hallan a un levísimo golpe de quebrarse del todo. Si su anterior Otoño podía ser considerada como una novela política, aquí las diversas tramas y subtextos se cruzan para hablar del absurdo inmanente de asuntos como la clase política, la burocracia o la guerra armamentística en el caótico Reino Unido pos-Brexit. Sirviéndose de una escritura fragmentada, incisiva y versátil que jamás rehúye la retórica, Smith vuelve a dar en la diana con este experimento agudo y osado pero también capaz de añadir emoción a la ecuación. Grande de las letras anglosajonas, en similar grado de reputación que un George Saunders, en este segundo libro de su magno proyecto literario Cuarteto estacional la escocesa mantiene un admirable compromiso hacia la palabra, o lo que es lo mismo, el mundo, cuyas estaciones siguen sucediéndose a pesar de todo.

 

Manuel Azaña. Entre el mito y la leyenda, de Ángeles Egido León (Guillermo Escolar)

Manuel Azaña (1880-1940), de cuya muerte en el exilio francés se han cumplido 80 años de forma reciente, representa una de las figuras de mayor envergadura en nuestra historia reciente, haya sido alabada o despreciada. Es, sin duda, aquella que encarna mejor los ideales de la República en España, hasta el punto de que este sistema político ha estado directamente asociado a su apellido, habiendo al menos tantos azañistas como republicanos. También, como aquí describe la autora, sus ideas y los prejuicios en torno a ella han dado pie a la división entre «azañófilos y azañófobos». El libro de la historiadora Ángeles Egido León pone sobre la mesa todas sus dimensiones: el intelectual, el literato y el político, pero sobre todo el Azaña más humano. Cabeza del bienio reformista, presidente del Ateneo de Madrid, fundador de La Pluma y director de España, Premio Nacional de Literatura por su biografía Vida de Don Juan Valera (1926), los logros que más se destacan aquí tienen que ver con su inteligencia, sus cualidades como hombre de Estado, su apuesta por la educación y el europeísmo, su ética política y espíritu conciliador, así como su fe en el futuro de España. Egido León ya había dirigido varias obras colectivas sobre la figura de Azaña y es comisaria de la exposición Azaña: intelectual y estadista en la Biblioteca Nacional de España, la más completa hasta la fecha sobre su vida y su obra. Con esa misma intención didáctica, Egido León dibuja en esta semblanza el legado de una de las personalidades imprescindibles para entender la España contemporánea, que sin duda sigue muy vivo en la memoria colectiva del país. Una obra que cierran las célebres y celebradas palabras de su último discurso, con las que el político instaba a pensar en los muertos y escuchar su lección: la de esos hombres que «ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón».

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