Crónicas desorbitadas

El baile de san Vito es una enfermedad

El autor de «Por carreteras secundarias» imagina cómo será viajar sin turismo en el mundo actual, reflexionando sobre la ansiedad de los trayectos que hemos acumulado en los últimos años y la necesidad de vivir más despacio. Un viaje alrededor de su habitación y de la literatura que nos transporta
Puerto de Montreal, embarque en el carguero Canmar Pride. Foto de Corina Arranz, incluida en el libro «Mar Atlántico» (Alento, 2012), de Alfonso Armada.

Uno. Me lo saca de la boca donde no se acababa de formar todavía la idea que habría de saltar al papel en forma de tinta china que dibuja caracteres no cirílicos, no ideogramas, no hebreos, no sánscritos, no árabes. Uno de mis grandes temores es que quiera llevar al papel lo que se está dibujando en algún rincón remoto (o no tanto) del cerebro y la mano no obedezca, que se pierda la conexión limpia (sin interferencias) entre lo que ahora mismo creo que estoy ideando (mi memoria automática del lenguaje está adaptando sin solución de continuidad) y mis dedos están pulsando: a ciegas sobre el espejo del alfabeto que es este teclado en el que confiamos: mis yemas aprendieron a leer sobre las teclas de las viejas máquinas ruidosas que no dejaban dormir a mis novias (tampoco hubo tantas) ni a mis vecinos. Eso que ahora mismo mis ojos leen sucintamente para comprobar que esto era exactamente lo que quería escribir. Que nunca lo es.

Dos. Un primer viaje hecho de palabras en cuanto empezamos a tener conciencia de lo que ellas son capaces de crear: de los árboles que agitan sus ramas llenas de lluvia a una nube que parece un perro o un dragón cuando empezamos a leer el mundo, de lo remoto de una estepa siberiana o marciana del cerebro a un mecanismo lleno de conexiones en el que minerales como el coltán o el silicio, limpitos de sangre y barro, operan para que lo que decimos se parezca a lo que pensamos, y como vivimos se parezca a lo que creemos. Lo de la tinta china es un viejo afán. Aunque todas las noches sigo abriendo la pluma-fuente que escribe gracias a pequeños cartuchos de tinta china azul que acopio por si algún día deja de haber tinta china, plumas-fuente, papel, algo que contar. Quería escribir sobre el cansancio del viaje, o el hartazgo del viaje, o el absurdo del viaje, o el miedo al viaje, o el porqué del viaje y me encuentro una frase que me viene al pelo aunque no sabía que me iba a venir a ver: “Para qué viajar si vine a buscar lo leído”. Eso escribe Matías Serra Bradford en algún lugar de su Diario de un invierno en Tokio que voy a comprar y leer antes de que llegue la Navidad.

«La nueva realidad nos ha impuesto viajar sin turismo, consumir menos. ¿Cuándo nos íbamos a hacer las preguntas que posponíamos mientras huíamos sin cesar en una fuga hacia adelante?»

Tres. No ha llegado diciembre y ya tengo el libro aquí conmigo y tras repasar una a una las bellas fotos en blanco y negro (parecen apuntes a lápiz que acompañan a las palabras sin la menor estridencia) busco la cita para corroborarla y ampliar ese hallazgo de no viajar para encontrar lo leído sino para estar abierto a lo insospechado. No hago una búsqueda exhaustiva, porque el libro ha de ser leído desde la cruz a la fecha, pero Matías Serra Bradford me proporciona otras palabras que abren otra puerta al viajero, o al menos la dejan entornada: “Me corté sin querer mientras me afeitaba. Rara sensación de verse la sangre en otro país; de verse la sangre en el espejo de otro país”. ¿Están intercomunicados los espejos? ¿La sangre que late y que brota cuando hacemos una incisión, por accidente o voluntad, no es la misma? No me respondo nada a preguntas irrelevantes, retrocedo cuatro párrafos (me gusta este libro porque está construido con párrafos como piedras planas para atravesar un riachuelo) y encuentro: “Caminar junto a un río de noche. Fotografiar un río de noche. Reflejos iridescentes y ondulantes de árboles pelados, de edificios y puentes encendidos”. Me viene a la memoria el río Amur de noche junto al parque Lunacharski en la ciudad de Jabarovsk y un viento del pasado lleno de resonancias que dejo desvanecerse en el aire.

Cuatro. Viajeros, viajantes, turistas, nómadas, refugiados, emigrantes. Nos ponemos altivos, estupendos, como alces que se miran en un límpido lago de montaña y nos gusta llamarnos viajeros para diferenciarnos de los viajantes (sobre todo después de cómo acabó el de Arthur Miller), y por supuesto que no somos turistas porque nosotros tenemos otra conciencia y vamos a otros sitios, tenemos otros afanes, nos apartamos de las rutas concurridas, buscamos lugares inexplorados, no nos asomamos a la vida de los otros como antropólogos crueles, viajamos para tener una experiencia transformadora, no para hacernos un selfie sino para conocernos mejor a nosotros mismos conociendo la riquísima variedad de la geografía humana… Y claro que somos partidarios del nomadismo, sobre todo cuando no tenemos que tratar de entender los conflictos que empezaron en el neolítico y que vemos reproducirse en sociedades contemporáneas cuando irrumpe la sequía, plagas de langostas, la tierra se agosta, no hay recursos, ganaderos y agricultores luchan por la supervivencia. ¿Quién no piensa o no empezaba a pensar a la hora de trazar sus vacaciones en descartar una playa a la que llegan barcazas rotas, pateras con inmigrantes que quieren también una toalla para secarse, para que la conciencia no se incomode y empiece a escocer también en verano?

Playa de Tijuana, en la frontera con Estados Unidos. Foto de Corina Arranz, incluida en el libro «El rumor de la frontera» (Península, 2006), de Alfonso Armada.

Cinco. Leer para viajar o viajar para leer. Si leyendo a Josep Pla decidí viajar a Oslo para comprobar con mis propios ojos y mi propio cuerpo si era así lo que contaba en Cartas de lejos, el lento tren que desde el fiordo de Oslo recorría todos los estratos de la Tierra, llegaba a paisajes lunares o marcianos y volvía a emprender el camino del Génesis al desembocar en el fiordo de Bergen, así regresé a Ucrania, esta vez en un viaje de 55 horas en autobús desde Madrid a Kyiv, con una prolongación en tren hasta Kramatorsk. Pero esa es otra historia. Casi mi último verdadero viaje antes de la pandemia y sus estragos. Pero me vino a la memoria cuando en la vieja URSS nadie podía abandonar por su cuenta y riesgo una ciudad de noche en su automóvil sin exponerse al puño de hierro del estado. Eso me recordó el confinamiento, como ahora las nuevas reglas, que acotan el paisaje, las ciudades, nuestro albedrío de perdernos ahora mismo, esta noche, buscando un mar, un río, una estación provincial en la que perderse.

Seis. Se me acaba el espacio, que no las palabras, antes de haber empezado. Porque quería hablar del cansancio de mi propio viaje. De la necesidad de vivir más despacio. De leer más despacio. De morir más despacio. De la necesidad imperiosa de morir cuando sea la hora, como escribió Adam Zagajewski. Pero también del hartazgo de cierta vida desquiciada, en la que los viajes sin ton ni son, ese baile de san Vito al que todos nos sumábamos con una ansiedad que merecía una explicación. No lo hicimos motu proprio, y ahora la nueva realidad nos lo ha impuesto. Viajar sin turismo, consumir menos. ¿Para qué vivimos? ¿Cuándo nos íbamos a hacer las preguntas que posponíamos mientras huíamos sin cesar en una fuga hacia adelante? ¿Cuándo íbamos a respondernos sin mentirnos a las preguntas que sabíamos que teníamos en la alta alacena de nuestra impecable moralidad? El absurdo del viaje. Viaje alrededor de mi habitación. Pascal. A la espera. Con Simone Weil cada vez más, falta de atención. La necesidad de parar para prestar atención al latido del mundo.

«Quiero hablar del cansancio de mi propio viaje. De la necesidad de vivir más despacio. De leer más despacio. De morir más despacio»

Siete. El miedo al viaje. Cuando escribo, como cuando viajo, es decir, cuando vivo, estoy en estado de máxima alerta, avistando pájaros, sombras, voces, ecos, músicas que me salen al encuentro como si me estuvieran esperando. Coincidencias que según Jung no lo son. Corina Arranz, la fotógrafa con quien exploré en zigzag la frontera entre México y Estados Unidos, desde Brownsville/Matamoros hasta Tijuana/San Diego, y tantas carreteras secundarias, y ríos y mares nocturnos (como el Atlántico en un carguero que navegó entre Montreal y Amberes), dice que son fractales. En un artículo titulado Recordando a Walter Benjamin, Francisco Jarauta nos da una pista preciosa: “Al igual que Baudelaire, del que se sentía tan próximo, Benjamin se reconoce privado de patria, situación que consideraba propia de las generaciones modernas, y que le permitía aventurarse por caminos hechos de recuerdos, de visiones, unidas apenas por planimetrías que el corazón inventaba. No de otra forma podría vivir si no fuera desde una especie de religión du voyage, que ciertamente viene de lejos, pero que en él representa una revitalización incesante y personalísima de sus propias ideas”. Nada más arcaico y reaccionario que esas feroces pulsiones nacionalistas, identitarias, fronterizas, que tanto tiempo y energías nos han hecho derrochar y seguimos derrochando en España.

Ocho acostado. El porqué del viaje. El final lo encontré por accidente. Salí sin un plan de viaje, tan solo estirar las piernas dentro del perímetro de Madrid (¡qué fatiga ante palabras que se ponen absurdamente de moda! Ahora no dejan de perimetrar incendios y de perimetrar ciudades para contener el coronavirus) y la intención no expresa de hacerme con el último libro de Annie Ernaux publicado en España, que habla de la muerte de su madre. ¿Qué mayor viaje? Una mujer empieza así: «Mi madre murió el lunes 7 de abril en la residencia de ancianos del hospital de Pontoise, donde la había ingresado dos años antes. El enfermero dijo por teléfono: “Su madre se ha apagado esta mañana, después de desayunar”. Eran más o menos las diez».

Balneario de Chulilla en Valencia. Foto de Corina Arranz, incluida en el libro «Por carreteras secundarias» (Malpaso, 2018), de Alfonso Armada.

El viaje al pasado, a la biografía de una mujer francesa de provincias en el siglo XX. El extraño viaje de la vida de los otros que nos concierne porque nos pone un espejo, con palabras desnudas, ante nuestros otros más íntimos, nuestros padres. Como cuando escribe de las residencias de ancianos donde están “hasta que se mueran”. Tras la noticia de la muerte, al referirse a la residencia, habla Ernaux de “la unidad de larga estancia”. ¿Empezamos a morir cuando nos quedamos quietos en las unidades de larga estancia, cuando la curiosidad se extingue, cuando ya se ha cortado el cableado entre la sala de máquinas del deseo y nuestros miembros, nuestros sentidos, las palabras que empezamos a atesorar de niños para nombrar el mundo? Ah, por eso los libros son tan preciosos compañeros. Vuelvo a la última página para despedirme también de este texto que no es más que un pañuelo en una vieja estación de ferrocarril, las que más añoro, las de los trenes lentos. Escribe Annie Ernaux: “Le gustaba dar a todo el mundo, más que recibir. ¿Acaso escribir es una forma de dar?”. Ojalá.

 


Alfonso Armada es periodista –presidente de Reporteros Sin Fronteras España– y autor de teatro, poesía y varios libros de crónica de viajes. Su último título publicado es Por carreteras secundarias (Malpaso, 2018).

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