Analógica

Los colores del humor

La risa tiene su paletada de colores. ¿Hablamos de humor negro? Existe también el humor blanco y, por supuesto, el sexual y rijoso humor verde. El humor rojo nos llevaría al viejo arcón: la Unión Soviética. El humor amarillo no sería chino, sino –ay– judío.
Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

En Reservoir Dogs, la deslumbrante ópera prima de Quentin Tarantino, el jefe de la banda nomina a cada integrante del grupo de atracadores con un color para que no usen entre ellos sus nombres ni los sepan. El reparto de colores se hace con desavenencias infantiles porque todos quieren ser mister Black y ninguno mister Pink. Los distintos colores han servido con frecuencia para clasificar asuntos tan dispares como las procedencias étnicas de los presos en los campos de concentración nazis, los cables de una bomba de relojería —¿cuál hay que cortar para que no explote?— o los sabores de los rellenos de un surtido de trufas de chocolate.

Al humor —que en realidad solo se divide en dos clases: el bueno y el malo, el que funciona y el que no— también se le han asignado colores para diferenciarlo por características de tipo. Así, cuando se dice que un autor practica en su obra el humor blanco, entendemos que se trata de un humor inocente, puro —sea lo que sea puro–, amable, incluso naíf, que no ofende ni al más inquisitivo celador de la corrección política. Un ejemplo de humor blanco, aunque no exento de afán satírico, lo encontramos en las películas de Jacques Tati protagonizadas por su despistado personaje monsieur Hulot. El humor blanco se suele asociar con la literatura infantil, aunque desde luego hay excepciones. Los cuentos de Perrault, con su carga siniestra, sería una de ellas.

«Suele considerarse que la diferencia entre el humor negro británico y el español es que el británico se ríe de la muerte y el español, del muerto»

Vayamos del blanco al negro, como hacen los que prescinden de los matices. El humor negro es el que gira en torno a la muerte y cuestiones anejas, entre las que casi sería una especialidad el de pompas fúnebres. Suele considerarse que la diferencia entre el humor negro británico y el humor negro español es que el británico se ríe de la muerte y el español del muerto. La novela Los seres queridos, de Evelyn Waugh, con su delirante cementerio de animales y ritos funerarios propios de orates, y en Plácido, obra maestra de Berlanga, la secuencia del viejillo moribundo al que le hacen casarse a la fuerza, apoyarían esta idea. El humor negro da mucho juego por tratar un tema que nos involucra a todos. Y la función del humor como punto de vista de relativización y defensa ante lo que nos agrede, adquiere con el final de la historia de la vida, que nunca es alegre, plena justificación. Buenas muestras de humor se encuentran en las últimas palabras de próceres en el lecho de muerte. El poeta Paul Claudel, que no entendía muy bien de qué se moría, lanzó una postrera pregunta no se sabe si a sus familiares o al más allá: «¿Habrá sido por el salchichón?». El anticlerical y librepensador boticario Salustiano de Orive hizo su fortuna cuando inventó y patentó el hallazgo de su vida profesional: un refrescante elixir dentífrico al que puso el nombre comercial de Licor del Polo. En su lecho de muerte, las últimas palabras del boticario Orive fueron: «No creo en Dios ni en el Licor del Polo».

Pasemos al humor verde, que no es el de la ecología sino el del sexo y la rijosidad en general. El chiste verde ha gozado, nunca mejor dicho, de popularidad. En España, a menudo ha sido lamentable muestra de machismo por desprecio y homofobia con intención de ridiculizar (por fortuna es cosa ya de otro tiempo). Un humor verde hilarante y de calidad se halla en la famosa secuencia de Un pez llamado Wanda cuando John Cleese excita a Jamie Lee Curtis hablándole en ruso, mientras él se desnuda, y llega la familia dueña del apartamento. Y desde luego a lo largo de Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar —para largo el título—, de Woody Allen, que despliega todo su ingenio en asociaciones de ideas sobre desopilantes aspectos sexuales. En literatura, Henry Wilt, con su muñeca hinchable, alcanzaba también altas cotas de humor verde en Wilt, escrita por Tom Sharpe.

John Cleese hablando ruso en «Un pez llamado Wanda» (1988), de Charles Crichton.

Al humor escatólogico obviamente le corresponde el color marrón. Robert Crumb, vaca sagrada del cómic underground, consigue aunar humor marrón y verde con su personaje piltrafa mister Snoid, un enano fetichista que vive en los culazos de mujeronas negras. El humor que se sirve de aguas menores lo canalizó bien Dorothy Parker cuando le llamaron la atención porque su caniche se había meado en la entrada del hotel Algonquin. Parker, con su siempre rápida y afilada lengua, adujo que no había sido el perro, sino ella.

Podría llamarse humor rojo al que circulaba con clandestinidad por la Unión Soviética y países satélites. Hay chistes antisoviéticos memorables a cuenta del surrealista y desastroso funcionamiento del régimen y de la mentira institucionalizada. Incluyo dos. Un oyente llama a Radio Moscú para preguntar: «¿Es verdad que a Topóvich le ha tocado un coche nuevo en un sorteo?». El de la emisora le responde: «Bueno, en principio es cierto. Lo único es que no se trata de un coche nuevo, sino de una bicicleta vieja. Y no le ha tocado, se la han robado». Y este de la Rumanía de Ceaucescu: «¿Qué era en Bucarest más frío que el agua fría del grifo? Respuesta: el agua caliente».

«La función del humor como defensa ante lo que nos agrede, adquiere con el final de la historia de la vida, que nunca es alegre, plena justificación»

El humor judío, una categoría en sí misma, hace alarde de inteligencia con su sentido del humor en medio de la tragedia: durante el auge del nazismo y en la Segunda Guerra Mundial. Le podemos otorgar el amarillo por el color de las estrellas de David que los judíos estaban obligados a llevar en la ropa. En su libro Heil Hitler, el cerdo está muerto (Capitán Swing, 2014), Rudolph Herzog hace una exhaustiva compilación del humor que se practicó durante el nazismo. Recoge estos dos buenos chistes judíos. Uno cuenta que Hitler mira con anhelo e impotencia desde Francia el Canal de la Mancha, que le separa de Inglaterra y dificulta la invasión de la isla. A Adolf se le aparece Moisés y le dice: «Si no hubieras perseguido a mis judíos, te enseñaría el truco del Mar Rojo«. Y este otro, que es terrible. Al final de la guerra dos judíos van a ser fusilados, pero les comunican que los van a ahorcar. Uno le dice al otro: «Lo que te decía: ya no les quedan ni balas».

El humor azul sería el desarrollado durante el franquismo, sorteando los humoristas como podían la férrea censura. Pero escojo una muestra peculiar de humor involuntario, que brindan el propio Franco y su señora. Y es que cuando en 1944 se implantó el DNI obligatorio y numerado, a Franco le dieron el 000001 y a Carmen Polo —la Collares— el 000002.

John Cleese, en una imagen de la campaña antitabaco de la Health Education Authority británica.

Por último, el humor británico, al que he hecho referencia en varios apartados cromáticos, merece una categoría aparte. Sus colores serían tres, los de la Union Jack. Este gag es de humor negro, pero muy británico. John Cleese, ya citado, hizo un anuncio de televisión para una campaña antitabaco. Aparecía muy serio, en un plano medio secuencia. Delante de él, sobre una mesa, había una montañita de gris ceniza. Cleese hablaba a la cámara y decía que esa era la cantidad de ceniza que producía un fumador de veinte cigarrillos al día. Después, enarcaba una ceja y añadía que sin embargo a algunos fumadores los enterraban.

 


Juan Bas es director del Festival Ja! de Bilbao, guionista y escritor. Su último libro publicado es El refugio de los canallas (Editorial Alrevés, 2017).
Este artículo se ha publicado en el número 213 (septiembre-octubre 2020) de la edición en papel de Revista Mercurio.

Un comentario

  1. Juanma Jiménez

    Magnífico artículo 👏👏👏👏👏

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