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Bunbury tenía un plan

Un libro dedica 300 páginas a cuestionar la originalidad de las letras del líder de Héroes del Silencio, confirmando las sospechas de quienes leíamos a Benedetti en los 90. Igual no es tan mala idea que los músicos encripten sus referencias literarias para que nosotros las descubramos

Recuerdo perfectamente, y eso que suelo tener una memoria lamentable, el momento de mi descubrimiento. Yo podía tener unos 16 años y estaba leyendo una antología de poemas de Benedetti (debía de ser el Inventario I. Poesía 1950-1985), disfrutándola como el enano mental que era. Casi seguro fue “Hoy amanecí con los puños cerrados” lo que primero me sonó familiar, y enseguida me trajo a la mente el disco Avalancha (1995) de Héroes del Silencio –casete grabado, en rigor–, que en aquellos días oía como antes se oía música: de forma obsesiva, un día y también el siguiente. No fue difícil localizarlo: era casi una copia exacta del primer verso de Iberia Sumergida, el famoso single de aquel LP. Espera, me dije, es al revés; esta letra está sacada de los compases iniciales del poema Otra noción de patria, de Don Mario.

En ese libro encontré algunas otras coincidencias demasiado sospechosas. Recuerdo contárselo a mis amigos. Me sentí bien, claro, me sentí listo. Había pillado la referencia. Pero me extrañó que no hubiera una mención explícita al poeta en ningún lado. Apenas había internet por entonces ni desde luego Twitter. De ser así, otro gallo habría cantado y con suerte mi hallazgo se habría hecho viral. Habría encontrado a otros testigos entre sus millones de fans y juntos habríamos desenmascarado a los Héroes, aunque fuese en el buen sentido: citaban a Benedetti en sus letras, ¿podía haber algo más guay? Nada de eso ocurrió y los años pasaron. Dejé de escuchar a Héroes y nunca fui seguidor del Bunbury a secas. Tampoco leí tanta poesía luego, la verdad.

Y entonces, hace unos días, me topé con la noticia. Un libro titulado El método Bunbury levantaba la liebre. Según se cuenta, su autor pone sobre la mesa hasta 539 versos que Enrique Ortiz de Landázuri Izarduy ha entresacado de poemas, obras de teatro y novelas ajenas. 37 canciones que forman parte de más de una decena de discos, tanto de su trayectoria con Héroes del Silencio como en solitario, sirven aquí para analizar los préstamos no autorizados de literatos como Arrabal, Benítez Reyes, Bukowski, Casariego, Celaya, Gamoneda, Houellebecq, Murakami, Neruda, Parra, Rulfo, Sánchez Dragó y Vallejo, entre tantos otros. 300 páginas se dedican al asunto en esta obra cuya intención es, en palabras de su autor, “lanzar un cálculo acerca de los límites de la creación”.

«Alguno se preguntará hasta qué punto el autor del libro aprovecha la carrera de Bunbury para escribir la suya. No puedo evitar que la paradoja me dé risilla»

Si cito tanto número es justamente porque su artífice defiende este ensayo basándose en los datos expuestos, las cifras que sugieren que lo de Bunbury, más que un desliz, es un modus operandi. Algún malpensado se preguntará hasta qué punto el autor del libro, poeta y escritor en otros formatos, que ha estado muy presente en los medios desde el anuncio de su publicación, está aprovechando la carrera del músico zaragozano para escribir la suya. “A mí me daba mucha pereza, porque no lo veía un trabajo creativo”, confiesa en El Confidencial sobre el momento en que empezó a considerar la realización de este proyecto, y no puedo evitar que la paradoja me dé risilla.

Cuenta también que todo esto empezó en el año 95, cuando un amigo cazó una de esas citas ocultas en un libro de… Benedetti (¿podría yo haber sido ese amigo?). En realidad, lo que se pone en evidencia ni siquiera es un copia y pega, porque Bunbury los modifica. Lo curioso es que, al leer algunos de los ejemplos –ya hay varios de ellos circulando por Google–, uno piensa en que el autor de himnos como Maldito duende o Entre dos tierras podía haber compuesto esas letras sin ayuda, aunque ciertamente ha sabido elegir imágenes muy potentes. Siguiendo con Benedetti, otros versos deslizados en Avalancha lo atestiguan: “Yo con mis manos de hueso / vos con tu vientre de pan”; “Ahora que estoy insomne / […] quiero morir de siesta”.

Enrique Bunbury durante un concierto en el año 2012 (foto: Wikimedia Commons)

Icono del rock no solo en España sino también en países como Alemania y sobre todo en algunos de Latinoamérica, donde es adorado como un dios, no parece que esta revelación vaya a arruinar el estatus de Bunbury. Conozco a gente que ha compartido ratos o que incluso toca con él a día de hoy, y pese a la imagen que pueda proyectar, dicen de él que es un buen tipo. Desde luego, viendo su trayectoria en conjunto, me es difícil dudar de su profesionalidad. Creo que estamos ante un artista incuestionable, por encima del oportunismo de una sociedad –seamos sinceros– en franca decadencia, donde los haters campan a sus anchas. Y el Avalancha seguirá siendo un discazo, se mire por donde se mire. En todo caso, quizá Bunbury tendría que haber pensado en cuidar sus fuentes (eso que cada vez hacemos menos en el periodismo) y mandarle un ejemplar de sus álbumes a los invocados. Con un emoticono de guiño cómplice en el sobre.

Pero lo que también me planteo es que él, después de tantos años, tenía que saber que lo iban a pillar tarde o temprano. Y que bien podría ser que todo esto forme parte de un plan suyo para lograr lo que nunca nadie ha logrado. Que leamos más, que leamos como bestias y nos empapemos de nuestras lecturas. Aunque solo sea para identificar sus versos prestados. Un plan perfecto.


* Nota: en este artículo hay una cita no entrecomillada de la nota de prensa que envió la agencia de Bunbury con motivo del reciente estreno de su videoclip Como un millón de dólares.

Un comentario

  1. «Me parecía legítimo que el músico a través de todas sus actividades pudiera despertar inquietudes en su público (…) entonces pensaba que un disco lo podía redondear mostrando lecturas o autores que me inspiraron (…) Busca por ti mismo a través de la curiosidad, que creo es el motor de la sabiduría» (Enrique Bunbury, año 2000, libro Diván: conversaciones con Enrique Bunbury).
    El plan estaba hecho.

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