Crónicas

Benidorm, la constelación del no-lugar, apuntes a ‘Ensayo y error’

Al hilo del tomo publicado por Barlett, descubrimos una ciudad que, más allá de prejuicios y de la sombra del turismo depredador, puede ser ejemplo de habitabilidad y sostenibilidad

Si es cierto que desde el Renacimiento todos los siglos lo han sido de las ciudades, también lo es que cada momento histórico ha concretado este epígrafe de manera harto singular, hasta crear una notable disparidad conceptual si se observa la cuestión de manera amplia. Y conviene subrayar de entrada que la verdadera madre de todas las categorías, distinciones y relaciones que podamos establecer aquí no es otra que la paradoja: el siglo XX, por ejemplo, conoció el esplendor de la megalópolis y la ambición de la ciudad Estado como fórmula ideal de administración y, al mismo tiempo, conmocionó a sus contemporáneos con la destrucción masiva de buena parte de las urbes de mayor esplendor, así como con su posterior reconstrucción.

«Desde hace más de medio siglo, las ciudades son marcas obligadas a competir en un mercado feroz en la atracción del valor esencial en la cotización: el turismo»

España no fue, ni mucho menos, ajena a esta paradoja de matriz bélica y resolución liberal, con la particularidad del clima favorable que bendice a la mayor parte de su territorio durante la mayor parte del año. El siglo XXI ha sido, en lo que a ciudades se refiere, el de la consolidación y confirmación de las directrices asumidas cuando tras la Guerra Civil correspondió tanto reconstruir las ciudades mermadas como ganar para la causa nuevos espacios urbanos que facilitaran determinados usos sociales; la gran novedad es que ahora no correspondería a los usos un matiz dogmático, ni siquiera ideológico, sino económico. Desde hace más de medio siglo, y en consonancia con la deriva continental, las ciudades no son aquellas poblaciones sustentadas en el trabajo de sus vecinos y los intercambios comerciales facilitados por la proximidad y la aglomeración, sino marcas obligadas a competir en un mercado feroz en la atracción del valor esencial en la cotización: el turismo.

Desde 2008, con la certeza alumbrada tras la crisis de que la realización de un Estado industrial era imposible, la orientación financiera, procedimental e incluso identitaria al turismo se convirtió no sólo en alternativa, sino en mandamiento axial, con lo que han sido las ciudades con mayor capacidad de concentración de visitantes las que más han destacado a la hora de atraer inversiones y escalar puestos en el escaparate. Semejante lógica capitalista es inflexible, de la Costa del Sol a las Islas Baleares pasando por los municipios del interior que luchan por sobreponerse al fantasma de la España vacía, promocionando encantos a menudo inverosímiles en las ferias de turismo más variopintas. Eso sí, aunque la lógica haya asentado su dominio, si en algo es pionera España respecto al resto del mundo desde la posguerra es en la puesta en marcha de industrias turísticas, y aquí corresponde señalar un nombre propio por derecho: Benidorm.

Ahora, la lectura de Ensayo y error. Benidorm, el volumen que acaba de publicar el sello Barrett con testimonios de escritores, periodistas, arquitectos, músicos, urbanistas, vecinos y demás testigos del desarrollo del municipio desde su conquista del imaginario del ocio español hasta el presente, ilustrado y armado con intención fancinera bien efectiva, ofrece argumentos harto interesantes a la cuestión respecto a la veracidad de algunos prejuicios culturales muy extendidos y a lo que, tal vez, pudo haber sido y no fue.

Desde una cierta perspectiva marcada por el escrúpulo cultural, Benidorm se corresponde con la fórmula que Marc Augé acuñó en el término no-lugar: un espacio de paso, exento de vínculo y conexión, donde la estancia es efímera y la huella nula; donde la experiencia humana no arraiga, sino que se configura a través de una eterna transición en la que nada prende. Benidorm es, como apunta uno de los personajes pintorescos que pueblan el Ensayo, la “Miami de Europa”; pero también es la habitación de hotel de España, la antesala de su aeropuerto, el mejor hueco de su consigna, la superficie bajo la toalla. Tal impresión tiene que ver, más allá de la singular naturaleza de su oferta turística, con su condición de laboratorio experimental: con uno de los términos municipales más reducidos de la provincia de Alicante, Benidorm se vio obligada a crecer en vertical para que la proyección de su combinado de sol y playa resultase rentable, lo que brindó la oportunidad para acometer empresas inéditas en España en lo relativo a la arquitectura y el urbanismo.

Pronto, el antiguo pueblo se convirtió en un núcleo de rascacielos peatonalizado en prácticamente toda su extensión útil, lo que introdujo claves relativas a la habitabilidad y la movilidad copiadas después allí donde podían ser copiadas. Por la masificación de sus servicios y, especialmente, la accesibilidad de los mismos, con precios al alcance de la misma clase media que a mediados del siglo pasado comenzaba a vertebrar el país a cambio de ciertas comodidades utilitarias, muchos señalaron a Benidorm como emblema de la deshumanización: por mucho que tuviéramos una ciudad nueva ante nuestros ojos, levantada hacia el cielo y ganada al mar para garantía de la diversión y el descanso de muchos, nada parecido a la constelación urbana que definió Walter Benjamin podía darse en sus dominios: Benidorm parecía condenada a existir sin acontecimientos, sin Historia y sin historias, sin relato ni identidad. Lo tremendo es cómo el mismo mercado del turismo en España y la consagración del topos a la competitividad aséptica, por encima incluso de la propia memoria de las ciudades, obliga hoy a repensar todo cuanto se había dicho y escrito sobre Benidorm como experiencia evitable.

«Primera sorpresa: este no-lugar sí es capaz de establecer nidos emocionales a partir de algo tan efímero como las relaciones humanas»

Sostiene así en el Ensayo el urbanista Iago Carro otra paradoja reveladora: “Si bien la ciudad es, entre otras cosas, el invento del anonimato, hay algo en Benidorm que extrema la posibilidad de disolverse en la masa, de ser parte de un colectivo, tan genérico como familiar, al que pertenecen todas las personas que la habitan temporalmente (pocas por primera vez). En un contexto donde quizás debería suceder lo contrario, emerge rapidísimamente un sentimiento de pertenencia y vecindad, extraño combinado con el anonimato”.

Primera sorpresa: este no-lugar sí es capaz de establecer nidos emocionales a partir de algo tan efímero como las relaciones humanas. La segunda viene suscrita por el periodista Josan Piqueres a cuenta de la presencia en un spa cercano de Vladimir Putin: “Algunos detestan Benidorm porque creen que es para la clase baja (…) Precios bajos y gente aglomerada en crema. Eso que fue a hacer Putin a L’Alfàs no es más que lo que la mayoría de la gente va a hacer a Benidorm: rejuvenecer (…) ¿Qué diferencia hay entre un matrimonio de Soria, que después de haber tenido cuatro hijos y haber trabajado durante cuarenta años en una tienda de la calle Mayor de Madrid decide retirarse a Benidorm, y que el mayor mandatario del país más extenso sobre la faz de la tierra se dé un chapuzón carísimo en un jacuzzi? El precio. La sensación de placer es la misma”.

Al contrario que otros referentes turísticos históricos en España como Torremolinos y Marbella, alzados en virtud de la distinción y el caché de la beautiful people, Benidorm encarna una posibilidad real de democratización del placer, para feos y guapos, lo que, cuidado, no es poca cosa. Los arquitectos Carlos Ferrater y Xavier Martí aportan la tercera sorpresa: “Cabe preguntarse si el modelo de Benidorm no ha resultado ser uno de los más sostenibles del litoral español por aspectos como el poquísimo territorio consumido, apenas unas pocas hectáreas, o la bajísima utilización del transporte privado”. Constatada la degradación general del mismo litoral en la persecución de los mismos fines, sí que cabe preguntárselo.

Otros autores (y algunos nativos) como Marta Sanz, Christina Linares, Alberto del Castillo, Kike García, Leo Bassi y Joaquín Rodríguez de Los Nikis añaden más contenidos a esta memoria de Benidorm, cuya conclusión puede articularse como una denuncia: la relativa a la penúltima adopción acrítica de un sistema de explotación turística destinado a convertir las ciudades en parques temáticos, en una hegemonía destructora de la personalidad y los matices, cuando desde mucho antes Benidorm estaba poniendo sobre la mesa una opción para lograr el mismo beneficio económico sin renunciar a la constelación benjaminiana, en la que la experiencia humana, enriquecedora y plena, conserva su sentido. Con tantos flotadores, Benidorm parecía un no-lugar, pero la realidad era otra. Este Ensayo y error es así una invitación a volver a mirar. Y seguramente esta revisión nunca ha sido tan necesaria.

Ensayo y error. Benidorm
VV.AA. 
Editorial Barlett, 2019
202 Páginas.
17 €

 

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*