Crónicas en órbita

Viaje por los árboles-poema de Sevilla

Ficus en la Plaza del Altozano de Sevilla

 

«Vamos hacia los árboles; la noche

nos será blanda, la tristeza leve»

(Alfonsina Storni, Paz)

Se podría viajar, verso por verso, en la voz de los poetas de todo el mundo, hasta los árboles de Sevilla. Sin distinguir siglos ni geografías han cantado a las araucarias, ceibas, naranjos, higueras, ficus, laureles y palmeras. Que tenemos aquí, creciendo lejos de su lugar de origen, porque de todas las partes del mundo han venido a habitar una ciudad que ya era múltiple y cosmopolita cuando el mundo aún se encerraba en lo local. Hoy los árboles singulares de Sevilla son una de sus grandes maravillas, todos bellísimos, y muchos de ellos centenarios. Podemos disfrutarlos en los magníficos entornos en que crecen, los monumentos, las calles, los espacios botánicos sevillanos, esos lugares que nos remueven por dentro, ayudada quizá su magia por la de estos silenciosos testigos de la cultura y el tiempo. Y ahora ayudados nosotros por una señalética que el ayuntamiento está instalando junto a cada ejemplar, con un código QR para saber más en el propio panel explicativo.

Dijo el poeta turco Nazim Hikmet que «Las ciudades son grandes, mi amor, no por sus calles, sino por los poetas a los cuales han levantado estatuas», y nosotros podríamos añadir que también por el número de árboles que las pueblan. Sevilla, habitada por 200.000 ejemplares, tiene 84 ejemplares absolutamente singulares. Y aunque es difícil decidir por unos y otros a la hora de hablar de ellos, hemos elegido aquí aquellos que resultan inseparables de esos espacios de la ciudad que son únicos en el mundo.

Como el naranjo plantado por el rey Pedro I, que tiene más de setecientos años, y crece en el patio del Real Alcázar. Si hay una razón por la que Sevilla huele a azahar cada primavera es por él, iniciador de una tradición que pone color y aroma a la ciudad. Este naranjo es inseparable del palacio mudéjar del rey Pedro, levantado por artesanos nazaríes y por mudéjares de Toledo. Ellos crearon maravillas como los patios de las Doncellas y las Muñecas, para el primer monarca que eligió dejar de vivir en castillos y habitar palacios. Y seguramente algún jardinero sugirió que en semejante lugar de lujo y belleza no podían faltar, tampoco, los naranjos.

«Cientos de árboles que contienen el aliento sobre tu cabeza», escribió Ángel González. En Sevilla, cuando toca a rebato la primavera, 40.000 naranjos exhalan su aliento con aroma a flor de azahar.

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Diferentes vistas del naranjo plantado por Pedro I en el patio del Real Alcázar de Sevilla

América no se entiende sin Sevilla, ni la redondez de la Tierra sin Magallanes y Elcano, y esa conexión de la ciudad con tantas geografías remotas fue trayendo árboles absolutamente exóticos para el Viejo Mundo europeo. Ejemplares que en otros muchos climas hubieran muerto, o crecido ridículamente pequeños, aquí se han convertido en gigantes. Pocos dan tan bien la medida de esa realidad como el magnolio de la Catedral, un árbol del sureste de los Estados Unidos, que crece en esos estados que conservan aún su nombre español, como Carolina del Norte. Nuestro gran magnolio, plantado en los años 40, pone sobre la fachada del templo a principios de verano un adorno de flores blancas. Crece junto a la tercera iglesia más grande del mundo, solo superada por San Pedro de Roma y San Pablo en Londres. Un templo con todos los estilos, del gótico hasta casi el presente, que es también un museo con más de quinientas obras de arte de todos los siglos. Aunque si hubiéramos de quedarnos con un detalle, sería con el del paseo por sus cubiertas, que dan acceso a un bosque de pináculos, arbotantes y cimborrios. Con planos del templo grabados en las terrazas y unas vistas sobrecogedoras como se podrían tener desde la copa del árbol más alto.

«Era dichoso y joven, cándido y erguido, con una clara vocación de cielo y con un alto porvenir de estrellas» (Rafael Alberti).

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El Parque de Maria Luisa es un espacio de recreo, un jardín histórico, y posiblemente uno de los parques más espectaculares de Europa. No hay recorrido más tradicional que pasearlo en coche de caballos y ahora cada vez más disfrutarlo en bicicleta, corriendo o paseando. En 1912 Sevilla soñó convertirlo en una enorme biblioteca al aire libre. Por eso en el espacio verde más querido de la ciudad existen rincones dedicados a Dante, a los Álvarez Quintero, a los Machado o a Bécquer, con la idea de que los sevillanos leyesen allí sus obras y las devolvieran. La idea no perduró, pero fueron sumándose los homenajes a escritores, formando bellísimos monumentos junto a los que crecen también árboles singulares. En el de Bécquer, que incluso tuvo que ser reformado porque el tronco se hizo demasiado grande, hay un rarísimo taxodium, un ciprés de los pantanos, plantado en 1850 o 1870. Sería difícil entender la atmósfera romántica que se respira en el monumento sin su sombra y su presencia. También en el de los hermanos Machado, al mismo tiempo que se erigió, fueron plantadas seis araucarias, de las que sobreviven dos. Este árbol es por cultura e historia sumamente representativo de Hispanoamérica, pero apenas está presente en la ciudad. Verlo en Europa es raro, habitualmente reservado al interior de los muros de los jardines botánicos. Solo en Sevilla se expone, tan libre como literario, a la mirada de todos.

«A cuál ventana me acerco para cantarle; nada le digo, nada puedo decirle: solo le miro. (…) Cuando ya el tiempo se vaya y él con el tiempo, yo lo dejaré conmigo a ambas orillas del río, solo y conmigo, como un testigo perdido» (Chabuca Granda, Canción del árbol del canto).

Taxodium de Bécquer: 37.37786310677531, -5.989144396448927
Araucarias de los Machado: 37.37269895719457, -5.98621490555316

Cuando se cruza la pasarela hacia la Isla de la Cartuja, el perfil del monasterio de Santa María de las Cuevas se muestra a la vista, orgulloso de albergar el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Una visita imprescindible para sobrecogerse con ese síndrome de Stendhal que acaba atrapando a muchos visitantes de Sevilla. Pero antes hay que pararse junto al ombú, bellasombra o zapote, el árbol de la laca. La tradición dice que este árbol lo plantó Hernando Colón, hijo de Cristóbal Colón, en 1529. Su exotismo parece una muestra también de arte moderno, porque la especie, en lugar de alzarse al cielo sobre un largo tronco, desarrolla una amplia base, una gran peana llena de protuberancias. Además de una inmensa sombra que proyectada a su alrededor te abraza, para alivio del calor sevillano y tamiz de la lluvia. Otra vez América: este es considerado el árbol patrio por los argentinos.

«¡El ombú! —ninguno sabe en qué tiempo, ni qué mano en el centro de aquel llano su semilla derramó. Mas su tronco tan nudoso. Su corteza tan roída, bien indican que su vida cien inviernos resistió» (Luis Lorenzo Domínguez, El Ombú).

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Imagen del ombú originario de 1529, plantado por Hernando Colón en Sevilla

En Sevilla hay árboles poéticos como para gastar una vida, palos borrachos, bambús de 135 años, un cactus gigante de México, el sahuaro, también ceibas, laureles de 200 años, pecanes y plátanos que los igualan en edad. Pero en este recorrido por los principales no puede faltar la entrada a la calle Betis, ni el ejemplar de ficus que participa cada año en la Velá de Triana. Esta se celebra en julio, pero sin importar cuándo se visite la ciudad, es imprescindible acudir a este emblemático barrio un día de mercado, para entender por qué sus vecinos son primero trianeros y después sevillanos. Tiene Triana alma de pueblo, colorista en su mercado de abastos, que integra las ruinas del castillo de San Jorge, antigua sede de la Inquisición. Pleno de tiendas de cerámica con una larga tradición, y mirador del Guadalquivir cuyas terrazas acaricia el sol, con el maravilloso perfil de Sevilla al otro lado. Especialmente aquí, en la calle Betis, junto a un ficus no muy antiguo, pero que tiene hoy un alto valor simbólico en la Plaza del Altozano y que vive junto a la estatua a Juan Belmonte y la del arte flamenco. Los puestos se disponen a su alrededor en la Velá, y como un vecino imprescindible más, mira el agua que fluye camino de su desembocadura.
«Entiérrenme bajo los grandes árboles de sombra del mercado, quiero oír el batir de los tambores, quiero sentir los pies de los que bailan» (Poema anónimo kuba, República Democrática del Congo).

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* La geolocalización de los árboles singulares incluida en el artículo, proporcionada por el Ayuntamiento de Sevilla, permite ubicarlos con cualquier app.

* Los poetas referidos y sus poemas han sido seleccionados por cantar a los árboles, que no en todos los casos citados eran árboles sevillanos.

* Para conocer el resto de ejemplares, se puede acudir al Inventario de árboles singulares de la ciudad de Sevilla, publicado por su ayuntamiento, y a la guía que se publicará próximamente.

4 Comentarios

  1. En 1516 Diaz de Solís llegó al Río de la Plata. Al desembarcar hubo una pelea con los pueblos originarios y murieron todos los que habían desembarcado. El resto huyó, sin tiempo para tomar nada, y mucho menos un ombú. Hasta 1553 no se funda la primera población en Argentina. Así que es prácticamente imposible que el ombú sea de esa época. Si está documentado que los marineros de Solís trajeron el Palo de Brasil, pero lo del ombú es leyenda, no historia

    • Gracias por tu puntualización, Roberto, muy interesante. Efectivamente, el catálogo de árboles de Sevilla recoge este dato como tradición, pero también señala que el ombú de la Cartuja tiene más de doscientos años, siendo su edad real indeterminada. Lo que hace de él uno de los muy singulares, y subrayando una vez más la presencia de la flora americana en la ciudad, sin que la leyenda sobre su origen le reste valor. Saludos.

      • El pie de foto “Imagen del ombú originario de 1529, plantado por Hernando Colón en Sevilla” es entonces incorrecto. Y si, coincido en que su valor botánico es innegable pero no se debe mantener la mención errónea a Hernando Colón.
        Interesantes son también los ejemplares de ombú en los jardines del Palacio de San Telmo y junto al antiguo Pabellón de Guatemala

  2. Pingback: 'La gran belleza' es vivir - Jot Down Cultural Magazine

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