Ficción

La gata Carmela

Collage: Andrea Suau

Cuando yo era una chiquilla pasaba muchas horas en casa de mi abuela. Por las mañanas, después de los sobaos con leche fresca, esperaba impaciente, sentada en la esquina de la escalera, balanceando los pies, casi siempre tarareando el «Probe Miguel», a que mi abuela terminara de tender las sábanas en el terrado.

— Aquí se secan antes, porque pega el lorenzo todo el día.

Después, me gustaba subir a tocar con mis manos las sábanas mojadas, juntar mi nariz con ellas y olerlas. Y correr, correr de una lado a otro entre ellas, como una lunática. Sentir la libertad revolviendo mi pelo. Mientras ella me miraba sonriendo con esa dulzura que solo poseen sus ojos.

— ¡Qué chiflada estás! Anda, baja y me ayudas a pelar patatas en la mesa de la terraza.

Supongo que ella no entendía mi rito de saludo, como el de los gatos a los tobillos de alguien. Y eso que Carmela también era muy gata. A veces se la oía maullar en la cocina con la voz hecha migajas.

— Se acabaron las penas… que vengan las alegrías.

¡Ay, Carmela! Mi abuela, tesorito de mi alma. Pocas veces sacaba su genio, pero una vez me contó que hace tiempo fue una gata en propiedad. Primero de su padre. Al que nunca nada le bastaba y todo le molestaba. Y a la edad de catorce años, con su primera menstruación, pasó a ser adquisición de su marido. El que fumaba sin medida alguna y manejaba manos iracundas.

Carmela, mi abuela, era ese tipo de persona que cuenta en voz alta y con los dedos. Juntaba una a una las yemas con su dedo más gordo, así le salían exactas. Se perfumaba frotando tallitos de lavanda detrás de sus orejas. Y los domingos, después de misa, preparaba sus famosos pepinillos en vinagre. Los escondía en tarros de cristal gigantes en un congelador que tenía en el bosque, junto a todas las patas de conejo.

— Tengo la suerte de estar viva, porque guardo patas de conejo a porrillo; si no, ¿de qué iba a estar yo aquí plantada delante tuya?

Pero yo no creo que fuera suerte. Perdóname, Carmela, abuela, tesorito de mi alma. Yo creo que la gata Carmela se cansó y sacó las uñas de su jaula. Por eso pude estar yo plantada delante de ti tantos años de mi vida; si no, ¿de qué?

 


Andrea Suau vive en Mallorca, con su hijo, su pareja y su perro-hijo. Estudió Educación Infantil, aunque no ejerce de ello. Escribe desde que era una niña. En 2016 publicó una plaquette de poesía titulada Poemas de mujeres para cuerpos blandos.

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