Analógica

También arquitectAs

Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

Escribir sobre arquitectura, sobre arquitectas, para un público general, me plantea dudas. ¿Les interesará conocer sobre arquitectas y sus aportaciones? Y ¿por qué les puede interesar? Evidentemente son preguntas retoricas, porque considero que construir un mundo mejor en igualdad (y para eso escribo), en que las mujeres dejemos de ser las otras, las que no hemos aportado nada al saber de la humanidad, nos interesa a todas las personas. Necesitamos formar un cuadro completo de las aportaciones humanas a los diferentes aspectos del conocimiento, y de momento tenemos, en general, la mitad de este. Aunque esta falta de conocimiento sobre la presencia de las mujeres en la arquitectura se extiende también entre la mayoría de las personas que, en teoría, saben sobre este tema. Un problema que no es nuevo ni exclusivo de la arquitectura.

Para poder escribir un nuevo relato es necesario hacerlo desde una postura feminista, lo que implica necesariamente la deconstrucción de la historiografía mayoritaria, desvelando la falsa neutralidad y universalidad en la transmisión de conocimientos y en la construcción de los relatos históricos. En este sentido, no es una cuestión banal hablar de mujeres y arquitectura, ya que, como en otros ámbitos del saber, del arte, de las ciencias o de la política, las mujeres no estamos representadas en igualdad de condiciones, ni siquiera representadas en orden de igualdad por méritos. Esta tarea no está exenta de dificultades, debido a la desaparición del rastro de las mujeres a través de la historia, ya que ha sido escrita según unos valores y patrones que automáticamente las han excluido por sexo y por género. Sin olvidar que el lenguaje transmite valores y que en el idioma español se utiliza el masculino por defecto, por lo cual en las aportaciones colectivas las mujeres quedan invisibilizadas, contribuyendo a lo largo de siglos al borrado de las mujeres de la historia.

A pesar de la consideración de que la arquitectura ha sido una profesión exclusivamente masculina, hoy sabemos —seguramente nos queda aún mucho por descubrir— que algunas mujeres pudieron ejercer de arquitectas antes del siglo XIX. Es importante destacar que antes de la formación académica universitaria del siglo XIX había dos rutas para aprender a ser arquitecto o, en este caso, arquitecta; una era a través de los gremios de la construcción y la otra, a través del interés amateur por la arquitectura1 que, basado en conocimientos de dibujo y arte, se reforzaba con los Grand Tours por el continente europeo. Ambos caminos eran excepcionales para las mujeres y estaban ligados a las oportunidades y relaciones familiares. En el primer caso solo cabía la excepción de ser viuda que heredara el taller gremial hasta que un hijo varón fuera mayor; y el camino amateur solo era una opción para las mujeres de la aristocracia que pudieran practicar en las propiedades familiares como extensión de su mundo doméstico. Dentro de lo doméstico, además de sus propias casas, se incluían las capillas dedicadas a algún familiar.

La primera referencia de una mujer interviniendo en una construcción es la de Katherine Briçonnet2 (1494–1526) en su Castillo de Chenonceau. Se encargó del seguimiento de toda la construcción entre 1513 y 1521, y diseñó la torre y el denominado Castillo de las Damas. Plautilla Bricci3 (1616–1705) fue la primera mujer que se conoce en ejercer como arquitecta contratada. Para ella la posibilidad de aprender tuvo que ver con su situación familiar, siendo hija de artista y hermana de arquitecto y artista. Consta, a través de la descripción de la obra que hizo el propio cliente, el abate Elpidio Benedetti bajo el seudónimo de Matteo Meyer4, que fue la arquitecta de la Villa Benedetti en Roma, comenzada en 1663 y destruida en 1849. Su trabajo fue tanto el proyecto arquitectónico como la decoración interior, incluyendo la pintura de algunos frescos. En 1664, el abate Benedetti le encarga pintar la capilla de San Luis en la Iglesia de San Luis de los Franceses.

A pesar de todas las restricciones, a partir de la Ilustración algunas mujeres de la aristocracia pudieron ejercer de arquitectas en sus dominios, siendo preparadas para la arquitectura doméstica al recibir formación en matemáticas, dibujo e investigación. Para estas mujeres privilegiadas, la arquitectura era la extensión de las actividades consideradas aceptables en una mujer, y en el siglo XVIII se expresaba usualmente en ciertos trabajos como las habitaciones decoradas con conchas marinas y grutescos que hacían en compañía de sus amigas, como la duquesa de Richmond y su hija, que en 1740 hicieron la decoración de Goodwood Shell House.

Las primas Jane (1749–1811) y Mary (1767–1841) Parminter5, al volver del Grand Tour que realizaron durante diez años por el continente europeo, construyeron en 1794 su propia casa, La Ronde, en Exmouth, Devon. Entre otras particularidades, la casa de planta casi circular, con 16 lados, tiene espacios para ser ocupados según la posición del sol, por lo que la podemos considerar una protocasa solar. Proyectaron cerca de ella una pequeña capilla para poder acudir a misa aun con mal tiempo, y al lado de esta construyeron un pequeño edificio que funcionaba como escuela para niñas y casa para cuatro mujeres. Al morir, Mary dejó en su testamento que La Ronde debería estar siempre habitada por mujeres no casadas de la familia para favorecer su independencia. Este reconocimiento de la necesidad de un espacio propio para crear resuena, un siglo después, en las palabras de Virginia Woolf en Una habitación propia: «[…] Para empezar, tener una habitación propia, ya no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aun a principios del siglo diecinueve, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos o muy nobles»6.

La primera arquitecta en obtener el título universitario fue Mary Louisa Page en la Universidad de Illinois, en 1878, y la segunda Margaret Hicks en la Universidad de Cornell, en 1880. La carrera de Hicks estuvo marcada por su preocupación por las viviendas para personas con menos recursos. Tal como la retrata Gwendolyn Wright7, Hicks consideraba que su práctica no debía ser propiedad privada de una clase, y se dedicó a la arquitectura de los tenement8 para, de esta manera, atender al creciente número de inmigrantes que llegaban a Nueva York. En España la primera arquitecta fue Matilde Ucelay Maórtua (1912–2008), quien finalizó sus estudios en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid en 1936. Y gota a gota fueron egresando arquitectas de nuestras universidades, hasta que a partir de los años 2000 comenzó a haber una cierta paridad en el estudiantado, no así entre el profesorado ni entre las referencias profesionales.

No me es posible listar ni comentar tantas y tantas mujeres que han aportado a la arquitectura, por ello os invito a revisar blogs como Un día / una arquitecta o seguir sus redes, para encontrar un panorama rico y variado de ejemplos y referencias.

La posmodernidad, en tanto que cancelación de discurso único, nos ha de permitir la construcción de una historia coral, con acuerdos y desacuerdos, con voces convergentes y divergentes. La complejidad de la realidad y de la historia no se puede ya plantear como un discurso lineal y universal. Son muchas las voces que se han alzado para contar otras historias. El poscolonialismo ha permitido una versión diferente de la historia en términos de dominados y dominadores, de vencidos y vencedores, de cultos e incultos, de civilizados y salvajes, de belleza y fealdad. En este escenario, los discursos feministas y de género desde la experiencia de las mujeres cobran un nuevo papel. Si hemos de construir nuevas historias, nuevos relatos, quienes narran han de mostrar su posición y su experiencia personal, ya que solo desde ella se puede amplificar para ser compartida. Somos diferentes, pero queremos las mismas oportunidades y derechos, queremos elegir y desarrollar nuestras propias características y roles.

1 Lynn Walker, “Women Architects”, en A view from the interior. Women and Design, de Judy Attfield y Pat Kirkham (Londres: The Women’s Press, 1995).

2 Inés Moisset, “Katherine Briçonnet”, en Un día / una arquitecta. Disponible en: undiaunaarquitecta.wordpress.com, accedido el 25 de mayo del 2016.

3 Consuelo Lollobrigida, Plautilla Bricci. Picture et Architectura Celebris. L’architettrice del Barocco Romano (Roma: Gangemi Editore, 2017).

4 Olivier Michel, “Bricci, Plautilla”, en Dizionario Biografico degli Italiani – Volume 14 (1972). Disponible en: treccani.it (Dizionario-Biografico), accedido el 9 de junio del 2014.

5 Lynn Walker, “Women Architects”, en A view from the interior. Women and Design, de Judy Attfield y Pat Kirkham (Londres: The Women’s Press, 1995).

6 Virginia Woolf, Una habitación propia (Barcelona: Seix Barral, 2008), 39.

7 Gwendolyn Wright, “On the Frindge of Profession: Women in American Architecture”, en The Architect, editado por Spiro Kostof (Nueva York: Oxford University Press, 1977).

8 Se trata de viviendas multifamiliares de un solo propietario, que arrienda espacios a diferentes familias, en general edificios viejos y en mal estado de conservación.


Zaida Muxí Martínez es arquitecta, profesora de la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona y autora de Mujeres, casas y ciudades. Más allá del umbral (2018).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*