Horas críticas

Libros de la semana #77

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Obscénica, de Hilda Hilst y André da Loba (Libros del Zorro Rojo)

En su valiosísimo prólogo a este libro, titulado Santa hereje («la verdadera revolución es la santidad», que diría la autora), las poetas Teresa Arijón y Bárbara Belloc, traductoras y especialistas en la obra de Hilda Hilst, destacan el carácter visionario de la escritora brasileña: «Estrella de un impredecible firmamento místico y erótico, actualísima dominatrix exultante de exaltada verborragia, Hilda Hilst fue desenfadada y pionera en todos los ámbitos: articuló el humor con la desmesura, combatió la falsedad que sostiene la vida en sociedad y postuló una política enfrentada a lo políticamente correcto». Autora de culto pese a ser poco reivindicada en las letras hispanas, la poeta, narradora y dramaturga Hilda Hilst (1930-2004), considerada una de las grandes autoras en lengua portuguesa del siglo XX, se hizo célebre sobre todo por ese componente erótico de una serie de obras publicadas durante las décadas de 1980 y 1990, su conocida como «tetralogía obscena». Una de aquellas obras en prosa, Cuentos de escarnio. Textos grotescos (1990), junto con el poemario Bufólicas (1992), inédito hasta ahora en castellano, integran este volumen editado con exquisitez —como es sana costumbre en los Libros del Zorro Rojo— en el que la «porno-grafía» se ve enriquecida, justamente, por lo gráfico: ilustra sus textos el reputado artista luso André da Loba (Aveiro, 1979), colaborador habitual de medios como The New York Times o The New Yorker. «¿Qué podía hacer con las mujeres además de fornicar?», se pregunta el protagonista de Cuentos de escarnio, una suerte de alegato a favor de la pornocracia donde la autora resta magia y gravedad al acto, a los miembros, a todo aquello que genera pudor, censura, miedo. «Hay que poner palabras a lo absurdo», escribe en una de las moralejas con que concluyen sus Bufólicas, que son de todo menos moralistas, y donde se muestra provocadora y divertida, siempre creativamente audaz y desacomplejada. La explicitud de estos textos, seleccionados por Jorge Lima Alves, queda resaltada por el estilo exhuberantemente colorido de Da Loba, cuyas ilustraciones hacen que los cuerpos y los sexos representados casi salten a los ojos como si se tratase de un libro pop-up. Obscénica supone, de este modo, la perfecta introducción a la obra de Hilst, que se mueve entre el enigma y la libertad y la belleza, entre lo transgresor y lo trascendente, pues el sexo para ella es una forma de cuestionar las convenciones y de explorar nuestras creencias. Curiosamente y pese a la dedicación de su literatura a lo obsceno, H.H. dijo en alguna ocasión que la verdadera obscenidad eran la miseria y la crueldad en este mundo. Eso sí que resulta ofensivo y sacrílego.


Monstruos, de VVAA (Solaris Textos de Cine)

La crítica de cine tiene los días contados. Hay quien incluso dirá que esos días ya quedaron atrás. Y mientras una película de próximo estreno confunde la figura del crítico con el opinador, las redes sociales parecen encarnar la continuación de esa deriva que ha ido transformando los medios de comunicación en fuente de subjetividades, insultos y vociferaciones sin ningún interés real por el séptimo arte. Afortunadamente, aún resisten algunas pocas cabeceras especializadas, más atentas a la reflexión que al juicio; quizá menos dadas a la polémica, pero capaces de abrir fascinantes debates. Es el caso de la revista Solaris. Textos de cine, una magnífica publicación dirigida por Marta Villarreal y Ricardo Sánchez Ramos, descendiente de la web de análisis cinematográfico Código Cine —activa desde 2012—, y que con este llega a su octavo número, dedicado a un tema tan atractivo como el de los monstruos de la gran pantalla. Como escribe Elisenda N. Frisach en su prólogo, las criaturas atormentadas del cine clásico han dado paso hoy a otras tan despreocupadas y sin culpa como el personaje de Funny Games que mira a cámara en la cubierta; carentes de empatía o amor, y así lo único que motiva a asesinos en serie y bestias gigantescas es «un impulso visceral de autosatisfacción, es decir, su egoísmo elevado a la enésima potencia». Monstruos propios de la sociedad neoliberal, cabría añadir. Abre el estudio Antonio José Navarro con un ensayo magistral sobre la estética cinematográfica del monstruo, desde el susto de la locomotora de los Lumière y las «pesadillas conscientes» de Meliès a la fisicidad de La cosa de Carpenter —que cumple ahora 40 años—, analizando la cualidad monstruosa de ciertos espacios o edificios y lo grotesco/desconocido en el cine de terror, de esencia siempre existencial, por «su capacidad para explorar cuestiones fundamentales». Raúl Álvarez explica la subversión del canon que supuso el Alien de Ridley Scott a partir de tres secuencias disruptivas en su concepción audiovisual. Miriam Borham Puyal recorre el mito de Frankenstein y sus diversas adaptaciones a lo largo de la historia del cine, para descifrar la visión cambiante de este monstruo «dolorosamente humano» y su otredad. Israel Paredes se detiene en ese icono pop de la monstruosidad que es el personaje de Norman Bates en la saga Psicosis y su enfermiza iconografía. Carlos Losilla, con un original enfoque, rescata la relación del monstruo con la pantalla en el interior de las propias películas, de El espíritu de la colmena de Erice (y su diálogo con el clásico frankensteniano) a otro título de culto del cine español de los 70 como es Arrebato de Zulueta (y el vampirismo de sus imágenes). Aaron Rodríguez Serrano habla del clásico moderno de Fincher Se7en y la «concepción de la maldad casi didáctica» de su psicópata, más cercano a Hirst o Duchamp que a Manson o Bundy, aunque su ambiciosa obra represente «una catedral de carne descompuesta». José Antonio Jiménez de las Heras elige el cine de Cronenberg para observar su evolución respecto al monstruo: la transformación corporal, la «nueva carne» y su vínculo con las tecnologías y los mundos digitales, así como la idea del espécimen humano monstruoso bajo nuestro aspecto civilizado. Carlos Atanes, en cambio, observa la hazaña del horror oculto en lo que no se llega a ver, o se atisba solo, en películas como El silencio de los corderos de Demme o El ente de Furie, pero también en títulos tan lejos del género como Shoah de Lanzmann o Grizzly Man de Herzog. Quim Casas habla de «los desechados» partiendo de los Freaks de Browning, donde «la monstruosidad es reflejo de lo atípico, disconforme y poco común»; un film sorprendemente realista y ambiguo que supone «un verdadero alegato a favor de la diferencia y una transgresión en toda regla». Finalmente, Shaila García-Catalán detecta el «miedo a perder las formas» en la citada película de Haneke, un tratado de violencia audiovisual en forma de home invasion que tiene mucho de Kubrick en su desapasionada disección de «la inutilidad del mal». Este número de Solaris es, en definitiva, una constatación de la vigencia del monstruo y de aquellas célebres palabras de Gramsci: «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». Bienvenido sea el tiempo de los claroscuros y del cine inmortal, le pese a quien le pese.


Feminismos de cercanía, de VVAA (La Vorágine)

La colección Textos (in)surgentes de la librería/editorial santanderina La Vorágine acoge la publicación de este libro colectivo subtitulado Historias anónimas de un nosotras común, que reúne las «historias de amor de once mujeres con su(s) feminismo(s)»; siempre mejor en plural, aclaran sus autoras. No hay por tanto espacio aquí para relatos dogmáticos, ni tampoco grandilocuentes, sobre este movimiento social multiforme, sino el comentario y hasta la confesión íntima de lo que esta lucha por la libertad —sobre todo por ella— representa y precisa en el día a día; lo que en estas páginas se define como «cotidianidad feminista». Por ello, probablemente, esta colección de textos apuesta por una literatura de proximidad y los confía a escritoras-pensadoras-activistas cántabras de origen o adopción: desde la gestora cultural experta en género y arte contemporáneo Marta Mantecón («necesitamos los feminismos por muchísimas razones pero, sobre todo, porque no podemos continuar encerradas dentro de unas fronteras en las que no creemos») hasta la joven de 16 años Manuela Movellán (quien se presenta, con gran ironía, como «tu feminazi de confianza», calificativo que le aplican en el instituto), pasando por la sexóloga y educadora social María Díaz Angulo, la socióloga e investigadora en medio rural María Montesino de la Iglesia o la activista, artesana y performer uruguaya Marianella Ferrero, entre otras y hasta diez firmas invitadas. Coordinado por la filósofa Patricia Manrique, habitual colaboradora y cronista de procesos sociales en diversos medios de comunicación, Feminismos de cercanía está concebido desde la convicción de que lo personal es político, y así en diferentes formatos —cuento, carta, diálogo, poema…— propone una notable variedad de enfoques y voces, de experiencias y edades: «Un legado multifacético y polifónico que construimos, sobre todo, cotidianamente, y que hoy atamos con el lazo morado de la herencia feminista, rebelde y constructiva», se anuncia en el prólogo. El fin último es acompañar las dudas que pueden surgirle a cualquier persona que se acerque al feminismo por primera vez o con ganas de ahondar en sus muchas formas, a partir de esta visión inclusiva, interseccional y respetuosa con la diversidad de espacios e identidades. La clave de esta necesaria iniciativa, cuyo alcance estético se amplía con las ilustraciones de Irene Puente, se halla en su defensa de lo que Donna Haraway consideraba «una alegría no heteronormativa», y también lo que la propia Patricia Manrique denomina «el giro afectivo», la consideración de un movimiento que tiene en el sentido común y comunitario su razón de ser y su desbordante fuerza. Un impulso parecido al que evoca Carmen Alquegui Lanas como deseable en un futuro cercano: «Sueño con esos feminismos amalgamados acorralando a los centros de poder, de afuera hacia dentro». Este libro nos hará soñar junto a ellas, soñar juntas hasta que la vigilia no difiera apenas de esa imagen.


Mundo, de Ana Luísa Amaral (Sexto Piso)

Apenas dos meses antes de la recentísima muerte, tras una larga convalecencia, de esta autora esencial de la literatura portuguesa en las últimas décadas, la editorial Sexto Piso publicaba su espléndido poemario Mundo. Escritora de prestigio en diversos géneros y ganadora de premios tan importantes como el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana —el año pasado—, Ana Luísa Amaral (1956-2022) fue traductora también de grandes como Shakespeare, Glück, Updike y Dickinson, y vertió al inglés los versos de su compatriota Mário de Sá-Carneiro. Habría apreciado, sin duda, la excelente traducción al español de la mexicana Paula Abramo que, con buen criterio, se ofrece aquí en paralelo al texto original, permitiendo apreciar los hallazgos de la autora en los colores y sabores de ambas lenguas. Mundo posa su mirada limpia en lo terrenal para hablar de lo etéreo, lo inmarcesible. Como en la sección Casi en égloga, gentes, por la que desfilan las más banales e imperceptibles criaturas, desdeñadas por la pretenciosidad del mal rapsoda, y que aquí copan el primer plano: de la hormiga en peregrinación a la ausencia de color en la urraca («equilibrista bicolor, / dueña del mundo»), pasando por el affaire romántico suscitado por una araña o la belleza inútil del pavorreal («otra manera de volar / sin alas / colmo de la pasión»). En Experimentos y evidencias, los objetos más insospechados cobran vida y atributos para paliar los humanos males: un cuaderno de papel chino sobre el que resucitar «palabras inmoladas», una mesa cuyos elementos contienen la verdadera patria, una simple aguja de coser «doméstica y sublime», un juego de ajedrez cuyos movimientos evocan los del amor («No sé / medir la pausa que hay entre vida / y muerte»). Los poemas de Otros paisajes: mundos retratan los desequilibrios y las inequidades de nuestro tiempo, con sentido crítico y revelador de verdades sobre historia, identidad, servidumbre, guerra, refugio y libertad, tan sencilla de definir para la autora («estar cuando se quiere / y no estar cuando no»). Son solo algunos de los bloques y los temas a partir de los cuales Amaral sugiere, apenas, un camino distinto y, una vez más, inadvertido, que se abre a través del propio lenguaje transformador y aún tan fresco —siendo la más reciente muestra y, por tanto, última— de su poesía. Como en el poema que da título a este volumen y que lo inaugura, y que de alguna forma podría haber compuesto su epitafio: «Reparad en mis ojos sobre todo, / cerrados, / la ceja alzada en éxtasis y arrobo / Y mis manos cruzadas / que parecen rezar, / pero que de hecho dicen, / lentamente: conmigo compartid / este sosiego». Descanse en paz la poeta, a la que esperamos ver en ese otro mundo imaginado, al cuidado de las palabras que solo ella fue capaz de disponer en esa precisa forma, tan viva.

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