Horas críticas

Libros de la semana #70

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

La trastienda, de Uxue Alberdi (consonni)

Esta historia se desarrolla a finales de los años setenta en el municipio de Elgoibar, Gipuzkoa, donde nació su autora. Su madre y su tía, Izaskun y Marijo, costurera y bordadora en torno a los 20 años, son dos hermanas que deciden buscar su propio espacio en el mundo y el 22 de abril de 1978 abren una tienda roja de libros y discos, llamada Pitxintxu, casi como vía de subterfugio y rebeldía política. «Como si fuese lo más normal del mundo, en plena crisis. […] Nos dijeron que estábamos locas». Las primeras obras que ponen en sus estanterías son de Rosa Luxemburgo y Karl Marx, aunque pronto se darán cuenta de que «los libros no daban para matar el hambre». Esta crónica, que va de lo íntimo, lo familiar, a lo comunitario, lo social, arranca poco después de que se legalizara la ikurriña: son tiempos de cárcel, reuniones clandestinas, palizas policiales, manifestaciones proabortistas o antipapales, pero también de fiestas del pueblo, teatro político y filósofos anarcos. «Nuestros amigos venían a la trastienda todas las tardes; pasaban directamente al almacén. Los viernes, cuando cerrábamos, nos íbamos de juerga». Así, la experiencia en la librería de estas dos mujeres es el testimonio de la vida en esos años, del clima sociopolítico, las catástrofes naturales y humanas, los robos y las donaciones, los vinos compartidos y alguna que otra buena noticia. Con sencillez y evitando la nostalgia, Uxue Alberdi hace un fresco de las últimas cuatro décadas en Euskal Herria y da voz a aquellas mujeres que cosían en silencio, con la labor sorda y constante de los trabajos manuales; como la escritura, que lo es por mucho que nos pongamos pedantes. Escritora polifacética y bertsolari, autora de la celebrada novela Jenisjoplin (2017), de nuevo visita los ambientes de la crónica literaria y personal para ofrecer una exploración de la identidad colectiva, de lo que nos une más allá de las banderas: «Cuando eres tendera no puedes alejarte de las personas. La tienda no tiene paredes, tiene la puerta abierta, ves las caras de los vecinos, sus manos. Vives todo de cerca, las alegrías y las desgracias del día a día. Sabes quién bebe, quién está de luto, a quién y por dónde se le escapa el dinero, quién se está forrando». En la experiencia de estas tenderas, que hacen la mejor defensa posible del comercio local, hay un anhelo de libertad y un arrojo insólitos: en estas páginas, explican su decisión de no vender productos con logos de Coca-Cola ni cruces, ni ciertos libros sobre la monarquía o firmados por políticos de derechas; su puesta en marcha de una biblioteca de libros que circularían sin venderse, porque «no todo el mundo puede comprarse todos los libros que lee. Y tampoco hace falta leerse todos los que te compras»; y reivindican libros de escritoras poco reivindicadas como Inès Cagnati, Parinoush Saniee, Michela Murgia o Nell Leyshon. Alberti se mueve como pez en el agua en ese territorio híbrido entre el reportaje y la novela, pero prescindiendo de la trama o del suspense; haciendo de su prosa algo casi invisible, vehículo de oralidad aunque atenta a todos los detalles, a los pálpitos de su buen olfato, que deparan un relato emocionante a fin de cuentas. A la manera de una conversación, pero sin diálogos explícitos ni verbos que la delimiten, enriquecida con otros testimonios, como un documental donde cada personaje teje un trozo de esa memoria colectiva, nos recuerda que son mujeres como aquellas las que han ido cosiendo las heridas sociales para sostener la vida en toda su precariedad y sus amenazas.


Mentideros de la memoria, de Gonzalo Celorio (Tusquets)

El mexicano Gonzalo Celorio, brillante narrador, ensayista, editor y crítico, catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México y actual director de la Academia Mexicana de la Lengua, es un inmejorable conocedor y observador de la literatura contemporánea y de sus autores, con los que ha tenido tanto trato personal como profesional. De esos encuentros, secretos o públicos pero siempre fértiles, surgen estas memorias o crónicas o mapas de las conexiones creativas que se establecen a través de la poética de algunos escritores fundamentales en la historia reciente de Latinoamérica. Con trazos que lo acercan al mejor reporterismo o a la literatura de viajes, por lo muy viajadas que son estas páginas por el continente americano y europeo, y también por temas e imaginarios de lo más diversos, Celorio escribe desde un tono personal pero nada interesado en destapar intimidades, sino más bien en descubrir lo que ha hecho trascender a estos gigantes de las letras universales. Es curiosa su relación con Julio Cortázar, autor con el que jamás se encontró pero cuya lectura fue una epifanía y por tanto lo consideraba quien mejor lo conocía, «porque nunca he sabido más de mí que leyendo sus páginas»; acaso el mejor elogio que puede recibir una obra, esa capacidad autoreveladora para el lector. También constata en estas páginas la «impresionante lucidez» de la poeta Dulce María Loynaz a sus 93 años, directora de la Academia Cubana de la Lengua, sobre la que cuenta el modo en que el régimen político quiso deshacerse de ella, a lo que respondió: «Que se vayan ellos, yo llegué primero». Celorio es testigo del humor siempre presente, incluso la última vez en que lo vio con vida, en Augusto Monterroso, quien «se reía hasta las lágrimas de las ocurrencias verbales que su propia conversación suscitaba». Por contra, no rehúye la decepción al hablar de su colega Alfredo Bryce Echenique, acusado de varios plagios que serían probados: «¿Cómo un escritor tan imaginativo y fecundo pudo perder, si se me permite la alegoría, todo su capital por unos cuantos centavos?». Rememora asimismo momentos más gozosos, como sus reuniones en el mexicano Bar Siqueiros con Gabriel García Márquez, cuya «invulnerable inteligencia llenaba con ingenio las oquedades de sus recuerdos» por aquel entonces. Entre sus paisanos hace semblanza de Juan Rulfo, de quien en su único encuentro recibió una lección de literatura universal de tres horas; de Carlos Fuentes, cuya figura sobrevuela varios capítulos del libro, y de Octavio Paz, con el que nunca lograría la sintonía. El buen sabor de boca, en cambio, nos lo deja este libro con una divertida crónica sobre la visita a México de Umberto Eco, borrachera incluida, donde el escritor italiano le regaló «su erudición y su vitalidad, la ejemplar —y anhelada— concomitancia de su rigor académico y su creatividad literaria, su heterodoxia transgresiva y, sobre todo, lo que no se permitieron los monjes de su novela ni el mismísimo Jesucristo: su risa». Sin dejar de lado cierta ligereza en su estilo de cronista, con la que trata de contener la (por otro lado) incontenible pasión literaria que derrocha, Celorio retrata a todos estos autores con pulso sincero, que es lo único que se debe exigir al recuerdo: que sea fiel, si no a la realidad, a quien lo pone en pie y lo echa a andar, resucitándolo.


La trama, de Jean Hanff Korelitz (Roca Editorial)

La literatura que trata sobre escritores o asuntos que tienen que ver con lo literario puede considerarse un género en sí misma, y más bien exitoso, especialmente en Estados Unidos: de Louisa May Alcott a Stephen King, Robert Harris, Nicole Krauss o la muy reciente Raven Leilani, numerosas novelas de (meta)ficción han transitado esta temática. Es frecuente que retraten, cada una a su manera, la feria de las vanidades que suele deparar este mundillo, la desesperada búsqueda de sustento en las letras —a cualquier coste— o la crueldad de los editores y del trato hacia los manuscritos que reciben. Una de las últimas en sumarse a esa lista es Jean Hanff Korelitz, que tras anteriores obras como Tú ya lo sabías, ha vuelto a unir un argumento intrigante con su perspicacia psicológica para hilvanar una nada convencional historia de suspense, que tiene de fondo un concepto tan delicado y poliédrico como el de autoría: al fin y al cabo, ¿de quién es un libro? El protagonista de La trama es un escritor en declive que pasa sus días dando lecciones de una creatividad que se le escapa como autor, y que se halla ante una oportunidad única cuando recibe la idea (sublime) para un libro de uno de sus alumnos, un crío demasiado pagado de sí mismo pero, a su pesar, talentoso: «Aquel gilipollas parecía ser un escritor nato, con ese tipo de relación relajada y de admiración con un lenguaje que incluso los cursos de escritura mucho más prestigiosos eran incapaces de enseñar». De pronto, su alumno muere y, sin que aparentemente nadie lo sepa, decide convertir aquella idea en una novela que, en efecto, le hará triunfar hasta que, años más tarde, empieza a recibir mensajes («Sé que robaste tu novela y sé a quién se la robaste») que, poco a poco, irán subiendo el tono («¿Qué dirá Oprah cuando se entere de lo que has hecho? Al menos James Frey tuvo la decencia de robarse a sí mismo»), por lo que se verá obligado a tirar del misterioso hilo del alumno desaparecido, quien podría a su vez haber sido otro impostor. Es una de las cuestiones sobre las que Hanff Korelitz despliega su sátira, y no en vano el protagonista descompone mentalmente la noción de escritor de ficción en tres subcategorías: «1. Gran novelista estadounidense. 2. Autor superventas según The New York Times. O aquel híbrido tan raro… 3. Gran novelista estadounidense superventas según The New York Times». La broma interna es que este libro, nominado por medios como el Washington Post a mejor thriller del año, bien podría encuadrarse en esa tercera opción. Y lo cierto es que, además de su osadía en los giros argumentales y la acidez en el retrato del escritor superventas, con menciones a títulos conocidos por el lector y, a buen seguro, por la autora («no era precisamente Perdida», dice refiriéndose a la excepcional novela de Gillian Flynn), La trama presenta una escritura elegante y una magnífica arquitectura narrativa que va jugando, en fragmentos salteados, con la novela robada. Una obra que nos deja una reflexión sobre el precio del talento, las máscaras del artista y la farsa del mercado y la crítica literarios, temas anunciados por la reveladora cita inicial de T.S. Eliot («posiblemente» robada de Oscar Wilde, nos previene, maliciosa, Hanff Korelitz): «Los buenos escritores toman prestado, los grandes escritores roban».


Estamos vivos de milagro, de Pedro Ordoñez Eslava [ed.] (Universidad de Granada y Universidad de Sevilla)

El subtítulo de este libro, 10 años después de Morente, nos da una buena pista sobre su origen: lo comunicado y analizado en el congreso internacional que organizó la UGR en 2010 en torno a la figura del gran Enrique Morente (1942-2010). La propia universidad granadina, en colaboración con su Grupo de Estudios Flamencos La Madraza y la de Sevilla, ha recogido algunas de las conclusiones de aquel encuentro telemático que coincidió con la pandemia, a la que este título —Estamos vivos de milagro— parece hacer referencia. Aunque también tendrá que ver ese «milagro» con la supervivencia de la heterodoxia dentro de un arte que en los últimos años ha experimentado una serie de revolucionarios cambios de ritmo (a veces, literales), para los que sin duda la figura de Morente, como la de otro inmortal, Camarón, ha supuesto un verdadero punto de inflexión. Como dice en su introducción el musicólogo Pedro Ordóñez Eslava, hubo en ellos «un ahondamiento en la genética puramente experimental que, en el caso del cantaor de Granada, le condujo en no pocas ocasiones a la quiebra del sentío canónico». Hace bien este libro colectivo en considerar no solo el desafío artístico y estético que planteó, sino también político, pues la reivindicación está muy presente en su «grito existencial». Decía Morente que cantaba «por una extraña ley de la naturaleza» y que «la infancia es mejor olvidarla», pero el primer capítulo de este volumen repasa cuál era el estado del flamenco en sus primeros años de vida, que coincidieron con la visita a su tierra del folclorista norteamericano Alan Lomax y su asistente, la británica Jeanette Bell, quienes grabarían allí más de un centenar de piezas y dejarían uno de los primeros registros grabados de sus palos e intérpretes. También vemos en estas páginas el modo en que trató el cantaor la memoria de la Guerra Civil y el franquismo como algo vivo, así como la genealogía transmisora de obras como Nanas de la cebolla o Aceituneros, poemas de Miguel Hernández que llevó a su terreno. La poesía que bebió del «manadero de lo popular», la de los Alberti, Cernuda, Machado o Zambrano, fue otra de las especialidades de este creador visionario y disidente que se enfrentó a los «guardianes de la pureza flamenca», y que quizá por ello fue desterrado de este arte hasta la concesión del Premio Nacional de Música en 1994, cuando todo cambió; más aún cuando dos años después lanzaba el apabullante Omega junto a Lagartija Nick, disco que acabó de rescatar su figura del ostracismo. Su concepción transversal del flamenco en relación de retroalimentación con otras disciplinas —como demuestra su amistad con Miquel Barceló o Pina Bausch—; su legado en las músicas populares urbanas de artistas actuales como María José Llergo, Sílvia Pérez Cruz, Califato ¾ o Rosalía; y su condición de cantaor de posguerra, periférico, activista y hasta prohibido por lo combativo de sus letras, son otros de los asuntos por los que discurre un libro fundamental para entender hacia dónde ha virado el flamenco en las últimas décadas y la magnitud que ha sido capaz de alcanzar en las nuevas generaciones de oyentes. Pues, como decía Morente, «en el flamenco no hay maestros, hay discípulos», y nos queda muchísimo que escuchar.

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