Tempus fugit

Unos minutos musicales antes de los sanfermines

Tempus fugit: XXVII septimana

4 de julio de 2003 — Barry White

Barry White en la Grand Gala du Disque Popular en Amsterdam, 1974. Imagen: Fotocollectie Anefo.

El periodista Paco Tomás, que colabora en una sección del programa de RNE No es un día cualquiera con Carles Mesa, dijo hace poco en una de sus intervenciones que las canciones de Barry White son «de las que te dejan directamente embarazada». No se me ocurre mejor definición para ese chorro de voz, ese timbre grave, ese tono entre ronco y seductor del que la naturaleza había dotado al cantante. Incluso cuando no cantaba, su música transportaba por los senderos del romanticismo, como ocurría y todavía ocurre con su archiconocido Love’s Theme, que invita a besar y a abrazar. Hagan la prueba, amigos, pónganla a todo volumen y déjense llevar, dejen de lado las tentaciones de calificarlo como una cursilada y practiquen el noble arte de abandonarse a la ensoñación. Mola mucho.

Barrence Eugene Carter, más conocido como Barry White, murió el 4 de julio de 2003 víctima de una insuficiencia renal, a los 58 años de edad. Su caso es paradigmático en muchos aspectos: había nacido de una relación de pareja en la que el padre, Melvin White, iba y venía y se ocupaba o no de sus obligaciones hasta que el hijo empezó a despuntar como cantante y volvió definitivamente a casa. Se crió en un ambiente de pobreza, en los barrios negros de Los Ángeles, pero la madre era muy aficionada a la música clásica y Barry creció escuchando a Bach, Mozart y Beethoven y, por último, entró a formar parte del coro de góspel de la iglesia a la que acudía y en la que se inició su afición. Una historia de libro en el mundo de las superestrellas.

Sus dotes naturales se perfilaron cantando ritmos de blues y soul, y eso se dejó notar siempre en sus composiciones. En 1974 publicó el disco Can’t Get Enough, que fue un éxito rotundo de ventas y que contiene la famosa You’re The First, The Last, My Everything —las mayúsculas en cada palabra es cosa americana, no mía—, que tiene la misma utilidad que Love´s Theme para una sesión romántica y de ensoñación y pone las pilas tanto como el comienzo de los Carmina Burana.

Ganó varios Grammy, discos de oro y platino, y otros premios; cantó en solitario y en grupo —Love Unlimited Orchestra—, y haciendo dúos con su segunda esposa. Actuó en los escenarios más importantes y tuvo una carrera musical a la altura de su talento como compositor y como cantante. Y, como casi todos los genios, se ocupó de su arte y poco más: cuando murió sin haber hecho testamento, su viuda, su pareja y su representante iniciaron una cadena de batallas legales por quedarse con sus bienes que tuvo mucha trascendencia en los medios. No, no es exclusivo de nuestro país: en una familia sale un superdotado para la música y son los que le rodean los que se aprovechan de ello. Habría que ver si alguno de sus parientes ha sacado o heredado alguna de sus cualidades, esas que a él le sirvieron para revertir su destino de niño pobre.

Lejos de esas menudencias y negruras, su música permanece en nuestras meninges para alegrarnos el día, lo mismito que las canciones de la Jurado. Insisto: hagan la prueba, amigos.

6 de julio de 1999 — Joaquín Rodrigo

Imagen del maestro Joaquín Rodrigo a la guitarra. Fuente: RTVE.

El día 6 de julio de 1999 moría en Madrid el maestro Joaquín Rodrigo a la edad de 97 años. Había nacido en Sagunto el día de santa Cecilia, dos condiciones de inevitable destino: un valenciano que viene al mundo el día de la patrona de los músicos lleva unos cuerpos de ventaja sobre los demás para convertirse en un compositor reconocido mundialmente.

La difteria le dejó prácticamente ciego, lo que no le impidió estudiar música en su ciudad natal y trasladarse a París, donde completó su formación y entró en contacto con otros autores como Albéniz y Falla, por nombrar a los más conocidos. En la capital francesa se enamoró de la pianista turca Victoria Kambi, con la que se casó en 1933.

El viaje de novios les llevó a Aranjuez, y allí debieron de ser más que felices porque su obra culmen, el Concierto de Aranjuez, tiene ese toque divino que nace del corazón y se extiende por el universo para amansar fieras y nervios, elevándonos dos palmos del suelo durante unos minutos. Es mágica y sugiere amor en estado puro.

En 1991 el rey Juan Carlos, en el uso de sus prerrogativas para nombrar nobles, le concedió el título de marqués de los Jardines de Aranjuez, que no tiene trascendencia económica ni lleva aparejada la concesión de castillos y tierras pero que suena muy poético. A su amigo e intérprete Andrés Segovia le concedió por las mismas fechas el de marqués de Salobreña, no menos dulce, sobre todo, si se tiene la oportunidad de contemplar el mar desde sus playas escuchando la guitarra de fondo. Todo tiene su lógica.

La parte más famosa del Concierto es el adagio, un tempo musical más lento que el andante y más rápido que el largo —y una pieza clave en los conciertos de Paco de Lucía— que gusta tanto a los guitarristas de clásica. Narciso Yepes, inventor de la guitarra de diez cuerdas, hizo una interpretación sublime del Concierto de Aranjuez que grabó en un vinilo, ahora de culto, en los años 70.

Se escuche por la guitarra que se escuche, es música celestial.

7 de julio — San Fermín

Detalle del Portal de San Fermín en la Catedral de Amiens.

En los tiempos del emperador Diocleciano, entre los siglos III y IV d. C., gobernaba en la ciudad de Pamplona un senador, llamado Firmio, que a pesar de ser pagano, confió la educación de su hijo Fermín a un tal Honesto (cristiano) para que lo instruyera en ciencias divinas.

El chico se tomó tan en serio las enseñanzas de su maestro que se convirtió rápidamente al cristianismo y, como debía ser de buena labia, empezó a predicar cuando tenía 17 años. Tan bueno era que fue enviado a Toulouse, en Francia, para seguir su formación con el obispo Honorato. Él mismo fue ordenado obispo enseguida y enviado de vuelta a su ciudad, Pamplona, para ejercer su tarea junto a su antiguo maestro Honesto.

A los 31 años se fue a las Galias a cristianizar y acabó en la ciudad de Amiens, en el norte de Francia, donde siendo obispo de la ciudad, convirtió y bautizó a tres mil hombres en 40 días, un récord que lo debió dejar exhausto.

Perseguido por los romanos, fue encarcelado y decapitado secretamente, para evitar que el pueblo se levantara en armas por ello; el senador Faustiniano lo enterró en el cementerio de Abdolana, pero el hijo de este senador, que se llamaba también Fermín, exhumó los restos y los enterró en una iglesia que acabaría siendo, después de algunos incendios y destrucciones, la famosa catedral de Amiens, de estilo gótico, la que suele salir en los exámenes de Historia del Arte de selectividad. En la portada principal se encuentra el Portal de San Fermín, donde se le representa con vestiduras y báculo de obispo y se narra el martirio que sufrió.

Originariamente se celebraba su fiesta a finales de septiembre, pero los pamplonicas, que nombraron a su ilustre paisano patrón de la ciudad, decidieron cambiar su festividad para hacerla coincidir con la actividad económica más importante, la que les daba de comer: la feria del ganado que tenía lugar a primeros de julio.

Y como no todo iba a ser vender y comprar y había que divertirse como lo hacen en el norte, decidieron echar unas carreras delante de los toros antes de darles el pase, que es más excitante que levantar unas piedrolas dignas de la cantera del señor Rajuela en la que trabajaban Pedro Picapiedra y Pablo Mármol o dar hachazos a unos troncos guardando el equilibrio sobre ellos; eso sí, buscando siempre la protección del santo.

Los sanfermines son conocidos en todo el orbe gracias, sobre todo, a Fiesta, la novela que Hemingway escribió en 1926, y a la relación que el americano mantuvo con la ciudad de Pamplona, a la que acudía regularmente. La obra se llevó al cine en 1957 con Tyrone Power y Ava Gardner en el reparto, lo que disparó los niveles de popularidad del festejo. Las retransmisiones de radio y televisión y el boca a boca han hecho el resto: la ciudad se llena de gente con ganas de divertirse una barbaridad y lo que fue en su origen una muestra ganadera, ha dejado paso a otras actividades lúdicas y festivas más propias del ganado humano.

Estos dos años sin correr delante de los toros han generado unas ganas tremendas de volver a hacerlo; esperemos que San Fermín proteja con su capita y su baculito a las multitudes que con tanta devoción se lo piden cada mañana de esta semana.

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