Horas críticas

Chesterton, ni una página sin sorpresa o alegría

Esa es la opinión de Borges sobre Gilbert K. Chesterton, uno de esos autores que, por escribir sobre los problemas de principios del siglo XX, vuelve a estar más de actualidad que nunca. Potente articulista, antepuso la fuerza de sus ideas a los principios del periodismo, sin que sus ideas perdieran un ápice de interés por la forma en que nos las transmite. Un autor que mantiene la curiosidad de forma permanente, expresa el asombro por existir y es capaz de traducir las grandes preguntas en textos tan amenos como accesibles para el lector. En el lenguaje de hoy los llamaríamos «virales». Solo que en su caso son además profundos, y siempre vestidos de fina ironía británica. Toda una lección que aprender sobre el arte de polemizar sin entrar en guerras como las que se libran hoy a diario en las redes sociales.

Su voz no podía habernos llegado con mayor nitidez que en esta traducción de Aurora Rice, Como estaba diciendo, en la que la editorial Renacimiento ha reunido los artículos que escribió para el Illustrated London News. Chesterton es de esos autores cuya originalidad puede apreciarse incluso en una traducción mediocre, pero su relevancia en nuestro tiempo, y su estilo, se entienden mucho mejor cuando se captan todos los matices de su tono. Era un influencer, o lo hubiera sido ahora, por su hábil uso de recursos para acaparar la atención del lector.

Para muestra, el arranque de este libro, su artículo «De las metáforas alocadas», donde nos habla de la idea de un relato, o un libro, que nunca llegó a escribir, y cuya sustancia era la relación omnipotente con una morcilla. Tomando como ejemplo esa potencia mágica de hacer aparecer lo que nuestras palabras expresan, nos arrastra hacia la reflexión de qué significa la narración religiosa. Y por qué de ella, a diferencia de la narración periodística, se desprende un relato moral. Hoy, cuando la sociedad entera procura moralizarse en torno a lo que está bien y lo que está mal, a la cultura de la cancelación, a la polarización, comprobamos leyendo a Chesterton que los problemas de su tiempo no diferían tanto de los del nuestro.

El siglo XXI es un enigma inquietante, nos lo anticipó la crisis financiera de 2008, lo ha confirmado el coronavirus y la guerra en Ucrania. ¿Cómo enfrentar ese presente y su futuro? Carecer de respuestas no significa carecer de inspiración, y precisamente es en autores como Chesterton, que reflexionó sobre los problemas de su época, y en libros como este donde podemos encontrar pistas.

Otro ejemplo contenido en este volumen es la mención a los dos tipos de turistas: los que viajan y los que conocen lo que hay fuera de su país sin viajar. El autor, observando la germanofilia de su tiempo en ambos tipos de personas, avisa del peligro que encierra pensar que Alemania no fue vencida en la Primera Guerra Mundial. Hoy identificamos en esa ceguera lo que impidió a muchos comprender las intenciones del Tercer Reich. Y no de muy distinta manera vemos actuar a la sociedad actual en sus posicionamientos sobre el avance de la extrema derecha o las políticas que aplican Rusia, Estados Unidos o China, vertiendo contundentes opiniones en base a un conocimiento adquirido a partir de rumores.

¿Podría ser entonces que Chesterton nos hubiera hablado también de los cuñados, esos opinólogos de barra de bar, tan de ahora? Ya lo creo que sí. Y no solo en un artículo, sino en varios de este libro. Reserva su ironía para los que ejercen de censores, y para los que se muestran tan seguros de sí mismos, de su formación y opiniones, que pierden toda vergüenza en expresar sus ideas, jaleados por un entorno que los recibe con agrado. Si Chesterton los situaba hablando en las tabernas y los lugares públicos de su tiempo, qué duda cabe de que nuestro equivalente es internet. Ha cambiado el espacio, apreciamos leyéndole, pero no los parroquianos, ni sus maneras y costumbres.

Parroquianos, porque no podemos olvidar tampoco la concepción filosófica que inundó toda la obra del autor de El hombre que fue jueves: el humanismo cristiano. Dignidad, libertad y primacía de la felicidad humana, además de una invitación a los contrarios a reflexionar. Cuando compara a Voltaire con Federico el Grande, explicándonos los dos tipos de pensadores políticos que podemos encontrar, leemos la confrontación entre el cosmopolitismo y el nacionalismo. O lo que es lo mismo, los Macron frente a los Le Pen, los Obama frente a los Trump, la Unión Europea o el Brexit.

Gilbert Keith Chesterton (1874-1936).

El presente, tan distinto a casi cien años vista, debería hacer por fuerza que no encontráramos temas y asuntos de la actualidad en los artículos de Chesterton, ni siquiera como mención indirecta. O que, si los hubiera, este libro no los hubiese recogido. Pero no es así. Su editor ha hecho un gran trabajo, y aquí tenemos al autor comparando a los científicos y a los del pensamiento mágico, los que reivindican la verdad, dice, y los que reivindican el poder. No de la razón, precisamente. El autor inglés ya habla del peligro de desoír las advertencias científicas o de convertirlos en los únicos con capacidad de decidir sobre los asuntos del mundo. También nos habla de las modas, de los jóvenes urbanos y sus nuevas mentalidades, de las actrices rubias del cine americano, las maneras e ideas de las nuevas generaciones enfrentadas a sus padres. Como buen novelista fue también un fino observador de su tiempo y de sus arquetipos.

Su visión es, obviamente, la de un conservador; pero no uno entendido a la manera moderna, un liberal con el dinero como única guía moral, sino un defensor de los valores heredados del pasado y aplicados al presente. Es una parte de Chesterton que puede coincidir o no con la opinión personal del lector, pero que hoy encontraría adeptos en ambos arcos del espectro ideológico. Para muestra, esta frase que parece dictada hoy: «Hemos olvidado la lucha por la ética, y lo que nos queda es el deprimente sustituto de la economía». O el artículo titulado «De las viudas», que no solo es una perfecta reivindicación del poder adquisitivo de la clase media, sino expresión de la necesidad irrenunciable de que los trabajadores tengan salarios que les permitan irse de vacaciones y desconectar un tiempo del trabajo.

Y qué decir de la parte en que detalla cómo el uso del lenguaje está haciéndonos perder la individualidad para incluirnos en la masa. Los ecos de sus reflexiones tienen un inconfundible eco de ese freeganismo, coliving y demás ristra de anglicismos con que nos venden hoy la precariedad como estilo opcional de vida. Él argumenta que ambos sistemas, capitalismo y comunismo, emplean el lenguaje que convierte al individuo en grupo, deshumanizando a ese vecino con el que antes confraternizábamos y llevándonos a un enfrentamiento social innecesario.

El interés no decae, ni en la mitad, de la que he hablado hasta aquí, ni después de la última página. La hiperconexión que nos deja exhaustos está en su artículo sobre la introducción del teléfono fijo, la falta de rigor en el cine histórico, la reflexión sobre si la cultura popular es o no es cultura, o lo odiosa que puede resultar una boda… real.

Este volumen reafirmará el gusto por Chesterton de sus devotos y descubrirá un imprescindible a quienes aún no lo hayan leído o se hayan acercado a esta parte de su obra. El maestro del artículo periodístico, del ingenio admirado por Borges, tiene además un ferviente defensor en la editorial Renacimiento, que no solo ha publicado más de veinte títulos del autor, sino que ha vertido en toda su pureza y matices cada uno de sus textos a nuestro idioma. Vital para la calidad de los textos cuando nos asomamos a los clásicos.

 


Como estaba diciendo…
Gilbert K. Chesterton
Renacimiento
(Sevilla, 2022)
204 páginas
17,90 €

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