Tempus fugit

Verano y San Juan

Tempus fugit: XXV septimana

21 de junio — Solsticio de verano

Interior de la llamada Sinagoga del Agua, en Úbeda. Foto: Bobo Boom.

En el año 2007, un empresario de Úbeda, llamado Fernando Crespo, compró un inmueble antiguo en el centro de la ciudad para derribarlo y levantar en su lugar un edificio de apartamentos con garaje incluido, pero él, su socio y todos los intervinientes en el proyecto se llevaron una sorpresa mayúscula al iniciar las obras.

En el local a pie de calle había una peluquería de toda la vida regentada por dos hermanas que nunca sospecharon haber lavado y marcado cabezas sobre una de las más impresionantes sinagogas de la Península Ibérica, datada en el siglo XIII, solo comparable a la de Besalú (Gerona), descubierta en 1964 y construida probablemente en el siglo XII. Crespo cambió de parecer y de proyecto, y hoy se puede visitar esta joya casi intacta, recuerdo de unos españoles obligados a emigrar en nombre de la unidad religiosa.

La costumbre de los judíos sefardíes, expulsados de España por los Reyes Católicos, era llevarse todo lo mueble y cubrir con tierra y piedras lo que no podían cargar, preservando así sus lugares sagrados de la destrucción y el expolio; la mayor parte de la sinagoga de Úbeda estaba bajo tierra y el efecto tell —la superposición de generaciones sobre un mismo lugar— había elevado el nivel de la calle hasta hacer que desapareciera cualquier resto visible de esta construcción.

La sinagoga cuenta con un mikveh, la poza de agua en la que se purifican los judíos —en especial las novias antes de contraer matrimonio— que, siendo una de las partes más hondas y escondidas de este lugar, recibe la luz del sol a través de un ventanuco el 21 de junio de todos los años, el día del solsticio de verano. El fenómeno es tan asombroso que se la ha bautizado por ello como «Sinagoga del Agua».

Hay lugares en los que por razones mágicas o religiosas —Stonehenge, pirámide de Kukulkan en Yukatán, catedral de Santiago de Compostela— se fijaron a la perfección y a puro ojímetro los puntos en los que el sol incide en determinados momentos del año. Lo sorprendente es que lo que conocemos como equinoccios (primavera y otoño) y solsticios (verano e invierno) coincidan con las inclinaciones exactas del eje de la Tierra, como intuyeron Aristarco de Samos, Hiparco de Nicea y Claudio Ptolomeo, tres de los astrónomos más relevantes de la antigüedad cuyas teorías fueron demostradas, siglos después, por Nicolás Copérnico y Galileo Galilei, los visionarios perseguidos por decir que la Tierra era la que giraba alrededor del sol (heliocentrismo) y no al revés, y por describir los tres movimientos que hace: rotación (sobre su eje, día), inclinación (sobre su eje, estaciones) y traslación alrededor del sol.

El solsticio de verano en el hemisferio norte se produce cuando el sol se encuentra en su punto más alto en el cielo, con una inclinación de 23,4° en el eje Norte-Sur. En 2022 este hecho tiene lugar el 21 de junio a las 11:14 horas de Madrid, según nos viene explicando el pedagógico Roberto Brasero desde las pantallas de televisión.

El día más largo y la noche más corta… qué bonito suena lo que le pasa hoy al planeta de los simios, nuestro hogar.

21 de junio — El verano de Vivaldi

Retrato anónimo de Vivaldi (1723). Museo Internazionale e Biblioteca della Musica di Bologna.

Y hoy procede: búsquese en la discoteca de casa, en Spotify, en Internet u ordénese a Alexa la reproducción de los Conciertos para violín. Opus 8 de Antonio Vivaldi, uno de los compositores de música clásica más conocidos e interpretados. La pieza se compone de un total de doce conciertos para violín y orquesta, de los cuales los cuatro primeros, Las estaciones, figuran en el hit parade de los clásicos de todos los tiempos.

Elíjase El verano porque hay días que tienen banda sonora; escúchese con atención una primera vez, y ya con el ánimo entrenado y el nervio coclear calentado, reproduzcamos de nuevo la melodía que nos es tan familiar, pero esta vez leyendo lo siguiente:

«Verano: es la dura estación del sol ardiente, los hombres y los rebaños languidecen y los pinos tienen calor. El cucú desgrana su voz y pronto se oyen los cantos de la paloma y el jilguero. Sopla una leve brisa, pero, inesperadamente, aparece el viento norte buscando pelea. El pastor llora porque teme a la tormenta y su destino. El temor al rayo y al trueno, más un furioso enjambre de moscas y avispas impiden el descanso del pastor. Oh Dios, mis temores están justificados. El trueno y el relámpago llenan el cielo y el granizo acama el maíz y el trigo».

El primer solo, con sus notas repetidas rápidas, es el cucú. Después de un retorno de la apertura, el violín toca los cantos de la paloma y luego, el jilguero. Más tarde la orquesta describe quedamente las brisas leves; de pronto, la música se hace más fuerte y rápida, retratando al viento norte que es interrumpido por el tema de la apertura, seguido de un solo de violín que describe el temor del pastor. Reaparece el viento norte cerrando el movimiento. La melodía de apertura que representa el temor del pastor es seguida de inmediato por las notas rápidas, bajas y repetidas que sugieren el enjambre de insectos.

A lo mejor, es necesario repetir la audición una tercera vez para entender cómo la melodía va desgranando lo que el propio compositor escribió. No hay nada como que alguien nos enseñe a escuchar y nos guíe por el camino del conocimiento.

Vivaldi compuso sus conciertos en una época en la que primaba la imitación de la naturaleza lo más fielmente posible y eso incluía también la música; los maestros y el público valoraban que fuera natural, que sugiriera lo más posible aquello a lo que estaba referido, y por ello Vivaldi incluyó antes de cada una de las cuatro partituras un poema en el que describía lo que se iba a interpretar a continuación.

Vivaldi, que nació en Venecia en 1678 y murió en Viena en 1741, estudió violín con su padre y fue ordenado sacerdote a los 25 años, pero un asma crónica le impidió dedicarse a predicar y, por suerte, pudo centrarse en la música. Escribió más de setecientas obras y se le atribuye el mérito de haber establecido la estructura y la rítmica que deben regir un concierto.

Las cuatro estaciones es su obra más universal, aunque a las partituras les pasa como a las recetas de cocina: con los mismos ingredientes y aun siguiendo los procedimientos indicados al pie de la letra, a cada uno le sale un comistrajo diferente; por eso, El verano en el violín de Malikian puede tener distinta textura que en el de Anne Sophie Mutter.

Y si me dan a elegir, me quedo con ella.

24 de junio — San Juan y el solsticio

«Nacimiento de San Juan Bautista» (1635), de Artemisia Gentileschi. Museo del Prado.

Recesvinto fue un rey visigodo que sometió al sublevado gobernador Froya en Calahorra, en el año 653. Cuando volvía de esta campaña militar se sintió muy mal y, aconsejado por sus médicos, detuvo la comitiva en un pueblecito conocido hoy como Baños del Cerrato, a poquísimos kilómetros de Palencia, donde bebió las aguas de un río que le curaron de su dolencia. Agradecido por ello, en el año 661 mandó levantar una iglesia que se dedicó a San Juan Bautista —San Juan de Baños— por la asociación que se hacía de este santo con el agua. Parece evidente que a Recesvinto le venía dando un cólico nefrítico desde las tierras del río Oja y que las aguas del manantial, que ya explotaban los romanos, le fueron estupendamente.

San Juan Bautista era primo segundo de Jesús porque su madre, santa Isabel, era prima de la Virgen María. Isabel se casó con Zacarías, pero pasaba el tiempo y no concebían, aunque rogaban diariamente a Dios que les diera un hijo; al cabo de un tiempo Dios les escuchó y envió al arcángel San Gabriel, especialista en anunciar embarazos, para revelarle en sueños al esposo  los planes afirmativos del Altísimo. Isabel quedó embarazada seis meses antes que su prima María y dio a luz el día 24 de junio, o sea, seis meses antes del nacimiento de Jesús (solsticio de invierno).

Ya de adulto, Juan decidió llevar vida de ermitaño para purificarse y recibir el mensaje divino que había de transmitir. Vivió en el desierto, alimentándose de langostas y miel y vistiéndose con pieles de camellos; dicen sus hagiografías que empezó a bautizar tras las predicaciones de Jesús, al que él mismo sumergiría en las aguas del Jordán en una ceremonia que contó con la presencia del Espíritu Santo en vivo (paloma).

Se cree que perteneció a una secta de esenios que rechazaban cualquier forma de lujo y perversión, convicciones que acabarían por llevarle a la muerte cuando censuró el comportamiento del gobernador Herodes Antipas, que se había casado con Herodías, la mujer de su hermano, tras repudiar a su propia esposa.

Herodías tenía una hija llamada Salomé que, instigada por su madre, danzó muy sensualmente ante su tío-padrastro hasta encandilarlo de tal manera que se volvió loco y le ofreció lo que quisiera a cambio de ya se sabe qué. Salomé le pidió la cabeza del Bautista y Herodes, aun a sabiendas de que eso iba a traerle problemas, cedió y Juan fue decapitado.

La mezcla de paganismo y cristianismo en los años consecuentes estableció un hito anual de solsticio atrasado con el que celebramos también el nacimiento del primer mártir, profeta anunciador de Cristo y único personaje sagrado que tiene dos festivos en el calendario litúrgico, tanto su nacimiento, el 24 de junio, como su muerte, el 29 de agosto, y al que rendimos pleitesía con rituales mágicos que son ancestrales.

San Juan es la fiesta del agua tanto como lo es del fuego. En casi todas las culturas de la antigüedad, especialmente en las mediterráneas, se celebraban los solsticios, que los griegos llamaban puertas: la puerta de los dioses para introducir el de invierno y la puerta de los hombres para dar la bienvenida al verano encendiendo grandes hogueras en honor de Apolo. En Roma se llevaba a cabo una procesión acuática con barcazas engalanadas a lo largo del Tíber hasta llegar al templo de la diosa Fors Fortuna, a las afueras de la ciudad; era un festejo muy esperado en el que participaban sobre todo las clases populares y en el que estaba permitido pasarse con el vino y relajarse en las costumbres.

A menudo se confunde a san Juan Bautista con Juan el Evangelista y el solsticio de verano con la noche de san Juan, pero hay que tener claro que los juanes fueron dos y que encendemos hogueras la noche del 23 por pura tradición cristiana, pero el eje de la Tierra marca su máxima inclinación un par de días antes. Sea pagana o cristiana, cualquier excusa es buena para celebrar que también es el día más bonito del año y, sin duda, el más brillante.

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