Ficción

Una nueva forma de matar

¿Por qué volví?, dice Daniel, en un descanso del congreso. Y se detiene a mesarse la barba, una barba larga, que cubre la sonrisa, tímida, que esboza cuando dice: Pues no lo sé muy bien. Yo tenía un futuro allí. Había concluido con éxito mi doctorado en literatura, en Colorado, una tesis sobre literatura y violencia en el conflicto vasco, y tenía ofertas, no muchas pero sí algunas, a diferencia de lo que pasó aquí, cuando acabé mis estudios, un grado en filología hispánica, y un máster en literatura comparada, y no sabía dónde ir. En los Estados Unidos, son otras las cosas que no funcionan. El caso es que volví, después de lo de Joshua, dice. Y se queda un rato con la mirada puesta hacia ninguna parte, a un lugar lejano e incomprensible.

Conocí a Joshua, dice, en un curso de escritura creativa en español, en una universidad de Virginia, en la que empecé a trabajar, tras doctorarme. Discutíamos obras de mi selección: teatro, poesía, narrativa, y mis estudiantes tenían la posibilidad de elaborar sus propias piezas. Creación en un ambiente distendido.

Joshua nos sorprendió a todos con su primera tarea, una obra dramática lacerante: la historia de un adolescente que mata a su padre porque abusa de él. La descripción, explícita, de todas las escenas de violencia, en aquel texto, me hizo recordar aquel cuento de Kafka: En la colonia penitenciaria. La viveza de sus ojos, su sonrisa, blanca, en aquel rostro moreno, esperaba la felicitación, el éxito entre sus compañeros, tras la lectura. Solo recibió un sombrío silencio.

Después de su fracaso, Joshua no volvió a aparecer por clase. Y yo me olvidé de él. El ritmo de trabajo es tan frenético allí, que borras cualquier cosa que no sea para el día siguiente. Así, continué con mis sesiones, mis artículos, mis poemas… Hasta que, un día, me crucé con él en el campus.

Le vi venir de lejos. Vestía traje y corbata. Agresivo, más que elegante. Nada que ver con la camiseta y los vaqueros con los que asistió a mis primeras clases. Iba a una presentación para su major en la escuela de periodismo. Por poco no se detiene. Pero yo me crucé en su ruta. Le pregunté por qué no venía a clase. Me respondió confuso. Supongo que, en algún momento, debí mesarme la barba, ese tic que no controlo, y eso lo desasosegó, dice, mesándose la barba. Me confesó que le gustaban mucho mis clases, pero que tenía que presentar su proyecto, en colaboración con la escuela de negocio, por lo que no había podido asistir. Prometió volver. Se despidió con prisa. Llegaba tarde.

Al día siguiente, no parecía que se hubiera ausentado por semanas. Se sentó en primera fila. Fue muy participativo. Mostró interés. El traje y la corbata del día anterior habían quedado definitivamente en el armario. Al final de la clase, se acercó a hablar. Yo no tenía mucho tiempo. Una montaña de correcciones me esperaba en casa. Pero le dejé hacer. Había sido yo quien le había animado a regresar. Me confesó que era hispano, que su padre era gringo, un militar gringo, pero que su madre era hispana. Me aseveró que escribir en su otra lengua le iba bien. Le permitía poner en orden su confusión. Pero a mi pregunta de por qué había dejado de asistir respondió, primero, con silencio, después, con una sarta de excusas. Sin embargo, no habló del malestar que produjo entre sus compañeros.

En los días posteriores, lo observé. Conectaba muy bien con el resto de estudiantes, especialmente con las chicas, y con un muchacho afroamericano con el que hacía bromas. En clase, daba buenos consejos, opiniones útiles, constructivas. Era un tipo carismático. Al finalizar, se quedaba a hablar conmigo, con su sonrisa blanca. Hasta fuimos alguna vez al Starbucks. En una de esas, frente a sendos vasos de capuchino, descubrí que odiaba a su padre, los traslados de su padre, de una base militar a otra, para subir en el escalafón, su carrera profesional, que le dejaba sin amigos. Eso provocaba lapsos de silencio. Daba la impresión de que quedaba raptado por la melancolía, por recuerdos que no sabía gestionar, y que podían provocarle una reacción imprevisible. Esa actitud chocaba con su afán por triunfar. Era el primogénito, y algo de la disciplina y el deseo de hacer carrera debía de haber heredado de su padre. Por eso, había decidido compaginar sus estudios de comunicación con los proyectos en la escuela de negocios, para alcanzar un lugar importante, prominente en la sociedad. Cuando lo explicaba, sus ojos fulguraban. Entonces yo debía apaciguarlo, hacerle entender que hay algo más que el éxito en la vida. Y le hablaba de literatura, de Kafka, que fue un desconocido, para convertirse en autor de éxito una vez muerto. Y le contaba la incomprensión que lo rodeó, como el día de aquella lectura de En la colonia penitenciaria, el 10 de noviembre de 1916, en la galería Hans Goltz de Múnich. Allí demostró que hay otras formas de plasmar la muerte. El escritor Max Pulver, testigo de la velada, narrador de la misma, cuenta hasta tres personas desmayadas, tres mujeres, abatidas por las palabras de aquel relato del escritor judío.

La fuerza de la metáfora, del símil que utiliza En la colonia penitenciaria, lo convierte en un relato redondo. Yo lo veo como una plasmación de la crueldad, que Kafka debió de percibir con la incipiente proliferación de los asesinos en serie. No en vano, en el mismo período en que leyó su cuento, Karl Denke, el Caníbal de Ziebice, asesinaba a sus víctimas, muy cerca de Múnich, y la crueldad se debía de percibir en el ambiente, dice Daniel, mesándose la barba, esta vez de forma nerviosa. Con Joshua, hablamos más de una vez de ese tema. Por eso no me extrañó lo de su escrito, la segunda tarea de aquel curso.

Se trataba de un cuento, la historia de un psicópata. Se narraba desde la mente del asesino. Y se detenía especialmente en las escenas de violencia. Buscaba provocar sin disimulo. Me lo envió antes de la clase, para que le diera mi opinión. No respondí. Cuando entró en el aula, llevaba el cuento impreso, para leerlo al resto de los alumnos. Le conminé a que esperara al final de la sesión. No le gustó. Protestó airadamente. No me importó. Cuando se acercó, al terminar, afirmé que su escrito estaba muy visto, desde Lautréamont, que hasta en Kafka podían encontrarse escenas parecidas. Kafka, menudo perdedor. Un tipo que se tiene que morir para alcanzar el éxito, me contestó. Y me miró como si supiera lo que es enfrentarse verdaderamente con la crueldad, no imaginarla.

Se fue dando un portazo. De nuevo, dejó de asistir a mis sesiones. Durante una semana, no supe reaccionar. Pero faltaba poco para acabar el semestre. Y no quise que terminara así. Me daba miedo que aquella rabia pudiera provocar una desgracia. Empecé a escribir correos, de forma sistemática, dos cada día. En ellos le pedía a Joshua que recapacitara. Después de mucho insistir, recibí respuesta. De nuevo, actuaba como si no hubiera pasado nada. Al final, se desmarcaba con un texto breve, en inglés, un poema, algo sublime, cargado de dolor pero también de melodía. Me recordó a Milton, a Paraíso perdido, a sus pasajes más tétricos. De inmediato, contesté. Le comenté que era un texto magnífico. Le pedí que asistiera a clase, que, entre todos, podríamos hacer una traducción al español de su poema, que le ayudaría a desmarañar su identidad. Al principio fue remiso. Pero al final accedió. Me contestó que volvería al campus, que le diera una semana. Tenía que preparar su proyecto.

El día que debíamos hacer la traducción de su poema, se presentó temprano, según dicen los testigos. A las 9:06 empezaron las explosiones. En el campus de Virginia Tech, la gente es muy sensible a cualquier detonación. Pero Joshua se las ingenió para que los cañones no provocaran el espanto, sino la curiosidad. Centenares de estudiantes fueron a fisgonear. Se encontraron con una ráfaga de confeti con la que Joshua presentaba su proyecto: «Kill As You Wish», un canal de YouTube que también tiene versión en castellano: «Mata como quieras». En él relata algunos de los crímenes más aterradores de la historia de la humanidad, desde la perspectiva del asesino. Lo presenta él mismo. Al principio, explica el caso. Después lo escenifica, mientras habla y muestra su amplia sonrisa. Ha sido todo un éxito. Una nueva forma de matar, diferente, han escrito en las redes sociales, promocionándolo. En el canal puedes ver cómo asesinaba Jack el Destripador, o Karl Denke, o cualquier otro homicida célebre. Hasta tiene un capítulo dedicado a En la colonia penitenciaria, donde interpreta al militar utilizando la máquina, dice Daniel. Y, mientras se mesa la barba, se queda con la mirada puesta hacia ninguna parte, a un lugar lejano e incomprensible.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Carlos Gámez Pérez (Barcelona. 1969) estudió el máster en creación literario por la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado la novela Malas noticias desde la isla (Katakana, 2018). En 2012 ganó el premio Cafè Món por el libro de relatos Artefactos (Sloper).

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