Ficción

Ajos y cebollas

Hace unos meses, mientras cocinaba mis comidas aquí, en mi departamento del cool distrito limeño de Magdalena del Mar, me descubrí haciendo algo inesperado. Luego de preparar el aderezo de ajos y cebollas, es decir, después de cortar la cebolla y llorar un poco, tras despellejar los dientes de ajo para convertirlos en pedacitos, mis manos quedan oliendo, como es de esperar, a cebolla y ajo. Por supuesto que ahí no hay nada insólito, sino que al final, cuando la comida ya está lista en las ollas o las sartenes y a una le toca limpiarse esos menjunjes y salpicaduras que se ha echado encima, en ese preciso momento decido quedarme un poco sucia. Me explico: dejo caer el chorro de agua sobre mis manos de modo que las limpie de los restos de comida, como para no mancharme o manchar a los demás. Pero nunca uso algún jabón o lavavajillas, porque no quiero de ninguna manera quitarme de las manos ese olor a aderezo.

Al inicio lo hacía sin darme cuenta, pero ahora es una decisión premeditada. He llegado a pensar que tal vez es lo único que me entusiasma de preparar los almuerzos y las cenas, de insistir en una actividad para la que soy mediocre. Después de cocinar me lavo las manos solo para dejarlas limpias a la vista, pero bien olorosas para mi nariz. Así me proveo de una herramienta de carne y hueso que despega mi nostalgia y mi emoción y que me hace sentir acompañada.

Lo que quiero decir es que, más tarde, cuando estoy a solas en mi departamento del cool distrito limeño de Magdalena del Mar, con mi gata gris sobre las piernas, mientras aporreo el teclado de la computadora para ganarme unos soles o cuando voy al baño a ocuparme de lo inevitable o cada vez que leo alguna noticia de la farándula en mi celular, cuando estoy sola entre mis pensamientos que suelen ser muchos, de pronto me llevo las manos a la nariz. (Incluso he practicado algunas poses para hacerlo en público, sin que nadie lo note). Cada vez que pasa, ese olor a aderezo que descansa entre mis dedos y está pegoteado en mis uñas, un aroma agridulce y caliente, me hace recordar a mi infancia y a mis padres y a mi casa en San Martín de Porres.

Cuando era niña mi papá tenía un restaurante en el distrito vecino de Los Olivos, un restaurante de barrio, chiquito y poco exitoso, que apenas daba el dinero suficiente para pagar la luz y el agua en casa. El negocio nunca despegó, pero mi padre fue religiosamente de lunes a domingo, por más de diez años, sin un solo instante de descanso o vacación. El viejo, que ya para entonces tenía más de sesenta diciembres, preparaba desde muy temprano sopas y entradas, segundos y refrescos a tres soles cincuenta el menú, siete soles el plato a la carta. Sopa de la casa o papa a la huancaína, cabrito a la norteña con frejoles o pollo al horno con yuca, agua de carambola o emoliente. Mis primeros recuerdos nítidos sobre mi papá son imágenes suyas frente a ollas inmensas y humeantes, preparando comidas para decenas de personas, envuelto entre los vapores de la cocción. Así pasaba sus días y solía volver a nuestra casa, en un barrio modesto de San Martín de Porres, alrededor de las siete de la noche. Cuando por fin oía el tintineo de su llavero cerca de la puerta de entrada, solo entonces, yo me sentía aliviada, con el alma encajada de nuevo en el cuerpo. Y esto es porque siempre creí que algún accidente horrible podía ocurrirle a su regreso.

Desde muy tierna me han invadido las ansias y las paranoias. Nunca me he esforzado en ocultarlo: desde tiempos inmemoriales vivo con el Jesús en la boca. Si mi papá se demoraba una hora, porque se retrasó cerrando el negocio, o dos o tres horas más, porque se había quedado tomando unas cervezas con alguno de sus clientes, yo me sumergía en serias alucinaciones de dolor y de muerte. Imaginaba que la combi en la que iba regresando se había volcado o que por puro borracho lo atropellaban en plena avenida Panamericana Norte o que iba a aparecer muerto debajo de un puente, como ocurrió con el padre de una compañera de colegio.

Entonces, cuando mi papá por fin abría la puerta yo pasaba saliva y corría a apretarlo, lo abrazaba con mucha fuerza. Mientras, sentía cómo poco a poco se iban soltando los nudos de mi garganta y de mi estómago. Era ahí que podía percibir muy bien el olor a comida impregnado en su ropa y en su cuerpo. Mi viejo siempre ha usado polos o camisas y pantalones de vestir, y cuando trabajaba tenía los brazos y el rostro bien tostados por el sol, con quemaduras y cortes que se había hecho con los bordes de las ollas hirvientes y los cuchillos afilados. Todo él se investía con ese perfume de aderezo. No era un olor desagradable, al contrario. Para mí era inofensivo, un aroma cercano y familiar que me tranquilizaba y hasta me ponía contenta.

Los hombres y las mujeres que huelen a comida me inspiran confianza. Pienso, alguien que puede dorar bien los ajos y las cebollas sabe de la vida. Quien huele a aderezo conoce de la espera paciente y la sutileza de los detalles que parecen insignificantes. Alguien que huele a comida es capaz de abrazar al prójimo cuando lo necesita. Pero yo no sé si mucha gente aprecia este ignoto placer. De hecho, creo que a más de uno le puede espantar. Es un olor potente, difícil de quitarse de encima, como si una vez que entrara en contacto con tu piel se fusionara con todo tu organismo. Y aun así es el aroma de la seguridad y el hogar.

El perfume a aderezo me ha perseguido a lo largo de mi vida. Ha estado presente en el meollo mismo de mi familia y mi intimidad. Incluso me siguió cuando mi papá cerró el restaurante y mi mamá se puso de empleada del hogar. En esa época ella hacía muchas cosas a la vez: lavaba ropas, limpiaba baños y salas, atendía a ancianos enfermos, preparaba comidas y postres para vender. Tenía una rutina apretada y muy extenuante. Nunca vi a nadie trabajar tanto y sin descanso, con semejantes disciplina y sumisión. Por eso, apenas se relajaba un poco en alguna silla o sillón terminaba dormitando con la boca abierta y la cabeza inclinada hacia un lado. En los buses, cuando salíamos a una reunión familiar, las dos o tres veces que fuimos juntas al cine. A veces yo le ayudaba restregando calzones ajenos, encerando pisos o baldeando escaleras. Lo hacía porque quería que sonriera un poco más y sanara de sus achaques. Pero mi mamá nunca aprendió a disfrutar.

Recuerdo mucho sus manos por esos días, acariciando mi cara por las tardes y las noches, tal vez estaba llorando porque mi madre siempre lloraba, por razones justificadas y razones inexplicables. Recuerdo con exactitud sus manos, ásperas y agrietadas por los productos de limpieza, acariciándome. Sus manos olorosas que sostenían mi cabeza cuando yo era una adolescente y comencé a enfermar. Sus manos pequeñas mientras yo le hacía una manicura que le duraría nada más que un par de días porque es imposible conservar las uñas bien pintadas cuando te dedicas al trabajo doméstico. En cada uno de esos episodios sentía el olor a aderezo que me acurrucaba.

El asunto es que ahora, durante mis tardes noches de nostalgia autoinducida en las que me acompaña mi gata gris y cuando estoy a solas en mi departamento del cool distrito de Magdalena del Mar, cuando huelo mis dedos y recuerdo mi pasado, también me pregunto si ha llegado hasta mí el momento tan temido y decisivo en la vida en el que una se convierte en una versión de sus papás.

¿Hay alguien que me espera con ansias en casa porque mi humanidad perfumada le trae calma y abrigo? ¿Soy capaz de infundir certeza y aplomo con estas mis manos grandes y toscas? ¿Es mi compañía un bálsamo para la desolación y el extravío?

O acaso ya llegó el instante en el que me toque decir qué saben esos cojudos, una señorita de su casa no se comporta así, fuera de acá, china hereje, vaya usted con todo el respeto que se merece a la mierda. Tal vez ya llegó la hora en que me consuma lentamente la diabetes o la tos cansina de la bronquiectasia. Quizá ya se acerca el día en que por fin me invada la fuerza de voluntad para trabajar sin aburrirme ni cansarme. Puede ser que pronto me quede casi sorda y me niegue a usar audífonos por puro descuido, pero también porque he renunciado a escuchar las idioteces de los demás. Quién sabe y en breve me será posible querer a alguien, sin pedirle nada a cambio, con amor maternal. Pienso en si ya me alcanzó el instante en el que me sienta permanentemente preocupada. Si ya están a unos segundos las madrugadas con menos horas de sueño y la incontinencia. Acaso ya llegó el momento de hacer de tripas corazón y llevarme las manos a la nariz.

Ahora soy yo la que huele a aderezo, no hay nadie más.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Rosa Chávez Yacila es periodista. Sus textos han aparecido en OjoPúblico, Salud con Lupa, Travesías, VICE, The New York Times, Courrier International. Actualmente es docente de Periodismo Literario en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) y reportera en OjoPúblico.

3 Comentarios

  1. Me gustó mucho este cuento.Se deberá al hecho que también a mi gustan esos olores culinarios y a veces incursiono en la cocina y verdaderamente gozo picando cebollas,pimientos rojos,ajos, cebollinos, apio españa,cilandro o perejil.Por otro lado me acompaña un vaso de Ron con Coca Cola y una rodaja de limón.Es una excelente compañía para cocinar.

  2. Exelente cuento… m encantó el hilo y la frescura de la narración.

    También quiero escribir, pero no sé cómo empezar y q es lo q tengo q tener en cuenta.. Talvez m podrían ayudar con un canevas…o algo así?

  3. Muy hermosa crónica. Saludos de una estudiante peruana de periodismo que también tiene las manos oliendo a ajos.

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