Ficción

Peligro de extinción

Cuando soplo las velas del dónut especial que ha traído mi madre, pido lo mismo que cada año: encontrar un ejemplar de Hyla mcguffinni o rana de McGuffin. Es lo que más quiero en el mundo. Cada vez que pido un deseo es el mismo, porque no es tarea fácil, y cuantas más veces lo pida, más posibilidades tengo de que se cumpla. No es tarea fácil porque la rana de McGuffin se declaró extinta en 1982. Lo sé porque lo leí en la enciclopedia zoológica de mi madre, donde pone todo lo que sé sobre Hyla mcguffinni. Pero que los científicos crean que se ha extinguido no me parece más que una pequeña traba, porque resulta que a mí se me da muy bien encontrar las cosas perdidas. Como cuando mi madre me dice no sé dónde he puesto las llaves, ¿tú las has visto, cariño? Y yo me acuerdo de ver el llavero colgando del cesto de la ropa y voy corriendo al lavadero y se lo traigo. Es como un juego para entrenarme y convertirme en la mejor exploradora del mundo, capaz de encontrar hasta el último ejemplar de una especie que se creía extinta.

Otros Lázaros que se creían extintos y han resultado estar vivos y coleando son: Alytes muletensis, un sapo partero de Mallorca que se descubrió con vida dos años después de encontrar sus fósiles; Metasequoia, un árbol tan grande que hay que ser muy despistado para perderlo de vista; Phoboscinus bocourti, un lagarto que se redescubrió un siglo después de darlo por desaparecido; Latimeria chalumnae y Latimeria menadoensis, las dos especies vivientes de celacantos, un pez que parecía haberse extinguido con los dinosaurios hasta que apareció en un mercado de Sudáfrica.

Lo que pasa con los científicos es que se creen que lo saben todo, y están tan convencidos de tener razón que van por el mundo a ciegas para no encontrar algo que les contradiga. Eso dice siempre mi madre, y yo creo que es verdad. También dice dejar la ciencia es lo mejor que he hecho en mi vida, me ha devuelto la libertad, aunque crean que me echaron, me hubiese largado tarde o temprano por mi propio pie, ¡menudo circo!

Mi madre solía tener muchos premios. Había placas y estatuillas en las estanterías, y diplomas enmarcados en las paredes. Ahora hay montones de papeles polvorientos por todas partes y muchas, muchas cajas, y manchas rojas de vino en las alfombras. Mi don especial para encontrar cosas perdidas se ha vuelto aún más importante desde que no va a la universidad. Ayudo a mi madre a encontrar papeles en los montones, mientras ella sigue con su investigación, rescato monedas de entre los cojines del sofá y los bolsillos de los abrigos para comprar pan y siempre sé dónde está el sacacorchos cuando ella no se acuerda.

La semana pasada se fue la luz y todavía no ha vuelto. En este mundo de mierda todo funciona con dinero, dice mi madre, y siempre lo dice enfadada, pero a mí me gusta que no haya luz, porque así puedo usar todos mis sentidos para encontrar las cosas, y por las noches, cuando voy por el pasillo con mi linterna frontal, me puedo imaginar que estoy explorando una cueva y que en cualquier momento haré mi gran descubrimiento: un ejemplar de rana de McGuffin, salvada de la extinción, viviendo tan feliz donde nadie había pensado mirar. Nadie excepto yo.

Pero no solo me imagino que exploro en casa. Me tomo mi investigación muy en serio. Así que los días que mi madre está durmiendo, o dice que tiene dolor de cabeza y no se puede levantar, o está de mal humor y no quiere que la ayude a buscar cosas, me voy a explorar en serio entre las hayas y las encinas y las rocas cubiertas de musgo, y voy una y otra vez a la charca y sigo todos los riachuelos que tengo marcados en un mapa, y tomo notas en mi cuaderno sobre las condiciones que podrían ser habitables para Hyla mcguffinni y las que no.

No soy tonta, sé que es posible que la rana de McGuffin realmente se haya extinguido y no la vaya a encontrar nunca, pero creo que mi madre tiene razón cuando dice que hacer ciencia es considerar todas las posibilidades. Y si existe la posibilidad de que la rana de McGuffin no se haya extinguido, entonces hacer ciencia es buscarla, porque si se da por hecho que está extinguida y no se busca, no se encontrará, no porque no esté, sino porque no se busca. Lo que pasa es que no hay dinero en buscar cosas difíciles de encontrar, dice mi madre, nadie financia proyectos que no sean lucrativos. No se hace ciencia por curiosidad, sino para llenar bolsillos.

A mí nadie me paga por buscar ranas de McGuffin, yo solo lo hago porque creo que es lo correcto, igual que mi madre quiere hacer lo correcto, aunque tampoco le paguen. Alguien tiene que hacerlo, dice siempre. Y alguien tiene que encontrar un ejemplar de Hyla mcguffinni, digo yo.

No es porque esta especie de ranas sea nada especial. Hay muchas especies de anfibios anuros que cumplen funciones biológicas parecidas. Y la extinción es parte de la vida en el planeta tierra, y parte de la evolución. Yo lo sé desde bien pequeña, porque mi madre me hizo memorizar las seis grandes extinciones masivas que se conocen. En el Paleozoico: la del Ordovícico-Silúrico, hace unos 450 millones de años, en la que las plantas que empezaban a expandirse fuera del océano, erosionando rocas y absorbiendo CO2 causaron, en parte, una edad de hielo en la que desaparecieron el 85 % de las especies de la Tierra; la del Devónico-Carbonífero, una serie de extinciones hace unos 370 millones de años en las que un 70 % de especies, incluidos los peces acorazados que habían dominado los océanos hasta entonces, se extinguieron. Los arrecifes de coral sufrieron tanto que tardaron unos cien millones de años en recuperarse. La del Pérmico-Triásico, la única extinción masiva de insectos conocida, y la más destructiva, porque con ellos se fueron el 96 % de las especies del planeta. La biodiversidad en la Tierra tardó unos treinta millones de años en volver a ser la que era, y la vida podría haber desaparecido del todo. Y las dos del Mesozoico: la del Triásico-Jurásico, en la que Pangea se estaba desmembrando y que creó las condiciones idóneas para la edad de los dinosaurios, que desaparecieron, junto con un 76 % de especies, en la extinción masiva más famosa: la del Cretácico-Terciario, hace sesenta y cinco millones de años.

Estas extinciones masivas, aunque parezcan el apocalipsis, también son fuente de creación porque otras especies pueden proliferar, que es una palabra que me gusta mucho: quiere decir que viven tan a gusto que se pueden multiplicar, porque hay recursos para muchos. Es lo que pasó con los mamíferos cuando desaparecieron los dinosaurios. Se multiplicaron muchísimo y se diversificaron, que es otra palabra bonita, porque quiere decir que había tanta abundancia que cada uno podía escoger algo diferente para especializarse. Así que comían cosas distintas y unos se hicieron más grandes y otros más pequeños y unos se volvieron marinos y otros alados y así crearon mucha variedad.

Ahora que los humanos hemos proliferado la cosa es diferente, según mi madre. Porque ahora otras especies no se diversifican, sino que desaparecen. Porque esta extinción masiva se podría parar pero nadie lo hace, porque, dice mi madre, nadie se hace rico frenando un desastre que aún no ha ocurrido. Esto lo suele decir cuando las cosas no le cuadran y encuentra lo que ella llama un callejón sin salida en la investigación. Entonces quita los papeles de su escritorio de mala manera y se desparraman todos por el suelo y apoya los codos en la mesa y se pasa las manos por el pelo que ya no brilla como antes y ahora siempre está enredado, y a veces llora pero siempre siempre tiene ojeras, y se va a la cama y pasa unos días sin levantarse, cada vez más. A veces a mí también me entran ganas de llorar. Pero cuando eso pasa me voy a los riachuelos y a las rocas y si encuentro una cueva enciendo mi linterna frontal y exploro un rato y me imagino que pronto, en cualquier momento, encontraré a Hyla mcguffinni.

Cuando la encuentre lo sabré al momento, porque he estudiado todas las ilustraciones suyas que he encontrado, y hasta algunas fotos antiguas. Aunque estén en blanco y negro sé exactamente el tono de verde que será su lomo, más intenso en las extremidades, y que se aclara en los costados para llegar al blanco en el abdomen. He dibujado yo misma un millón de veces las bandas dorsales de color anaranjado que distinguen a los machos de las hembras y que se vuelven más intensas en época de apareamiento. Me he aprendido de memoria todos los detalles de su anatomía. A veces juego a cerrar los ojos y pintar una rana de McGuffin con la mente, y la imagen que me sale es tan real que cuando abro los ojos me parece verla ahí, delante de mí.

Ayer mi madre cogió el ordenador y dijo que iba al pueblo a buscar un sitio con internet y un enchufe para poder seguir trabajando. Se fue andando porque hace tiempo que no le pone gasolina al coche. Cuando oscureció, encendí la linterna y me senté a esperarla en la butaca que mira hacia la puerta. Al final me quedé dormida y esta mañana me he enfadado conmigo misma porque quería darle un buen abrazo a mi madre cuando volviese, pero cuando la he ido a buscar a su habitación, la cama seguía vacía.

He desayunado la última lata de lentejas que quedaba en la despensa, ahora ya se me da muy bien usar el abrelatas, y luego he escrito una nota por si mi madre llega mientras no estoy. Me he puesto el chubasquero y he metido mi cuaderno en un bolsillo, y la linterna, como siempre, en la cabeza. Mientras abría la puerta he tenido un presentimiento: hoy va a ser el día que haga mi gran descubrimiento. Y he pensado, qué alegría, se lo podré contar a mi madre cuando vuelva. Seguro que ella también se pone muy contenta. Eso es lo que más me gusta de encontrar una especie que se creía extinta, que no todo está perdido, que aunque estar perdido puede dar mucho miedo, a veces hay cosas que se pierden que se pueden volver a encontrar.

 


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Paula Sàbat Martínez (Esplugues de Llobregat, 1994) es graduada en Estudios Ingleses por la Universidad Autónoma de Barcelona y fue seleccionada para participar en el programa de intercambio UCEAP con la Universidad de California, donde tuvo su primer contacto con los talleres de escritura creativa. Cursó el 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y ha publicado en FronteraD y Efecto Antabus.

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