Analógica Horas críticas

Furor y liberación del estilo

Reseña de «Las manzanas de oro», de Baltasar Porcel

Empecemos por el final: «Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias». Estos versos pertenecen a un poema de Kavafis sobre Ulises al que se alude en la última página de Las manzanas de oro para asirse a la idea de que lo importante, incluso en el célebre poema homérico, no es tanto el regreso como el trayecto en sí. Se trata de la primera de las novelas de Baltasar Porcel (1937-2009) que Jot Down Books va a publicar a través de su nueva colección de «Libros rescatados», dirigida por Basilio Baltasar. El escritor mallorquín, al que Sergio Vila-Sanjuán —autor de la reciente biografía El joven Porcel, y aquí prologuista— define como «un personaje batallador, polémico, con un bagaje cultural sorprendentemente amplio y variado, y una experiencia personal muy viajera y novelesca», abordaba su séptima novela como una figura ya consolidada y con holgada libertad creativa.

Para esta obra firmada en verano de 1979, y como otras veces en su trayectoria, se inspira en un relato mítico, el de las manzanas doradas que crecían en el Jardín de las Hespérides y que rapiñó Hércules para completar una de las tareas encargadas por la sibila délfica. De la mitología, además, toma Porcel otros temas y ciertos tonos que atraviesan Las manzanas de oro. Uno de ellos es el de las relaciones familiares, pues su protagonista se cuestiona desde las primeras páginas cómo era en realidad su padre e indaga en esa identidad velada siguiendo la narración de sus viajes. El temor al padre muta en simpatía por el diablo cuando, hacia el final de sus días, lo percibe abandonado. La herencia de aquel miedo y de la culpa inyectan la novela de fatalismo. Una sombría concepción del destino, ya que «el triunfo consiste en el dominio y la explotación de los demás. Como la felicidad». La autodefensa y la venganza se convierten en las únicas estrategias posibles para unos personajes que invocan los Himnos a la noche de Novalis: «Por sendas misteriosas llegó el Mal, / a su furor fue inútil toda súplica…».

Hay en esta lóbrega novela una explicitud inédita a la hora de contar la violencia. Uno de los muchos ejemplos está en la descripción, soberbia y horripilante, que Porcel nos brinda de un suicidio: el detalle de los medios empleados, los vómitos de quienes hallan el cadáver, la sordidez de su traslado en la bodega de un barco… Desde la «rapacidad colonial» de ciertos exploradores-depredadores a la brutal trata de esclavas, pasando por las atrocidades de la vida en alta mar, hay ensañamiento en los tormentos físicos y psicológicos que pueblan buena parte de la narración, incluyendo violaciones, empalamientos, lapidaciones y crudelísimas occisiones. Se diría que la falta de escrúpulos del autor de Andratx responde a otra forma de liberación de su estilo.

Del mismo modo, Las manzanas de oro contiene un encomio de lo irracional y lo salvaje, como si fuera nuestro deber, de algún modo, asilar a nuestra faz animalesca y ciar «al relincho, a la pezuña, a la bífida lengüeta» de nuestros ascendientes. Vista así, la existencia queda circunscrita a un «ardiente cúmulo de incesantes deseos» que nunca quedan del todo sofocados; una apetencia sexual entendida como «extravío que hace de la carne encelada un territorio autónomo» y convertida en «acto de antropofagia». El erotismo de Porcel se desata hacia la exaltación sinestésica (lo sensorial/sensual), que no es sino otra cara de su imaginación descomedida.

La creatividad de Porcel se desata en esta novela oportunamente rescatada, oscuro relato de aventuras viajeras con base mitológica que explora la violencia y el deseo a través de una imbatible prosa barroca

De ahí brota también su prosa, embriagadoramente barroca y de poética furibunda, cuya profusión adjetivadora e incontables imágenes colocan al lector en el mismo epicentro —emocional— de la escena. La precisión y la riqueza léxica de estas páginas, prácticamente imbatibles, son aquellas que durante los 60 y 70 le procuraron un gran prestigio en la literatura y el periodismo nacional, si bien de forma paulatina la relevancia de su figura quedaría ceñida a la cultura catalana. Por eso se agradece que Jot Down y Basilio Baltasar empiecen a saldar ese olvido histórico.

Esta novela bizantina, como en su día fue saludada, puede resultar por momentos algo dispersa en su yuxtaposición de relatos, brincos temporales y una narrativa poco interesada en que el argumento prospere. Pero la ambición de Porcel, nada escasa, se diría que es otra: dibuja nada menos que el paso del tiempo (en el paisaje, en los cuerpos), la conduplicación existencial por la que nada parece suceder, «la insidiosa y apenas perceptible corrupción que trae aparejada el paso de los días» o, expresado de otro modo, «el baldío museo de lo ya vivido». Una huida de nosotros mismos, y de los demás, para abrazar los «fantasmas de temerarios y viejos combates que solo aspiran a resarcirse de cuanto dejaron en cada contienda… ¿Será esta, a la postre, la razón de nuestros actos a partir de la madurez?», se pregunta el antihéroe de esta cruzada. El tesoro que busca de forma incesante, ese Santo Grial que le proporcionaría «libertad y dominio», no paliará su dolor; pero el camino endurece, aunque solo sea por que acalle las acerbas esperanzas. Lo que cuenta, lo que nos cuenta, es el viaje, como supo ver Kavafis: «Sin ella no habrías emprendido el camino. / Pero no tiene ya nada que darte. […] / Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, / entenderás ya qué significan las Ítacas».


Las manzanas de oro
Baltasar Porcel
Prólogo de Sergio Vila-Sanjuán
JOT DOWN BOOKS
(Sevilla, 2021)
204 páginas
16 €

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