Crónicas en órbita

El oficio de leer (II)

«La Magdalena leyendo» (c. 1438), de Rogier van der Weyden. / © The National Gallery, London

«Y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio». Su nombre era Quijada o Quesada o Quijana, y se convirtió en El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha.

Como Aristóteles no solo leía a los clásicos sino también a sus contemporáneos, se hizo fama de estrafalario: lo apodaron «el lector». Se dice que hasta tenía una biblioteca.

Durante los cuatro años que pasó en un campo de trabajo forzado en Siberia, Dostoyevski leyó el único libro disponible: el Nuevo Testamento.

«Las letras tienen el poder de transmitirnos en silencio los dichos de quienes están ausentes», dijo Isidoro de Sevilla.

Montaigne sabía recitar de memoria todo lo que escribió Horacio.

En Los caballeros, Demóstenes examina una tablilla enviada por un oráculo. Parece sorprendido por lo que lee, pero nunca revela su contenido al público.

Año 383. Un profesor de retórica llega a Milán para enseñar literatura y elocución como lo hacía en su Cartago natal. Va a visitar al obispo Ambrosio y cuando llega lo ve recorriendo las páginas de un libro en silencio. «Los ojos se mueven pero la lengua está quieta». Tanto asombro generó en el joven Agustín de Hipona esa imagen, que creyó oportuno dejarla por escrito. Faltaban siete siglos para que la lectura silenciosa se volviera costumbre.

Los monjes cristianos amanuenses sabían de memoria los textos que transcribían.

Las bibliotecas no siempre fueron lugares silenciosos: Séneca se quejaba todo el tiempo del ruido que lo rodeaba cuando quería estudiar.

Julio César habría leído en silencio la carta de una amante que era, además, hermana de su oponente en el Senado: Catón. Todos presenciaron la escena. Catón se intrigó tanto con ese silencio que acusó a Julio César de estar conspirando y exigió que se hiciera público el contenido de la carta. Hay quienes creen que la lectura con los ojos fue una escena montada para ridiculizar a Catón.

Los primeros lectores silenciosos ponderaron las bondades del método: permite reflexionar sobre lo que se ha leído.

Leonor de Aquitania, reina de Francia y después de Inglaterra, fue mecenas de trovadores y leía todo lo que encontraba hasta que su esposo la encerró en una torre para evitar sus conspiraciones. Cuando murió, fue esculpida en piedra sobre su tumba en su posición preferida: acostada, sujetando un libro abierto con las dos manos.

En el Hipólito de Eurípides, Teseo lee en silencio una carta que sostiene su esposa muerta.

Los padres de la iglesia desconfiaban de la lectura silenciosa porque permite una comunicación directa y privada entre el libro y el lector. No hay intermediarios.

«Una mujer leyendo» (1869), de Camille Corot. / © The Metropolitan Museum of Art, New York

Los escribas irlandeses estaban conceptuados como los más habilidosos: cuando las letras se sucedían sin solución de continuidad, ellos comenzaron a aislar partes del discurso para hacerlo más comprensible. Introdujeron la mayoría de los actuales signos de puntuación en el siglo IX.

Plutarco dice que una vez Alejandro Magno leyó en silencio una carta de su madre y que sus soldados lo miraban con desconcierto. También dice que su novio Hefestión se echó a su lado a leer con él.

El Corán «es palabra increada, sonido eterno», y existen diez reglas para leerlo. La quinta dice que se debe leer pausado; la sexta, que el llanto debe acompañar a la lectura. La novena indica la lectura en voz alta: el recitador, al menos, «debe oírse a sí mismo». La décima ordena embellecer la voz y revisar con detenimiento cada sonido para conseguir el ritmo justo.

Melania la Joven vivía en el Imperio Romano y tenía una habilidad poco común entre las muchachas: sabía leer en griego y en latín. También era presa de una obsesión: copiaba cada libro que pasaba cerca de sus manos y por eso llegó a armar su propia biblioteca.

Aunque su madre estaba en contra de la lectura, que la alejaba de los problemas de la vida doméstica, Colette prefería pasar sus días y noches con los libros. Cuando era una niña, volvía una y otra vez sobre uno de sus preferidos: Los miserables.

Los médicos romanos del siglo II recomendaban memorizar textos para favorecer la sudoración.

En Laputa, cuando los struldbrugs cumplen noventa años, ya no pueden distraerse con la lectura porque su memoria deteriorada no les permite llegar al final de una frase sin olvidar el comienzo.

Cicerón hizo una serie de recomendaciones para recordar lo leído. Santo Tomás de Aquino también. Los eruditos del Renacimiento sugerían recurrir a modelos arquitectónicos: lugares donde guardar lo que no queremos olvidar. La mente humana tendría entonces la forma de un palacio, una ciudad o un teatro que podremos recorrer a voluntad.

Alrededor del siglo XIII, la actividad escolar de los niños consistía en la ejercitación de laboriosas reglas nemotécnicas: repetir una y otra vez lo leído.

Tomar ideas de distintos libros, reflexionar sobre ellas, cotejar un texto con otro: ese modo de leer empezó en el siglo XIV de la mano de Petrarca. Así nacía el lector creador.

Racine descubrió una vieja historia de amor y se la llevó al bosque. El sacristán lo sorprendió leyendo y tiró el libro al fuego. Racine consiguió un segundo ejemplar y el sacristán también lo arrojó al fuego. Racine procuró un tercero, lo aprendió de memoria y entonces buscó al sacristán: «Puede quemar este también».

Mientras estudiaba en Oxford, los profesores hicieron que Oscar Wilde tradujera oralmente del griego la Pasión del Nuevo Testamento. Lo hizo con tanta precisión y fluidez que al rato le pidieron que se detuviera. «Oh, no, déjenme seguir. Quiero saber cómo termina».

Walter Benjamin, de niño, no leía los libros de un tirón. Los demoraba y se quedaba en ellos como quien habita un mundo.

Cuando André Gide trabajaba como lector en una editorial, rechazó un manuscrito con el nombre Por el camino de Swann y la firma de Marcel Proust.

A Kafka le gustaba leer para sus amigos. En un salón de Praga leía el comienzo de El proceso y no podía seguir adelante por sus propias carcajadas: le hacían mucha gracia las desventuras del pobre Señor K.

A Ray Bradbury le gustaban Shakespeare y Melville. Decía que pensar en ellos es pensar en truenos, relámpagos y viento.

William Faulkner leía una vez al año El Quijote.

Henry James y Mallarmé fueron fanáticos de Edgar Allan Poe. Mallarmé aprendió inglés solo para leerlo.

El joven griego Cleómbolo saltó al vacío desde una muralla después de leer el Fedón, donde Platón afirmaba que la plenitud de la sabiduría se lograba después de la muerte.

Séneca estaba en contra de aquellos que juntaban veinte o hasta treinta libros. «Acumular libros no es sabiduría», decía.

Si uno le pregunta algo a los libros, dijo Sócrates, no responden. Las palabras escritas parecen hablar con uno como si fueran inteligentes, pero si se les pregunta algo para saber más, siguen repitiendo lo mismo.

Cada 16 de junio en Dublín se lee el Ulises de Joyce y los lectores siguen la travesía urbana de Leopold Bloom.

Poe procuraba comprar libros con amplios márgenes: «Para anotar allí los pensamientos que sugieren, coincidencias o desacuerdos de opinión, o breves comentarios críticos en general».

Coleridge era un anotador compulsivo en los márgenes de los libros que leía: llamó a este arte marginalia. Sus comentarios llegaron a hacerse tan famosos que sus conocidos le daban sus libros para que se los devolviera comentados.

El ejemplar de la Ilíada que Alejandro Magno guardaba bajo su almohada conservaba las anotaciones de su tutor: Aristóteles.

Paolo y Francesca están sentados muy juntos bajo un árbol. Ella tiene un libro en el regazo: están leyendo un verso que será su perdición. Por eso Dante los puso en el Infierno.

La lectura es un vicio generoso.

Robert Louis Stevenson leía historias para sus vecinos en Samoa. Decía que la musicalidad de su prosa venía de los cuentos con los que se dormía, escuchando la voz de su niñera Cummie. Escuchaba historias de fantasmas, himnos religiosos, romances y tratados mientras se iba quedando dormido. Hasta los siete años, cuando aprendió a leer, todas las historias y el drama del mundo le llegaron a través de las palabras de Cummie. Retrasó todo lo que pudo el momento de aprender a leer para no dejar de escuchar esa voz.

Se le llama síndrome de Sherezade a las ganas incontrolables de seguir escuchando historias, aunque el síndrome lo padecía el rey y no ella.

— Cuéntenos un cuento —rogó Alice Liddell al señor Dodgson. La mayoría de las historias que le contó a sus amigas Liddell nunca fueron escritas: «Vivían y morían, como jejenes de verano, cada una en su propia tarde dorada, hasta que llegó un día en que ocurrió que una de mis pequeñas oyentes me pidió que escribiera la historia para ella». El señor Dodgson adoptó el nombre Lewis Carroll para firmar sus libros.

A John Milton sus hijas, apenas alfabetizadas, le leían cuando se quedó ciego. Incluso aprendieron a leer en idiomas que no conocían.

Diferentes personas le leían a Borges cuando se quedó ciego. Escuchaba con la mirada perdida y, cuando un párrafo llamaba su atención, apretaba los párpados para oír mejor.

César Aira dice que el símbolo de un lector no es el libro, es la biblioteca.

David Markson recorría viejas librerías y acumulaba curiosidades sobre las vidas y muertes de hombres y mujeres.

Richard de Bury, obispo, tesorero y canciller del rey Eduardo II, terminó de escribir su único libro el día en que cumplió cincuenta y ocho años. Cuatro meses después, murió. Se llamaba Philobilion y era sobre el amor a los libros.

El califa de Egipto al-Hakim fundó en 1004 una academia con biblioteca a la que donó toda su colección de manuscritos. Decretó que todos, sin excepción, podían asistir a la academia, elegir cualquier libro y leerlo. También transcribirlo.

En 1971 se creó la primera biblioteca digital: el proyecto Gutenberg. El primer texto que se incorporó fue la Declaración de la independencia de los Estados Unidos.

«En África, cuando muere un anciano, toda una biblioteca perece bajo las llamas», dijo el escritor malí Amadou Hampâté Bâ.

Leer libros que no nos pertenecen, escribió Jane Carlyle, es tan complicado como tener una aventura amorosa.

García Márquez leía cada mañana algunas páginas al azar de cualquier diccionario. Decía que nunca el de la Real Academia Española.

Sartre leía con detenimiento las entradas de la enciclopedia Larousse, demorándose en las ilustraciones de animales y personas. Cuando visitó los jardines de Luxemburgo y se acercó a las jaulas del zoológico, descubrió con decepción que los monos eran «menos monos» que los que había visto en las páginas de la enciclopedia.

Stendhal leía en detalle el código de Napoleón para aprender a escribir conciso y con estilo exacto.

«Los libros dan ganas de escribir», dijo Marguerite Duras.

Jesús escribió una sola vez en su vida. Unas palabras en la arena, y después las borró.

Buda y Moisés nunca escribieron.

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