Crónicas desorbitadas

Vengo del pasado: no vengáis

Este texto ha sido publicado en papel en el número 216, «Transiciones», de la Revista Mercurio.

Manejo una teoría que no por pedestre es menos cierta: cada vela que soplamos, todos, estamos más cerca de convertirnos en Javier Marías. No en columnista cascarrabias, no: en gente enfadada porque el mundo a su alrededor se ha vuelto incomprensible. Envejecer es, inevitablemente, apretar los puñitos reclamando que las cosas sigan haciéndose como te hacen sentir cómodo a ti.

No vengo aquí a refunfuñar sobre TikTok, al contrario: abracemos TikTok aunque no lo entendamos, o precisamente por eso. Al fin y al cabo, nadie le reclama a usted que participe de la fiesta haciendo también bailes oligofrénicos, basta con observarlo perplejos en la distancia para no transmutar en el meme del abuelo Simpson de «Old man yells a cloud». Es ley de vida que el mundo se vaya volviendo cada vez más inverosímil, así que, señores: no se obliguen a entenderlo.

Ahora bien. Hay una fisura en esta tendencia a favor de natura. Porque una de las máximas que nos ha guiado como especie es la persecución de la comodidad. El verdadero instinto de la preservación (aparta, Freud) es lo que nos ha hecho evolucionar. Hemos diseñado sofás con refuerzos cervicales, lavavajillas, coches con calefactores culeros, robots que nos pelan las pipas, pastillitas para no abrirnos las venas, la pasteurización y, claro, las vacunas. Desde la invención de la rueda, un no parar tecnológico para que no nos destrocemos las lumbares en la búsqueda del alimento, ni muramos por la infección de arrancarnos un padrastro. La humanidad, en definitiva, va logrando que la mayoría de cosas que eran causan de muerte segura para sus ancestros, hoy se solucionen con un par de días de antibiótico y dieta blanda. Para que en lugar de labriegos abrasados por el sol, seamos ejemplares fofos que hacen scroll sentados en confortables tronos de mármol. Sonará feo, pero en la mayor parte del planeta vivimos en el mejor de los mundos posibles. Como le decía Katharine Hepburn a Humphrey Bogart en La reina de África: «La naturaleza, Mr. Allnut. Estamos en este mundo para sobreponernos a ella».

Y justo entonces, empieza un runrún que perturba este discurrir: es mejor parir en casa, los pesticidas son terrorismo, el agua con azúcar cura el cáncer y no hay manjar más celestial que el kale a pelo. Ya saben, ese discurso entre nostálgico (la nostalgia sí es terrorismo) y hippiesco, que propugna que nuestra sociedad hipertecnologizada debería dar marcha atrás en aspectos de toda índole, que tienen en común una sola cosa: si es más incómodo, es mejor. Porque es más natural. Lo artesano es, de golpe y porrazo, consustancialmente mejor. Estamos a dos pasos de que algún iluminado venga a convencernos de que lavar en el río no solo es más romántico, sino más ecológico (hay que frotar sin detergente) o de que la canalización de aguas es una aberración, porque los bosques se mueren desde que hemos dejado de abonarlos con nuestros naturalísimos residuos fecales.

Así que aquí estamos algunos, poniéndonos como una hidra, en una especie de Síndrome del Javier Marías Inverso: SJMI, en adelante, que suena a órgano de gobierno bloqueado por el bipartidismo. En esencia, el SJMI lo sufrimos quienes nos subimos a un barril para apretar los puñitos no porque las cosas no se hagan como antaño, sino precisamente porque se reivindica que hay que hacer las cosas como en el medievo, que ahí estaba la verdadera salud. Los pellejudos nos revolvemos ante esta tendencia, quiero pensar que minoritaria pero indiscutiblemente ruidosa, que nos conmina a vivir en Días del futuro pasado, renunciando a nuestra comodidad en pos de sentirnos mejores personas. Lo digo yo y ya y nos lo quitamos de encima: la cerveza artesana sabe peor. Años y años de perfeccionamiento industrial para que venga ahora una horda de desalentados a revelarnos que lo verdaderamente delicioso es aquello que ha fermentado en la bañera oxidada de no sé qué aldea repoblada con exurbanitas que han visto la luz. Está mala, es incómoda. ¿Qué problema hay con lo industrial? No nos hurten los logros.

Las víctimas del SJMI seremos ejemplares moralmente inferiores, aferrados a nuestra tecnologizada y luchada comodidad, pero no nos acusen de inconsciencia retrógrada. Si así se requiere, nos rascaremos el bolsillo para investigar (¿Ven? progreso) alternativas menos tóxicas para deshacernos de lo que proceda, pero ni por una orden judicial volveremos a ponernos compresas de tela. Tampoco a sustituir el exquisito chocolate por algarrobo de posguerra, no es mejor oler a sopa rancia que a artificiales almizcles creados en un laboratorio. Los del SJMI extendemos esta negativa a aspectos más allá de esa ridícula destransición que intenta convertirnos, de nuevo, en cazadores recolectores. En un mundo en el que ya han existido Bill Hicks, Dorothy Parker o George Carlin, no vamos nosotros a comportarnos como damas victorianas pidiendo las sales y reclamando la horca para cada imbécil que suelte una bobada en Twitter. No tardamos décadas en deshacernos de esa tortura que eran los mensajes del contestador para ahora tener que aguantar minutos y minutos de pódcast de Whatsapp, gente chasqueando la lengua y divagando para decir tres frases que por escrito habríamos leído en milésimas de segundo. Nos prometieron un futuro Blade Runner y nosotros seguimos aquí, alzando la vista en busca de coches que surquen los cielos.

Abrazados a nuestras UCI cerca del paritorio, a nuestras exquisitas cervezas industriales, aceptando con soltura las consustanciales reacciones a las vacunas, los platos que se lavan solos y el mocho de la fregona. Que la brigada pelmaza se arrodille a fregar baldosas, si así lo desea, allá ellos con su artesanía concienciada y concienciante. Ya lo decía Dorothy Parker: vivir bien es la mejor venganza.

¿Ven? Lo que les decía: No hay escapatoria: envejecer te empuja por la pendiente del cascarriabismo. Qué cómodo se está aquí, Javier.

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