Crónicas en órbita

A años luz de la última estrella

El armario se cierra de golpe,
repleto de recuerdos.
Un diente de león queda atrapado
en la bisagra.
Y se marchita, tras vivir
esperando su semilla.

(Love Alone Finds Cold, Richard Mallord Silverman)

Thelma Ducoing Toole, cercana a los cuarenta años, no podría tener hijos. Los médicos se lo habían asegurado. Sin embargo, como suele ocurrir cuando alguien pronuncia la palabra «imposible», sucedió. Thelma quedó embarazada y de su vientre nació Ken. Así quería él que lo llamaran hasta poco antes de quitarse la vida, porque su nombre completo era John Kennedy Toole.

Su madre fue sobreprotectora con él desde que vino al mundo en 1937. Ken comenzó a escribir desde muy joven, hizo el servicio militar en Puerto Rico, estudió en la Universidad de Tulane y trabajó como profesor asistente en la Universidad de Luisiana at Lafayette. Escribió dos novelas, La conjura de los necios y La Biblia de neón, aunque se le conoce sobre todo por la primera, ya que fue una de las obras más celebradas a finales del siglo pasado y sigue cosechando lectores. Sin embargo, no llegó a verlas publicadas, puesto que se suicidó en marzo de 1969, tras aparcar su coche, acoplar una manguera en el tubo de escape e introducirla por la ventanilla. Tenía treinta y un años. Dejó una nota, pero su madre la destruyó y nunca sabremos su contenido. A su funeral asistieron únicamente sus padres y la que había sido su niñera.

No sé si Toole querría haber destruido sus obras, ya que había comprobado, antes de morir, que parecían estar abocadas al fracaso. Como reza la cita de Jonathan Swift incluida al inicio de La conjura de los necios, «cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él». A veces, no solo los necios se conjuran contra el genio que sobresale, sino también el devenir de la vida y los demonios interiores. A partir de su suicidio se especuló incluso con su orientación sexual y con los motivos de su trágico final. Sea como fuere, Toole, de no haberse quitado la vida, seguro que nos habría deleitado con otras novelas magníficas, quién sabe si tanto o más que su obra magna.

Fue Thelma quien, tras la muerte de su hijo, contactó con el escritor Walker Percy e insistió para que leyera aquel manuscrito que John Kennedy había dejado en un cajón. Toole ya se había carteado con Robert Gottlieb, entonces editor de Simon&Schuster, pero no consiguió que publicara el manuscrito en el que tenía puestas todas sus esperanzas. Gracias a la persistencia de Thelma y a Percy, La conjura de los necios vio la luz editorial en 1980, once años después de la muerte de su autor, y fue galardonada con el Pulitzer un año más tarde.

Thelma puso el manuscrito en papel carbón de La conjura de los necios sobre la mesa de Percy en la década de los setenta, sin saber aún que en esas páginas había una obra maestra. Aunque quizás ella fuera la única, junto a su difunto hijo, que lo creyera antes de que se convirtiera en vox populi.

La conjura de los necios es una novela que genera controversia: o gusta o no gusta, no suele haber término medio. Su protagonista es Ignatius J. Reilly, un tipo aborrecible y cargado de egoísmo que piensa que el mundo conspira en su contra. Ignatius es uno de los personajes más célebres de la narrativa estadounidense del siglo pasado. A pocos personajes literarios le han erigido estatuas en sus ciudades, e Ignatius tiene una en Nueva Orleans, escenario de esta novela y ciudad natal de John Kennedy Toole.

Ignatius busca la «geometría y teología» en todo y sufre el cierre de su válvula pilórica, por lo que eructa con frecuencia. Como digo, es un personaje repugnante por su forma de pensar y actuar, una figura exagerada por el autor. La conjura de los necios tiene humor, sí, pero también crítica y un poso no tan divertido. Hay una escena hilarante en las primeras páginas, cuando Ignatius va en el coche conducido por su madre. Sin embargo, hay otras en las que se atisba la soledad del protagonista, sobre todo cuando está en su habitación, donde parece hacerse más pequeño.

Si el lector rasca un poco, descubre que detrás de ese personaje tan irritante como divertido hay un hombre abrumado. Ignatius es rechazado por casi todas las personas con las que se cruza, mientras que el protagonista de La Biblia de neón, la otra novela de Toole, es un niño que no vive en las mejores condiciones y al que también tratan a veces con desprecio. Se trata de protagonistas quijotescos, en definitiva, que no encajan en la sociedad en la que viven.

Aunque su publicación no fue fácil, su expansión a otros países fue rápida. En España, La conjura de los necios se publicó en la colección «Panorama de narrativas» de Anagrama en 1982. En Los papeles de Herralde: Una historia de Anagrama (1968-2000) (Anagrama, 2020), con edición a cargo de Jordi Gracia, hay una carta fechada el 25 de noviembre de 1980 en la que Jorge Herralde, tras recibir A Confederacy of Dunces (título original de La conjura de los necios), escribe: «Pienso que es un libro de una gran calidad literaria. Desde el punto de vista comercial es más difícil de decir: lanzar a un autor nuevo con una sola obra y además tan voluminosa siempre es arriesgado».

En otra carta que puede leerse en el mismo libro, en este caso del 29 de agosto de 1982, Herralde le escribió a Sergio Pitol que la segunda edición de La conjura de los necios «se agotó en tres días». Gracia cuenta que el editor le dijo a Carme Riera: «Kennedy Toole, Sharpe y otros compensaban las pérdidas». El padre literario de Ignatius no solo aparece en esa lista con nombre propio —podría haberlo incluido en ese «otros», pero su figura sobresale—, sino que además lo hace por delante de Sharpe. Quién sabe si fue el azar o si fue mérito del propio Toole el estar en ese lugar.

La Biblia de neón no tiene la fama que La conjura de los necios, pero también parece haber logrado una buena progresión editorial, al menos en España. En 1989, esta novela vio la luz por primera vez en la colección «Panorama de narrativas» y en la actualidad lleva al menos nueve ediciones en «Compactos».

Esta historia transcurre durante un viaje en tren del protagonista, que aprovecha el trayecto para rememorar su vida y su pasado, dejándolos atrás: «Ojalá me baje en una ciudad grande. Siempre he querido ver una ciudad, donde hay trabajo y la gente no te hace muchas preguntas, como ocurre en el valle». Toole quiso alejarse de las cuatro paredes que le oprimían en busca de algo que no sabemos si encontró. Por eso, el narrador protagonista de La Biblia de neón dice al inicio de la historia: «Me voy sintiendo mejor a medida que el tren me aleja de casa». Lo intentó transmutándose en Ignatius Reilly, también viajando de forma ficticia en tren, pero no lo consiguió. Al final optó por la vía más radical, esa que lo separó definitivamente de la vida.

A veces me gusta pensar que Toole consiguió subir a un tren sin rumbo, como el protagonista de La Biblia de neón, en lugar de a su coche. Que fue un Ignatius descarado en alguna ciudad del norte de Estados Unidos, tras huir del sur. Imagino que no es un tren convencional, sino que va por el aire, por el espacio, atravesando el todo y la nada al mismo tiempo. Pienso que está lejos, en todas partes y en un lugar en concreto en el cosmos. Que brilla en alguna estrella inalcanzable o que él mismo es esa estrella.

4 Comentarios

  1. «La conjura de los necios» es uno de los libros que más huella han dejado en mí. A pesar de que lo leí hace más de veinte años, todavía tengo un recuerdo vívido de él.
    Enhorabuena por el artículo.

  2. La lei hace muchos años,y aun hoy no se si le odio,si me da pena o si solo es,el necio supremo.
    Me rei,me enfade,me asombre,….El libro q mas me ha confundido.Una obra maestra q toca el cerebro,con hilos d marioneta desordenados….

  3. Ah! Mi admirado Ignatius

  4. La conjura es una gran obra, dentro de la literatura de los eeuu yo diría que de lo mejor (cuando digo eso me acuerdo de Twain y Harper Lee y poco más). Pero además de todo lo dicho, y no quiero ser pedante, en la versión original está perfectamente plasmado la lengua de cada una de las «minorias» que aparecen. Mientras «nuestro héroe» habla un inglés muy británico, su «novia» muy yankee, el resto de los grupos presentes tienen el suyo muy particular, el más dificil de entender (lo cual no es sorprendente) el de los negros sureños. Es magistral. Y por ello quiero decir que la labor de los traductores, no recuerdo si son uno o más y si son traductores o traductoras, es una auténtica obra de «recreación», con lo que quiero decir que también han hecho una labor digna de encomio.

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