Crónicas desorbitadas

Vivian, Ida y Georgia

Las artistas Vivian Maier, Ida Applebroog y Georgia O’Keeffe.

Ya lo escribió Carmen Martín Gaite: lo raro es vivir. Y si eres artista, lo raro es vivir y encima triunfar. Por suerte hay excepciones. Esa rareza le ocurrió a Vivian Maier, a Georgia O’Keeffe y a Ida Applebroog. Tres artistas que, pese a todo y pese a todos, triunfaron. Lo raro, dado su talento, habría sido no hacerlo; y lo normal, a día de hoy, es recordar sus vidas, tan extraordinarias como inspiradoras.

Poco tenía que envidiarle Vivian Maier a Jesucristo. Solo a ellos dos se les concedió el privilegio (o la condena) de la resurrección. Un día cualquiera de 2007, John Maloof, aficionado y amante de la historia, acudió a una casa de subastas. Con la misma intuición de quien compra el número ganador de la lotería, pujó por una caja repleta de negativos fotográficos. Buscaba imágenes de Chicago para el libro que preparaba sobre la ciudad estadounidense. Sin embargo, en esas fotografías las calles de Chicago eran un mero escenario. Los protagonistas eran sus viandantes. Vagabundos, obreros, niños o señoras de alta clase eran captados con una instantaneidad natural magnética. La caja pertenecía a una tal Vivian Maier. Dada la calidad de los retratos, Maloof se propuso encontrarla. Y lo hizo. Pocos días después de su muerte.

Movido por la inmensa curiosidad que le producía esa misteriosa mujer, John Maloof comenzó a reconstruir su vida; grabando al mismo tiempo todo el proceso, que se convertiría más tarde en un documental: Finding Vivian Maier. Así descubrió que Vivian nunca ejerció profesionalmente como fotógrafa, sino como niñera. Todas las familias para las que trabajó coincidían en un recuerdo sobre la artista: de su cuello siempre colgaba una cámara, pero ninguna de ellas sabía que esa era su gran vocación. Vivian se encargó de guardar un secreto visible a todas luces hasta la tumba.

Después de recopilar gran parte del archivo fotográfico de Maier (más de 150.000 negativos sin revelar), Maloof decidió otorgarle el reconocimiento que merecía exponiendo su obra públicamente. Y Vivian resucitó. Se convirtió en una de las fotógrafas más importantes del siglo XX sin jamás llegar a saberlo. A pesar de todo, quienes la conocieron creen que gozó de la felicidad que alcanza quien siempre hizo lo que quiso. Ya fuese haciendo fotografías, escogiendo un trabajo que le otorgaba libertad o, siempre que pudo, viajando por todo el mundo.

Para la pintora Georgia O’Keeffe viajar no era sinónimo de placer, sino de necesidad. Es en sus continuos cambios de escenario donde se encuentra el origen de la mayoría de sus creaciones. Y en sus caminatas. Al igual que Nietzsche aseguraba que para escribir era necesaria la intervención de los pies —pues andando el pensamiento fluía—, O’Keeffe caminaba para que el pincel danzase ágil de su paleta de cristal al lienzo.

A diferencia de Maier, con diez años O’Keeffe ya confesó a su mejor amiga su intención de convertirse en artista. Veinte años más tarde, su obra se exponía por primera vez en Nueva York. La pintora no lo había autorizado. Su amiga Anita Pollitzer le había enviado unos dibujos a carboncillo de Georgia al fotógrafo Alfred Stieglitz, quien decidió exponerlos en su galería. Para cuando O’Keeffe intentó pararlo ya era demasiado tarde. La exposición había sido todo un éxito y ella emprendía el camino para convertirse en una de las mayores referentes del arte abstracto estadounidense.

O’Keeffe era metódica, constante, rigurosa. Además, tenía pocos pelos en la lengua. Detestaba que la crítica y sus compañeros hiciesen lecturas fáciles de su obra y la apellidasen con adjetivos asociados tradicionalmente a las mujeres: feminidad, sensualidad, delicadeza. Parecían ignorar que ambos sexos tenían los mismos huesos en la mano y la muñeca. A ellos les dedicó estas palabras: «A los hombres les gusta etiquetarme como la mejor pintora. Yo creo que soy una de los mejores pintores».

«¿Se considera usted una artista feminista?» es una de las cuestiones que más le han repetido a la nonagenaria Ida Applebroog a lo largo de su carrera. Tras haberse declarado abiertamente comprometida con la causa, la pregunta le molesta. Incomoda por su obviedad. Para ella, el feminismo —así lo confesó en una entrevista para Columbia— ha terminado convirtiéndose en una etiqueta excluyente y delimitadora. Y si hay algo que la artista ha rehuido durante toda su vida han sido los límites.

La carrera de Ida —entonces Horowitz, su apellido de casada— comenzó en un hospital psiquiátrico. Ingresó tras sufrir una crisis nerviosa producida por la depresión que llevaba arrastrando meses. Los médicos le recomendaron canalizar su dolor dibujando. Sobre el papel, Ida ponía nombre, aspecto y color a sus demonios. Tres meses después, era una mujer nueva. Tanto fue así que decidió inventarse un apellido que comulgase con el proceso catártico que acababa de vivir. Eligió Applebroog, una variación del que le vino dado de nacimiento: Applebaum.

A partir de entonces empezó a crear compulsivamente. Pinturas, obras de teatro, diarios, fotografías o performances. Su temática: la crítica contra el sistema, contra lo externo (la medicalización de la sociedad o el heteropatriarcado) y la continuación de la introspección (por ejemplo, dibujando de más de 150 formas diferentes su vagina). El denominador común de su obra: su lucidez, su sarcasmo y su gracia innata. Todo ello puede disfrutarse en Marginalias, una retrospectiva de la artista disponible en el Museo Reina Sofía hasta el 27 de septiembre de 2021.

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