Ficción Analógica

El ruido de los pasos en la noche

Este relato ha sido publicado en papel en el número 216, «Transiciones», de la Revista Mercurio.

Imagen adaptada de un ánfora panatenaica realizada en el 333 a.C. / © The British Museum

Habéis llegado a la costa. Miles de hombres aguardáis durante horas, sudando bajo el sol de agosto. Han contado con todos, tú lucharás también. Divisáis a lo lejos a vuestro enemigo, los destructores de Eretria, soldados sin rostro que aparecen y desaparecen tras el aire indeciso, meciéndose ante vuestros ojos como campos de trigo al viento. A su lado las trirremes cubren el Egeo, y más allá adivináis su campamento. No hay esperanza, y sin embargo la orden de avanzar recorre las columnas. El ruido de las olas se apaga ante la marcha de los hoplitas, los hostigadores y los esclavos, y retumban el golpe acompasado de los pies en la tierra y la sangre en los torsos cubiertos de lino. Cargan los ejércitos de Atenas y Platea. El aire se eriza de flechas y jabalinas. Seguís avanzando. Ves caer a los primeros. El choque es brutal, y hace ceder vuestro centro y tu esperanza.

Rodeado de cuerpos y escudos ensangrentados, protegido por los hoplitas, sorteando flechas y lanzas, lo último que esperas, si es que hay para ti más perspectiva que la muerte, es ver a Calíades, a quien conoces desde niño, acosado por los medos. Se le ha caído el casco, el pelo se le pega a las sienes, bufa como un toro. El tiempo y el espacio se reducen a vuestra estrecha franja de tierra, en el flanco de la falange. Te mueves entre los vivos y los muertos, retrocedes y avanzas en la corriente aprovechando el desorden de la formación, tratando de acercarte a su cuerpo, a punto de quebrarse ante el empuje enemigo. Calíades, sin soltar su lanza, parece soportar el peso de toda Persia. Boquea, se resbala, grita, siempre en pie. Él protege vuestro mar, vuestro aire, vuestra tierra quebrada y libre. Apenas lo piensas. Das un paso más, te colocas junto a él, tomas media lanza semienterrada y la hundes en su muslo. Vuelcas tu cuerpo, te arrojas sobre él. Algo cede en vuestras líneas. Te entra fango y sangre en los ojos. A punto estás de morir sepultado. A gatas logras alejarte unos metros y darte la vuelta. Calíades, cuya esposa y riquezas deseabas, yace muerto frente a ti. Pronto lo cubrirán los cuerpos y los excrementos, el olvido.

Poco dura tu euforia, y despertando al espanto te das la vuelta y comienzas a abrirte paso entre los tuyos. ¿Qué has hecho? Te han visto matar a un ateniense, correr en dirección contraria, buscando huecos como una fiera acorralada, pensando tal vez que eras un persa sin sentido, desembarazado de su gorro y sus pantalones. A punto están de ensartarte varias veces. Se dicen que un griego jamás se iría corriendo de una batalla. Salvo que sea un mensajero.

Llegas a la retaguardia de tu ejército, das gracias a los dioses por tu suerte y tratas de despejar tu mente. Al llegar al campamento, un soldado te detiene. Te ves por un instante encadenado y ejecutado. Pero sabes hacerte entender, mentir si es necesario. Por eso eres quien eres. Tu lengua habla por ti. Siempre has sido consciente del poder de las palabras, has sentido su peso en tu boca y en tus manos, las has llevado envueltas como pájaros dormidos que otros despiertan y hacen volar. Lo convences, en suma, de que de tu libertad depende el futuro de Atenas. No quiere saber más, te franquea el paso, te desea la compañía y protección de Hermes. Liberado, empiezas a correr. Dejas atrás la llanura, te acosan imágenes de la derrota y de tu crimen, lloras la caída de tu patria, huyes de la muerte y de ti mismo. Superas cuestas y breñas, dejas a tu derecha el Pentélico. Confías tu deriva a tu memoria o tu instinto.

¿Qué dirás al llegar? La verdad acabará con todo. Estarán esperando, creyendo oír al invasor brotar del horizonte, aguardando en sus casas o caminando sin rumbo, demasiado inquietos para hablar o entretener a los niños, procurando calmarse, dormirse, no pensar en nada. Todos los ciudadanos esperan buenas noticias. No has recibido ninguna orden, no traes contigo ningún mensaje. Algo debes decirles, pero todo está perdido, has visto correr la sangre griega bajo las armas medas, vuestros viejos muros caerán definitivamente y vuestros nombres, vuestros sueños e historias serán olvidados. Este mar os devorará, bien lo sabes. Qué importa ahora nada. Tú, a quien tantos confiaron sus urgentes requerimientos, para quien nunca hubo obstáculo ni duda infranqueables, has huido de la batalla, y sabrán que allí donde cada cuerpo contaba has matado a un soldado y abandonado al resto, condenados a morir o a ser esclavos en Susa y Pasargada.

¿Qué hacer? ¿Adónde ir? No puedes volver atrás. ¿Tomar un barco? ¿Viajar al oeste o a las montañas? Corres sin saber que corres, tus piernas, como antes tus labios, se mueven solas, poseídas por la culpa. Eres un desertor y un asesino. Las horas pasan. La tierra retrocede bajo tus pies. Nunca dejas de avanzar, desesperado. Anochece. Tras una colina, divisas Atenas. ¿Cuánto llevas corriendo? El cansancio parecía esperarte, y al vislumbrar tu patria se arroja sobre ti, te ahoga como un río que inunda su ribera.

Adivinas tu final. Tarde o temprano se sabrá lo que has hecho, y si dices la verdad, si informas de la derrota última y tratas de expiar tu crimen con una confesión desesperada, el pueblo descargará su pánico y su rabia sobre ti. Dejas atrás las primeras columnas. La luz de la luna barre los árboles. Desfallecido, caes ante el primer hombre que encuentras y logras hacerte entender entre los resuellos. Mientes. Aquellos que te escuchan transmiten tus noticias, Atenas celebrará una victoria inesperada y creerá ver en tu rostro ceniciento el sacrificio glorioso de los soldados, los hombres que dieron su vida por la joven democracia de Clístenes. Creerán oír, en la noche indiferente, el dolor y la ira y el alivio final, se dirán que todo ha acabado y pueden por fin descansar.

Y tendrás suerte, porque al morir no sabrás que hay verdad en tu mentira, que Atenas y Platea herirán a Darío, y que en Salamina y las tierras beocias se apagará el fuego de Jerjes. El brillo de tu triunfo eclipsará tu crimen. Los griegos harán de tu cuerpo una reliquia, te alabarán en sus altares, habitarás sus historias, sus sueños y sus metopas. Encarnarás el recuerdo de la batalla, te admirarán tus enemigos, tus padres y hermanos derramarán dulces lágrimas, los niños te imitarán. El tiempo barrerá sus rostros pero no el tuyo, ellos se mezclarán con el polvo de los siglos pero tú permanecerás. Muchos te convocarán ante el cansancio y el desaliento, darás valor a los cobardes y esperanza a los derrotados. Tu historia inmortal iluminará la tierra, Filípides, Euclo, Tersipo, el de los pies ligeros, el héroe de Maratón, todos sabrán quién fuiste y nadie te habrá conocido.

 


Rafa Castaño estudió en colegio, instituto y universidad públicos. Escribe en Estado Crítico. Es librero. Ha pasado mucho tiempo junto a Jordi Hurtado, lo que suponemos ha aumentado su esperanza de vida.

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