Crónicas en órbita

Un mapa de posibilidades poéticas: la poesía joven actual (I)

La segunda (y última) parte de este artículo se publicará en Mercurio el lunes 26 de julio.

Ángelo Néstore, Rosa Berbel y Carlos Catena, poetas.

Una introducción al panorama de lo actual

Cuando se trata de escribir sobre literatura actual, es bastante común que se genere un espacio en el que se concentran las novedades del momento, normalmente ordenadas de mayor a menor importancia. Una importancia que en realidad tiene que ver con la capacidad editorial, la influencia o la visibilidad y con la que se deja de lado, o se aparta, a las obras periféricas y, en menor medida, salvo alguna que otra excepción acompañada de una o varias de las condiciones anteriores, a las obras de jóvenes autores o de aquellos que hasta el momento fuesen inéditos. Algo que, si de por sí ya empobrece la visibilidad del rico ecosistema de narrativa, se magnifica cuando se trata de las posibilidades de la poesía.

Si bien es cierto que se puede matizar esta afirmación y señalar algunos mecanismos que en la última década han hecho que la poesía genere más ventas y que tenga más repercusión —el papel de las pequeñas editoriales, la revitalización de algunos premios, el auge del poetry slam o la rapidez y la accesibilidad de las redes sociales—, no es algo que haya abierto la mano a que la poesía joven actual también participe de los espacios de privilegio literario o que haya ayudado a generar más lectores: la poesía joven, a fin de cuentas, la leen los propios poetas. Es cierto que autores más establecidos en el panorama general de la poesía, o autores clásicos, tienen un público independiente y unos lectores fijos, pero los poetas jóvenes no gozan de un público ya establecido, por lo que suele ser más difícil que el consumidor de clásicos acuda a la lectura de poetas inéditos. Y no me malentiendan, por supuesto que hay algunos casos en los que grandes editoriales apuestan por la poesía, como es el caso del sello Lumen de Penguin o Seix Barral en Grupo Planeta, pero normalmente están destinados a poetas consagrados o a publicaciones que en el momento adecuado pueden generar ventas, como por ejemplo un poeta recién premiado. En esta línea también podemos encontrar sellos dedicados a lo que se ha venido denominando poesía mainstream ligada a las redes sociales y a figuras como Elvira Sastre, Sara Búho o Irene X. Sin embargo, la poesía joven siempre ha estado relegada a la apuesta de las editoriales independientes o a la consecución de un premio que avale la publicación.

El papel de las redes sociales en la apertura poética del panorama literario

Como decía estamos, probablemente, en uno de los momentos más prolíferos de la poesía en lengua castellana. Un momento caracterizado por la explosión de las redes sociales, que han facilitado lugares de encuentro para los jóvenes escritores de nuestro país. La importancia de estos espacios todavía no es cuantificable, pero me atrevo a decir que plataformas como Twitter o Instagram han hecho más por el fomento de la lectura que cualquier plan estatal. Se recomiendan lecturas, se descubren nuevos autores de otros lugares —tanto nacionales como internacionales—, se da forma a actividades y se llega más rápido a lugares donde antes no era posible, todo ello debido a que hay un lugar permanente para la transmisión de textos y poemas. El asociacionismo en la era digital ha forjado una red de espacios que han desbancado del lugar de privilegio a las formas tradicionales de difusión poética, ligadas a los discursos hegemónicos de la literatura y al academicismo, y así estas nuevas expresiones son las que vertebran el panorama de la poesía actual; pese a que por supuesto sigan existiendo esas dinámicas y que haya muchos autores que supeditan la forma y el contenido a las garantías que otorga perpetuar el discurso dominante o, que también, debido a la precariedad del sistema poético, continúe habiendo grupos que se forman bajo la guía de modelos de promoción y visibilidad gestionados por el propio sistema. Más allá de las discusiones y/o argumentaciones que podamos llevar a cabo en este debate, lo que sí podemos demostrar es la fuerza de estas redes que se han materializado fuera de lo virtual. Ya que podemos encontrar en ella diversos proyectos, de muy diferentes formas, que han ayudado a fundamentar y expandir el panorama poético: antologías, revistas digitales y físicas, certámenes, recitales, jornadas, etc. Todo ello ha hecho posible que en las dos últimas décadas hayan surgido tantas nuevas voces en la poesía.

El sistema de premios

Los premios siempre han sido uno de los recursos más utilizados por los jóvenes autores porque, normalmente, a la misma vez que consigues publicar puedes obtener o generar un pequeño rédito social. Algo que estos últimos años, y de alguna manera debido a las redes sociales, ha generado una mayor resonancia que de costumbre, en parte gracias a la labor del periodismo cultural o la crítica literaria de nuestro país y a los círculos que existen en las redes sociales. El interés de un premio, creo, no está en la obtención del mismo sino en la capacidad de colocar o de visibilizar a nuevos autores, unos autores que vienen a ocupar un espacio que se ha rejuvenecido y ampliado debido a que los propios lectores de poesía vienen demandando en los últimos veinte años obras o autores diferentes a los ya establecidos en el periodo anterior a las redes sociales.

Sin embargo, habría que hacer algunas matizaciones en torno al desarrollo de los premios en España. La mayoría de los premios jóvenes carecen de dotación económica y apelan a la publicación como su fuente de valor principal. Por supuesto existen algunos certámenes que se salen de esta afirmación: el premio LOEWE chico, el premio de poesía joven Félix Grande, el premio internacional Emilio Prados o el premio nacional Miguel Hernández, entre otros. Aunque cabría preguntarse si realmente los autores que han obtenido alguno de estos premios han conseguido realmente generar ventas o colocarse en algún espacio de privilegio literario. Podríamos debatir y personalizar en los distintos casos, pero me atrevo a conjeturar que los mayores beneficiarios de los premios son los mismos premios, tanto las organizaciones que los conceden como el valor nominal del propio galardón; y más desde que la propia precariedad del sistema editorial de poesía en este país se beneficia de que existan círculos en las redes sociales que fomentan la lectura y visibilizan a estos autores de una u otra manera. Ser el ganador del premio Adonáis, quizá el premio que alcanza más repercusión por su longevidad y por premiar a varios autores, no garantiza que tu libro sea leído. Lo que sí garantiza es que un premio que no posee dotación económica y que tiene una edición y distribución bastante ínfima sea uno de los más famosos debido a esa resonancia que provocan las redes sociales de los autores, ya sean telemáticas o físicas. Muchos de los premios que se convocaban y otorgaban a principios del siglo XXI han desaparecido o se han transformado en unos nuevos, apoyados por el poder de espacios como Twitter o Instagram. Y aun así es ridículamente difícil encontrar algunos de los libros premiados de cualquier certamen de poesía joven que lleven más de cinco años publicados. Lo de la preservación de estos libros y la necesidad de que el sistema editorial trabaje más cerca y se relacione con el sistema público de bibliotecas lo dejo para otro artículo.

También tengo que señalar a esa corriente de autores y obras ligadas a la herencia y al legado clásico de la literatura española, puesto que es innegable que esta situación, en la cual el rédito social se ha convertido en la moneda de cambio (un rédito que tiene una corta duración), ha generado una serie de autores que se dedican exclusivamente a escribir y supeditar su producción literaria a los tipos que el sistema premia. Y la culpa o la responsabilidad no es de estos autores, sino de lo que se ha ido generando a la sombra del sistema de premios. Para ello hay que entender que las posiciones de poder, o los organismos que controlan el poco poder que genera el sistema literario en este país, están fundamentados en la idea de perpetuar ese mismo sistema. Autores continuistas del supuesto canon literario que supeditan su obra a la consecución del poder. Porque tengo que dejar claro que no estoy en contra de utilizar el sistema de premios para mejorar la situación precaria e insostenible de los jóvenes autores de este país, sino con la idea, que el mismo sistema predica, de que eres un autor si, y solo, has publicado o tienes un premio.

Sin duda este es un tema controvertido en el que se pueden encontrar muchas opiniones y en las que se generan debates muy necesarios para la comunidad literaria. Me gustaría señalar que también hay algunos poetas jóvenes que forman parte de los espacios de más visibilidad ligados al sistema de premios, que están fomentando una apertura y el desarrollo de un lugar en el que las voces generalmente etiquetadas como periféricas tienen todo el protagonismo. Autores premiados como Rosa Berbel, Carlos Catena, Rodrigo García Marina o Ángelo Néstore que trabajan, además, en espacios inclusivos o que proponen y organizan actividades articuladas alrededor del sistema hegemónico, pero que siguen una línea mucho más beneficiosa para la poesía joven española.

Lo esperanzador es que, ante ese alegato continuista, conservador y jerarquizado que aflora en alguna de las partes del sistema literario, los jóvenes poetas han conseguido conformar espacios de producción y asociación que contrarrestan y socavan la idea de que solo existe un camino para llegar a ser un poeta consagrado.

3 Comments

  1. Pingback: Un mapa de posibilidades poéticas: la poesía joven actual (II) - Revista Mercurio

  2. Importante mantener el valor de la poesía y el contacto con los amantes de esta, tanto si son maestros en ello, como si somos simples aficionados.

  3. La poesía nos transporta a una dimensión en la que vemos la vida de forma diferente.

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