Ficción

Uli

Uli ha venido a verme. Yo he preparado la cena.

Las noches en que Uli es mi invitada, antes de que llame a la puerta con la ropa húmeda y la frente fría, dispongo los ingredientes sobre la mesa, salo la carne y coloco las verduras en la tabla de cortar, junto a los cuchillos. Después me quedo contemplando el bodegón hasta que ella toca el timbre. Uli nunca dice hola, pero cuando abro la puerta ya está mirándome como un zorro. Yo espero a que sacuda la arena y los restos de algas de sus botas antes de indicarle que puede pasar. Entonces, cuando ya está dentro, le quito la chaqueta y con una toalla limpio la sal de su cara. También le toco la nariz con el dorso de la mano para comprobar si tiene frío. Suele tenerlo, por ello es una comprobación agradable pero inútil. Algunas noches llega tiritando.

En la cocina, Uli permanece junto a mí. Yo inclino el cuello hacia la tabla, a modo de oración, y doy comienzo a la liturgia de las zanahorias y el pimiento. Me aterra la posibilidad de hacerme daño en las manos. Entre las imágenes de la sangre y el cartílago abierto en flor me pregunto si Uli será el diminutivo de un nombre más largo, un nombre castrado a tajo de cuchillo: Uli y ¡zas!, el nombre rebanado como la cabeza de este tomate. Donde vivo, Uli no es un nombre de chica. Ni siquiera es un nombre. Enjuago la tabla y aprovecho para llenar la olla con agua de la llave. Uli me observa hacer en silencio. Nunca le hablo de su nombre.

Uli lo sabe: hace tiempo tuve una hija y a esa hija le dije que hervir el agua de la llave mataba las bacterias. Mi hija era pequeña y no podía manipular la olla sola, pero bajo mi supervisión tenía permitido encender el fuego de la estufa. A mi hija le entraba la risa desde que agarraba la caja de cerillos, raspaba uno y depositaba la chispa en el quemador. Su manita, ágil y graciosa, cobraba firmeza y decisión en el último instante. Eso era todo. Uli se da cuenta de a dónde ha ido a parar mi mente. Interviene. Para esto ha venido.

‒ Empieza —me sugiere con una voz dulce pero firme.

‒ Uli, no.

‒ Uno… dos… —su conteo es lento y sigue siendo dulce, pero resulta implacable. Sus ojos me miran con una ternura profunda.

‒ No puedo.

‒ Tres… cuatro…

No tiene caso seguir resistiéndome. Apoyo las rodillas en el suelo y comienzo a hacer flexiones siguiendo su numeración.

‒ Eso es.

En el suelo de la cocina me entrego a las flexiones. Entre series de diez repeticiones, descanso el tiempo que Uli considera necesario. Solo unos segundos. A veces menos. Uli pone a prueba mi resistencia. A veces pienso que se divierte. Saberlo no es importante para mí.

‒ Uli, por favor, para. Me duelen los brazos.

‒ ¿Cómo crees que nos mantenemos en forma en el barco? —me pregunta— Cuando el mar está tranquilo, usamos el tiempo libre para ejercitarnos. Es cierto que Poseidón no duerme, pero a veces pareciera que lo hace. Es entonces cuando nos preparamos. Seis. Siete.

‒ Por favor.

‒ ¿Cómo habría yo arrastrado a las chicas de vuelta a nuestra embarcación si no hubiese tenido los brazos fuertes, la noche en que comieron de la planta del loto, allá en el golfo de Gabés?

‒ De verdad, te lo pido.

El agua rompe a hervir, esto marca el fin tácito de las flexiones. Me pongo de pie e introduzco las verduras en la olla. Le pido a Uli que ponga la mesa. Ella obedece. Cuando la comida está lista, nos reunimos en el comedor y cenamos en silencio.

Después de cenar, a Uli y a mí nos gusta mirar la televisión. Uli, sentada a mi lado en el sofá, apoya los codos sobre los muslos. En esta posición, la columna vertebral se le marca a través de la ropa, tan raída. Antes de parir a mi hija, la idea de la epidural me impresionaba. Los días previos al parto tuve sueños de gota fría en los que la aguja de la inyección era descomunal, a veces tan larga como una enfermera. Me despertaba gritando de estos sueños. Acerco mi mano a la espalda de Uli y hundo el dedo entre dos de sus vértebras, justo donde me clavaron a mí la aguja. Me echo a llorar. Entonces Uli me permite recostarme sobre sus piernas. Uli debe de tener veinte años menos que yo, y aun así se ve mucho más joven de lo que en realidad es. Sé que no es tan joven como aparenta porque sus ojos tienen más edad que el cuerpo, pero sigue siendo muy joven. Yo nunca me vi como Uli, y mi hija murió justo cuando dejaba de verse como ella. Uli a veces parece un efebo. Lleva el pelo tan corto. A mi hija también le gustaba el pelo corto. Mamá, córtame mañana el pelo. A mi hija apenas le había despuntado el pecho cuando se puso a tallar un barco de madera. Uli me cuenta un cuento. Hace tiempo, dice, en una isla remota, le clavé mi lanza a un cíclope en su único ojo por pura venganza, porque el cíclope no dejaba de mirarles el torso desnudo a las marineras de mi barco, mientras luchábamos enfurecidas contra él por haber devorado a nuestras amigas. El cíclope mascaba y se tragaba a las marineras capturadas. Da gusto vengarse de un cíclope malvado. Mi hija no tuvo tiempo de generar fuerza en los brazos. Mi hija no pudo vengarse de ningún cíclope.

‒ Espero que mi hija esté muerta —le digo—. Ellos dijeron que murió, aunque no hubiera cuerpo. Y yo quiero que esté muerta.

Uli me acaricia el cabello.

‒ Quiero que mi hija sea ahora una cosa dura e impenetrable.

Me voy a la cama. Antes de quedarme dormida, veo a Uli inspeccionando la noche horizontal a través de la ventana. Todo en mi sueño es de una luz lechosa, del color del hueso, pero me despierto en paz. Veo a Uli. Sigue de pie junto a la ventana. No sé si ha dormido. La mañana repta sobre su piel. Me dice que el cielo clarea y que hace buen viento.

Preparo el desayuno y la acompaño de vuelta a la playa. Uli se ata las agujetas de las botas a la orilla del mar. Las olas nos lamen ya las suelas de los zapatos, y su barco se levanta imponente cerca del horizonte. Una balsa de madera se acerca a la playa con dos miembros de la tripulación.

‒ Se habrán dado cuenta ya de que en esta isla no hay sirenas, Uli. Tendrás que decirles la verdad en algún momento.

Ella se encoge de hombros, me sonríe y se echa a correr hacia la balsa. Los pulmones llenos de aire. La cara llena de sol.

‒ Las mujeres están inquietas —escucho que le informan—. Quieren levar anclas cuanto antes, mientras Poseidón siga distraído.

Uli no se gira para despedirse de mí. Sube a la balsa. La balsa reingresa en el Atlántico. Yo agito la mano diciendo adiós Uli, adiós.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Tania Hernández-Cancino (México, 1985). Cursó el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y el Máster en Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona. Obtuvo la beca FONCA para Jóvenes Creadores en 2012 y ha escrito en la revista mexicana Criticismo. Actualmente vive en Barcelona.

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