Analógica

Nuevos modos, viejas historias

Este texto ha sido publicado en papel en el número 216, «Transiciones», de la Revista Mercurio.

Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

Somos seres narrativos que sin historias nos morimos. Seres construidos a partir de las historias que hemos escuchado, visto y leído. Esa necesidad de narrar se mantiene intacta en nuestros días, ya instalados en un siglo XXI que avanza a ritmo frenético, con máquinas inteligentes que pueden pensar, pintar y escribir como los mejores autores de siglos pasados. «Narrar es como nadar», decía Cesare Pavese y aludía al ritmo con el que nadador y narrador ejercían sus oficios. Había en ambos una persistencia en un estilo, en un tono, en una determinada atmósfera. Pero ¿qué comparten los hilos de Twitter con los haikus japoneses? ¿Y las novelas de folletines con los episodios de un pódcast? ¿En qué se inspira Twitch: en la televisión o en la radio? Si bien la narración de las historias ha evolucionado hacia consumos, gramáticas y formatos diversos, hay algo que permanece intacto en todas ellas: su aspiración a conmover e inspirar, su capacidad de cambiar el mundo.

De qué hablamos cuanto hablamos de narrativa

Podríamos aproximarnos a una definición de narrativa como la estructuración ordenada de ideas con un ritmo preciso y una tensión adecuada para que comuniquen información, emociones y conceptos. El modo en el que ordenamos esas ideas está variando: desde los planos y secuencias de las películas y series de televisión hasta el corte abrupto entre una story y otra en una cuenta de Instagram, los episodios de una ficción sonora o las historias visuales y narrativas de 15 segundos que se distribuyen a través de TikTok. Todos ellos son —independientemente de sus rutinas de producción, consumo y distribución— criaturas narrativas que mezclan lenguajes artísticos y que forman parte de un nuevo canon cultural y digital.

Relacionados con estas nuevas criaturas digitales se están dibujando nuevos perfiles profesionales: documentalistas sonoros, showrunners, community managers, editores de audio, creadores digitales, diseñadores de skills para altavoces inteligentes y videojuegos, compositores para logos de audio, arquitectos de narrativas transmedia… Todos ellos tienen y tendrán un papel fundamental en el ecosistema de las grandes narraciones, en la industria del hecho narrativo.

En su libro Les estructures elementals de la narrativa, el escritor Albert Sánchez Piñol se pregunta cómo es posible que apenas se le preste atención a cómo se construye y potencia la tercera industria más importante del planeta. La respuesta, según Sánchez Piñol, tendría que ver con un «turbocapitalismo acaparadoramente dominado por las finanzas». En ese mismo libro, el autor de La piel fría asegura que «los relatos no nos hacen mejores personas; los relatos ejercen una función superior: nos hacen personas». Por eso, no podemos vivir sin narrativa, sin historias, porque se trata de una pulsión poderosa y connatural al ser humano que le convierte en ser narrativo.

La plataformización de las historias

El modo en el que consumimos las historias también está transfigurando la industria en la que se insertan. Si bien las compañías que poseían las marcas audiovisuales, artísticas y periodísticas más importantes del siglo XX eran verticales —con una jerarquía muy subrayada— y pasivas —lanzaban sus productos para que fueran consumidos en lugares concretos: cines, televisores, libros, transistores—, las marcas del siglo XXI son, por el contrario, horizontales —abiertas a la colaboración— y activas —utilizan la tecnología pull-push en cualquier lugar para llegar a sus usuarios—. Un nuevo modelo de negocio se ha convertido en un nuevo y poderoso tipo de compañía. Se trata de la plataforma, un modo eficiente de «monopolizar, extraer, analizar y usar las cantidades cada vez mayores de datos que se están registrando», en palabras del economista Nick Srnicek. Este modo de consumir el contenido, alejado ya de los rituales que convertían en sagrado el acto narrativo, afecta a su creación.

Metamorfosis de la narrativa clásica

Podríamos detectar cinco elementos a través de los cuales rastrear la metamorfosis de la narrativa clásica: extensión, datos, serialización, movilidad e intimidad. La consultora Buffer, en colaboración con SumAll, elaboró una lista de cuál es la extensión óptima que debe tener un contenido digital para alcanzar relevancia, es decir, viralidad: un tuit debía tener entre 71 y 100 caracteres, un pódcast debía durar 22 minutos, una charla TED 18 minutos y un vídeo de YouTube 3 minutos y 54 segundos. De modo que ya no es la trama, el tono o el contexto los que marcan la extensión de una obra, sino los estándares de consumo que tienen al «me gusta» como forma de aprobación digital. Estamos inmersos en lo que el investigador sobre ecología de los medios Carlos A. Scolari llama «cultura snack», es decir, todas aquellas piezas textuales breves que circulan entre nosotros: memes, clips, tuits, teasers, cápsulas, stories. Una cultura snack que impulsa el consumo epiléptico de los contenidos.

En segundo lugar: los datos como el petróleo del nuevo siglo. En su libro La búsqueda del algoritmo, Ed Finn afirma que los algoritmos «invocan simultáneamente espacios computacionales, mitológicos y culturales». Por eso son criaturas digitales complejas cuya lectura no debemos despreciar. En un artículo publicado por Jorge Carrión en The New York Times titulado Las plataformas transforman nuestros modos de leer, el autor afirma que hay nuevos mecanismos de lectura que hemos incorporado a nuestras rutinas; «el canal, la lista de reproducción, la app, las recomendaciones, el play automático del siguiente capítulo, la superproducción cinematográfica que no se estrena en cines o el lanzamiento de toda una temporada de una serie». Estos nuevos modos compiten y conviven con otros clásicos: la visita a un museo, a una biblioteca o la entrada a un cine. Esos datos generados por la nueva lectura se utilizan, a su vez, para diseñar narrativas. El arte y el oficio de los humanos se mezcla con el algoritmo de las máquinas ¿Pero los algoritmos no tienen también sus propios creadores y autores?

En tercer lugar, hemos de hablar de la serialización. El concepto de binge-watching —la posibilidad de ver una serie de forma continua— ha establecido nuevos modos de producción y de consumo. En su libro La desaparición de los rituales, el filósofo Byung-Chul Han afirma que hoy «la percepción simbólica desaparece cada vez más a favor de la percepción serial», es decir, «la captación sucesiva de lo nuevo». El atracón televisivo favorecería una percepción serial que es extensiva, mientras que la percepción simbólica —la que es consustancial a los rituales— es intensiva. En la comunicación y el arte digitales la intensidad deja paso a la extensión o, en palabras de Han, «en lugar de crear relaciones, [la comunicación digital] se limita a establecer conexiones».

En cuarto lugar debemos hablar de la movilidad y del smartphone como el objeto omnívoro que ya se concibe como extensión de nuestro cuerpo: es nuestra cámara de fotografía y vídeo, nuestra pluma para escribir, etc. Algunos de los nuevos formatos no serían «consumibles» sin un teléfono móvil inteligente. El pódcast, por ejemplo, ha revitalizado el género oral y ha supuesto una revisión de géneros propios de la radio expresiva —ficciones sonoras, documentales, reportajes de largo aliento—. Pero el pódcast es principalmente un medio móvil: «Los pódcast se mueven con el cuerpo humano y se consumen en los espacios urbanos, mientras están en tránsito, en las calles y en otros lugares públicos», escriben Martin Spinelli y Lance Dann en el libro Podcasting. Audio Media Revolution. Frente a la escucha colectiva de la radio, la escucha individual y aislada del pódcast, pues su consumo se produce principalmente con auriculares.

Esto nos llevaría a la quinta y última carácterística: la intimidad. Por supuesto que hablamos de intimidad en el pódcast, pero también en la radio. Concretamente, hablamos de la «inmensa intimidad radiofónica» que apunta Miguel Álvarez-Fernández en su libro La radio ante el micrófono. La escucha radiofónica generaría un tipo específico de intimidad, cuya faceta interior (lo que ocurre dentro del tímpano) es la nostalgia, y que en su faceta exterior (lo que ocurre fuera de él y roza el micrófono) se presenta como erótica. Pero también podemos hablar de la screen intimacy de las series de televisión: «Igual que la televisión se convirtió en la ventana del mundo a lo que estaba pasando, las plataformas de streaming se iban a las antípodas: a la suspensión de la realidad, del mundo. Era un refugio narrativo», escribe Elena Neira en Streaming Wars.

Definitivamente, la narrativa digital es compleja —incluye conectividad, gamificación, interactividad, hipertextualización— y, sin embargo, no parece que ayude a pensar de forma compleja. Las nuevas narrativas deberían trabajar en amplitudes temporales y de mirada; más en lo lento, menos en lo efímero. Quizás, como diría McLuhan, el contenido de un nuevo medio es solo un viejo medio.


María Jesús Espinosa de los Monteros es periodista y directora de Podium Studios, la red de pódcast del Grupo Prisa.

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