Crónicas en órbita

El peso de una biblioteca

En este mundo nuevo, hiperconectado y líquido, el peso de una buena biblioteca se ha reducido tanto que bastan 174 gramos para contenerla: los de un dispositivo Kindle en su versión más sencilla. Sin embargo, y hasta hace no mucho, lidiar con un volumen generoso de libros provocaba grandes problemas de almacenamiento, transporte y ordenación. Una fuente inagotable de dolores de cabeza y preocupaciones a la que muchos, sin embargo, no están dispuestos a renunciar, y que ha dado forma a un subgénero literario: los libros que tratan sobre las bibliotecas y sus conflictos particulares. Cómo ordenar una biblioteca (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2021), de Roberto Calasso, es la última incorporación a este club tan particular.

Al inicio de El infinito en un junco, el inesperado éxito editorial de Irene Vallejo, grupos de jinetes atraviesan Grecia en busca de un tesoro sorprendente: libros. Libros con los que alimentar la recién creada Biblioteca de Alejandría, que al reunir todo lo escrito hasta la fecha aspiraba a poseer el mundo, preservar su memoria e iluminar los caminos del futuro: no es casual que a su vera se construyera un faro majestuoso, el más grande de la tierra conocida. Esa idea, la de dominar el mundo a través de los libros, ha sido una constante a lo largo de la historia, y ha producido grandes cazadores de manuscritos. Algunos lo hacían por cuenta ajena, como Benito Arias Montano, que dedicó gran parte de su vida a comprar libros para Felipe II y la biblioteca de El Escorial, o Borges, que a pesar de su ceguera manejó con soltura la Biblioteca Nacional de Argentina. Pero son mucho más interesantes aquellas personas que han empeñado su tiempo, sus recursos y muchas veces su salud para construir una biblioteca con la que combatir una curiosa dolencia.

La enfermedad de la lectura

Alonso Quijano se convirtió en Don Quijote por culpa de sus lecturas; por eso, cuando el cura y el barbero decidieron ayudarlo a recuperar la cordura, tapiaron la entrada a su biblioteca. En la primera novela moderna de la historia, la afición desmedida a los libros ya tiene un protagonismo central y una víctima colateral, dispuesta a dilapidar su patrimonio y vender sus tierras con tal de comprar más libros.

Quijano es solo el primero en una larga lista de personajes que sufren por su afición a la lectura, una afición que suele acarrear más desgracias que alegrías. Los hay famosos, como Madame Bovary, desdichada por la diferencia entre las historias que pueblan las novelas a las que es devota y su propia existencia, rutinaria y sin sorpresas; o Piter Kien, el erudito protagonista del Auto de fe de Elías Canetti, que enloquece cuando su esposa lo expulsa de su casa y amenaza con vender su inmensa colección de libros. Pero también los hay entrañables, como el diminuto personaje que Sam Savage inventó en Firmin, una rata que vive en una librería y ha adquirido la capacidad de leer: su trágico destino es que prefiere dejarse morir de hambre antes que roer alguno de esos volúmenes que la rodean, una puerta a un mundo al que no pertenece. Incluso la reina Isabel II tiene su momento de gloria en Una lectora nada común, donde Alan Bennett imagina que la monarca descubre el poder de la literatura, y eso la lleva a descuidar sus reales obligaciones y a plantearse el sentido de su misma existencia.

No es difícil ver en estos personajes a trasuntos de los propios autores, gente que es más feliz en la comodidad de sus hogares y estudios, rodeados de un arsenal de libros, que en el antipático mundo real. Borges, que siempre tuvo una relación especial con las bibliotecas, decía que «si me preguntaran cuál ha sido el acontecimiento más importante de mi vida, diría que la biblioteca de mi padre. De hecho, a veces creo que no he salido de esa biblioteca». Y Jacques Bonnet añade que «la biblioteca protege de la hostilidad exterior, filtra los ruidos del mundo, atenúa el frío que reina en los alrededores y da, también, una sensación de omnipotencia. Y es que la biblioteca multiplica las míseras capacidades del hombre: es un concentrador de tiempo y de espacio».

Una casa hecha de libros

Bonnet es autor del título que, posiblemente, mejor explora los límites que un bibliómano empedernido puede llegar a traspasar. En Bibliotecas llenas de fantasmas, un delicioso librito que es a un tiempo anecdotario, autobiografía y memoria sentimental, reconoce por ejemplo que ha llegado «a tener un baño con paredes tapizadas de estanterías, lo que imposibilitaba el uso de la ducha y obligaba a bañarse con la ventana abierta para evitar la condensación; y anaqueles en la cocina, con lo que ciertos alimentos de olor particularmente penetrante estaban prohibidos». También, que en su casa no había espacio que no pudiera ser devorado por la siempre creciente y desbordada colección, con una sola excepción: «Solo la pared de mi dormitorio, en la que se encuentra la cabecera de la cama, ha quedado siempre libre debido a un viejo trauma: me enteré, hace muchos años, de las circunstancias en las que murió el compositor Charles-Valentin Alkan; lo encontraron muerto el 30 de marzo de 1888, aplastado por su biblioteca».

Sin duda, Bonnet se habría entendido bien con Sasha Abramsky, que en La casa de los veinte mil libros cuenta la historia de su abuelo Chimen, poseedor de una de las mejores bibliotecas privadas de la Inglaterra del siglo XX, que estaba especializada en dos temas en principio antitéticos: socialismo e historia judaica. Cuenta el nieto que, «al final de su vida, cada habitación de la casa, excepto el baño y la cocina, estaba cubierta de suelo a techo con estantes de libros en doble fila […]. Si sacábamos unos cuantos ladrillos de la pared de libros, encontrábamos una segunda pared oculta detrás. Y cuando las estanterías estaban llenas, primero los suelos y luego las mesas sucumbían a grandes pilas torcidas de libros». Aquella abundancia de papel, lejos de suponer un problema, convertía la casa en un animado foro donde los debates y conversaciones se alargaban durante días y noches, alimentados por las prodigiosas dotes de cocinera de la mujer de Chimen.

Biblioteca Pública de Estocolmo, diseñada por Gunnar Asplund. / Foto: elmindreda

La locura a la que puede llevar la convivencia con tanto libro tiene también curiosos reflejos literarios. Es el caso de uno de los personajes que Carlos María Domínguez creó para su novela La casa de papel, Carlos Brauer, un bibliómano que, desesperado tras perder el catálogo que ponía orden en su colección, decide construir una casa a orillas del mar en la que los libros funcionan como ladrillos: vive, literalmente, en una casa hecha de libros. Otro argentino, Julio Cortázar, escribió un cuento muy popular, Casa tomada, en el que una presencia extraña ocupa poco a poco todas las habitaciones de una casa, hasta expulsar de allí a sus habitantes. Durante años, he leído muchas teorías acerca de las cualidades y naturaleza de esa presencia, pero me gusta de manera particular la que sugiere que se trata de los libros que el propio Cortázar adquiría, con voracidad implacable, y que en realidad el cuento es, una vez más, un trasunto de su autor.

También puede suceder que el coleccionismo derive en obsesión y el bibliómano se transforme en bibliomaníaco. En su estupendo ensayo sobre el arte de acumular objetos, El coleccionista apasionado, Philipp Blom habla del caso de Sir Thomas Phillips, un caballero del siglo XIX «cuya ambición declarada era tener un ejemplar de todos los libros del mundo». Un empeño que se tradujo en una completa ocupación de su casa, que tenía «todas las habitaciones a reventar de pilas de papeles, manuscritos, cartas, paquetes y muchas otras cosas, en pilas debajo de los pies; apiladas en las mesas, las camas, las sillas, las escaleras de mano, y en todas las habitaciones pilas y más pilas, hasta el techo, de los volúmenes más valiosos». Al final, Phillips se vio obligado a construir un recinto en el que guardar aquella colección que amenazaba con engullirlo: una galería de más de cien metros de largo, que recorría a caballo «mientras supervisaba cómo desembalaban los libros y colgaban los cuadros». Sin embargo, tanto trabajo fue en vano: tras la muerte de Phillips, la biblioteca se dispersó y ya no existe. Y en realidad, como sugiere Blom, «nunca existió realmente. La mera acumulación de libros no constituye una biblioteca. Ha de estar organizada, tener una mente que la ordena y habite en ella y la controle». Lo que nos lleva a la siguiente cuestión.

Cómo ordenar una biblioteca

Afirma Roberto Calasso, en el comienzo de su ensayo, que el orden de una biblioteca «es un tema altamente metafísico. Me sorprende que Kant no le haya dedicado un breve tratado». Se refiere, por supuesto, a que los libros tienen tantas capas de significado que escoger un único sistema de clasificación sería imposible. Por ejemplo, aunque es «inevitable en algunas áreas, el orden alfabético sería letal si se aplicara a todas ellas. De ciertos libros (sobre los hongos, sobre las plantas en Cornualles, sobre famosas partidas de ajedrez y otros casos innumerables) se recuerda el asunto pero con frecuencia se olvida al autor». Por eso, «es mejor formar pequeñas islas de temas afines a los que esos libros se adherirán, como conchas a una roca».

El maestro a la hora de ordenar una biblioteca, y en esto Bonnet está de acuerdo con Calasso, parece ser Aby Warburg, que vivió en Hamburgo desde finales del siglo XIX. Hijo de un poderoso banquero, cambió sus derechos de primogénito a su hermano, a cambio de crédito ilimitado para comprar libros. El resultado fueron más de cien mil libros, que ordenó mediante «la regla del buen vecino», según la cual «en la biblioteca perfecta, cuando se busca un determinado libro, se termina por tomar el que está al lado, que se revelará aún más útil que el que buscábamos». La biblioteca se transforma, de ese modo, en un reflejo de su propietario, en una manifestación psíquica de los pensamientos de este.

Un método parecido debió de seguir Chimen Abramsky. Según cuenta su nieto, para él «no había izquierdas ni derechas, ni bueno ni malo: los libros eran parte de una esfera mágica de la vida que él dominaba como nadie. Cuánto le gustaba mostrar las obras de un rabino y las de un filósofo radical en la misma estantería, demostrando que la estantería es el verdadero territorio de la armonía humana». Y también Carlos Brauer, que procuraba evitar que dos autores enemistados en la vida real estuvieran juntos en la biblioteca, lo que obligaba a separar a Shakespeare de Marlowe, a Martin Amis de Julian Barnes y a Vargas Llosa de García Márquez.

Esta teoría de los buenos vecinos no evita, por supuesto, lidiar con temas más mundanos como el tamaño y forma de los libros, muchas veces caprichoso, o su pertenencia a ciertas colecciones o editoriales. Con su prosa liviana, Calasso vagabundea por estas cuestiones y otras muchas, reflexiona sobre el valor de las colecciones, la importancia de leer primeras ediciones, la incomodidad de manejar y guardar libros de tamaños desproporcionados o lo esencial que resulta «comprar libros que no se vayan a leer enseguida», porque «después, al cabo de un año, de dos, o cinco, de veinte, treinta, cuarenta, quizás llegará el momento que pienses que necesitas precisamente aquel libro, y quizás lo encuentres en un estante poco frecuentado de tu biblioteca». Se detiene a saludar a otros que le precedieron en esta aventura, como Walter Benjamin (cuyo Desembalo mi biblioteca se ha sumado a mi siempre creciente lista de lecturas pendientes), Alberto Manguel o Thomas Carlyle, y protesta por todos esos políticos que, en las entrevistas de televisión, aparecen en sus despachos rodeados por «actas de congresos, informes, homenajes, guías, anuarios, quizás la poesía de algún pariente. Nada que esté destinado a ser leído. Y con sobradas razones».

Confiesa, por último, que para solventar algunos de los problemas que describe, tiene costumbre de proteger todos los libros con sobrecubiertas de pergamino, una variante del papel de seda. Lo hace por varios motivos, «el oficial es que el pergamino protege al libro del envejecimiento», pero su verdadera razón «es la de hacer menos legible lo que está escrito en el lomo. Cosa que alivia a quien vive en medio de ellos… y no quiere verse obligado a percibir en todo momento la presencia inminente de un cierto libro». Un tercer motivo es que «hace mucho más difícil, para el visitante ocasional, detectar los títulos de los libros. Esto frena todo exceso de intimidad. Impide esa incómoda situación en que, al entrar en una habitación, se reconoce rápidamente, incluso solo por el color y la tipografía de los lomos, de qué está hecho el paisaje mental del dueño de la casa».

Cómo construir una biblioteca

Por lo general, nadie es consciente de cuándo empieza a construir una biblioteca: un buen día, se da cuenta de que tiene un problema delante de las narices. Bonnet compara este problema, la relación entre la biblioteca y su dueño, con la que mantienen «un jardinero y una invasiva planta trepadora: la planta se desarrolla por sí sola, a un ritmo imperceptible para el ojo humano, pero su progreso es evidente al cabo de unas semanas, Si no la corta, lo único que puede hacer el hombre es darle cierta dirección».

Biblioteca de la Phillips Exeter Academy, diseñada por Louis I. Kahn. / Foto: Gunnar Klack, CC BY-SA 4.0

Como la planta, la biblioteca se expande y se ramifica a medida que el dueño-lector descubre nuevos autores y escuelas de pensamiento, nuevos países que explorar, temáticas y géneros que, a su vez, se dividen en otros territorios que explorar. ¿Cómo se dirige ese crecimiento? Los arquitectos han pensado mucho sobre este tema, a veces con resultados excelentes. En la Biblioteca Pública de Estocolmo, Erik Gunnar Asplund ideó una gran sala circular, en la que todos los libros están al alcance de la mano, una representación directa de la libertad a que conduce la lectura. Louis I. Kahn, por su parte, diseñó la Biblioteca de la Phillips Exeter Academy a partir de una idea poética: un hombre coge un libro en la oscuridad y va hacia la luz a leerlo.

Claro que los bibliómanos, en general, no disponen de tantos recursos (aunque conozco casos de gente que tiene una casa para vivir y otra para sus libros), y tienen que conformarse con estanterías más o menos bonitas. La Universal 606 de Dieter Rams, y la Tría de Massana y Tremoleda son dos buenos ejemplos de estanterías modulares, que pueden crecer a medida que lo hace la colección. Siempre teniendo en cuenta, como recuerda Bonnet, que «la biblioteca elimina los cuadros que había en las paredes y los objetos que impedían que se la consultara, se desplaza con sus indispensables y embarazosos adláteres (escalerillas y escabeles) y obliga a reorganizar constantemente la casa; su progresión no es lineal y requiere de nuevas divisiones».

También necesita de alimento continuo. Libros que ahora se pueden comprar en internet, aunque allí «uno encontrará solo lo que busca, a diferencia de lo que ocurre en una librería de viejo, donde uno puede tropezarse con un libro cuya existencia ignoraba hasta ese momento». ¿Y cómo es esa librería ideal? Según Calasso, «es aquella en la que cada vez se compra al menos un libro, y con mucha frecuencia no aquel (o no solo aquel) que se pensaba comprar cuando entramos». Libros, en cualquier caso, que seguirán abriendo puertas y ocupando nuevos espacios. Y está bien que sea así, porque, como remata Carlos Brauer, «la biblioteca que se arma es una vida. Nunca, digamos, una suma de libros sueltos».

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