Analógica

La última frontera del patriarcado

Este texto ha sido publicado en papel en el número 216, «Transiciones», de la Revista Mercurio.

Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

Una revolución aparentemente inofensiva se ha apoderado de nuestra sociedad y de los debates en redes sociales. Una revolución que altera a los sectores más reaccionarios, a los que siempre molestó la libertad, pero también a quienes decían que trabajaban a favor del progreso y abogaban por que ni el sexo ni el género fueran lugares de destino. Señoras bien de la progresía, hasta hace nada referentes intelectuales y políticos del feminismo institucional, son citadas e invitadas a conferencias organizadas por ultraderechistas para oponerse a leyes que pretenden que las personas trans dejen de ser la otredad, lo abyecto, lo aberrante, lo periférico. La voxificación de nuestra sociedad no solo se palpa en los mensajes racistas, homófobos, machistas o clasistas que difunde la ultraderecha, con bulos incluidos, sino también en el uso de sus formas y maneras por sectores inesperados en esta fiesta del autoritarismo. La revolución trans no es únicamente estética, sino que alberga en su interior una ética transformadora que dobla la columna vertebral del patriarcado porque deroga el esencialismo biologicista sobre el que se sujeta la división del mundo. Si abres Youtube, Facebook, Instagram, Tiktok o Twitter verás un superávit de jóvenes que han decidido hacer de los estereotipos de género un chicle, que estiran o moldean según les parece, transgrediendo el precepto patriarcal que mandata que tener unos genitales determinados debe traducirse en un género concreto. Si te acercas a una librería, al teatro, al cine o a una plataforma digital audiovisual, podrás ver también decenas de novelas, ensayos, funciones, películas o series que hablan de personas trans, una realidad tan antigua como el mundo y que, sin embargo, todavía es sinónimo de marginalidad social y de prejuicios contra sujetos cuyos cuerpos y vidas no se adaptan a la norma, demostrando que la existencia es mucho más compleja que el binarismo.

Cuando las personas trans vivían en las catacumbas de nuestra sociedad, eran deseadas de noche y perseguidas de día, nos reíamos de ellas y no reivindicaban su lugar en el mundo, a nadie le preocupó si las hormonas clandestinas que tomaban ponían en peligro sus vidas, si su forma de vestir reforzaba los clichés de género, si borraban a las mujeres o eran ellas las eliminadas por el sistema. De pronto, cuando las personas trans se han convertido en sujeto político y reclaman leyes que protejan sus vidas, una tormenta de transfobia ha conseguido unir a feministas, izquierdistas folclóricos, neoliberales progresistas, neoliberales conservadores y reaccionarios de todo pelaje.

«La revolución trans no es únicamente estética, sino que alberga en su interior una ética transformadora que dobla la columna vertebral del patriarcado porque deroga el esencialismo biologicista»

Lo trans cambia la mirada porque nos obliga a rehacer los esquemas mentales que nos hemos construido sobre lo que significa ser mujer u hombre. Lo trans es, ni más ni menos, la abolición del género. Por eso en el bando de la oposición a la autodeterminación de género, es decir, que las personas trans decidan por sí mismas quiénes son, sin necesidad de informes psiquiátricos o de que un perito judicial les examine su genitalidad, están la ultraderecha y un viejo feminismo que ha encontrado en la negación de los derechos trans su forma de rivalizar con un nuevo feminismo popular, hegemónico, transversal e inclusivo, más preocupado por el mundo que quiere construir que por el sujeto protagonista del movimiento feminista. Lo trans rompe el orden moral establecido, viene a recordarnos también la violencia que nuestras sociedades han perpetrado contra los cuerpos y las vidas que no se adaptan a la norma. Lo trans nos obliga a empezar de nuevo porque cambia todas las preguntas sobre lo que es ser mujer u hombre, pero también obliga a pensar que la explotación, opresión o discriminación no se produce nunca en un solo sentido ni de manera uniforme.

No es casual que el feminismo transfóbico esté integrado, en su gran mayoría, por señoras burguesas que han teorizado mucho sobre los techos de cristal y nada sobre las mujeres que recogen los cristales rotos cuando una mujer u hombre llega a puestos ejecutivos. No es casual que lo trans ponga en el centro ejes de desigualdad como la clase o la raza y que un feminismo identitarista, aunque a sí mismo se diga radical, quiera hacernos creer que le preocupan las mujeres cuando han estado apoyando las reformas laborales, las privatizaciones de servicios públicos y el empobrecimiento de las mujeres más pobres mientras que estaban muy cómodas hablando de paridad en el interior de sus estructuras partidistas.

Lo trans nos vincula directamente con las periferias sociales, con la clase, la raza, la discapacidad y las excluidas del mercado laboral. Por eso la revolución trans provoca la oposición de quienes llevan años viviendo muy comódamente gracias a un feminismo burgués que ha excluido y excluye a las mujeres migrantes, a las cajeras de supermercado, a las que van en silla de ruedas, a las lesbianas, a las trans y a todas aquellas que se salen de la norma, transgrediéndola sin pedir permiso, usando la propia existencia como estandarte de libertad.

En la novela Hans Blaer: elle, publicada por la editorial Hoja de Lata y escrita por el islandés Eiríkur Örn Norddahl, su protagonista, una persona intersexual, nacida con características sexuales de ambos sexos, consigue soliviantar a la sociedad bienpensante solo por el hecho de vivir. Asignada como mujer al nacer, en su adolescencia se socializa con género neutro porque no quiere pertenecer a ninguno de los dos géneros aceptados socialmente, y combina una operación de aumento de pechos con dejarse vello y maquillarse. Se echa encima no solo a la ultraderecha, también a las feministas clásicas y a izquierdistas que odian a Hans Blaer porque en su cuerpo lleva la bandera de la abolición del género, que no es ni más ni menos que lo que hacen todas las personas trans al romper con el mandato patriarcal asignado al nacer.

«Lo trans es la abolición del género; por eso en el bando de la oposición están la ultraderecha y un viejo feminismo que ha encontrado en la negación de los derechos trans su forma de rivalizar con un nuevo feminismo popular»

Hans Blaer, como La Madelón de la novela Una mala noche la tiene cualquiera, de Eduardo Mendicutti o el retrato sin filtros que la argentina Camila Sosa hace en Las malas, pone patas arriba todas las certezas de quienes pensaron que para ser feministas solo era necesario hablar de políticas de representación y olvidarse de la redistribución de la riqueza. Las personas trans son quienes han estado siempre en los laterales, viendo el mundo progresar mientras tardaban mucho más en salir de las cárceles franquistas que los presos políticos, celebrando el matrimonio entre personas del mismo sexo mientras ellas aún tienen que acreditar un informe psiquiátrico para que el Estado reconozca su identidad. Las mujeres trans fueron las que dieron el primer taconazo en Stonewall en 1969, dando comienzo a la lucha moderna por los derechos del colectivo LGTBI, y van a ser las últimas en convertirse en sujetos de pleno derecho.

La revolución trans, lejos de traer las siete plagas de Egipto, evitará que muchos niños y niñas dejen de coquetear con la idea del suicidio, va a proteger muchas infancias y adolescencias incomprendidas, garantizará mucha igualdad y vidas plenas, dentro de lo respetable y no en los márgenes permitidos por la moral judeocristiana. En contra de la revolución trans están sectores de un viejo feminismo que han hecho de lo biológico, de la genitalidad con que el patriarcado cosifica a las mujeres, su categoría analítica. A este grupo que se opone a las leyes trans, más que feminismo habría que llamarlo genitalismo, porque es ahí donde centran su mirada contraria a la despatologización, que es lo mismo que decir autodeterminación de género.

La literatura, el cine, las artes escénicas o la música muestran ya signos de que esta revolución es imparable y que ha venido para quedarse, porque las personas trans ya no están dispuestas a seguir soportando más siglos de violencia, desprecio y exclusión contra sus cuerpos. En todas las revoluciones siempre se da una respuesta en forma de reacción, gente incapaz de empatizar con quienes reclaman progreso porque ven cuestionados sus propios privilegios y desmentidas sus verdades absolutas. Lo trans no es solamente una revolución simbólica o de representación —que también, porque no hay igualdad sin visibilidad—, sino que sobre todo es una revolución por las bases materiales de la libertad, sin las cuales la democracia es una performance.

Las personas trans no solo reclaman poder caminar por la calle sin que las agredan, insulten o humillen, ser reconocidas por el Estado y salir del secuestro psiquiátrico o biomédico, sino que aspiran a tener una vida digna en la que puedan tener acceso a la educación, a la sanidad, al empleo, a la vivienda y a todo lo que hace posible una vida digna. No hay libertad cuando el único destino es la prostitución, la precariedad, la marginalidad y la supervivencia en la oscuridad del mundo. La revolución trans es la última frontera del patriarcado.


Raúl Solís es periodista especializado en temas sociales y autor de La doble transición, ensayo sobre la lucha de ocho mujeres transexuales por sus derechos.

4 Comments

  1. Excelente artículo, y una denuncia muy necesaria. Yo añadiría de forma más explícita (ya lo apuntas en el último párrafo) la prostitución a esa última frontera, otra cuestión que hermana a la derecha, la seudoizquierda y el feminismo burgués. Y también el especismo, que no es exclusivamente pero sí básicamente patriarcal.

  2. Lo trans con lo que nos vincula es con la demencia, con la superchería anticientífica (¿»esencialismo biologicista»? Sintagma «neolenguano» para «herejía» cientifista, ¿no?), ergo del materialismo. Y ustedes dicen que son «la izquierda» fetén… Izquierda idealista, espiritualista… Tócate las gónadas, Maripili (antes de que te las amputen). Subjetividad über alles. A dos series americanas están de reivindicar «el espíritu». El psicologismo cutre, el Romanticismo, atacan de nuevo. A tomar por saco toda la filosofía que llevaba siglo y medio desmontándolo.
    Asistimos a una nueva entrega del «magufismo ilustrado», y tarado. ¡Neguemos la realidad de muerte y defendamos la vida eterna porque muchos lo sienten así! ¡La verdad no está en el mundo sino en el sujeto! ¡Marchando un Hegel de AliExpress, para todos!

    Si una chica anoréxica se «siente» gorda, no hay que ayudarla a aceptar que su cuerpo no «está mal», sino animarla en su construcción del yo que la va a llevar a la tumba (paradójico que los «posmos» luchen contra los cánones de belleza atlética y animen a las personas obesas a aceptarse y quererse «como son», pero a las personas con disforia de género las animen a seguir autodespreciándose, a mutilarse y medicarse de por vida con esteroides (ver qué es un esteroide antes de pensar en responder idioteces y qué son la testosterona, la progesterona, el estradiol, etc.) y a convertirse en una caricatura de una mujer u hombre, un esperpento, sobre todo cuando pasan los 40.
    Evidentemente si una persona se empecina, pues mientras lo pague de su bolsillo y no del mío o de la pensión de mis padres, pues qué le vamos a hacer, pero animarla a ello, especialmente si no ha completado su desarrollo cerebral y su núcleo accumbens está «hasta las trancas», como sucede en adolescentes. Si Michael Jackson sentía que era un blanco en el cuerpo «equivocado» de un negro, habría que haberle ayudado a aceptar que su percepción de la realidad era errónea (y de paso decirle que no se puede ser más racista que repudiar el ser de tal o cual raza/etnia/como quieran llamarlo los que jueguan a los filólogos), como hay que ayudar a quien cree que su genoma está «equivocado». Si una mujer lesbiana perfectamente sana y fisiológicamente funcional «siente» que es un hombre, no hay que empujarla por la cuesta abajo a la que se dirige sino ayudarla a aceptar que su percepción es un error, y además bastante homófobo, por cierto, y si con psicoterapia no lo supera, entonces será hora de proceder a desgraciarle el cuerpo y la salud; pero hacerlo «de oficio» es criminal, sobre todo, repito, en adolescentes.

    Genitalismo… ¡PQC! ¿Los cromosomas son los huevos (colgantes o interiores)? ¿Eso es lo que aprendieron en clases de Biología? Ah, ya, el «biologicismo», la maldita ciencia que niega a los dioses, el espíritu y la prevalencia del trastorno de identidad sobre la realidad… ¡Vade retro, raciocinio!

    ¿Para cuándo un artículo sobre el heteropatriarcado opresor de las personas transespecie o transedad? O esa gente no merece que su trastorno de personalidad sea ley y lo sufraguemos los contribuyentes? ¿Habrá que esperar otra generación para que se reconozca que una mujer años pueda ser reconocido legalmente como gata o un hombre de 50 y tantos «palos» como niña de 8 años en España? ¡Qué fascismo más grande, cuánto patriarcado de ese! Por cierto, ¿interpreto mal o del artículo se deduce que las «radfems» ahora resulta que también son heteropatriarcales? o_O

    Viva la muerte, muera la inteligencia, decía cierto fascista. Es llamativo que sea un pensamiento que ahora hayan adoptado los «progres», esos que llaman a los marxistas de verdad, los materialistas «izquierda folclórica». Aunque en realidad la progresía no es más que otra excrecencia de la burguesía casposa pero «alternata» cuqui.

    El fascismo crece en todo el mundo. Cuando reflexionen por qué, no olviden incluir todos estos disparates que defienden en los elementos a tomar en consideración para explicar la derechización cada vez mayor de Occidente, se evitarán estupores e incredulidades.

    • Laura folleco pulido

      Para luchar por él y por todes, primero debemos atacar a la raíz del odio, Hazteoir y Vox.

      Desde el año 2014, cuando Hazteoir viralizó su paseo del bus de la transfobia por todas las ciudades españolas, además del bus azul conta el femenino radical; y desde el año 2016, cuando Vox nacía con lgtbifobia en sus premisas electorales, además de que Vox tiene a concejales de Hazteoir en su partido, como la señora Monasterio, quien en nombre del feminismo radical impuso su discurso de odio en el Congreso de los Diputados cuando se presentó la Ley Trans, aquí dejo el vídeo como prueba de sus argumentos y los argumentos de Lidia Falcón: https://youtu.be/9XvWFIgVfkc

      Conviene recordar que si tu feminismo es aliado del opresor de las mujeres, no es feminismo.

      Ya sabemos qué clase de ideologías imparten estos asesinos, hace unos días se viralizaba un vídeo de tiktok de cuatro chavales que incitaban el odio en redes sociales al decir que el gay está enfermo y se preguntaban si no hay vacuna para curarlos; esos argumentos son de Hazteoir y Vox. La señora Rocío Monasterio, de Vox, ha estado promoviendo las terapias de conversión para supuestamente curar la homosexualidad. El mismo Espinosa de los Monteros ha dicho en muchas ocasiones la frase «hemos pasado de dar palizas a homosexuales a tratarlos con desprecio»; está muy claro qué partido es el culpable de que haya vuelto el odio a esta sociedad cuando hacía varios años que no había ninguna clase de agresión lgtbifóbica en España. También la señora Rocío Monasterio promovía los bulos sobre instituciónes educativas, al decir que las personas que íbamos a dar charlas a colegios adoctrinábamos a menores para cambiar de sexo.

      No me quiero alargar en el tema, pero sí debo decir que la misma biblia recoge pasajes de unas seis páginas (como Sodomía y Gomorrah), y en uno de sus versículos dice así: «Quien ame a alguien de su mismo sexo irá contra la voluntad de Dios; quien vista del sexo contrario, Dios lo considera aberración». ¿No es hora ya de extinguir la religión de nuestros colegios y quien quiera educar así a sus hijos, que lo haga en sus casas? Basta ya de odio, vivimos en el siglo XXI, en el año 2021, no en la época de la Inquisición ni la caza de brujas. Vengo de una familia católica y sé muy bien lo que se lee en esas páginas de la biblia, como los mandamientos obligatorios (no juzgarás si no quieres ser juzgado, respetarás a tu prójimo como a ti mismo, no matarás, no tendrás pensamientos impuros). Este último puede entenderse de dos formas y se explica con el primero que he mencionado. Así que con lo que hay que acabar es con el odio desde la raíz y educar a los menores y adolescentes en valores, valores como «respeta a todo el que sea diferente a ti, nunca sabes cuando tú puedes ser faltado por cualquier motivo». Lo trans no es tu enemigo.

  3. Me he comido un par de palabras. Donde decía «ergo del materialismo» quería decir «ergo nos desvincula del materialismo», claro.

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