Cultura ambulante

La escultura sentida

Bajo el título «La emoción del espacio», el Centro Niemeyer acoge un recorrido por las evoluciones y revoluciones del arte escultórico a lo largo del siglo XX y hasta nuestros días. Una muestra que reúne a algunos de sus mayores representantes internacionales, responsables de su autonomía respecto a la tradición estatuaria y del triunfo de la geometría que nos atraviesa.
Vista de la exposición «La emoción del espacio» en La Cúpula del Centro Niemeyer (foto: Kike Llamas).

No es casual la elección de La Cúpula, la semiesfera de hormigón ideada por Oscar Niemeyer para el centro avilesino que lleva su nombre, como escenario de la exposición La emoción del espacio. De hecho, uno de los grandes logros del comisariado de María Toral es el diálogo tridimensional que establece esta muestra, que repasa más de un siglo de evolución de la escultura hasta nuestros días, con el propio sitio circular donde se ubica. Como ella misma indica, las formas curvas de las obras que se exhiben «resaltan la geometría sobre la figuración», propiciando una metalectura sobre la progresión de la disciplina desde las primeras décadas del siglo XX y haciendo visible la complementariedad entre arquitectura y escultura; al fin y al cabo, ambas están hechas de volumen y vacío, es decir, el mismo espacio que les permite ser arte.

Si antes de la contemporaneidad lo que se requería del arte escultórico era, fundamentalmente, belleza, verosimilitud y funcionalidad, a la manera de la concepción clásica, la exposición del Centro Niemeyer evidencia el cambio de eje experimentado en las últimas trece décadas. Desde el figurativismo de Cabeza de esclavo (1898), de Auguste Rodin, figura esencial para entender la historia moderna de esta disciplina, que rompió con su tradición monumental y estatuaria; hasta la abstracción de Small Sound Exercises (2016), de Bernardí Roig, con un contenido que se acerca a la instalación. De por medio quedan registrados en la muestra muchos de los cambios y las transformaciones revolucionarias de la escultura, con especial atención hacia las disrupciones vanguardistas del cubismo, el dadaísmo o el surrealismo, entre otros movimientos.

Una de las esculturas de la muestra «La emoción del espacio» (foto: Manuel Carranza).

Aquí se dan cita una serie de obras escultóricas ciertamente significativas de un total de 51 autores de la envergadura de Julio González (1876-1942), quien desde París introdujo las mayores innovaciones de este arte no solo en España sino en el panorama creativo internacional, y que no en vano fue maestro en estas lides de Pablo Picasso, también presente en la muestra. Junto a ellos figuran otros nombres tan reputados como los de Eduardo Chillida, Equipo Crónica, Antonio López, Joan Miró, Jorge Oteiza o el recientemente desaparecido Martín Chirino, pero también Magdalena Abakanowicz, Miquel Barceló, Anthony Caro, Max Ernst, Carmen Laffón, Henri Laurens, Alicia Martín, Henry Moore, José María Navascués, Man Ray, Susana Solano y Manolo Valdés, entre muchos otros.

«Es curioso observar cómo, en una muestra que reflexiona sobre el proceso de independización de la escultura, esta es capaz de intervenir el ambiente circundante o de ser interpretada por este»

Egregios representantes de la exploración de formas y técnicas novedosas, que en muchos casos buscaban poner tierra de por medio con los códigos culturales occidentales y dotar a sus piezas esculturales de autonomía como arte capaz de trascender, más allá de su contexto. Del mismo modo, somos testigos en la exposición del Niemeyer de la búsqueda de la significación en los propios materiales, que no solo tienden al acero y al bronce sino que transitan hacia los lenguajes del aluminio, el hierro, la madera o la resina de poliéster. En este sentido, es curioso observar cómo, en una muestra que reflexiona sobre el proceso de independización de la escultura, esta es capaz —como decíamos al inicio— de intervenir el ambiente circundante o de ser interpretada por este, atravesando el aire con unas composiciones que aspiran a demostrar su plena fisicidad.

«La emoción del espacio» podrá visitarse hasta abril en el Centro Niemeyer (foto: Manuel Carranza).

Pero si algo caracteriza el proyecto diseñado para La emoción del espacio, que se podrá visitar hasta abril de 2021, es que más allá de los argumentos artísticos se han priorizado (justamente) los emocionales. Sergio Azcona, director de la fundación homónima que ha colaborado de forma decisiva en esta muestra, comenta sobre la selección de obras que «si la pieza nos hace sentir algo, ese es siempre el mejor criterio para una exposición«. Aunque le cuesta elegir, destaca la presencia de Chirino, con quienes tenían «una relación entrañable y muy especial» y al que vieron trabajar en sus esculturas, por lo que «lo afectivo se añade a lo bonitas que son sus obras». Finalmente, subraya la ubicación en La Cúpula, donde a su parecer «las piezas ganan hasta el punto de que parecen otras». Tal vez sea eso lo que de emocionante tiene hacer del espacio, arte: lograr que unas cosas parezcan distintas de lo que son, y que el mundo que nos rodea no se parezca a nada.

 


La emoción del espacio
Comisariada por María Toral
Centro Niemeyer de Avilés (Asturias)
Con la colaboración de la Fundación Azcona y la Fundación Banco Sabadell
Hasta el 5 de abril de 2021
Lunes a domingo, de 11 a 14h y de 16 a 19h

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