Crónicas en órbita

Woody Allen: la batalla cultural es de largo recorrido

El Festival de San Sebastián se inaugura con la proyección de «Rifkin’s Festival», último trabajo de un director al que no es arriesgado considerar como un maestro del cine. Este hecho, inobjetable desde la perspectiva artística, adquiere hoy una dimensión ética y política inequívoca, pues implica tomar partido dentro de uno de los debates centrales que ahora se libran en la esfera cultural

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El debate actual no es otro que el de si la inmoralidad o la criminalidad del autor ha de comprometer no ya el juicio, sino también las propias posibilidades de que su obra sea puesta en conocimiento de la sociedad. A este respecto, lo cierto es que José Luis Rebordinos, director del Festival de San Sebastián, siendo leal a criterios estrictamente cinematográficos, ha llevado a cabo una suerte de acto de resistencia en contra de eso que hoy conocemos como la cultura o la política de la cancelación. El caso de Woody Allen, acusado de abusos sexuales por una de sus hijas dentro del tormentoso proceso de separación con Mia Farrow, madre adoptiva de la que es su actual esposa, Soon-Yi, y en último término causante de esa ruptura, es en este sentido especialmente paradigmático. Después de que no se encontraran mínimas evidencias como para iniciar un proceso penal contra él, y tras muchos años ya de convivencia marital con Soon-Yi, el caso Allen volvió a emerger a rebufo del movimiento Me Too, y hoy el viejo director neoyorquino es un autor al que le cuesta encontrar editorial para publicar sus memorias, y al que Amazon ha cancelado su contrato de producción y distribución. Serán muchos los relatos y análisis que se hagan de qué ha ocurrido en estos años, pero a partir de ahora, todos ellos tendrán que tener en cuenta el ensayo pionero que, precisamente a propósito de Allen, ha llevado a cabo el escritor Edu Galán y del que aquí damos crónica.

 

A propósito de El síndrome Woody Allen

Hasta hace no mucho, las lecciones sobre libertad de expresión en las facultades de derecho o de comunicación respondían a una lógica bastante arquetípica. En primer lugar, se hacía alusión a los presupuestos filosóficos o culturales de este derecho, tributarios, en gran medida, de esa idea optimista de que la libertad, como defendieran John Milton o Stuart Mill, es socialmente más rentable que la censura. A continuación, y sin que hubiera mucha disputa sobre las buenas razones democráticas para una comprensión fuerte a favor de la libre manifestación del pensamiento, la discusión se centraba en lo que los juristas llamamos “casos difíciles”, y aquí los alumnos, como es propio de la juventud, asumían por lo general la posición más libérrima, situándose, casi por inercia, en el bando favorable a conceder la mayor libertad para decir o crear, dejando al profesor por norma en el papel de contrapeso conservador.

Desde luego, no creo que descubra aquí ningún Mediterráneo al afirmar que en muy poco tiempo las cosas han cambiado. En las mismas facultades donde los alumnos, en su afán libérrimo, le situaban a uno en posiciones conservadoras, los casos difíciles son hoy resueltos, en muchas ocasiones y por una mayoría de los alumnos, a favor de la restricción. Incide en ello, sin duda, un imparable culto a la idea psicológica de ofensa, entendida esta como presupuesto jurídico de un indeterminado derecho a silenciar. A este respecto, lo cierto es que algunos presupuestos de nuestro sistema de libertad de expresión que hasta hace poco se consideraban no controvertidos, difícilmente hoy se pueden explicar sin dar cierta batalla. Estamos hablando, por ejemplo, de ideas básicas como que la ficción o la figuración no pueden ser constitutivas de un delito de expresión; que la moralidad o la criminalidad de un autor no compromete la licitud jurídica de la exhibición de su obra; o que nuestros sentimientos, por muy loables y sinceros que sean, no son razón jurídica para la censura de las opiniones ajenas.

«La ficción no puede ser constitutiva de un delito de expresión, y la moralidad o la criminalidad de un autor no compromete la licitud de la exhibición de su obra»

Desde luego, uno mentiría si afirmase que esto es algo que se veía venir de lejos. Muy al contrario, creo que puede hablarse de un cambio cultural reciente e inflexivo y que, como tal, aún no ha sido comprendido en toda su complejidad. Es cierto que no han faltado, sobre todo en la literatura anglosajona, sesudos análisis sobre las causas y formas de la censura. Autores como J.M. Coetzee, Mark Lilla, Salman Rushdie o Susan Sontag se han dedicado al estudio de esta pasión puritana por silenciar páginas bien conocidas y que no han perdido su vigencia. Ahora bien, el diagnóstico cabal e íntegro de este proceso colectivo de ruptura psicológica con buena parte de los presupuestos que definían nuestra compresión de la libertad de expresión es hoy en día un desafío en curso.

Ese embate es precisamente el que acepta el escritor y crítico cultural Edu Galán, en un libro que sin duda se puede calificar de imprescindible, y cuyo título, de connotaciones clínicas, El síndrome Woody Allen, da ya buena cuenta de su objetivo, que no es otro que el de encontrar el porqué de este viraje general en nuestra idea de cómo tiene que articularse la opinión pública en una sociedad democrática. El germen de este luminoso ensayo, y la excusa que sirve al autor para ir de lo particular a lo general, se encuentra en unos cursos sobre Woody Allen que él mismo dirigió en la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo, hace apenas diez años, y que, entiende Galán, hoy difícilmente pudieran celebrarse, dentro de la ola general de reprobación social que afecta a la obra de este cineasta, como consecuencia de la acusación de abusos sexuales que una de sus hijas adoptivas con Mia Farrow sostiene contra él. Acusaciones que, por otro lado, nunca han sido consideradas por los tribunales con entidad suficiente como para abrir un proceso penal contra Allen.

Imagen de «Toma el dinero y corre» (1969), de Woody Allen.

Pues bien, la intrahistoria de la inenarrable disputa Allen-Farrow sirve así de hilo conductor tragicómico para un ensayo general sobre las raíces de este “activismo censor sentimental”, y sobre las estrategias colectivas que dan hoy eficacia a toda una nueva gama de tabúes sociales. Está muy lejos, desde luego, El síndrome Woody Allen de ser un reportaje de investigación, por mucho que haya también algo de eso en este libro. Nos encontramos, en este sentido, ante un trabajo que tiene mucho de collage ensayístico, donde los estudios psicológicos, la crítica cultural y la investigación periodística, convergen en un libro que de forma lógica va concatenando tesis como quien describe los síntomas contrastados de una patología social.

Entre otras muchas cosas, creo que el libro de Galán demuestra con éxito lo superfluo de la distinción izquierda-derecha en una batalla cultural por la libertad de expresión que está llamada a librarse sobre el eje liberal-reaccionario. Asimismo, constituye este libro una suerte de certificado de obsolescencia del concepto jurídico clásico de censura, circunscrito a la actividad silenciadora del Estado, en un contexto tecnológico donde es el activismo victimista, en alianza con la lógica mercantil neoliberal, el principal motor silenciador de nuestro tiempo. Contienen también las páginas de El síndrome Woody Allen toda una teoría sobre los efectos perversos de esa suerte de tiranía de la sentimentalidad, donde cualquier aflicción no solo es considerada un mérito en sí misma, sino también carta de triunfo en toda discusión en torno a qué puede o no ser dicho o hecho. También da buena cuenta este ensayo de hasta qué punto instituciones que antes se entendían centrales para la adquisición de una madurez crítica, como la Universidad, hoy corren grave riesgo de claudicar en su culto fundacional a la razón, para convertirse a la postre en escuelas superiores de sentimentalismo.

«Reflexiona este libro sobre esa tiranía de la sentimentalidad donde la aflicción es carta de triunfo en la discusión sobre qué puede o no ser dicho o hecho»

Dice Edu Galán que no estamos ante un libro académico, pero no es exactamente así. No encontramos más bien ante un ensayo que es académico para lo mejor y no lo es para lo malo. Y es que El síndrome Woody Allen no es un panfleto (género venerable) o un alegato, sino un estudio que, con mucha labor empírica y un ingente soporte de referencias bibliográficas, defiende con solvencia, y en la mejor tradición académica, ciertas tesis conclusivas. Ahora bien, se trata también de un libro que, como quien dice, se lee de una sentada y está atravesado por la claridad, la agilidad y el buen humor. En definitiva, por aquellas cualidades en las que el conde de Shaftesbury cifraba esa encomiable virtud que es el entusiasmo. Un estado de ánimo que nunca hay que perder en cualquier batalla, ya sea esta cultural y de largo recorrido, como aquella que el autor de El síndrome Woody Allen ha decidido librar y en la que, me temo, no le faltarán ocasiones para decir aquello de: al suelo, que vienen los nuestros.

 


El síndrome Woody Allen
Edu Galán
Editorial Debate, 2020
336 páginas
18.90 €

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