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Literatura de balcón

Un relato de Clarín sobre virus y confinamiento, escrito hace más de un siglo, nos lleva a reflexionar sobre la España de los balcones y estos espacios abiertos a la calle, desde los que estos días miramos y somos vistos. ¿Será esta una forma de relacionarnos, o es todo palabrería?
«Cuentos morales» (Cátedra, 2012).

Días atrás, la escritora y filóloga Irene Vallejo (a la que ya se ha hecho mención en MERCURIO) desenterraba, a través de un tuit, un relato de confinamiento, virus y balcones firmado por Clarín en uno de sus Cuentos morales (1896). Una oportuna referencia a esta historia cuyo título, El dúo de la tos, podría resultar hasta simpático de no saber que alude a la tuberculosis, enfermedad que sigue siendo en la actualidad una de las más mortales.

Lo que tiene gracia, en este caso, es leer el texto con los ojos –aislados– de hoy. Se abre con la descripción del hotel en el que se encuentran (y desencuentran) sus protagonistas, un refugio en el que prima la “cooperación anónima de la indiferencia” y lleno de huéspedes “que no se conocen, que se miran sin verse”. Hasta ahí, un retrato que puede recordarnos al de nuestra sociedad atomizada presente. Y es en ese escenario en el que dos sombras, un hombre y una mujer jóvenes, a dos balcones de distancia en la misma planta, se intuyen en mitad de la noche. El sonido de sus toses tísicas les delata y les hace entablar relación, una casi ficticia y truncada de forma terminante por su afección.

El cuento de Clarín se abre con un hotel lleno de huéspedes “que no se conocen, que se miran sin verse”. Recuerda a nuestra sociedad atomizada presente

Imagen de la película «Aunque tú no lo sepas» (2000), basada en el relato de Almudena Grandes.

Exactamente cien años después de aquella publicación, Almudena Grandes incluyó entre sus siete Modelos de mujer (Tusquets, 1996) un relato titulado El vocabulario de los balcones, en el que narra el reencuentro, puramente visual, entre chico de barrio que atraía a chica del centro durante su adolescencia. Pasados más de 15 años, ella –narradora– alquila un piso frente al de él para buscar esa conexión, entre lo voyerista y lo pueril: “A veces se acercaba al balcón con un libro en la mano o hablaba por teléfono durante mucho tiempo sin apartar los ojos del cristal, al acecho del menor de mis movimientos, como cuando éramos niños”. Grandes pone aquí a jugar las contradicciones del deseo y el conflicto de clase que encarnan desde pequeños.

La realidad es que, más allá de la literatura, en nuestro país siempre hemos sido muy dados a hacer que los balcones hablen. Hasta hace poco, y aún se ven algunos casos, han sido objeto de fervientes simbologías nacionalistas, ya fueran pro-procés (perdonen la cacofonía) o proespañolistas (ídem), que incluso llevaron a Pablo Casado a invocar aquella “España de los balcones”. Aunque tal vez a esas expresiones políticas no habría que prestarle más miramiento que a otras modas recientes como los papanoeles que asaltan casas en fechas navideñas o el balconing, de las que no se puede decir, no obstante, que sean inocuas.

La realidad es que, más allá de la literatura, en nuestro país siempre hemos sido muy dados a hacer que los balcones hablen

«Papá Noel no sabe si tapar la bandera independentista o la española al colgarse del balcón», titularon esta imagen en El Mundo Today (diciembre de 2017).

En oposición a este uso interesado, el célebre COVID-19 parece haber traído a nuestros balcones una nueva forma de dialogar; considerada, desprendida, hay quien dice que creativa. Y aunque conforme pasan los días de encierro parece que también afloran desde las barandillas las primeras hostilidades (para más referencias, acúdase a la denominada “Gestapo de balcón”), nos preguntamos si no estará resurgiendo el amor en tiempos del coronavirus.

“Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas”, leemos en El dúo de la tos, y pese a que en esta crisis sanitaria poco hay del romanticismo que tuvo la enfermedad de los artistas en tiempos del escritor zamorano, quién sabe si lo que acabará resucitando estos días no será la lectura de los clásicos. Aunque solo sea por desesperación.

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