Horas críticas

Catorce homicidas escapan de la prisión del olvido

Damas asesinas, Tory Telfer. Traducción: Alicia Frieyro Gutiérrez. Impedimenta, 2019. 400 páginas. 24,95€

Como en una especie de feminismo macabro, el libro de Tory Telfer Damas asesinas comienza con una queja: «Cuando pensamos en asesinos en serie, lo hacemos siempre en masculino». A partir de esta premisa, la redactora de medios como Vice y Rolling Stone recoge en su primer ensayo una galería de mujeres psicópatas de la historia, un all stars del horror perpetrado por el sexo femenino, entregado más a la ironía y al humor que a una exigente revisión del pasado, pero suficiente para recordar que, aunque los hombres son los que derraman más sangre en la historia (sólo un 10 por ciento de asesinas en serie en los últimos 100 años frente a la apabullante mayoría masculina), la cifra de asesinas ha venido aumentando en países como Estados Unidos desde los años setenta.

Por otra parte, el relato trata de zanjar la suerte de «amnesia colectiva» que se experimenta cuando se trata de devolver a la luz los grandes crímenes cometidos por mujeres. No en vano, hasta 1998, el FBI pensaba que las asesinas en serie simplemente no existían, denuncia la periodista.

«Las convocadas son listas, hoscas, manipuladoras, temerarias, egoístas, delirantes. Despiadadas e implacables»

A lo largo de 400 páginas, Telfer expone que los motivos por los que trepanan, apuñalan o envenenan las mujeres son los mismos que hacen que asesinen los hombres y ahonda en las razones de estas pérfidas homicidas explicando que, en la mayoría de los casos, hablamos de personajes desvalidos, desesperados o perdidos. Pero, eso sí, alejados de tópicos machistas que asocian sus delitos a cuestiones hormonales, de lujuria o celos o a homosexualidades soterradas, entre otros.

A Erzsébet Báthory, la condesa sangrienta, se le atribuyen más de 650 asesinatos.

El humor negro es el arma de la que se vale la escritora para lograr que el lector consuma, aprovechando el tirón del true crime, las atrocidades de estas damas con las que llegamos a empatizar, como si de personajes perfectos de una novela se tratase. Listas, hoscas, manipuladoras, temerarias, egoístas, delirantes. Despiadadas e implacables. Divertidas. Su fama dio la vuelta al mundo al ser descubiertas pero luego, denuncia la obra, fueron cayendo en un injusto olvido.

Contra esos despistes imperdonables, este libro primorosamente editado por Impedimenta. Una obra que arranca con la Condesa Sangrienta, cuya figura ha sido sexualizada y vampirizada hasta hacernos obviar los datos que dan forma a su peripecia, la de una niña traumatizada por la violencia y la epilepsia; bella, educada en la cultura, pero dada en matrimonio a los 10 años y confinada a la fortaleza gótica más tétrica del país, el futuro escenario de sus crímenes. El joven matrimonio se entregó enseguida a las prácticas más bizarras, como la tortura de jóvenes sirvientas, un juego que fascinaba a la precoz sociópata. Pero no fue hasta la cuarentena, muerto ya el marido, cuando su hambre sádica alcanza el culmen, convirtiéndose en una verdadera fanática de la tortura y el asesinato. Aficiones que han hecho crecer la suculenta leyenda de, tal vez, la homicida más famosa del volumen.

«14 damas sangrientas de literarias historias que merecen la misma conversión a icono pop de la que gozaron un Jack el Destripador o un John Wayne Gacy»

Si bien es cierto que Telfer construye una historia amena con este y los siguientes personajes, también se evidencia la deformación de la biografía de las damas elegidas y de los datos históricos seleccionados para con los objetivos del relato. Insistimos: demostrar el carácter agresivo de cada una más allá de su condición femenina, una tesis que apoya con datos de informes psiquiátricos, noticias de la época…

Esta última cuestión de la narración que avanza según unos fines concretos se demuestra también en el caso de Nannie Doss, la enamoradiza empedernida que acabó con cuatro maridos después de seducirlos con su risueña coquetería. Una mujer que Telfer compara con el temerario y afamado Ted Bundy por su apariencia normal, por ser el perfecto ejemplo de vecina que siempre saludaba. Insistiendo así, como en un #MeToo terrorífico, en la igualdad entre psicópatas hombres y mujeres

El museo de horrores continúa sin un hilo temporal con la poco agraciada pero astuta Lizzie Halliday -cuatro cadáveres en su currículum-; la diabólica Elizabeth Ridgeway, que acabó achacando sus fechorías (envenenamiento de madre, amante, maridos) a un «espíritu familiar» que yacía con ella cada noche mientras le susurraba cosas al oído; las víboras Raya y Sakina, pioneras del asesinato en serie en la Alejandría de los años 20; y Kate Bender, una bella rebanadora de pescuezos. Así hasta 14 damas sangrientas de muy literarias historias que, mantiene la periodista, merecen tener la misma conversión a icono pop de la que gozaron un Jack el Destripador o un John Wayne Gacy.

 

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