Tempus fugit

Y llegamos al final

Tempus fugit: LII septimana

28 de diciembre — Día de los Santos Inocentes

Detalle del Panteón de los Reyes, San Isidoro de León. / © Museo de San Isidoro

El escritor Eduardo Mendoza publicó en 2008 una de sus novelas más divertidas, El asombroso viaje de Pomponio Flato, en la que recrea los tiempos de Jesucristo desde un punto de vista muy gracioso, como suele hacer en las que escribe de esta cuerda. Tiene otros libros más serios, pero no menos entretenidos.

El protagonista se dirige a un tal Fabio al que le va contando lo que ve, durante la época de la dominación romana de las actuales Palestina e Israel, en el siglo I de nuestra era. Mendoza es un tipo tan ilustrado que con este Pomponio está trasponiendo la figura de un tal Flavio Josefo, único historiador que se atrevió a contar en sus relatos todas las perversidades del rey Herodes el Grande, aunque no hizo mención en ellos de su famosa matanza. Este reyezuelo, tan conocido y aclamado cuando los niños nos ponen de los nervios, era un palestino que gobernaba las tierras de Judea, Galilea, Samaria e Idumea, de donde era nativo, y prestó vasallaje a los romanos a cambio de que lo mantuvieran en el cargo.

Según el evangelio de San Mateo —el único que lo nombra—, ante la movida que organizaron una parte de los judíos que creyeron ver al Mesías anunciado por los profetas en el niño Jesús, los romanos pidieron al vasallo Herodes que liquidara a todos los menores de dos años para asegurarse de que, muerto el perro, se acabara la rabia y los judíos se calmaran.

Hoy recordamos esta circunstancia de la que no sabemos nada más; el evangelista la coloca después de la adoración de los Reyes Magos, ergo debería conmemorarse en enero. Sin embargo, en muchos países se celebra el día 1 de abril —April Fools’ Day de los ingleses o el Pesce d’aprile de los italianos— debido a que, antes del calendario gregoriano, el Año Nuevo daba comienzo a finales de marzo y terminaba a primeros de abril. Fue Gregorio XIII el que nos colocó el día 28 de diciembre como recordatorio de aquella supuesta matanza con la que sueñan culpablemente muchos padres (a veces).

En la iconografía medieval es un tema que aparece siempre asociado a la vida de Jesús, por ejemplo, en los frescos del Panteón de los Reyes que está pegado a la basílica de San Isidoro de León; ocupan mucho espacio, una bóveda entera, lo que quiere decir que o les iba el morbo a los comitentes o era un episodio muy popular. Lo mejor son las caras de aquí estoy ensartando a este infante en mi maravillosa espada que tienen algunos.

Además del libro de Mendoza, fue muy popular el que escribió Delibes, Los santos inocentes, mucho más crudo y más conocido por la película que dirigió Mario Camus en 1984. En tiempo de regalos, ambos libros son buena opción, pero casi mejor para estas fechas es reír con la descripción que hace de los judíos el escritor catalán que llorar la muerte de milana bonita. Este lo podemos dejar para los crudos días de invierno que, supuestamente, se avecinan.

30 de diciembre — División provincial de Javier de Burgos

Retrato de Francisco Javier de Burgos y del Olmo (1778-1848). / © Real Academia Española

El día 30 de diciembre de 1833 se publicó en el Diario de la Administración (abuelo del BOE) la división de España en 49 provincias que había promovido D. Javier de Burgos, un granaíno que hizo muchas cosas en su vida, pero que ha pasado a la historia por este reparto. De ideología afrancesada, dedicó mucho esfuerzo a organizar una administración política del territorio que hiciera más eficiente su gobernación o, dicho de modo menos pomposo, dividir para controlar.

La idea era bastante buena: compartimentar en provincias y poner al frente de cada una de ellas a un jefe político que recibía y enviaba comunicaciones del y al gobierno central; se escalonaba la administración al modo en el que lo habían hecho los franceses con los departamentos (que siguen vigentes) o, yendo mucho más lejos, los romanos con las provincias en las que dividieron el Imperio.

Para trazar las líneas divisorias se tuvo en cuenta lo siguiente: que todas tuvieran una extensión más o menos similar, que se pudiera llegar desde cualquier punto de su territorio en un día a la capital de provincia en carro y que los contingentes de población fueran equiparables. Cada provincia tomaría el nombre de su capital y se dividiría en partidos judiciales que comprenderían varios municipios. La Iglesia católica y sus diócesis iban y van por libre, como siempre.

Sobre esta base se fueron estableciendo las excepciones, que no se han detenido, pues cuatro de ellas no se denominaron como sus capitales, a saber: Navarra, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya conservaron sus nombres forales, y se mantuvieron dos enclaves, El Rincón de Ademuz (Valencia) y el Condado de Treviño que pertenece a Burgos, pero está en Álava. Las provincias formarían regiones en atención a su historia y, por lo tanto, no tendrían en cuenta el número de provincias que cada una podía comprender.

La I República se basó en esta división para su proyecto federal y la II República hizo lo propio en la Constitución de 1931. La de 1978 que nos rige la recogió en su Estado de las autonomías y en la institución de tres tipos de administraciones para la gobernanza. A partir de entonces, las provincias han ido modificando nombres, demarcaciones, formas de gobierno y otras cuestiones para adaptarlas a los tiempos, aunque, más o menos, se deja ver todavía la estructura que estableció Javier de Burgos.

Algunas provincias han cambiado de región al establecerse las comunidades autónomas —Albacete ya no es amiga de Murcia—, otras han cambiado de apellido —Cantabria, de soltera, Santander, que diría Cela— y muchas han pasado a nombrarse en su lengua vernácula: Girona, Lleida, A Coruña, Ourense, Araba, Gipuzkoa y Bizkaia, por poner unos ejemplos. Esto crea algunas confusiones de carácter generacional porque, así como hay gente mayor que dice Norruega, a algunos les resulta impracticable pronunciar la elle de Lleida.

Son cuestiones de menor importancia si se tiene en cuenta que una página de eventos infantiles anuncia en Internet que sus fiestas están llenas de glovos, que es lo que llevan serigrafiado las mochilas de los chavales que transportan comida a casa en bicicleta o patinete; está clarindongui que una imagen vale más que mil reglas ortográficas.

A veces habría que hacer más pedagogía, como cuando el gobierno de Aznar obligó a los del telediario a poner las Islas Canarias a la izquierda de los mapas, porque a muchos les sorprendía su auténtica localización cuando se enteraban de ella.

La evolución de la vida nos trae cosas como estas, ¿habrá que adaptarse?

31 de diciembre — Nochevieja

Busto del dios Jano, San Paolo (Roma). / Foto: Mitko Denev — CC BY-NC 2.0

Hoy termina el año 2022 y mañana será otro día, otro mes, otro año. En nuestro imaginario general estamos convencidos de que todo será diferente. Esta noche llevaremos a cabo rituales que traigan salud, amor y prosperidad a nuestras cuentas bancarias en el 2023, actos que generarán la sensación de que los cambios van a suceder porque somos seres creyentes, además de pensantes.

La palabra superstición procede del latín superstitio, que deriva de superstare y significa sobrevivir, y en el siglo XV ya se definió como «creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón». Lo que llamamos supersticiones son creencias que vienen de muy antiguo cuando las primeras culturas, incapaces de explicar por qué caían truenos, llovía demasiado o la tierra temblaba, achacaban estos acontecimientos a la intervención de fuerzas ocultas a las que consideraron dioses y a los que había que tener contentos con sacrificios, rituales y acciones propiciatorias.

Los ciclos naturales de parón y renacimiento llevaron a los primitivos habitantes de Mesopotamia y Egipto a definir el calendario, fijando el año nuevo a partir del 21 de marzo, cuando daba comienzo la temporada de siembra. Para que todo fuera bien, imploraban la ayuda de sus dioses sumergiéndose en los ríos Tigris y Eúfrates la noche anterior a la primera luna llena de primavera, pagando las deudas y devolviendo lo prestado, quemando restos de cosechas, etc.

Nuestros abuelos los griegos tenían la costumbre de hacer procesiones de bebés que simbolizaban lo que venía de nuevo, y los romanos regalaban monedas y miel el día después de los Idus de marzo, el día 15 de lo que para ellos era el primer mes del calendario. Tenía lógica que el año diera comienzo en primavera cuando se vivía de acuerdo a la naturaleza, y que fuera un tiempo muy importante y esperanzador.

Los políticos romanos cambiaron la duración del ciclo: en los Idus de marzo se renovaban los nombramientos para un año, pero los intereses de algunos gerifaltes y senadores hicieron que se le fueran sumando días y ampliando el calendario para mantenerse más tiempo en el cargo; así, fueron atrasándolo poco a poco hasta el último día de december y primero de januarius que consagraron al dios Jano, el de las dos caras que miran respectivamente al pasado y al futuro y que instauraron, a partir del año 44 d.C., como inicio del año, abandonando la tradición de los Idus de marzo.

Ugo Buoncompagni, más conocido por Gregorio XIII, quiso dejar su huella para la eternidad y cambió el calendario que se utilizaba en la Iglesia Católica —juliano— por el suyo —gregoriano—, como ya he mencionado más arriba, lo que trasladó el fin de año al día 31 de diciembre y el año nuevo al 1 de enero. Esto tuvo lugar en 1582, y menos mal que no cambió el año y podemos empezar el 2023 de nuestra era sin líos.

A partir del siglo XIX, esta medida del tiempo se fue generalizando a todo el planeta como huso horario para coordinar los transportes y las comunicaciones, lo que exigían los nuevos tiempos y lo que no impide que, en el interior de sus creencias, otros pueblos lleven las cuentas de otra manera. A saber:

  • Los judíos calculan el año lunisolar por el que se rigen desde el día 7 de octubre del 3760 a.C. y tienen el Año Nuevo —Rosh Hashaná— entre el 29 de septiembre y el 1 de octubre de 5783, que ya es precisión en el cálculo de la fecha de comienzo del Génesis.
  • Los musulmanes andan en 1445 (lunar) desde la Hégira, o sea, cuando Mahoma huyó de La Meca a Medina para evitar ser apresado por sus predicaciones. Celebrarán el año nuevo el día 18 de julio próximo.
  • En el extremo oriente, los más antiguos son los chinos que entrarán en su año nuevo el próximo 22 de enero, o sea, en la luna nueva de ese mes. Les toca el Año del Conejo de Agua, que simboliza la vigilancia, el ingenio y la mente rápida.
  • Los indios han ido y venido: tenían un calendario llamado Vikrana que empezaba en el 47 a.C,. pero decidieron cambiarlo por el Shaka, que empezaba el 78 d.C. Luego decidieron hacer un ratatá y empezar de nuevo en su 1879, que era nuestro 1957, así es que no soy capaz de calcular en qué año están ni cuándo le dan la bienvenida al nuevo; como no supe, cuando estuve en la India, si al decir decían no o ya veremos o es posible, porque mueven la cabeza para todos los lados cuando afirman o niegan. No los entendí y sigo así, pero… da igual. Ommmm.

Esta noche recurriremos a las supersticiones, tomaremos las uvas y pediremos nuestros deseos mientras los italianos se comen un plato de lentejas y los daneses rompen platos en la puerta de su casa. Hemos acordado que hoy sea el día del cambio y haremos todo lo que se nos ocurra para que así sea.

Nosotros cerramos el chiringuito de esta sección Tempus Fugit, pero, como McArthur, volveremos con otras cosas si dios quiere y el tiempo no lo impide.

Gracias, amigos, muchas gracias por vuestros comentarios y por vuestro cariño. Que los dioses nos sean propicios y nos encontremos en otras ventanas.

¡Feliz y próspero 2023!

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