Analógica

Curiosity

Ilustración: Sofía Fernández Carrera

«¡Qué bien los nombres ponía / quien puso Sierra Morena a esta serranía!», sentenció el poeta Antonio Machado a la manera de Juan de Mairena. Poner nombres a una empresa o a un hito geográfico no es un problema baladí. Siempre me llamaron la atención algunos nombres de concesiones mineras: «Por si acaso», «Quien tal pensara», «La esperanza», «El porvenir oscuro», «El que más mira menos ve», «Soñar despierto»… ¿cómo se eligen esos nombres?

Las misiones programadas y los ingenios diseñados por las agencias espaciales han sido denominadas con diferentes criterios. A veces han echado mano de la siempre socorrida mitología clásica, como en los Apolo, Mercurio, Gemini o Atlantis; o de los dragones míticos chinos, como Shenlong. Otras veces optaron por nombres más simplones y evidentes, como Sputnik (Satélite) o Explorer (Explorador); o propagandísticos, como Mir (Paz) o Soyuz (Unión). Tiraron también de remembranzas históricas, como el Columbia, el Discovery o el chino Larga Marcha; o fueron algo presuntuosos, como Pioneer (Pionero), Challenger (Rival), Soyuz (Pirotecnia) o Almaz (Diamante). Y en algunos casos, especialmente las agencias orientales, eligieron nombres más poéticos, como Shenzhou (Carro Divino), Tiangong (Palacio Celestial) o Hayabusa (Halcón Peregrino).

Pero son los nombres de los astromóviles que la NASA ha logrado enviar con éxito a Marte los que me parecen mejor puestos. Para estos extraordinarios vehículos robotizados, que ruedan por la superficie de Marte teledirigidos desde la Tierra, han usado palabras preciosas que definen muy bien el espíritu de estas misiones de exploración espacial. Una sola palabra para cada róver. Su popularidad dentro y fuera de Estados Unidos posiblemente tenga que ver con que los nombres de los vehículos marcianos los eligen niños y niñas norteamericanos. Cada nombre se elige entre los cientos de propuestas que los escolares envían a la agencia espacial cuando se anuncia una nueva misión a Marte para enviar allí, con precisión asombrosa, un todoterreno. Cada propuesta se envía con un nombre y un porqué, una explicación sobre el motivo de usar ese nombre y no otro.

Postal de Sojourner Truth que fue vendida para financiar sus viajes. / Library of Congress

El primero de todos los vehículos marcianos fue el Sojourner, una palabra que define a alguien que está temporalmente en un lugar: Sojourner, el forastero, ¡qué nombre tan bien puesto! Pero Valerie Ambroise, la niña que ganó esa convocatoria, quería decir algo más con ese nombre. Detrás de esa palabra estaba Sojourner Truth, una mujer negra y esclava que dedicó su apasionante vida a lo largo de casi todo el siglo XIX a luchar por la abolición de la esclavitud, por el sufragio universal y por la igualdad de hombres y mujeres, blancas o negras. Su histórico «Ain’t I a Woman?» es uno de los discursos políticos más valientes y emocionantes de la historia.

Otras propuestas que lograron bautizar un róver fueron las de Espíritu y Oportunidad, buenas también. Al último vehículo con ruedas que se ha posado sobre el planeta rojo, hace tan solo un año, se le llamó Perseverance (Perseverancia), «Percy» para los amigos, porque el chaval que lo propuso creía que, aunque nos encontremos con muchos contratiempos en el camino a Marte, tenemos que perseverar. Antes se envió otro róver al que se le puso un nombre muy familiar para cualquier niño: Curiosity (Curiosidad), ese deseo de averiguar, irrefrenable en los humanos, particularmente a esa edad. Clara Ma, la niña que con solo 12 años nominó a Curiosity, lo explicó en su propuesta a la NASA de forma meridiana: «La curiosidad es la pasión que nos impulsa a través de nuestra vida cotidiana». Un gato también tiene curiosidad, como muchos otros animales. Por eso Clara escribió en su propuesta que lo que nos hace únicos a los humanos es que, gracias a la curiosidad, «nos hemos convertido en exploradores y científicos por nuestra necesidad de hacer preguntas y de asombrarnos».

Curiosity llegó a Marte el 6 de agosto de 2012. Pesa casi una tonelada y mide unos 17 metros cúbicos, es decir, como un coche tipo Mini. Forma parte del Mars Science Laboratory y su trabajo consiste en desplazarse por la superficie marciana con sus seis ruedas, especialmente diseñadas para salvar la accidentada topografía de Marte, recogiendo datos que envía a la Tierra directamente o a través de algunas de las sondas (Mars Odyssey, Mars Reconnaissance o Mars Express) que orbitan ese planeta. ¿Por qué? Para saciar nuestra curiosidad, para saber si hay o hubo agua líquida en ese planeta, qué tipos de roca existen en él, si alguna vez pudo ser un planeta habitable, aunque fuera por microorganismos, y qué clima nos encontraremos cuando los humanos podamos visitarlo.

Diseñado para trabajar un mínimo de dos años, a día de hoy el róver Curiosity se encuentra activo y sigue enviando datos al Jet Propulsion Laboratory. Junto con el Perseverance, el róver chino Zhu Rong y, cuando llegue, el Rosalind Franklin de la Agencia Espacial Europea, serán varios los róveres que escudriñen la superficie y el subsuelo marciano. Y después vendrán más, muchos más, recogiendo datos y datos para —como dijo Clara Ma— satisfacer nuestra curiosidad, contestar a nuestras preguntas; para convertirnos en exploradores.

Y ellos, ¿desarrollarán su propia curiosidad? Sí, me refiero a los robots. Dentro de cincuenta años, habrá centenares de robots explorando la superficie de Marte por tierra y aire. Se relacionarán entre ellos, porque les diremos que lo hagan. Estarán dotados de los materiales más avanzados y de los algoritmos más inteligentes, que les permitirán decidir con libertad entre muchas opciones, incluso proponer esas opciones. La computación cuántica los hará inverosímilmente rápidos. Se autorganizarán, habrá apoyo mutuo, pero también competencia. Se transferirá información y energía entre los róveres de países amigos, y se le ocultará y negará a los de países en conflicto. Les ordenaremos que sigan buscando vida, aunque no la haya ahora ni la haya habido nunca, pero ¿decidirán ellos subrepticiamente definir sus propios objetivos y destinos, entremetiéndolos con los nuestros, por considerarlos más interesantes? ¿Desarrollarán sus propias estrategias de exploración? ¿Cómo satisfarán su curiosidad personal, esa que nosotros saciamos viajando o leyendo? Al viajar dirán: «Hay tanto que conocer en Marte…». No podrán leer, porque aún serán lentos, pero sí oír, y cuando alguno explore zonas remotas nunca holladas, lo contará a los demás con ondas electromagnéticas o por transferencia cuántica. La comunicación volverá a ser oral; ni el papel ni las pantallas tendrán ningún sentido hasta que no desarrollen el gusto —si alguna vez necesitan hacerlo— por la visión sensorial, porque los robots libres nunca más serán biomiméticos. Me muero por saber si eso va a ocurrir, aunque de hecho no viviré para verlo. Pero nuestros nietos sí. ¡Qué no daría por ser unos de ellos!

Dos imágenes del róver «Curiosity» con siete años de diferencia. / NASA

Mirando dos fotografías, dos selfis del robot Curiosity, realizadas con siete años de diferencia, se nota el deterioro, los efectos del esfuerzo, la curiosidad, el tesón, la perseverancia de este forastero. Ha sufrido la rotura de varias partes de sus ruedas construidas con aluminio. El polvo marciano, los cambios bruscos de temperatura y la radiación han contribuido al deterioro, que se añade al irremediable desgaste producido por su incansable trabajo cotidiano. Si fueran imágenes de humanos, su sindicato y los partidos progresistas habrían protestado, con razón, por el uso esclavista de operarios. Siento curiosidad por saber si los róveres del futuro se organizarán para exigir condiciones que les permitan dedicar su tiempo libre a satisfacer su curiosidad personal. Nosotros desde la Tierra trataremos de impedirlo porque sabemos que ese es el fin, que esa curiosidad es la antesala de la inteligencia, de la conciencia, de la personalidad. Siento curiosidad por saber si entre esos róveres habrá una Sojourner Truth, espigada, osada, que vague por Marte lanzando mítines antiesclavistas desde las atalayas del Monte Olimpo o el Monte Sharp, en Oxia Planum, o en las hondonadas de los cráteres Jezero o Gale, clamando un discurso que se hará famoso:

You thought me to be curious
You made me to be tough
You asked me to discover
Now I think, feel, and am wise.
Ain’t I a human?

Nota:
Termino de escribir este artículo el 20 de septiembre de 2022. Hoy, la misión ExoMars22 de la Agencia Espacial Europea debía haber lanzado al espacio un róver y su correspondiente plataforma de aterrizaje desde el cosmódromo ruso de Baikonur, aprovechando que la Tierra y Marte se encuentran en una posición cercana. Científicos e ingenieros europeos y rusos han estado trabajando durante quince años para que la misión fuera un éxito. Lo hubiera sido. El objetivo no era otro que encontrar vida en Marte y el róver, que lleva el nombre de la cristalógrafa Rosalind Franklin, codescubridora de la estructura del ADN, iba tan bien equipado que, si la hubiera habido, la habríamos detectado. Todo estaba dispuesto y preparado para irnos a Marte, pero hace cuatro meses la guerra de Rusia contra Ucrania quebró la cooperación científica entre europeos y rusos, por eso, porque estábamos colaborando. El lanzamiento se canceló, aunque la misión como tal se ha aplazado y la nueva fecha de lanzamiento es 2028.

 


Juanma García-Ruiz es investigador y docente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, así como fundador y director del Laboratorio de Estudios Cristalográficos, área de la que es uno de los mayores expertos mundiales. También es divulgador científico, a través de numerosas publicaciones especializadas y varios ensayos.

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