Horas críticas

El banquete del eros intelectual

Reseña de «Diccionario amoroso del psicoanálisis», de Élisabeth Roudinesco

Durante varias décadas del siglo pasado, el psicoanálisis fue una de las soluciones más eficaces a las que recurrió una parte de la población que padecía lo que se daba en llamar «males del alma», que a menudo se expresaban mediante síntomas físicos y alteraciones del comportamiento muy llamativos. El cine pronto se apropió para sus argumentos de los vistosos síntomas que padecían los enfermos y así, a la vez que popularizó una parte de la terminología médica, trivializó la complejidad de la teoría que subyace en la disciplina. El desarrollo de la farmacología y las polémicas en torno a, y protagonizadas por, las diferentes escuelas psicoanalíticas minaron en gran medida el prestigio del psicoanálisis, que continúa siendo inaccesible económicamente para la mayoría de personas que podrían beneficiarse de un tratamiento.

Supongo que esa marginalidad explica que haya pasado desapercibida la publicación del Diccionario amoroso del psicoanálisis de la historiadora y psicoanalista Élisabeth Roudinesco (París, 1944). En 1967 se publicó en París el Vocabulario del psicoanálisis de Jean Laplanche y J. B. Pontalis, que reunía y explicaba los principales conceptos, al tiempo que sus autores reflexionaban sobre los conceptos que Sigmund Freud y otros en su estela elaboraron, sin renunciar a señalar las ambigüedades y ocasionales contradicciones que se les podía achacar. Aquel «vocabulario», que en español se tradujo como «diccionario» pese a la insistencia de sus autores en que no lo era, se tradujo a más de 20 idiomas y continúa siendo un libro de referencia… para especialistas y aspirantes a serlo. El Diccionario de la Roudinesco es una propuesta más hedonista, probablemente la más hedonista de todas las que haya hecho nunca esta historiadora del psicoanálisis que ha publicado las biografías, siempre discutidas pero canónicas, de Jacques Lacan (Esbozo de una vida. Historia de un sistema de pensamiento, 1993) y Sigmund Freud (En su tiempo y en el nuestro, 2014), además de otros interesantísimos títulos como Filósofos en la tormenta —donde analiza con inteligencia y excelente estilo literario el asesinato cometido por Louis Althusser contra su mujer y traza, además, los perfiles de puntales del pensamiento francés del siglo XX: Canguilhem, Sartre, Deleuze y Derrida, en otros tantos momentos clave de su trayectoria intelectual—. Con cada uno de ellos mantuvo relación la autora, bien como discípula, bien como interlocutora profesional. Por hablar únicamente de sus títulos traducidos al español, en Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos trató de personajes históricos que representaban las perversiones más escandalosas, deteniéndose especialmente en Sade; lejos de quedarse en el pasado, establecía un vínculo con la perversidad de la sociedad posindustrial y tecnológica, denunciando el nuevo puritanismo y la fetichización del cuerpo desde géneros «normalizados» por el consumo, como la pornografía.

Todo esto para decir que la Roudinesco es una institución en el mundo del psicoanálisis y que el adjetivo «amoroso» no equivale a diletantismo. Es un eco obvio del famoso discurso de Barthes —recientemente, Alicia Martorell proponía «enamorado» como traducción más cercana al sentido que el autor francés le da— y un intento de historizar en forma sintética nociones del psicoanálisis, de sus escuelas y líderes, también de la evolución del concepto de locura, e incursiones más o menos errabundas en temas de la cultura popular y querencias de la autora pasadas por el prisma del análisis.

Aunque las entradas están, como es lógico, ordenadas alfabéticamente, el mejor itinerario de lectura es el de la asociación de ideas y el juego de afinidades, que se resume al final de cada entrada con la indicación «Ver» seguida de un puñado de temas, personajes e ideas cercanos. Amante de los diccionarios, el de Roudinesco implica ramificación y entrelazamiento, rasgo muy derridiano; trata de la evolución del psicoanálisis a partir de Freud, de su propia relación con la disciplina —a la que llega a través de su muy querida madre, la psicoanalista Jeanne Aubry, y de su bastante menos querida tía, Louise Weiss, antes de seguir estudios especializados con las figuras capitales—, de las controversias e injurias que desde siempre escoltan al método analítico, de libros, películas, países y capitales importantes para ella o para la disciplina, por el modo en que la adaptan a la idiosincrasia de los habitantes, como es el caso de Brasil.

El lector tiene la ocasión de formarse una idea —incluso si se dedica a picotear desordenadamente— del nacimiento del psicoanálisis freudiano en Viena, de por qué Francia es el país idóneo para su arraigo, florecimiento y expansión, de la muy discutida adaptación a Estados Unidos y del papel que este país tuvo en su defensa durante el nazismo, del auge en Argentina, y también del impacto en la cultura, alta o popular: en manifestaciones como la literatura y el género detectivesco y las vanguardias, la pintura surrealista o el cine de Hitchcock, que popularizó el esquema de la bella neurótica y el apuesto detective, o policía o abogado, como representaciones metafóricas del analista mientras el enamoramiento que vincula a una y otro representa los conceptos de «transferencia» y «contratransferencia», sentimientos que unen al paciente con su médico y viceversa.

El novelista argentino Alan Pauls, traductor de la obra, uno de los pocos escritores modernos en cuya obra se observa la vigencia del psicoanálisis entendido como cultura, señalaba con gracia en la presentación del libro a sus compatriotas que, por la autoridad de la que goza Roudinesco, le recordaba en su recorrido por diferentes países a Napoleón pasando revista a sus colonias, una manera de decir que Francia continúa atribuyéndose un rol central y dominante como núcleo generador de teorías, escuelas, líderes y guerrillas varias. Algo de cierto hay, pero es la solvencia intelectual de Roudinesco lo que explica que en los últimos años haya ganado un reconocimiento internacional. Ayuda su perfil, claramente definido, como miembro de la alta burguesía francesa e hija intelectual de mayo del 68, junto a sus afinidades con el movimiento comunista galo de la época, acompañado de la inevitable crítica sin paliativos a los excesos criminales soviéticos.

Está permitido reír

Élisabeth Roudinesco, en el certamen Fronteiras do Pensamento de 2016. / Foto: Greg Salibian (CC BY-SA 2.0)

El estilo es en el Diccionario más ligero que en sus otros libros, pero no menos riguroso. Tampoco cede a la simplificación. Sí da cancha al humor, pues a cada entrada le sigue un epígrafe ingenioso: «Gershwin, George: Comedia freudo-musical», «Injurias, ultrajes, calumnias: Tengo el honor de ser odiado…»; «Novela familiar: A veces el destino nos da de beber un vaso de locura», «Psiquiatría: los derechos nobiliarios de la locura», «San Petersburgo: Jurassic Freud» o «París: Insurrecciones futuras», etc. No hay duda de que, a sus 78 años, sigue en primera línea por su coherencia en la defensa de los derechos y libertades de las hoy llamadas minorías (que eran antes la carne de diván preferente del psicoanálisis). Precisamente basándose en los fundamentos de la doctrina, entiende y defiende la necesidad de aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Véase «Sexo, género y transgéneros. Una sombra sobre el vientre» (ventre en francés se refiere también al bajo vientre). Y la nueva ola feminista la encontró curtida en la lucha que iniciaron figuras pioneras como Simone de Beauvoir o su propia madre: Jeanne Aubry, nacida en la alta burguesía judeo-protestante y segunda mujer médica de los hospitales en 1939, «era una representante pura del ideal republicano que aliaba espíritu científico con filantropía». Aubry «consagró su vida a la infancia, a los niños psicóticos, autistas, a los niños trastornados de los barrios populares de París».

La seriedad de sus títulos más especializados presta algunos razonamientos a sus análisis de fenómenos de la cultura popular, entendidos como reveladores de las neurosis y angustias del hombre de nuestro siglo. Ya sean el 11-S en Manhattan, los presidentes norteamericanos o celebridades como la más famosa de Hollywood: en «Monroe, Marilyn. Suicidio en Couch Canyon», escribió anticipándose varios años a la polémica provocada por la película Blondie: «De las grandes estrellas del planeta hollywoodiense, Marilyn Monroe es la única que hizo del psicoanálisis una verdadera droga. […] Demasiado moderna para plegarse a las normas, demasiado tradicional para subvertirlas dentro de un marco rígido, no logró ni rebelarse ni someterse a los códigos que le imponían». Un análisis somero de los tratamientos que recibió la estrella de cine en la consulta de un psiquiatra establecido muy significativamente en Couch Canyon (Cañón diván) plantea uno de los asuntos más problemáticos de las terapias: el abuso médico ejercido sobre mentes frágiles o fragilizadas. Asunto que no han esquivado nunca Roudinesco ni otros psicoanalistas con proyección pública, como Pontalis, que siempre denunciaron las famosas sesiones caprichosamente cortas (y carísimas) de Lacan y sus émulos.

Como lectores podemos acompañar y gozar del paseo que Elisabeth Roudinesco se regala y nos regala en este Diccionario amoroso del psicoanálisis, sin engañarnos sobre el hecho de que la actual crisis de salud mental, y del incremento de suicidios entre los jóvenes, es como ese gatazo al que había que ponerle un cascabel para que los ratones lo oyeran acercarse, un gatazo que lleva mucho tiempo ya paseando por los tejados, campante y hambriento.

 


 DICCIONARIO AMOROSO DEL PSICOANÁLISIS 
Elisabeth Roudinesco
Traducción de Alan Pauls
Dibujos de Alain Bouldouyre
DEBATE
(Barcelona, 2022)
544 páginas
25,90 €

2 Comentarios

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