Horas críticas

Libros de la semana #78

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Cuerpos, pantallas, precariedad, de Precarity Lab (Katakrak)

Este desafiante libro se define como un «experimento colectivo» que surge del Precarity Lab, iniciativa de un grupo de personas trans asentado en Michigan, Estados Unidos, quienes desde posturas teóricas que otorgan músculo a su lucha activista, reflexionan sobre lo que denominan tecnoprecariedad en el escenario del actual capitalismo hipertecnificado. Por cierto, resulta curioso e inquietante comprobar que estas investigadoras culturales, al igual que Remedios Zafra, aluden a la fragilidad de sus condiciones de trabajo. Según resumen en su nota introductoria las editoras de Katakrak, hemos pasado de considerar internet como espacio expedito para las inteligencias colectivas, apto para el hackeo, el software libre y la independencia tecnológica, a una era de extractivismo digital, multinacionales monopolísticas y ultraconsumo conectivo que nos tiene más atomizados que nunca. Por si fuera poco los efectos del covid, apenas registrados cuando se terminó de editar la versión original de este análisis, ya han traído «una intensificación del racismo ambiental, la necropolítica y la vigilancia». Por ello se hace necesario «abordar los debates sobre las nuevas patologías y sobre la ausencia de autonomía en la gestión de las distintas modalidades de pantallas». Además, las formas de explotación contemporáneas, tan variadas como inaccesibles, también han dado lugar a resistencias globales y multiformes que hacen de la diversidad su principal motor y que, como en el caso de este análisis, son capaces de vincular y señalar las dos vertientes, aparentemente inconexas, de dichos abusos: la vida digital y el agotamiento de los cuerpos. «Las tecnologías digitales amplían las condiciones de inseguridad de minorías raciales, étnicas y sexuales, mujeres, pueblos indígenas, migrantes, pobres y pueblos del sur global», y con ese enfoque interseccional se afronta este ensayo, para cuyas artífices no se habla aquí de nuevas distopías, sino de «viejos paradigmas de dominación (la plantación, la colonia, la prisión, el complejo militar-industrial, el laboratorio y la zona económica especial)». Lo que sí debe ser nuevo es la forma de llamar a las tendencias del escenario actual, porque lo que no se nombra no existe y porque importa cómo se nombra, en unos tiempos donde lo precario se reviste de tanto término cool, del coworking al coliving pasando por el último —y grotesco— coduching, para disfrazar la escasez de recursos y mantener la ilusión granguiñolesca del capitalismo: «No nos sirve el lenguaje con el que se anuncia el sueño digital», el de las «vidas hiperproductivas, virtuosas y eficientes», anuncian las autoras de un volumen que, como indican desde Katakrak, está lleno de «hallazgos semánticos y políticos», y así en estas páginas se introducen conceptos como los undergigs (empleos precarios de la economía colaborativa, hoy día casi otro eufemismo de esclava); la tecnotoxicidad en la fabricación de productos electrónicos y las violencias derivadas hacia poblaciones vulnerables; las fantasías capacitistas donde las personas con discapacidad son ignoradas por el tecnoptimismo-que-todo-lo-cura; la desposesión del capitalismo de vigilancia a través de todas las apps que controlan nuestras riquezas (y vidas); la nueva clase ofendida que hasta ahora bunkerizaba su buena vida y ahora ya piensan en neocolonizar; o los aquelarres de cuidados, brujeriles y clandestinos, para escapar de la virtualización, la monetización y la acumulación dominantes. Es a través del refugio que suponen esas redes físicas o aquelarres que «preservamos lo incalculable, esto es, la abundancia del regalo y las obligaciones que conlleva: dar, recibir y corresponder». Tan simple y tan bonito como eso.


Clandestina, de Dominique Aury (Trama Editorial)

Esta es la historia de una personalidad única en las letras europeas, quien pasó a la historia tras (re)conocerse su autoría de la novela erótica más famosa del siglo XX y como única integrante femenina del prestigioso comité de lectura de Gallimard a lo largo de un cuarto de siglo; aunque de ella lo que más trascendiera fueran, paradójicamente, sus reservas a convertirse en vox populi. Un secretismo que mantuvo hasta el mismo día de su muerte, cuando se pudo liberar esta amplia conversación que hace las veces de autobiografía pero, sobre todo, de gran tributo a la literatura, su gran pasión y su razón de ser. Anne Desclos (1907-1998) fue la Escritora, traductora, mujer —como reza el subtítulo de este libro—, además de crítica literaria y editora, a la que conocimos más bien por el nombre de Dominique Aury y que firmó Histoire d’O en 1954 bajo el alias de Pauline Réague, convirtiéndose en todo un referente en la reivindicación de la libertad sexual de las mujeres. Aunque todo eso solo lo sabemos porque mucho más tarde (cuarenta años) de que aquel «cuento de hadas de otro mundo» conmocionara a toda Francia al «atentar contra las buenas costumbres», ella misma admitiría su autoría en una entrevista; precisamente la idea impensable de que hubiera sido escrito por una mujer la había hecho aún más escandalosa y rechazable, y ni el mismísimo Albert Camus creía que esa tal Réague no fuese, en realidad, un hombre. Pero Clandestina, el libro que aquí reseñamos, responde a la transcripción de otra entrevista, realizada en 1988 para la televisión francesa y nunca emitida, donde repasaba su trayectoria, centrándose en su actividad como editora en una fascinante época para esa labor. De ella trasciende en estas páginas destaca su carácter de mujer de letras moderna e independiente, codeándose con los grandes nombres del panorama cultural francés de la época, de André Gide a Thierry Maulnier, Pierre Drieu La Rochelle o el propio Gaston Gallimard. Se habla mucho aquí de su afición a la lectura y de su despertar en la infancia, cuando leyó libros poco accesibles o recomendables para su edad, como Salambó y Las amistades peligrosas, así como de su descubrimiento de Proust, Kipling o Woolf. Sobre esa condición de lectora compulsiva, dice con naturalidad y ninguna ironía: «Pero eso no tiene ningún mérito, es la única actividad que me parece satisfactoria». La suya fue una existencia consagrada a los libros y a «la figura luminosa de Jean Paulhan, su gran amor», tan presente en estas páginas y quien mejor definiría el esquivo carácter de Aury con aquellas famosas palabras: «Es usted insoportable, siempre encuentra la manera de hacerse notar por su discreción». Ese espíritu retraído le procuró el apodo de monja de las letras y no en vano la nota preliminar de Nicole Grenier asegura que «se metió en literatura como quien ingresa en un convento», pero como señala en su excelente prólogo a esta edición de Trama la también traductora Gabriela Torregrosa, no hay nada más lejos de la verdad de Aury, de Réague y de Desclos. Pues, tras tanta incertidumbre en torno a su identidad, aquella brillante intelectual camuflaba una firme convicción, que resume en una de sus respuestas: «Hay dos cosas inagotables en la vida: la gente y los libros». Cuenta que iba a todas partes con un bolso cargado de manuscritos, por si acaso.


Marx juega, de Antonio Flores Ledesma (Episkaia)

El punto de partida de este ensayo es, digámoslo ya, difícilmente mejorable. La idea de sacar a bailar a las teorías marxistas, tan superadas y obsoletas para algunos en nuestra sociedad contemporánea y descreída, y al mundo de los videojuegos, siempre incomprendido e invisibilizado por los entes culturales —empezando por las, ejem, revistas culturales—, resulta en sí misma un hallazgo conceptual. La conexión, además, se establece en una doble dirección que hace esta investigación aún más interesante: no solo se trata de aplicar el modelo filosófico que fundara Karl Marx para hacer una revisión de algunas de estas creaciones (que, sí, también encierran o sostienen una determinada ideología), sino que, del mismo modo, se esgrime su análisis para aproximarse al pensamiento marxista desde un prisma aprehensible y con el lenguaje de hoy. Lo define de forma más gráfica su autor al hablar de «una introducción al pensamiento marxista y una introducción a una lectura marxista del videojuego». El filósofo Antonio Flores Ledesma (Badajoz, 1991), experto en estética y cultura contemporánea, ya coordinó junto a Paula Velasco Padial el volumen Ideological Games (Héroes de Papel, 2020), donde se estudiaban los videojuegos a través de sus condiciones formales pero también socioeconómicas, en el marco de la industria cultural capitalista: cuestiones como la memoria histórica, las desigualdades de género o los fascismos se veían, de manera más o menos oculta, reflejadas en el sector videolúdico. Al igual que entonces, este entretenimiento de masas es considerado en estas páginas «no como medio excepcional, sino como un espacio problemático dentro de un sistema problemático», y para desentrañar su contexto Ledesma ha acudido a las teorías de otros y otras académicas, como Espen Aarseth, Ian Bogost, Marie-Laure Ryan o Miguel Sicart, según comenta en su prefacio. Aunque lo realmente interesante e innovador de Marx juega es su propósito de «fabular», basándose en sus textos, juicios y opiniones, lo que diversos pensadores marxistas —clásicos y contemporáneos— «podrían pensar de los videojuegos»; de modo que el planteamiento de este ensayo, casi más cercano a veces a la ficción especulativa, resulta de lo más refrescante y encomiable. Imaginamos a un Marx enganchado a juegos de simulación tan perversos como Cities: Skylines a la hora de marcar «la agenda del deseo del impecable político neoliberal»; a Alexandra Kollontai, Nancy Fraser y Silvia Federici enfrentadas a la exitosa franquicia de Tomb Raider y la representación de la mujer en los videojuegos indie; a Lukács entregado a los role-playing games como la saga The Witcher y a la conciencia del trabajo «improductivo», que solo nos hace humanos gracias a las «misiones secundarias», entre otros autores y títulos vinculados. Admite Ledesma que «este libro probablemente enfade a mucha gente», ya sea porque su condición gamer les prive de interés en el trasfondo político de los juegos, o porque sean marxistas redomados y la crítica se les quede corta o deficiente. Como fuere, hay que reconocerle a Marx juega su voluntad de abrir el debate, como lo hace en el capítulo de conclusiones, al preguntarse si el videojuego podría servir no solo como objeto de análisis, sino como herramienta de conocimiento en sí mismo: se trataría de escudriñar no solo sus contenidos, también su diseño y programación, bajo el prisma del materalismo dialéctico. Con esa llamada a la acción intelectual, queda pendiente comprobar si la revolución puede, contra todo pronóstico, suceder en la pantalla, delante o detrás de ella. Pero eso será en la siguiente fase.


El cielo vacío, de Marjan Bouwmeester (Siruela)

Sentenció Bécquer que «la soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo». Y de modo parecido lo expresó más tarde Carmen Martín Gaite, para quien «la soledad se admira y desea cuando no se sufre». Hoy en día, la soledad ya no es solo una dolencia personal o un estado de ánimo pasajero, ni siquiera una condición que requiera algún tipo de actitud individual; se ha convertido en los últimos tiempos en una problemática que afecta a todas las sociedades y en todas sus franjas de edad, desde los jóvenes absorbidos por la vida virtual hasta los ancianos recluidos y abandonados por el ritmo implacable de la modernidad. En El cielo vacío, la reputada ensayista y filósofa holandesa Marjan Bouwmeester (Giessenburg, 1964) se propone explicar, partiendo de las teorías de otros pensadores, de sus experiencias personales y de algunos ejemplos tomados de la cultura popular, por qué las cuestiones que nos hacen humanos son las que tienden a mostrarnos el camino de la soledad y las muchas implicaciones de esta carencia de compañía, voluntaria o no. Curiosamente y según indica la traductora Carmen Clavero en su nota preliminar, la lengua neerlandesa diferencia con un adjetivo el hecho de «estar solo» y el de «sentirse solo», mientras que en español podemos distinguir el adjetivo «solo» y el de «solitario». Es un buen punto de partida para evidenciar las dos caras de la misma moneda y observar la menos frecuente: la soledad no ha de ser siempre negativa, pues igual que dicen de las épocas de crisis, es capaz de sacar lo mejor de las personas, al menos creativamente hablando. Como muestra están las múltiples referencias y citas interesantes a las que da cabida la autora en este volumen: investigadores como el neurocientífico John Cacioppo, el gerontólogo y sociólogo Eric Schoenmakers, el matemático y físico Blaise Pascal, el psicólogo y etólogo Frans de Waal o el polímata Jean-Jacques Rousseau; cineastas como Lars von Trier, Giorgos Lanthimos, Barry Jenkins o Robert Zemeckis; músicos como David Bowie, Michael Jackson o el grupo Radiohead; y escritores como Emily White (autora de las influyentes y descarnadas memorias tituladas Lonely), Daniel Defoe, Marlen Haushofer, Jean-Paul Sartre, Edgar Allan Poe, Alessandro Baricco, Simone de Beauvoir… o Michel de Montaigne, quien definió la soledad como «un instante de plenitud». Antes de emprender este recorrido con el Space Oddity como banda sonora, la autora hace referencia a la ironía necesaria para abordar el tema, más teniendo en cuenta que la soledad puede ser una de las condiciones para desarrollar el pensamiento —y la escritura— en una filósofa como ella: «Considero que la capacidad humana de distanciarnos de nosotros mismos y de nuestro entorno inmediato a través del lenguaje, para convertirnos así en una especie de viajeros espaciales (un motivo importante en mi obra), es condición sine qua non para la soledad». Bouwmeester revela en estas páginas que la capacidad de sentirnos solos nos acompañará a lo largo de toda la vida, y no elude las dolorosas implicaciones de esta conciencia: «Al contrario, el dolor será mi punto de partida, como en toda buena canción triste». Ya lo expresó también de forma sublime Joseph Conrad, al asegurar que «vivimos como soñamos: solos».

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